Periodista cubano Mauricio Mendoza el día 27N, ante el Ministerio de Cultura de Cuba.
Periodista cubano Mauricio Mendoza el día 27N, ante el Ministerio de Cultura de Cuba. | Imagen: Eldy Ortiz

Conversación con Mauricio Mendoza, periodista independiente, aquel joven a quien el Ministro de Cultura de Cuba intentó quitarle el teléfono con un manotazo.

Luego de mucho tiempo sin ver a Mauricio Mendoza, entre las demasiadas complicaciones de la cotidianidad cubana, cuarentena mediante, nos conectamos un momento por WhatsApp para concertar un encuentro. No era la primera vez que pasaba esto en el transcurso del último año, pero los amagos siempre superaban la posibilidad real del encuentro.

Cuando lo conocí, hace unos cuatro años, andábamos de juerga intelectual con un grupo de amigas y amigos, y no me pareció adecuado andar con un "menor" en esos menesteres. Para resumir la carta de presentación, el asunto es que fue él quien coordinó nuestro itinerario de aquella larga noche. En sucesivos y fortuitos encuentros fuimos conociéndonos mejor, y ahora resulta risible mi prejuicio inicial por su corta edad. En la actualidad Mauricio tiene 23 años.

Su labor como periodista independiente lo ha colocado en circunstancias casi inverosímiles, gracias a esa misma capacidad de gestión y curiosidad insaciable, a esa necesidad de conectarse con la gente, con lo que hacen, de saber cómo viven. Su proceder en el oficio es natural, obra subrepticiamente, se cuela por el ojo de una aguja.

Hablamos durante cuatro horas, y no fue muy bien recompensado con la oferta gastronómica que improvisé esa tarde (soy de los anacoretas que se contentan con un sancocho para salir del paso). De manera que todo se resume a nuestra amistad, y a este extracto de la conversación.

 

Dime, Mauro; un día te dejé en un descanso que te estabas tomando de la carrera de Medicina, y cuando volví a saber de ti estabas haciendo periodismo independiente. Cuéntame esa parte que me perdí. ¿Cómo fue esa teletransportación?

 

Estudiar Medicina era un sueño de mis padres, no un sueño mío. Es una carrera por la cual tengo mucho respeto, y siento mucha admiración por las personas que logran terminarla y se dedican a ella, pero no era mi vocación. Desde el Preuniversitario a mí me interesaba coger periodismo, pero bueno, por complacer a mis padres... Igual, yo no tenía promedio para periodismo, entonces empecé Medicina. Comenzando la carrera, mi papá enfermó de cáncer. Tuve que parar, dedicarme a mi papá, a las cosas de la casa y tal, hasta que falleció. Luego me reincorporé, pero ya la vida había cambiado. En eso vivía con el Luiso, un amigo mío, que tú conoces. No me fui de Medicina al momento, porque, después de toda la locura que había pasado, necesitaba por lo menos estar tranquilo, sentar cabeza para ver de qué manera me reorganizaba, me reinventaba, y veía qué rumbo iba a tomar mi vida.

Cuando sentí que ya era el momento, que Medicina no pintaba nada, decidí no ir más a clases. Necesitaba vivir, empecé a vender panetelas por todo Cojimar en una carretilla., ¡hasta en una silla de ruedas yo salí a vender panetelas! En ese trance yo sabía que, antes que Medicina, quería algo como Historia del Arte. Me gustaba la crítica de arte, y te digo, como siempre he escrito desde chama, porque yo venía del Rap, decidí que de alguna forma podía empezar a hacer periodismo.

 

¿Con que publicación comenzaste a colaborar?

 

Empecé en un medio que se llama Havana Times, del cual vivo eternamente agradecido, porque fueron los primeros que me abrieron las puertas. También tengo que mencionar que la curadora Yanelis Núñez fue quien me puso en contacto con el editor, Circles, y ahí empecé a dar mis primeros pasos. Vender panetela no era algo a lo que yo me quisiera dedicar más tiempo, no por nada, sé que fue un momento muy importante de mi vida, donde aprendí muchas cosas, pero ya. Quería desempeñarme en lo que me gustaba, que era escribir y esas cosas. Y poco a poco fui dando pasos, escribiendo en diferentes sitios, como Puente a la Vista, y así hasta que llegué a Diario de Cuba, que ahora mismo es el sitio donde estoy fijo, colaborando regularmente.

 

Háblame de tu formación, de la impronta familiar, de esas tempranas influencias culturales, musicales...

 

A ver, brother, yo nací en una casa de intelectuales. Mi mamá es profesora de Español y Literatura, de Historia Universal, de Historia de la Medicina, además escribe, es pintora... Prácticamente me crie en la Escuela Latinoamericana de Medicina, donde ella trabajaba; me crie yendo a teatros, exposiciones, recuerdo el concierto de Air Supply cuando vino aquí a Cuba; todo eso antes de los once años. Crecí con una biblioteca enorme en la casa, y también me gustaba mucho la televisión. Soy el más chiquito de mi casa, hijo de padres mayores. Creo que por eso siempre anduve con personas de más edad, amistades que tenían mucho que ver con el arte. A los once años empecé a hacer rap, y fue ahí donde comencé a escribir. Así ha sido mi formación, rodeado de generaciones mayores que yo, de las cuales he aprendido y bebido mucho. La parte intelectual ha sido de gran ayuda, pero otra cosa que para mí ha sido una gran formación es la calle. Mis padres me dieron muchas libertades, y desde chamaquito, pese a ser de una familia más o menos de clase media aquí en Cuba, andaba con todo tipo de personas, yendo para los barrios marginales, para los barrios bajos. Y entender esos contrastes de la vida también fue una formación; no solo entender la clase acomodada, las tallas intelectuales, sino entender cómo se vive en un albergue, cómo se vive en un solar, cómo piensan las personas que viven en esos barrios bajos.

 

¿Tenías nociones de periodismo, modos de acercarte, o recursos expresivos para colártele a esa rigurosa profesión?

 

Cuando empecé a hacer periodismo, te lo juro que no tenía ninguna noción. Lo único de lo que tenía idea era de cómo redactar. Con el paso del tiempo me daba cuenta que estaba encuero. He aprendido el periodismo en la práctica. En esos momentos, al principio, había muchas cosas que no conocía, pero tenía la intención y ganas de hacerlo. Ahora mismo, para mí, es complicado formarme como periodista en la academia cubana, por mi labor como periodista independiente, y más por el medio en que trabajo. Lo que he hecho es asociarme a periodistas profesionales, porque ese conocimiento académico te da herramientas importantes, no se pueden obviar. He ido buscando información, leyendo mucho, he pasado cursos sobre periodismo. Ahora sé un poquitico más, pero me falta mucho por aprender.

 

Mauricio Mendoza el  27 de noviembre de 2020 ante el Ministerio de Cultura, La Habana.
Mauricio Mendoza el 27 de noviembre de 2020 ante el Ministerio de Cultura, La Habana. | Imagen: Eldy Ortiz

 

¿Estás satisfecho con el camino que has escogido? ¿A qué otra cosa te gustaría descargarle?

 

Estoy satisfecho, claro. Pero, para alguien que no tiene formación académica, de la nada, como yo, el camino es doblemente complicado. Compito conmigo mismo, comparando los trabajos que hago ahora con los del comienzo, y, notar los logros que he tenido, claro que me hace estar satisfecho, sin perder la perspectiva de que no he llegado al punto más alto. Creo que nunca llegaré a ese punto, y siempre buscaré saber más. Ese es el mayor logro que pueda alcanzar: el conocimiento. Y luego poder transmitir ese conocimiento, es una de mis aspiraciones. Tengo veintitrés años, y estoy convencido de que el periodismo es mi formación, o mi carrera base, pero me gustaría descargarle un poco más a la crítica de arte, sobre todo a la crítica teatral. Ahora estoy explorando la fotografía, el fotorreportaje. Creo que todas las cosas a las que me gustaría descargarle, incluso artísticamente, están muy asociadas al periodismo. Me gustaría en algún momento, con los mismos fotorreportajes que hago, llevarlos a una exposición, ir reinventando las formas y estrategias comunicativas. Estoy muy claro que me interesa trabajar con lo cotidiano, con las cosas más comunes, encontrarles relevancia, y el periodismo es una gran herramienta para eso.

 

Uno no puede estar tanto tiempo sin verse, porque después hay que "editar" muchas cosas que nos perdimos en la distancia. ¿Cómo llegaste al 27N?

 

Yo llegué al 27N buscando una noticia. Me enteré que había un grupo de jóvenes, de artistas, frente al Ministerio de Cultura. El día anterior había sido la intervención violenta de la Seguridad del Estado en San Isidro. Cuando supe que había gente frente al Ministerio, mis alarmas periodísticas se activaron, y me dije: esto es noticia, voy para allá a ver qué pasa. No tenía nada que hacer en mi casa, mi lugar como periodista estaba ahí, con esa gente. La vida es impredecible, y terminó en todo lo que terminó. Ese día fue impresionante, porque, de manera espontánea, ocurrió algo que hacía años no ocurría en Cuba. Hay que recordar que en el 2013 o 2014, un grupo de raperos se plantaron frente al Instituto Cubano de la Música a pedir por el evento Puños Arriba, pero no es comparable. Esto tuvo mucha más relevancia, también por la extensión de las redes sociales, porque hay más periodismo independiente, y que los tiempos han cambiado.

 

¿Qué trascendencia le ves al fenómeno? ¿Cómo crees que marcó a los artistas, la intelectualidad, en fin, a la sociedad civil cubana?

 

El 27N fue un hecho que marcó referentes, marcó una pauta, no se puede negar. Pero creo que fue una oportunidad perdida. Yo fui de los periodistas que entró. Por esa parte veo un logro que medios como Diario de Cuba, Tremenda Nota, Cubanet, ADN, entraran al Ministerio de Cultura a cubrir un evento de esa magnitud, fue importante, tiene muchas cosas positivas. Ahí también hubo prensa extranjera, y ya, eso se viralizó, creo que fue noticia mundial. El 27N evidenció que hay un gran descontento en la población, en las comunidades artísticas..., pero fue una oportunidad perdida, yo lo veo así. Los treinta que entramos, pienso que cometimos el error de creernos que éramos el 27N, y no darnos cuenta que el 27N eran las trescientas o cuatrocientas personas que estaban fuera. Cuando perdimos contacto con esas personas, brother, perdimos la mayor fuerza, la única que teníamos a nuestra disposición. El resultado: el 27N ya no existe. Hay personas que se quedaron articuladas con la idea del Movimiento, pero los resultados, desde mi punto de vista, son intangibles. Es admirable el deseo de todas las personas que aún siguen con la fe de aquel proceso, pero creo que lo más importante es aprender de él, de lo que ocurrió, y que sirva para reinventarse, para crear estrategias futuras, para no cometer los mismos errores.

 

Ese reportaje que publicaste hace poco sobre los "albergados" en el Reparto Bahía, y las fotos que me mostrabas hace un momento, dan para desarrollar un estudio de caso, no solo socioeconómico, sino ecológico. Digamos que acompañar las condicionantes antropológicas con el impacto ambiental dentro de los ecosistemas urbanos. ¿Lo habías visto de esa manera?

 

Cuando empecé a hacer ese trabajo lo contemplé más desde el punto de vista sociológico, racial. Adentrándome ahí, me doy cuenta que también hay problemas ecológicos. Son muchas las aristas. Una de las problemáticas que tienen esas personas, es que los techos de sus viviendas son de fibrocemento, y con el paso del tiempo, y la incidencia del sol, empiezan a desprender un polvillo que les hace daño, a ellos, a los niños, a sus pulmones. Otra cosa es que los alrededores están llenos de arbustos y matorrales, que son cobija para roedores, insectos. Las malas condiciones de los alcantarillados, hace que por las calles y espacios aledaños corran aguas albañales, creando contaminación en esas comunidades.

 

Coméntame un poco sobre esas iniciativas ciudadanas que me decías, con relación a la limpieza voluntaria de la costa de Cojímar, y del apoyo institucional que pudiera tener. Me hablabas algo sobre ese asunto...

 

Hace un tiempo hice un breve reportaje sobre el proyecto cultural Color Cojímar que, en apoyo a grupos ecologistas de la zona, estaban realizando limpiezas en la costa. Según lo que me decían para el reportaje, también contaban con la ayuda de otro grupo de gente que tienen motos eléctricas en La Habana del Este, y con vecinos que tenían transporte, para poder desarrollar esas actividades. Estas eran iniciativas de la gente corriente, y muchas veces no tenían apoyo de las instituciones, en el sentido de las necesidades de un tractor y esas cosas. Esa zona es complicada, porque por el propio río Cojímar fluyen parte de los desechos de Alamar, contaminando esa zona de la desembocadura y el mar, donde la pesca, según los mismos pobladores de ahí, ha disminuido. Eso va dañando el ecosistema de toda esa área costera, que años atrás fue una zona fructífera para la pesca tradicional.

Mediante los estados de WhatsApp, también he visto piquetes de jóvenes que se asocian en grupos de ciclismo, por razones saludables, deportivas, ecológicas. Por La Habana del Este hay otro grupo de muchachos que se llaman Los Dienteperreros, que también hacen convocatorias a limpiezas los fines de semana. Estoy viendo que, sobre todo gente joven, están tomando conciencia y obrando desde lo que pueden, haciendo trabajo ecológico de limpiezas en las costas, los ríos y tal.

 

Como joven, ¿qué crees del comprometimiento social y político de tu generación?

 

Es complicado, porque yo siento que en mi generación es donde más fuerte se ve el daño antropológico que ha causado el proyecto social cubano de los últimos sesenta años. Creo que hay como una bajada de las expectativas. Aquí, en Cuba, los jóvenes se sienten sin expectativas, sin posibilidad de avanzar. Piensan que la única vía de solucionar sus problemas es emigrando. Todas las circunstancias sociales hacen que no sientan un compromiso político con esta sociedad, no ven futuro aquí. Es obvio que no van a sentir un compromiso, prefieren no meterse en problemas, y se mantienen en perfil bajo hasta que puedan salir de Cuba. No es que sean todos, hay jóvenes que piensan, asumen el reto de vivir aquí como pueden, pero lo que prima es el deseo de emigrar. Eso es algo que pasa mucho en mi generación, y creo que podrían buscar otras alternativas, pero no estoy en posición de cuestionarlo. Creo que es un derecho que ellos tienen. Pienso que lograr que esto cambie, y que los jóvenes confíen en esto, dependería de un trabajo más activo de los entes sociales que estamos funcionando aquí; es un trabajo que depende de todos, de la sociedad civil en general. Poquito a poquito, con los logros que se puedan obtener, se puede revertir esa alienación. De momento es una tarea difícil de lograr.

 

¿Piensas que esa misma abulia, esa desconexión generacional, afecta de igual modo al entendimiento de los riesgos ecológicos que corre la vida en la Tierra, y en Cuba específicamente? ¿Quién crees que pueda ser responsable de eso?

 

Brother, La Habana es una ciudad asquerosa, no tengo otra palabra para definirla. El problema ecológico, el problema de la contaminación de la ciudad, esos no son problemas generacionales. Muchos jóvenes tienen deseos de irse, pero bueno, en lo que se largan, van un fin de semana a limpiar las costas, otro fin de semana a limpiar un río, y bueno, buscan alternativas. Yo creo que el problema de la contaminación aquí en Cuba sucede porque el Estado es el que ha querido encargarse de todo, de todas las ramas de la economía, de la sociedad, como si fuese un pulpo. El resultado es que no puede encargarse de todo, no da abasto, por supuesto no logra solucionar los problemas ecológicos. Lo otro es que, como prácticamente todo es del Estado, las personas no tienen un sentido de pertenencia con el lugar en que viven, excepto sus propias casas. Por ejemplo, si la tierra de este edificio, o de la zona donde está construido este edificio, tuviera un dueño, hubiese que pagar impuestos, y quizás habría más conciencia de mantener la limpieza, de cuidar el espacio. Pero como de eso se encarga el Estado, y no se ocupa, y no hay tampoco medidas para sancionar a las personas y a las instituciones que se deben encargar de la limpieza, pues no pasa nada. Como ya todo está en un limbo legal, que al final no sabes a quién reclamarle, ni quién es el responsable, todo cae en la desidia en la que nos encontramos ahora mismo.

 

Mauricio Mendoza, 27 de noviembre de 2020, La Habana.
Mauricio Mendoza, 27 de noviembre de 2020, La Habana. | Imagen: Eldy Ortiz

 

No te voy a fundir con tantas preguntas, pero, para cerrar, ¿cómo percibes, desde todas las aristas posibles, el efecto de la Pandemia en el mundo? ¿Cómo te afecta a ti?

 

El efecto de la pandemia a nivel social, a nivel global, yo lo veo como el pago del karma que está sufriendo el ser humano por todo lo que ha maltratado al planeta. Creo que son dos cosas: un pago del karma, y una advertencia de que, si no tomamos conciencia, nos vamos a la mierda..., puedes ponerlo así mismo. Creo que estamos en un momento delicado de la existencia humana, y pienso que debemos aprender sobre esta experiencia, sobre su importancia. Nos ha hecho darnos cuenta de lo frágiles que somos, también nos ha hecho darle valor a cosas tan simples como socializar. Ya nos damos cuenta que el teléfono no lo es todo para comunicarnos, por lo menos eso es lo que percibo desde aquí, desde Cuba.

Pienso que la pandemia es una prueba de la vida. Esto es una prueba de selección natural, en todos los ámbitos. Es crudo, pero creo que nosotros los seres humanos hemos sido brutales con el planeta, y, como te decía antes, es el karma que estamos pagando. Creo que es una enseñanza que nos ha hecho vernos a la cara lo vulnerables que somos como especie. A mí, por lo menos, me ha despertado otros sentimientos, como compartir más, humanizar más a la gente, ser más empático; porque lo que veo es que, socialmente, sobre todo aquí en Cuba, con los problemas económicos, los problemas alimentarios, sanitarios, y todos los otros problemas, las personas se han vuelto más volátiles. Veo la empatía como solución a esto, intentar ser más solidario con el prójimo. Yo no creo que la violencia sea, ahora mismo, una alternativa; ahora lo que hay que hacer es reconstruir lazos, que es lo que nos va a salvar como sociedad y como humanidad. A nivel profesional, la pandemia ha influido en mi trabajo, en cómo analizar los fenómenos actuales, porque ya no es lo mismo que hace tres años atrás. La vida ha cambiado, y debemos cambiar nuestros puntos de vista, transformarlos para poder evaluar estos nuevos tiempos desde lo social, desde lo político, lo ecológico. A veces veo mucha desidia, y que la pandemia ha sacado lo más bajo de algunas personas; pero también veo que, en otros, ha sacado lo más bello, y confío en lo bello, confío en que esta puede ser una experiencia a través de la cual aprendamos, y que la humanidad se salve.

Amílkar Flores
Amilkar Feria Flores

La Habana (1967). Escritor y artista visual. Licenciado en Pedagogía en Artes; Diplomado en Antropología Cultural y en Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los títulos: Las dulces horas (Premio Pinos Nuevos 2007 (Poesía, Unión, 2008)); Algunas animalezas y otras bestialidades (Narrativa, Ediciones Extramuros, 2010 y Crónicas diluvianas (Narrativa, 2010). Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino.

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