Protestas en Cuba el 11 de julio
Protestas en Cuba el 11 de julio de 2021. | Imagen: Árbol invertido (montaje)

"El 11J permitirá entender mejor los límites del pueblo cubano. Porque superado el aparentemente invencible obstáculo del miedo queda frente a sí uno mucho mayor: el del régimen que lo oprime".

Es difícil exagerar la importancia de lo ocurrido en Cuba. Exageremos pues, sin temor a equivocarnos. Acordemos que lo ocurrido el 11 de julio de 2021 es el acontecimiento más sustancial ocurrido en la isla desde el 1ro de enero de 1959. Esta última fecha —recapitulemos—marcó el final de la dictadura batistiana y, al mismo tiempo el inicio de la subordinación absoluta de la voz del pueblo cubano a la del poder castrista. Este 11 de julio, por primera vez desde hace 62 años, los cubanos han vuelto a escuchar su propia voz de manera masiva. No como parte de un grupo, partido, o gremio profesional, sino como nación. Y la trascendencia de algo así deja pequeña cualquier hipérbole.

Les recuerdo que hace apenas un mes nos asombrábamos cuando los gritos de unas decenas se hacían sentir en una calle habanera. Y lo impensable que nos parecía que se pudiera pasar de ahí. Que los gritos indignados de cientos de vecinos de San Antonio de los Baños hayan contagiado —internet mediante— a toda la isla en cuestión de minutos es un milagro que deberíamos acoger con el asombro y la humildad con que se asume lo sobrenatural. Lo natural hasta el domingo era la aparentemente infinita capacidad de aguante del cubano ante los continuos abusos del régimen. La falta de correspondencia en la isla entre injusticia e indignación, al menos pública. Tal parecía que el cubano solo era capaz de manifestarse masivamente en los eventos organizados por el mismo régimen que lo vejaba a diario, algo que los defensores de este último interpretaban como apoyo incondicional. La falta de reacción de los cubanos ante situaciones que en cualquier otro sitio hubiera llevado a la revuelta popular era tomada como la máxima prueba de la justicia del régimen bajo el que vivían.

El totalitarismo es, usemos la definición de la Lupe, puro teatro. Un teatro en el que la gente sufre y muere de verdad pero donde la apariencia siempre se interpone a la realidad. Ya sea tanto la apariencia de prosperidad o de dicha como la de armonía social u obediencia política. Pues toda la ilusión que creara por décadas ese teatro del absurdo fue destruida este domingo. No solo porque los cubanos abandonaron el papel de pueblo sumiso que hasta ahora parecían interpretar tan bien. O porque miles de nuestros compatriotas escucharon por primera vez a qué sonaba su voz en libertad. O porque descubrieran lo bien que suena esa libertad a coro y en plaza pública. También lo es porque ahora serán llamados mercenarios y vendidos como mismo otros han sido calumniados antes y comprobarán en carne propia la falsedad de las calumnias de rutina. Con todo y lo fotogénica que sea la imagen del carro de policía con la panza al aire y sus vencedores, embanderados, saltándole encima me quedo con las palabras. Quiero decir, con las consignas que miles corearon: desde el asombrado descubrimiento del “No tenemos miedo” hasta el esperanzado “Patria y vida” pasando por el viejo grito de “Libertad”. No parecía ser ese un pueblo que no sabe lo que quiere o siente. O que se conforma con llenarse la barriga y divertirse. Se sentía indignación, y mucha, pero también el deseo de un cambio profundo.

El mérito de este 11 de julio es, para mí, el de la claridad. Aclarar que el silencio de los cubanos no significaba aprobación o resignación sino miedo y que la repulsa al régimen está tan extendida como sospechábamos. A ese mismo pueblo por el que han hablado tantas veces, le viene bien pensar en voz alta por una vez en su vida, incluso a grito pelado, para conocerse mejor a sí mismo y entender mejor su fuerza. También el 11J permitirá entender mejor los límites de ese pueblo. Porque superado el aparentemente invencible obstáculo del miedo queda frente a sí uno mucho mayor: el del régimen que lo oprime. Ese régimen que ya no puede seguir con la pantomima de que representa la voluntad popular ahora que el pueblo le ha gritado en la cara que está harto. Pero también queda claro que no va a bastar que todo el país alce su voz cuando lo que tiene frente a sí es una banda criminal bien armada, carente de escrúpulos y dispuesta a matar a cuantos hagan falta para mantenerse en el poder. La primera víctima ha sido, como es de esperar, la verdad, con el régimen minimizando y tergiversando los acontecimientos de ayer. Pero —quede claro— no será la última. Debo aclarar que no creo que la libertad cubana esté a la vuelta de la esquina. No obstante el camino hacia ella parece mucho más definido de lo que nos parecía ese sábado en que el miedo cubano aparentaba ser inmortal.

Enrique del Risco
Enrique del Risco

(La Habana, 1967), Escritor, historiador y humorista. Licenciado en Historia del Arte por la Universidad de La Habana y Doctor en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Nueva York, donde trabaja como profesor. Ha publicado, entre otros textos, Obras encogidas (1992), Pérdida y recuperación de la inocencia (1994), Lágrimas de cocodrilo (1998), Leve Historia de Cuba (2007) y ¿Qué pensarán de nosotros en Japón? (2008). Turcos en la niebla (Alianza Editorial, 2019) ha sido galardonada con el XX Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones. Reside en West New York, Nueva Jersey, desde 1997.

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