En barrios de la capital cubana, los desechos se acumulan durante días en esquinas, aceras y solares. Contenedores desbordados, residuos esparcidos y vertederos improvisados forman parte del paisaje urbano. La imagen de La Habana ahogada en basura es la consecuencia visible de un sistema fallido, de un gobierno incapaz de garantizar un servicio básico elemental.
Servicios paralizados y falta de combustible
La recogida de basura en La Habana depende de un parque de camiones envejecido y de un suministro estable de combustible. La falta de diésel y gasolina ha reducido de forma drástica los ciclos de recogida y aumentado las rutas suspendidas, las recogidas intermitentes y las zonas sin atención por días.
La escasez de insumos energéticos no es un problema nuevo del servicio de residuos: forma parte de una crisis más amplia que lleva años afectando a Cuba. Los apagones recurrentes y extendidos —producto del deterioro de la red eléctrica y de la falta de suministro para las plantas generadoras— han sido una constante desde 2024, y las propias autoridades vinculan estos cortes a la dificultad para importar combustible y mantener la infraestructura.
En los últimos meses la situación se ha agravado por cambios en los flujos de petróleo hacia la isla. Cuba ha dependido históricamente de envíos desde Venezuela y otras fuentes, pero la reducción de esos suministros desde finales de 2025 ha estrechado aún más el acceso a combustibles básicos para toda la economía, incluidos los servicios comunales.
Este contexto de crisis energética prolongada ha debilitado estructuras que ya estaban bajo presión: no solo la electricidad y el transporte, sino también los servicios cotidianos como la recogida de residuos. El resultado en los barrios de la capital son calles llenas de microvertederos y montones de desechos que crecen sin control, indicios de un deterioro que los residentes vienen denunciando desde hace tiempo.
Una ciudad insalubre a la vista de todos
Los montones de basura no solo ocupan esquinas y aceras: generan malos olores, atraen animales y elevan los riesgos sanitarios en un contexto ya marcado por la precariedad del sistema de salud. La imagen de contenedores desbordados y residuos esparcidos forma parte del paisaje urbano habitual, sin que exista información pública clara sobre planes efectivos de solución.
Durante 2025, Cuba vivió un escenario epidemiológico marcado por la expansión de enfermedades asociadas a entornos urbanos degradados. Brotes de dengue y chikungunya afectaron de forma recurrente a varias provincias, incluida La Habana, junto a la circulación de otros virus transmitidos por mosquitos. En paralelo, se registraron episodios de hepatitis A, vinculados a problemas de saneamiento e higiene.
Prioridades del Estado
Mientras la ciudad enfrenta este deterioro, el despliegue de recursos se concentra en el control del espacio público. La vigilancia policial y los operativos preventivos ante posibles protestas por los apagones contrastan con la ausencia de medios para garantizar servicios elementales como la recogida de basura.
Los refuerzos puntuales en la recogida de residuos se activaron, sobre todo, tras episodios de malestar social y protestas locales vinculadas a apagones y deterioro de las condiciones de vida. El propio dictador Miguel Díaz-Canel aludió públicamente al problema de la basura en La Habana en ese contexto, presentando operativos de choque como respuesta inmediata, sin acompañarlos de un plan estructural sostenido. La actuación llegó cuando la presión social se hizo visible, no como resultado de una política preventiva ni de una gestión regular del servicio.
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