Ranger (como pidió ser llamado por seguridad) ocupó durante años un cargo que no aparece nominalmente en la estructura del Estado cubano: "coordinador provincial de monitoreo de actividades contra el orden constitucional y actividades subversivas". Varias fuentes consultadas confirmaron su funcionamiento dentro de las estructuras de los comités provinciales del Partido Comunista de Cuba (PCC). Hace algún tiempo, junto a otros compañeros de distintos territorios que ocupaban funciones similares, pidió la liberación de sus responsabilidades.
Habló bajo condición de anonimato y pidió que la provincia en la que trabajó no fuera revelada. Su testimonio revela cómo se organizan, desde dentro del sistema, las respuestas represivas ante las protestas sociales y relata su experiencia en la aplicación de esos mecanismos.
Aunque el régimen ha negado sistemáticamente, en escenarios nacionales e internacionales, la existencia de represión contra los ciudadanos que protestan, y el señalamiento público suele recaer sobre el Ministerio del Interior (MININT), su aparato de Seguridad del Estado y la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), el relato de Ranger describe algo más amplio: una estructura de "respuesta" coordinada por el PCC, que involucra al gobierno local, los centros de trabajo y las conocidas como organizaciones de base, como los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y la Federación de Mujeres Cubanas (FMC).
¿Cómo se activa la respuesta institucional cuando ocurre una protesta en un territorio de Cuba?
No es algo que dependa de una sola entidad. Es una estructura completa que se pone en movimiento al mismo tiempo. En el momento en que se confirma que está ocurriendo una protesta, se activan varios niveles: gobierno local, administraciones de centros de trabajo, organizaciones de base y fuerzas del orden; todo bajo la dirección del Partido y la Seguridad del Estado.
Esto ocurre de forma coordinada, casi automática. Cada parte tiene un rol asignado dentro del esquema general. En su momento, eso se veía como parte del funcionamiento normal del sistema. Hoy lo veo con otra perspectiva. Y no es una perspectiva cómoda.
¿Qué es lo primero que sucede en esas primeras horas?
Lo primero es la concentración en el punto donde está ocurriendo el evento. Se intenta contener la situación allí mismo, evitar que se expanda a otras zonas. Es una fase muy rápida, de mucha presión. Después viene algo que siempre me llamó la atención: la velocidad con la que todo intenta volver a la normalidad. Calles, tránsito, actividad diaria: todo tiene que parecer estable otra vez lo antes posible.
Organizaciones defensoras de los derechos humanos y medios de prensa independientes han denunciado el control de la comunicación durante las protestas. ¿Cómo se vivía eso desde dentro?
Es un tema delicado. No siempre se hablaba de forma directa, pero en la práctica se percibían cambios en la conectividad o en el acceso a internet en determinados momentos o zonas. Dentro del sistema se entendía como parte del manejo de situaciones sensibles, sobre todo cuando había mucha circulación de imágenes o información en tiempo real. Yo no voy a entrar en explicaciones técnicas porque no era mi área, pero sí puedo decir que era algo que la gente notaba en el terreno: no sé de dónde ni cómo, pero la internet se caía por completo.
¿Qué papel tienen los centros de trabajo en ese esquema de respuesta?
Los centros de trabajo no son solo lugares de producción o servicios. Forman parte de la estructura social organizada del territorio. En situaciones de tensión, se integraban en la dinámica general de respuesta. A veces funcionan como espacios de coordinación y otras como puntos de organización interna. Dependía del nivel que estuviera cogiendo la protesta y de su alcance.
Recuerdo que eso se asumía como algo normal. Hoy me cuesta explicarlo sin sentir vergüenza, porque uno entiende después el peso que tenía cada cosa.
¿Existe una coordinación previa para este tipo de escenarios o todo se decide en el momento de los hechos?
Es una mezcla de todo. Hay preparación previa, escenarios previstos y formas de actuación más o menos establecidas. No es improvisado, pero tampoco mecánico. Cada protesta tiene su propia dinámica, y eso obliga a ajustar la respuesta sobre la marcha. Pero sí, existe una estructura pensada para reaccionar rápido ante cualquier alteración del orden.
¿Cómo se maneja la información sobre lo ocurrido, una vez pasado el evento?
Después de los eventos, la prioridad es estabilizar la situación y que la vida cotidiana siga con normalidad. Eso incluye reorganizar actividades y reducir la presencia del tema en el espacio público. No es algo que se dijera abiertamente como objetivo, pero es lo que ocurre en la práctica.
¿Se sentía orgulloso cuando realizaba ese trabajo?
Ahora no me siento orgulloso. En aquel entonces pensé que era lo correcto, que tenía que defender la revolución. Me sentía parte de algo mayor. Con el tiempo lo veo totalmente diferente y sé que lo hecho por mí no tiene perdón. Me siento engañado, manipulado, utilizado. Viviré el resto de mi vida con la vergüenza a mis espaldas de haber servido a un sistema represivo.
¿Recuerda alguna situación específica de la que hoy se avergüence especialmente y que pueda relatar sin comprometer su seguridad?
Sí, hay una que no se me borra de la memoria. Fue durante una protesta en la calle principal de uno de los municipios de esta provincia. Era tarde en la noche. Recuerdo que esa protesta era por falta de agua; la gente llevaba muchos días sin el servicio. Había tensión, gente gritando y nosotros estábamos en coordinación con otros niveles. En medio de todo, nos pidieron identificar a personas en el terreno. Yo tenía acceso a información y ayudé a señalar a algunas personas.
Horas después, supe que una de esas personas era alguien muy joven, casi un adolescente, que no tenía una comprensión real de lo que estaba pasando. No era un líder ni era nada de lo que se decía en los informes internos. Cuando lo entendí, ya era tarde.
Lo que más me pesa no es solo lo que hice, sino lo rápido que uno aceptaba ese tipo de represión sin detenerse a pensar en las consecuencias reales. No sé qué edad tendrá ese joven ahora o si aún está preso o si está en el país. No me siento orgulloso de haber participado. De hecho, por eso pedí la baja. No es algo que uno pueda cargar fácilmente.
¿Qué recuerda personalmente de ese proceso?
Recuerdo la rapidez con la que todo pasaba de la tensión al silencio. Esa transición siempre me resultó difícil de procesar, incluso en su momento. Uno está dentro del sistema y lo ve como parte del trabajo. Pero con el tiempo, cuando sales, empiezas a mirar esas mismas escenas de otra forma.
¿Cómo describiría hoy ese sistema desde su experiencia?
Es un sistema muy organizado para reprimir, muy jerárquico y con una gran capacidad de respuesta. Funciona con rapidez y con una estructura clara de mando y ejecución. Pero también es un sistema que, visto desde fuera, tiene un impacto humano que dentro no siempre se dimensiona. Dicho claramente: es una dictadura.
¿Cree que la sociedad cubana ha cambiado en su relación con las protestas?
Sí. La gente reacciona distinto. Hay más información, más conciencia de lo que está pasando en otros lugares. También hay más cansancio acumulado. Y eso hace que cualquier situación de ese tipo tenga una carga distinta a la de hace años.
Si pudiera resumir su experiencia en una sola palabra o frase, ¿cuál sería?
Asco. Es, sin duda, la que mejor lo describe.