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Crónica de viaje | Trinidad: El umbral de las mariposas y el cobrador de epifanías

En esta crónica, Amilkar narra su viaje a las Alturas de Trinidad y sus paradisíacos escenarios naturales, junto al Gabinete de Arqueología de La Habana.

El autor en La Boca. Al fondo, el Pico de Potrerillo.
El autor en La Boca. Al fondo, el Pico de Potrerillo. | Imagen: Svetlana del Río

En el transcurso de sucesivas campañas de excavaciones, subvencionadas por los organizadores de los talleres arqueológicos en Trinidad (Ver “La edulcorada historia de la Canchánchara”), Svetlana y yo llegamos a la convicción de que muchos sitios que queríamos conocer, y que pasábamos de largo por falta de tiempo, quedarían irremisiblemente sin explorar.

Aunque no faltaron incursiones programadas por el evento, el presupuesto apenas alcanzaba para las actividades circunscritas a las campañas, en el apretado margen de una quincena por año. De modo que, en agosto de 2004, juntando algo de dinero, nos escapamos una semana para recorrer aquellos lugares de Trinidad y sus inmediaciones que engrosaban un listado de parajes por visitar.

Muchos de estos sitios guardaban estrecho vínculo profesional con el campo de la arqueología. Los otros iban acompañados de retos esencialmente musculares, puro ejercicio de voluntad. 

Contando con la generosa hospitalidad de Teresita Angelbello, nos instalamos en una casona de la calle Jesús María, también conocida como Martí, que estaba a su cuidado por encargo de una amiga. La vivienda llevaba deshabitada mucho tiempo, y ello se hacía notar en todo el inmueble, una construcción de la primera mitad del siglo XIX con gruesos paredones de mampuesto y alfarjes nada ornamentados, pero bastos y vigorosos. En medio de sus desmesurados espacios a medio amueblar, habían quedado algunas reliquias de la ebanistería criolla decimonónica de inspiración italiana. Parecía un palacete veneciano, y así le dimos en llamar. Desde ese, nuestro cuartel general, urdimos toda nuestra movilidad, que debió ser rigurosamente estudiada, puesto que una semana era poco tiempo para satisfacer tanto camino.

El mañoso Pico de Potrerillo

Encabezando la lista se encontraba el Pico de Potrerillo, que, con sus 931 metros sobre el nivel del mar, parecía la cima del macizo de Guamuhaya. Lo mismo que le sucede al Pico Turquino ante la proximidad del Mar Caribe, que lo hace ver descomunal e inaccesible, este tipo de engaño perceptivo, a ras del mar, confundió a muchos navegantes y aventureros en los primeros siglos de la conquista. Sin dudas el Turquino es la mayor elevación de Cuba, pero no del Caribe insular como se creyó por mucho tiempo, sino el Pico Duarte, en La Española, con 3 mil 101 metros, ubicado a decenas de kilómetros de cualquier orilla de esa isla, y por ende carente de contrastes visuales.

Amilkar posando delante de un paisaje de montañas y nubes.
El autor en un parador de carretera en las Alturas de Trinidad. | Imagen: Svetlana del Río

Por la misma razón, es lógico que en el pasado se tomara al Potrerillo como punto culminante de las montañas del litoral central de Cuba, cuando en verdad ese récord lo ostenta el Pico San Juan, con mil 140 metros, a unos 25 kilómetros al Este noroeste del primero.

"...a la derecha por el trillo del mariposal”

Tras breve aclimatación, decidimos subir el Potrerillo uno o dos días después de llegar. En la jornada elegida salimos de madrugada hacia la terminal de ómnibus locales y abordamos una guarandinga, medio de transporte serrano articulado por un camión de doble tracción con una cabina para pasajeros en su parte trasera. El carro nos acercó lo suficiente al sendero que lleva a la cima, en Vegas Grandes, con lo cual también ganábamos en altitud. Aquel sitio ya lo conocíamos de una experiencia anterior, cuando pasamos por Topes de Collantes de camino al Salto del Caburní. Al apearnos, todavía oscuro, nos cruzamos con tres o cuatro vecinos, a quienes preguntamos cómo hacer el recorrido sin pérdidas: “Cuando lleguen al descampado de los ranchos, cogen a la derecha por el trillo del mariposal”, nos dijo el más elocuente de ellos. Luego de dos o tres kilómetros, completamente mojados de la cintura hacia abajo por el rocío de la madrugada, dimos con los ranchos que los lugareños empleaban como almacén de cosechas y cochiqueras. Hicimos un alto para beber agua y comer algún caramelo. El sol ya debió estar sobre el horizonte, pero la neblina de la mañana y la sombra de las montañas vecinas lo ocultaban.

Pasados los años, juré que en ese lugar nos hicimos algunas fotos, que incluso recuerdo haber visto impresas. Pero ni mi amiga ni yo las tenemos. Puede que la vívida memoria que tengo de Svetlana parada delante del mariposal, me haga suponer que esa postal existió alguna vez.

Aunque en el trayecto ya algunos plantones de mariposas se alternaban con helechos arborescentes, típicos de esas altitudes, nunca había presenciado semejante cantidad de esas plantas florecidas. La mariposa (Hedychium coronarium Koening), puede medir hasta metro y medio de alto, y sus flores, que recuerdan las alas de una lepidóptera, son muy perfumadas. A pesar de ser introducida en la Isla en el transcurso de la colonización, es considerada como flor nacional por no sé qué consideraciones simbólicas y patrióticas que le han atribuido. En Cuba existen flores autóctonas cuya belleza y significación geobotánica supera con creces a la de esta planta, pero los caprichos de la mentalidad colonial y eurocentrista han terminado por imponerse.

Una jornada asfixiante a causa del vapor y el esfuerzo de la caminata...

Mojándonos de pies a cabeza en el rocío, atravesamos el amplio plantón de mariposas en varias direcciones, pero no había indicios de continuidad en el camino para subir a la cima. Por su lado norte, a unos cien metros de la cima, el Potrerillo posee una amplia explanada ondulada, que era donde nos encontrábamos. Tomamos la decisión de movernos hacia el este para orientarnos mejor. Allí encontramos un gran cuartón de yerba, perfectamente cuadrangular, que era visible incluso cuando se le mira desde la orilla del mar. Este se ubica en la ladera sur, muy inclinado por la pendiente, desde donde, por supuesto, se divisa Trinidad y la costa del Caribe. Ese día el sol asomaba a intervalos, pero con todo y semejante beneficio, tuvimos una jornada asfixiante a causa del vapor y el esfuerzo de la caminata. En busca de cualquier pista que nos llevara a rematar nuestro objetivo, nos dieron las 12 meridiano. Las evidencias de algunas botellas plásticas y otros envoltorios de galletas y golosinas, arrojados desde el alto escarpado que corona la elevación, nos impulsó a escalarlo por ese mismo punto en el este...

Como la obstinación compulsa a las peores decisiones, las próximas dos horas fueron un auténtico infierno de zarzas y plantas trepadoras provistas de espinas y garfios cortantes. De más está decir que la marcha fue lenta y tortuosa. En la leve pero larga pendiente que sucedió al tramo más inclinado de la subida, volvieron a aparecer desechos plásticos arrojados hacía poco tiempo. Las evidencias: pomos de agua y otras bebidas refrescantes, en cantidades suficientes como para ser casuales, eran productos básicamente consumidos en aquel entonces por turistas, y sabíamos que esta montaña hacía parte de un sendero ecológico, por lo que no debíamos estar lejos del triunfal propósito. La respuesta a aquel disperso vertedero de basura la tuve siete meses después, el día que alcancé la cúspide del Pico, y pude constatar lo cerca que estuvimos de llegar en nuestra primera incursión, pero intentándolo por el lado al que a nadie se le hubiera ocurrido escalar. Aquel ascenso terminó en frustración, vencidos por la fatiga, repletos de arañazos y cortaduras propinadas por el inexpugnable laberinto de xerófilas que medraban a su gusto en aquellas alturas.

Al regresar a Trinidad medio año después, durante la última campaña de excavaciones a la que yo asistiría, un día entresemana le pedí a Svetlana que justificara con cualquier pretexto mi ausencia ante los demás. Observando desde nuestro hospedaje en la costa al umbrío Potrerillo, me parecía verlo sacándome la lengua en señal de mofa. En el segundo intento hice el mismo recorrido, ya versado sobre el paso de las mariposas, al que debí enfrentarme como a un antiguo sortilegio. Atravesé el vasto plantón de perfumadas plantas, y, al salir del otro lado, completamente mojado y con tufo a encantamiento, parecía estar en éxtasis. Imposible soslayar el entumecimiento sensorial provocado por el frío de la ropa adherida a la piel. Una brillante rana, prendida de mi camisa justo sobre el pecho, que interpreté como el distintivo que la montaña me otorgaba por sortear ese engañoso escollo, saltó elásticamente de regreso a las mariposas. En una suerte de anestésica iluminación, estaba más despierto que nunca. El camino se me reveló por si solo hasta las nubes.

Esta elevación forma parte de un bloque neotectónico de suelos pardos y rojizos con abundante vegetación de montaña pluvisilva que, a medida que se asciende, va cambiando a semicaducifolia; y terminando, a 50 metros de la cúspide, por manifestar características xeromórficas. La vegetación xeromorfa se identifica por ser seca y espinosa, y no justamente por falta de humedad, que aquí arriba tiene de más, sino por la escasés de suelo. El último trecho del pico dejaba expuesta la roca viva del bloque, quebrándose en grandes trozos por causa de la erosión. A unas zancadas de la meta presumí que debía estar muy cerca, a juzgar por la abundancia de desechos dejados por los turistas, mientras daba saltos para salvar tramos distantes entre una roca y la otra. Finalmente, próximo a las 8:30 a.m., pisé el extremo del Potrerillo. Una densa niebla filtraba la luz del sol, impidiendo toda visibilidad hacia abajo.

Mon geodésico en el Pico de Potrerillo.
Mon geodésico en el Pico de Potrerillo. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Un mojón geodésico marcaba con una chapa de bronce el año de la última medición. A pesar del angosto espacio en la cima, todo parecía indicar que más de uno se la había pasado muy bien aquí arriba, al ver los condones desechados junto a paquetes vacíos de golosinas y pomos plásticos. Comí alguna cosilla que llevaba, bebí un refresco Toqui, un sorbito de café, y encendí un pedazo de breva para celebrar la victoria. Mirando hacia el levante, en espera de que el calor de la mañana despejara la neblina, empezaron a destellar más pedazos de plástico atrapados en la rala vegetación. Si reconstruyera los hechos, podría deducir que los paseantes que alcanzaban el extremo se premiaban a sí mismos arrojando hacia abajo los sobrantes de su tóxica cultura. Al cabo de media hora escuché a mis espaldas el sonido de un helicóptero. Me volví para verlo, sobrevolando las inmediaciones de Topes de Collantes. Se hacía tarde para regresar. La neblina se mostraba reticente a disiparse.

El prodigioso Caburní y otros saltos

En el transcurso de los primeros cinco años del siglo, solo tuvimos acceso desde Trinidad al Valle de los Ingenios y su periferia montañosa. Justamente la porción oeste-noroeste del Macizo de Guamuhaya se nombra como esta localidad: Alturas de Trinidad. El otro bloque, separado por el espectacular río Agabama, se denomina Alturas de Sancti Spíritus, donde estuve durante tres días en el Caballete de Casas, en 2001. Salvo al batey de Meyer, todas las distancias que recorrimos en ese empinado circuito se encuentran en el orden de los 10 a 15 km lineales desde Trinidad. En la campaña de 2002, los organizadores del Taller habían planificado un sábado para ir al Salto del Caburní, ubicado en el tercio medio del río de igual nombre. Este curso de agua es un afluente del Ay, en la vertiente centro-sur de la Isla, y tiene una agitada trayectoria de 19 km. El salto, ubicado a 450 m de altitud, ostenta una caída escalonada de 74 m. Desde las proximidades de Topes de Collantes se iniciaba el sendero, repleto de garitas y barreras donde hicieron todo lo posible por cobrarnos el recorrido, aun si no solicitábamos prácticos para guiarnos. Nuestros colegas trinitarios, entre quienes había algunos responsables del Taller, explicaron por enésima vez que se trataba de una actividad coordinada con varias instituciones locales. El camino no merecía costo alguno. Estaba descuidado y mal señalizado, con profundas trincheras socavadas por las proverbiales y frecuentes lluvias de estas laderas.

Al cabo de unos tres o cuatro kilómetros de zigzagueante caminar, subiendo y bajando el resbaladizo terreno, se escuchó el rumor del salto. La selva comenzaba a despejarse ante la cercanía rocosa de la ribera del río, cuando, de la nada, salió al camino un descamisado pidiendo comprobantes de acceso. Era un tipo magro, de pelo claro y piel curtida por el sol. Llevaba una ambigua identificación colgando del cuello, un reloj de pulsera tan grande y desahogado que casi limitaba la movilidad de su brazo, y una sonrisa con más dientes de los que podrían caber en una boca. Parecía un amable asaltante de caminos, conduciéndonos lentamente hacia un espacio allanado con tierra y piedras. Para nuestro asombro, allí radicaba su despacho: un clásico buró de caoba, parcialmente cubierto por un nylon que lo protegía de la lluvia. Recordaba una locación para Fitzcarraldo, el filme de Werner Herzog.

El hombrecillo comenzó a hacernos preguntas que parecían adivinanzas. Empecé a reírme automáticamente. La situación me recordó a otra película, específicamente a la secuencia de Los caballeros de la mesa cuadrada, de Monty Python, en la que un caprichoso guardián de caminos sometía con inverosímiles preguntas a los protagonistas, y aquellos que no dieran con la respuesta acertada, eran arrojados al vacío por fuerzas invisibles. A causa de un tonto tecnicismo sobre aves migratorias, el propio personaje del centinela cae en su propia trampa y es catapultado a la nada, luego de siglos custodiando aquel lugar. Algo similar sucedió con nuestro cobrador, cuando fue derrotado por un salvoconducto que alguien del grupo le mostró para acceder al sitio.

Salto del Caburní: un majestuoso paisaje montañoso.
El autor (dentro del círculo rojo) en el Salto del Caburní. | Imagen: Svetlana del Río

"En las Alturas de Trinidad son abundantes los rápidos y saltos, ninguno de los cuales supera en magnificencia al del Río Caburní"

El salto se descolgaba estruendoso desde una profunda garganta en lo alto, salpicando su torrente en los gigantescos escalones que amortiguaban su verticalidad. Sin pensarlo dos veces, contracorriente, ya estaba trepado a la mitad del chorro, allí donde todavía era posible escalar a gatas la resbalosa piedra, percatándome de lo peligroso e inclinado que se estaba tornando el panorama. Al volverme quedé atrapado por la belleza del gran cañón que la fuerza del agua había labrado allí durante millones de años. Cuando bajé, al rato de estar Svetlana y yo compartiendo con nuestros colegas en una de las translúcidas pozas que abundan en el río, reapareció el centinela-cobrador para advertirnos que no se nos ocurriera trepar la cascada, so pena de elevadísimas multas. En las Alturas de Trinidad son abundantes los rápidos y saltos, ninguno de los cuales supera en magnificencia al del Río Caburní.

En la vertiente sur del Potrerillo se encuentran varios de ellos, muy conocidos, no solo por su discreta belleza, sino por su accesibilidad. Es el caso del Salto de Javira, desproporcionadamente más modesto que el del Caburní, ubicado en El Cubano, un parque ecológico pre montano al que se llega bordeando por carretera el Río Caballero, a la salida oeste de Trinidad. Uno de los fenómenos más peculiares de la región, a pesar de su incipiencia a comienzos de siglo, era la abrumadora presencia de turistas. El día que fuimos, en el parqueo de El Cubano había posicionados enormes buses climatizados, lo que vaticinaba trasiego de europeos al por mayor.

Svetlana posando con el Salto de agua de Javira detrás.
Svetlana en el Salto de Javira. | Imagen: Amilkar Feria Flores

Casi todos los foráneos estaban comiendo lechón y bebiendo Havana Club en un gran rancho rústico. Pantagruélicamente distraídos con la “exótica” comida tradicional, aprovechamos para hacer sin tropiezos el sendero que conduce a la caída de agua de Javira. Se trata de una poza muy profunda y elíptica, abastecida todo el año por el pequeño salto de unos 12 m. Allí hicimos piruetas y clavados en un par de ocasiones, luego de terminar algunas de nuestras labores de excavación.

Los transparentes manantiales de San Juan de Letrán

Otro remanso, tal vez no tan concurrido como Javira, es La Poza del Venado, justo donde un afluente del Tayaba culmina su cauce más tumultuoso, a poco de desaguar en el Valle de los Ingenios. Muy cerca de allí, Río San Juan arriba, se encuentra el camino que conduce al acueducto de Trinidad, concebido en el primer tercio del pasado siglo en el lugar donde emergen los manantiales de San Juan de Letrán. Allá nos largamos un fin de semana durante la campaña de excavaciones de 2003. Nuestro guía no era otro que el gran amigo William Saroza. El adjetivo  involucra la entrega sin reparos de su amistad, a la par que su corpulencia física. Su contramaestre en aquella ocasión fue Barbarita Venegas, su esposa. La bien dispuesta armonía de aquel binomio, artista visual e historiadora, expertos conocedores freelancer de la región, fue garantía absoluta para transitar sin pérdidas el recorrido hasta aquel sitio.

Llevaba mucho tiempo nuestro sonsacador alebrestándonos para hacer una incursión a las montañas donde se encuentran las tomas de agua que abastecen a la ciudad. En esa ocasión Svetlana no pudo ir por encontrarse indispuesta, pero me la cobró unos días después cuando tuve que fungir como práctico para ella. Salimos muy temprano en la mañana desde casa del experto William, en el mismo centro de Trinidad, y desde allí caminamos atravesando la porción oeste de el Valle de los Ingenios rumbo a la sierra. El anfitrión había fraguado aquella experiencia con todas las de la ley, pues de su mochila sobresalía el mango de una olla a presión, la misma donde había cocinado arroz moro con masas de cerdo durante la madrugada. Antes de abandonar su casa distribuimos el peso de todos los víveres que con entrañable generosidad habían elaborado para una tropilla de cuantía nada despreciable.

El dique que contiene el agua de los manantiales...

Una algarabía de cotorras (Amazona leucocephala) nos acompañó en la primera hora de ascenso. La selva era bastante tupida y bien preservada, uno de los pocos lugares, como en casi todos los cauces montañosos de la región, donde la vegetación autóctona había sobrevivido gracias a su engorrosa explotación. Avanzamos cuesta arriba todo el curso del río, la mayoría de las veces siguiendo las gruesas tuberías que trasvasaban el agua impoluta desde los manantiales. De sugestivo estilo Art Decó, a intervalos podían apreciarse las ruinas de las casetas para el antiguo control de flujo. Toda la red había sido modernizada y reemplazada en el transcurso del pasado siglo, siguiendo la misma ruta de las antiguas, que, ya abandonadas, se encontraban agujereadas y cubiertas de plantas. A las dos horas llegamos al dique que contiene el agua de los manantiales, seguramente filtradas desde la ladera norte de la sierra, por donde arrolla el caudaloso Caburní.

Como si fuese el tronco de un arbusto que cobrara movilidad por arte de encantamiento, se nos apareció el custodio del lugar. Todo él poseía la pátina húmeda del ambiente que lo circundaba, camuflado con piedras y plantas. Menos disimuladas fueron sus cortantes interpelaciones, pues no era aquel un sitio turístico, sino un estratégico enclave de vital importancia para la localidad. “¿Qué pasaría si alguien echara cianuro en el estanque? ¿Eh?”. Su pregunta venía firmemente trenzada por una carga de responsabilidad individual y social. Con toda seguridad, antes de cortarle los cojones a aquel señor, morirían aproximadamente 70 mil personas, sin contar la población flotante de turistas y gente de paso. Mostramos cuanta identificación llevábamos encima, dejando el peso de la negociación a William y Barbarita.

Un almuerzo de altos quilates

"Las ruinas poseen la pasmosa y enigmática capacidad de sobrecoger a quienes las contemplan. No importa cuánto tiempo haya pasado desde que fueran erigidas sus estructuras, el asunto es que nos susurran con frío aliento sobre el efímero juego que el hombre se trae con la eterna inmanencia el tiempo"

Cuando la confianza tendió un puente de comunicación más expedito, el centinela del agua nos mostró las instalaciones, algunas parcialmente operativas, refuncionalizadas para los nuevos mecanismos de bombeo, y otras en igual estado de deterioro que el de las garitas que vimos en el trayecto. Las ruinas poseen la pasmosa y enigmática capacidad de sobrecoger a quienes las contemplan. No importa cuánto tiempo haya pasado desde que fueran erigidas sus estructuras, el asunto es que nos susurran con frío aliento sobre el efímero juego que el hombre se trae con la eterna inmanencia el tiempo. Allí había varias sepulturas con sus lápidas y áreas perimetrales bastante bien atendidas para lo remoto del lugar. Una de ellas tenía una baranda alta de hierro forjado y torneado, y en los bordes de casi todas crecían tupidas y florecidas mariposas y platanillos. Pasados veinte años no puedo recordar quienes reposaban el sueño eterno en tan paradisiaco lugar, pues en aquella ocasión no tuve la precaución de tomar nota de los detalles. A la orden de Barbarita desplegamos manteles, platos y cubiertos para un almuerzo de altos quilates. De haber sido miembros de un comando terrorista, aquella hubiese sido la oportunidad ideal para dopar al custodio, que comió hasta olvidar su nombre.

La boa de unos 4 metros de largo

El autor junto al custodio de los manantiales de San Juan de Letrán. Un perro al lado, un macizo rocoso detrás.
El autor junto al custodio de los manantiales de San Juan de Letrán. | Imagen: Svetlana del Río

Al siguiente día de acabar la Campaña de 2003, Svetlana y yo nos quedamos dos jornadas más para llevarla a San Juan de Letrán. En esa oportunidad, como si nos estuviera esperando, el custodio de turno, casi un duplicado del de la primera vez, nos atendió con suma amabilidad. Iba acompañado de un perrito ratonero que no se le separaba salvo cuando percibía alguna alteración en el entorno. Este custodio corrió menos suerte con el almuerzo, pues íbamos pobremente pertrechados de víveres. A poco de abandonar el lugar, acompañados por el hombre durante un trecho, quedamos absortos ante la imponente presencia de un enorme majá de Santa María (Epicrates angulifer). La boa, de unos 4 metros de largo, reptaba inmutable, con absoluta parsimonia, como si no existiera otro ser vivo en este mundo más que él. Parecía un largo tren transcontinental. En su segmento más voluminoso debía tener unos 15 o 20 cm de ancho.

El custodio de los manantiales en el dique de contención.
El custodio de los manantiales en el dique de contención. | Imagen: Svetlana del Río

"El majá de Santa María es endémico de Cuba, además de ser la boa de mayor tamaño en todo el Caribe insular"

Automáticamente, poseído por su instinto de hombre de monte, el custodio desenvainó el machete para trozarlo. Casi con igual apremio, Svetlana y yo lo sostuvimos por el brazo para evitar el herpicidio. Luego nos explicó que no quería que el animal nos asustara, a lo que respondimos que no había peligro alguno. El perrito fungía como un insoportable guardagujas, ladrándole todo el tiempo hasta que el ofidio logró escabullirse por una oquedad entre las piedras. Según la literatura científica, a pesar de no ser una especie venenosa, es habitual que los campesinos lo ultimen, argumentando que suelen comerse a las aves de corral, con independencia de que existan infundadas supersticiones en torno a su alargada anatomía. Es endémico de Cuba, además de ser la boa de mayor tamaño en todo el Caribe insular. Puede alcanzar los 6 metros de largo y es de color marrón con algunas manchas. Aunque está ampliamente distribuido por todo el territorio nacional, incluidos los cayos adyacentes, hubiese sido espantoso sacrificar a este veterano reptil con la misma facilidad que se corta un bejuco cualquiera.

Mapa de las Alturas de Trinidad y la localidad que le da nombre.
Mapa de las Alturas de Trinidad y la localidad que le da nombre.

Amilkar Feria Flores

Amílkar Flores

La Habana (1967). Escritor y artista visual. Licenciado en Pedagogía en Artes; Diplomado en Antropología Cultural y en Producción Simbólica. Ha ejercido como ilustrador gráfico, analista de prensa, periodista y profesor universitario. Ha publicado, entre otros, los títulos: Las dulces horas (Premio Pinos Nuevos 2007 (Poesía, Unión, 2008)); Algunas animalezas y otras bestialidades (Narrativa, Ediciones Extramuros, 2010 y Crónicas diluvianas (Narrativa, 2010). Cuenta con numerosas exposiciones personales y colectivas en Cuba y el extranjero. Actualmente desarrolla el proyecto de experimentación artística Observatorio Entrópico de Palatino.

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