Crónica de la Ciudad, o las ciudades crónicas

Parada de guaguas en la ciudad de Camagüey, Cuba.
Parada de guaguas en la ciudad de Camagüey, Cuba. | Imagen: Benito Malo

Con más sombras que luces ha entrado el otoño a la Ciudad. Cualquier ciudad de esta isla en la que la estación de la caída pasa desapercibida. No por esta vez. Ya bien mirando el panorama actual, o tecleando frente al laptop lo que la vista nos inspira, es imposible ensalzar o juzgar al yanqui como el Apóstol, o punzar en lo cultural del mundo como Carpentier, o siquiera atreverse con una muerte anunciada como el periodista Gabo. Cuba amanece gris, y salpicada por las depresiones, bajo una angustia que se va haciendo cotidiana.

La crisis actual, en un primer instante una reminiscencia de la pasada, si es que algún día nos abandonó, trae nuevas veladuras en el alma del cubano. En el maelström de las redes sociales es casi imperceptible, tampoco en los medios oficiales del país, la apatía, el cansancio, el desgano que, sumados al tranquilismo imputado por el presbítero Varela hace casi doscientos años, vienen a subyugar a quienes integran, esencialmente, la nación.

Basta mirar las calles, o escuchar las opiniones del ciudadano de a pie, para entender el desajuste de la vida humana que experimenta hoy el pueblo. No me refiero a la protesta o a la defensa de las ideologías, sino a la aceptación vulgar de estas transformaciones y al paroxismo del miedo, que conducen a una forma moderna de esclavitud acérrima, y en no pocos casos, a una anarquía del sinsentido.

Unos maldicen y culpan al sempiterno enemigo del Norte; otros bromean con los vocablos de moda en el discurso de la oficialidad; los órganos de represión se exasperan y extreman las medidas; los dirigentes se halan los pelos en sus empresas para cumplir la cuota de imposible que se les exige; los obreros y los universitarios se habitúan al “cambio de labor”, para “activar la creatividad” de postergar más el fracaso; las galerías en penumbras, por ahorrar energía, con obras deslucidas y artistas oficiales, en contraste a los llamados “mercenarios”, nos saludan desde el desconcierto: un fruto sin sabor de la masividad del arte; las redes, especie de puente entre los cubanos de aquí y allá, se estremecen ante novedosas formas de exigencia y protesta. Pero bajo el sol, lo único nuevo es esta desilusión, este apego a la conformidad, ahora aparentemente menos provisto de una fanática y rancia ideología, y el vacío.

Ojalá la cronicidad sea el presagio de un despertar en la Ciudad, aunque fuera como opinó Neruda, cada cien años. La falta de un espectáculo lujoso, y de un arte saludable y libre, nos privan del texto carpenteriano, una crónica crítica, bajo los principios exclusivos del arte. Por otro lado, quien intente imitar desde la bandera del periodismo independiente al cronista político García Márquez, pudiera agenciarse la cárcel bajo los mismos principios que elogió el colombiano.

En la otra orilla de la Ciudad, los exiliados apuestan por asestar el golpe final al cronicón del archipiélago, agonizante. “Los de abajo ya no quieren seguir siendo gobernados”, la cita nos es familiar. Pero se han preguntado si con tales golpes, si a pesar de ello, “¿los de arriba ya no pueden gobernar?” Por suerte aún no hemos quemado los tomos de la única crónica juiciosa a la que debiéramos atender, aquellas escenas que retrató nuestro José Martí, si es que aspiramos en verdad a alcanzar la situación de cambio.  A propósito de estas y otras estrategias, y a falta de hechos para embadurnar la tinta de cronistas, les dejo esta reflexión del Apóstol, en uno de los pocos textos en los que usó la palabra más mentada de los actuales tiempos: “De sí propia y de su natural desenvolvimiento viene la fuerza a la revolución cubana, que no ha de ser el aprovechamiento furtivo de una coyuntura feliz, sino el alzamiento incontrastable y final de la conciencia pública”. En esto tenemos que confiar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El poeta Mario Félix Ramírez Méndez

(Camagüey, 1994). Poeta y crítico. Graduado de Ingeniería en Telecomunicaciones en la Universidad Central de Las Villas. Autor del poemario Corolario (Ed. Homagno, Miami, 2019).

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