¿Qué busca AMLO en Cuba?

¿Qué busca AMLO en Cuba? La isla juega un papel clave en la geopolítica regional, que puede decidirse en la VI Cumbre de la CELAC.

Presidente cubano Miguel Díaz Canel y presidente mexicano AMLO
Presidente cubano Miguel Díaz Canel y presidente mexicano AMLO.

Varios medios cubanos calificaron el discurso del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) —pronunciado durante el Día de Independencia de ese país—, como «el más emocionante que recordemos desde Lázaro Cárdenas hasta hoy». En la primera parte de su intervención, el mandatario puso el foco de su atención en el sacerdote independentista Miguel Hidalgo. La elección no fue fortuita. La típica retórica de mesianismos y culpas que caracteriza a AMLO aspira a una identificación entre el presidente y el padre de la patria.

Como Hidalgo —parece decirnos López Obrador— también él se considera «defensor del pueblo raso», jamás buscará «la diadema imperial», nunca será «de los de arriba». AMLO se califica como «un subversivo», un «revolucionario que no se anda por las ramas». Tanto los enemigos del cura como los suyos «nunca le perdonaron la osadía de querer igualar a los pobres con las clases más favorecidas», y por eso lo excomulgan y decapitan.

AMLO se regodea varios minutos recitando la letanía de insultos contra Hidalgo, recogidos por Paco Ignacio Taibo, en los cuales el presidente ve un anticipo de su propia «inmolación»: «padre de gentes feroces», «execrable majadero», «archiloco americano».

Porque Hidalgo fue contra los hijos de aquellos «conquistadores bastardos», cuyos emblemas son Cortés o el propio Colón, cuya estatua del Paseo de la Reforma él ha hecho retirar —por obra de la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Claudia Sheinbaum. Andrés Manuel es el nuevo Hidalgo, el elegido, el hombre de revolución que también puede mimetizarse en un «auténtico cristiano». Pero esto ya lo sabíamos, es algo más lo que nos sorprende.

Ninguna de esas atribuciones simbólicas se compara con lo que dirá a continuación, en una efectiva vuelta de tuerca en su oratoria: «El día de hoy recordamos esa gran gesta histórica [la revolución mexicana] y la celebramos con la participación del presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz-Canel».

Comitiva cubana despedida por El General

Esa mañana —16 de septiembre de 2021—, Miguel Díaz-Canel abordaba un lujoso jet rumbo a la Ciudad de México. A propósito de su despedida en tierras cubanas, la prensa cubana lanzó un titular nada inocente: «Despidió el General de Ejército Raúl Castro al Presidente de la República, quien realiza una visita a México». Desde luego, Granma había recibido orientación de resaltar un mensaje principal, contra los teóricos de la conspiración: Raúl está vivo y sano. La publicación promete un video, pero no aparece más que una oscura foto donde Castro —de uniforme— habla o instruye a Díaz-Canel.

La insólita ausencia de declaraciones de Raúl en torno a los eventos del 11J ha resultado sospechosa a algunos analistas: ¿Dónde está el general? ¿Por qué no emitió ninguna censura a los manifestantes? ¿Su retiro de la política significa abandonar la arena simbólica de la revolución? ¿Las fotografías son auténticas? ¿Son montajes? ¿Se trata de un doble?

De cualquier modo, la delegación del presidente es ya un ejemplo de cómo el apellido Castro —vivo o muerto— pende sobre cada acto oficial del mandatario cubano. Junto a los previsibles Bruno Rodríguez Parrilla y Rodrigo Malmierca (ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera) se añade la de Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, el mánager más eficiente y silencioso del gobierno cubano.

López-Callejas es una presencia discreta pero omnipotente; el pueblo cubano no lo conoce y rara vez aparece ante las cámaras. Si hay un hombre indispensable para el mantenimiento de la revolución, es él. Antiguo yerno de Raúl Castro, López-Callejas es el hombre de confianza de esa familia y su «embajador» en un gobierno que recurre a métodos cada vez más sofisticados para disfrazar su gestión.

Recientemente, los cubanos lo vieron ascender al buró político del Partido Comunista y durante el desfile cívico-militar al cual fue invitado Díaz-Canel, la televisión mexicana lo presentó como «asesor principal» del presidente. López-Callejas acude a México a supervisar personalmente las conversaciones de alta política que allí transcurren, a evitar las exaltaciones cada vez más frecuentes de Díaz-Canel —ya se han verificado encontronazos entre el exilio cubano en ese país y las organizaciones de «solidaridad» con la isla—, y a jugar un papel desconocido en un viejo sueño de AMLO, que ahora empieza a cobrar fuerza: la posibilidad de disolución de la OEA y el renacer de un nuevo bloque «de izquierda» en Latinoamérica, pero ya hablaremos de eso más adelante.

(Por último —y de la mano de su marido— bajó del avión en Ciudad de México Lis Cuesta, la imposible primera dama cubana, calificada apenas como «esposa del presidente» y jamás mencionada en los medios oficiales. Por encima del silenciamiento, Cuesta se ha desenvuelto en varios eventos de índole cultural —entre ellos el Festival San Remo— y aunque gana en visibilidad, la prensa y la televisión aún no reciben licencia «de lo alto» para dejarla entrar a su esfera pública).

Para rehabilitar a Díaz-Canel en el panorama internacional

Lo peculiar no es que el presidente cubano asista a un acto de esta envergadura, sino el protagonismo indiscutible que tuvo el tema cubano dentro de la ceremonia. La visita de Díaz-Canel tiene dos propósitos declarados: asistir como invitado de honor a la conmemoración del Día de la Independencia de México y participar en la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe. Además, el mandatario se proponía entablar reuniones con AMLO y su gabinete sobre la colaboración entre los dos países.

López Obrador dio algunas claves de esa insólita invitación a Díaz-Canel, un mandatario que ha pasado del anonimato mediático al repudio internacional desde las protestas del 11J en Cuba: la isla, «nueva Numancia», merece un «premio de la dignidad» y su resistencia debe ser declarada «patrimonio de la humanidad». Colocar al presidente cubano a su lado significa asumir ese patrimonio simbólico, cuya potencia necesita en el futuro.

(Hay quien maneja otra hipótesis: la invitación pudo haber sido, en realidad, una solicitud desde La Habana para rehabilitar a Díaz-Canel en el panorama internacional).

América Latina está repleta de nostálgicos de izquierda, para los cuales Cuba evoca la quintaesencia del socialismo, la juventud perdida y la utopía que jamás pasó. AMLO sabrá manejar esta nostalgia, intentará agregarle su propia visión apocalíptica de la historia y el Hombre Nuevo, y sitúa en el pedestal a Díaz-Canel para que oficie como representante de esa tradición. A todo esto, no se arriesga a un enfrentamiento abierto con Estados Unidos; se limita al jugueteo de siempre, a la petición de retirar el bloqueo y a calificar a Biden como un hombre «de fina sensibilidad política».

El acto, el discurso y los abrazos fueron apenas la antesala de la cumbre de la CELAC, cuya presidencia pro tempore ejerce México y que podría presentarse como una alternativa regional a la Organización de Estados Americanos y, con un poco de suerte, apresurar su final.

El panorama de tensiones y protestas en América Latina

Lo cierto es que AMLO y su diplomacia —encabezada por el canciller Marcelo Ebrard— han ido moviendo las piezas con vistas al fortalecimiento de la CELAC y al descrédito de la OEA. El ascenso de algunos líderes de trayectoria izquierdista, como Luis Arce en Bolivia o Pedro Castillo en Perú —y la posible elección de Lula en 2022—, además de la salida de Trump del escenario, puede proporcionar al mexicano el contexto ideal para recalibrar la geopolítica americana, desbancar a la OEA como organismo rector —y la tutela histórica de Estados Unidos— y fomentar alianzas con otras potencias como China y Rusia.

En julio de este año, AMLO recurrió a la figura de Simón Bolívar para evocar la alianza latinoamericana que no pudo lograrse en otras ocasiones (con Chávez o Lula, por ejemplo) y lanzar un nuevo alfilerazo contra la OEA: «no debe descartarse la sustitución de la OEA por un organismo verdaderamente autónomo, no lacayo de nadie».

Veremos pronto el resultado de las conversaciones en la CELAC, qué papel jugará México en la región y qué espera de Cuba, país al que acude AMLO como savia ideológica para convocar a los aliados de la vieja izquierda latinoamericana. En estas sesiones veremos los rostros clave del poder regional, entre presidentes, vicepresidentes y cancilleres: allí estarán Pedro Castillo, la venezolana Delcy Rodríguez (este sábado, sorpresivamente, llegó Nicolás Maduro), la colombiana Marta Lucía Ramírez —pero no Iván Duque—, el nicaragüense Denis Moncada —en ausencia de Daniel Ortega—, Luis Arce, Guillermo Lasso, Carlos Alvarado, Luis Lacalle Pou, Díaz-Canel y el anfitrión, López Obrador.

Estos personajes tendrán en sus manos, al margen de sus ideologías y diferencias, el panorama de tensiones y protestas en América Latina y el Caribe; la necesidad de una estrategia común contra la pandemia; y —lo cual parece ser la intención«secreta» del encuentro— la propuesta de disolver la OEA, consenso al que tendrán que llegar, próximamente, con la participación de Estados Unidos y Canadá. Jugarán con las ambiciones de AMLO, con las gestiones siniestras de gerentes como López-Callejas y elementos decorativos como Díaz-Canel; enfrentarán el dilema de reconstruir un bloque regional que ya no cree en el socialismo pero se aferra a él como pretexto y, por último, tendrán que esperar el movimiento de Biden y de Luis Almagro, que no abandonarán de buena gana las prerrogativas de la OEA sobre el continente.

Muchas realidades y demasiados destinos posibles para la sexta —y quizás más importante— cumbre de la CELAC, cuyo candente diálogo ya ha comenzado: negocian no solo el futuro de Latinoamérica y el Caribe, sino también su supervivencia como organización.

Sergio Mestre
Sergio Mestre

Escritor y periodista cubano. Colaborador habitual de Diario de Cuba y Árbol Invertido. Reside en Santa Clara, donde sueña, entre libros y palabras, con el contorno futuro de la isla.

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