Entrevista con el Girovagante

Capitolio de La Habana y tendedera de ropa
Capitolio de La Habana y tendedera de ropa. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

El Girovagante teme al poder de la palabra. En esta masa informe llamada pueblo, el Girovagante ha sido educado al compás del metrónomo en la restricción y la tontisemia reduccionista, el escarpelo ideo-político y la catarsis colectivizante. Lo primero que me advirtió su esposa, con quien tuve un contacto informal exploratorio, fue que al Girovagante hay que hacerle preguntas simples sin el más mínimo resquicio a la pluralidad porque, sin importar la cantidad de neuronas que pueda tener, aferrado a su espíritu ahorrativo, el tipo sólo se permitirá el uso de dos o tres para responderte. Su esposa también me ha confesado que, en aras de la buena comunicación, no use palabras como “libertad”, por ejemplo, que le espanta si se trata de respetar la ajena, o “democracia”, que suele sobresaltarle. Me ha contado que “participación” le produce impotencia y “diversidad” podría ponerlo al borde de un colapso de su identidad sexual.

“Cualquier comemierda publica un libro en este país”, me suelta de saludo el Girovagante.

Me invita a sentarme frente al buró sintético con ribetes de modernidad, tapizado con un cristal bajo cuya transparencia apresa sus planes de trabajo, las reuniones de sistema y las directrices.

“La Revolución ha sido tan magnánima con los llamados intelectuales que cualquier advenedizo, sin formación universitaria ni cultura política, intenta sacar los ojos a la obra suprema que le ha dado luz”.

¿A su madre?, quisiera preguntarle, pero no me parece un buen comienzo.

Está vestido con prendas demasiado fosforescentes, creo, dado que su principal deber es contribuir al triunfo proletario, y se mueve semiflácido como pene en coito protegido con una prostituta altamente profesional: preciso y sin pasión, el coito claro. Su oficina: ordenada, pulcra y bien climatizada, muestra en las paredes cuatro fotografías propagandísticas que me ubican rápidamente en los paradigmas que el Girovagante espera asociemos con su comportamiento laboral y personal.

“Hay quienes se dedican a criticar a los dirigentes porque son incapaces de brillar por sí mismos como escritores”, comenta sin que aun éste entrevistador haya abierto la boca. Sonríe y se acomoda los ricitos de oro, al estilo Matojo, aunque con un gesto casi afeminado que nada tiene que ver con el personaje de caricatura.

“Yo vine aquí porque me dieron una misión, una tarea, y he sido formado para cumplir disciplinadamente cualquier misión que se me encomiende. Mañana puedo estar en otro lugar, incluso puedo estar en un aula impartiendo clases de lo que me gradué en la Universidad, no tengo ningún aferramiento a este puesto”.

¿Qué tiempo usted impartió clases después de graduado en la Universidad? Al fin logro pronunciar la primera interrogante… “Tiempo, no. Ni un minuto. Sólo impartí clases en los ejercicios de exámenes, y a veces ni en esos ejercicios, porque siempre andaba ocupado en asuntos de mi vida como dirigente estudiantil, pero estoy dispuesto a ir a un aula o adonde se decida…”

¿Lo decida? ¿Quién lo decida?

“El país, por supuesto”.

O sea… ¿Usted convocará un referéndum para que la gente vote si usted se dedica o no a lo que estudió en la Universidad…? Le sugiero, y el Girovagante lanza una carcajada, se arrellana en la silla giratoria y me mira como el juez al condenado: “Tú sabes a quiénes me refiero”.

No, no lo sé, la verdad, le respondo mientras levanta el auricular del teléfono y marca un número… Cuando usted dice “el país” —agrego—, pienso en una metáfora geográfica de todos los cubanos que viven en la isla parecida al caimán. Otra cosa sería “la nación”, o sea: todos los cubanos vivan donde vivan y sus aportaciones culturales, creo yo.

Ante mi andanada, el Girovagante mira al vacío, a un punto intermedio entre la infinitud de la materia (que ni se crea ni se destruye) y la espiral del silencio. Espera que alguien le responda al otro lado de la línea, cuelga, y se me encara como quien escruta. Decido pasar a la ofensiva y le pregunto cuándo descubrió su extraordinaria vocación para liderar procesos políticos o administrativos…
“Bueno, el problema es que yo no lograba aprender a leer ni a escribir a pesar de haber llegado al cuarto grado por mi buena conducta y participación en todas las tareas, así que la maestra, como incentivo, me entregó una libreta para anotar a los que llegaban tarde al matutino o hablaban en la fila hacia el comedor del seminternado”.

¿Y logró aprender a leer y a escribir?

“Sí, pero nunca libros ni letras de imprenta, sólo anotaciones hechas en cursiva”. “Después, como jefe de colectivo, realicé una encomiable labor en la búsqueda y captura de comedores de guayaba, y demás está decir que desde entonces participé activamente en actos políticos y desfiles conmemorativos”.

¿Cómo espera enfrentar su nueva tarea en el Gobierno Municipal?

“Pensando todo en las decisiones del país, las directrices del partido y las orientaciones del gobierno provincial”…

¿Y el pueblo, la gente de la comunidad? ¿No pensará en ellos?

Justo cuando se inclina hacia adelante para comenzar a responder, el teléfono suena, el Girovagante me da la espalda y habla con alguien.

Se vuelve. Está más colorado que un tomate putrefacto, y es él entonces quien pregunta…

“¿Y a ti quién cojones te mandó a entrevistarme, porque ya me avisaron de que no perteneces a ningún órgano de prensa autorizado?”

Comprendo que ha terminado la entrevista.

Escritor y periodista Giordan Rodríguez. Foto en revista Árbol Invertido

(Manzanillo, Granma, Cuba, 1973). Narrador, guionista y director de Radio y Televisión desde 1991. Trabajó en Radio Bayamo y Radio Granma. Ganó el Premio en el concurso “Juan Francisco Sariol” en el género de cuento. Ha publicado varios cuentos y ensayos en revistas literarias como Ancora de Ediciones Orto y Ventana Sur de Ediciones Bayamo, y de igual modo obtuvo la Orden al mérito artístico de la Universidad Pedagógica de Granma. Autor de El Casi Libro del Inconforme, Retazos de la Censura (Ed. Orto, Manzanillo, 2011). 

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