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Efemérides | Calendario anticomunista: efemérides de septiembre

Las efemérides de septiembre recorren crímenes, invasiones y mecanismos de control comunistas, pero también grandes movimientos de resistencia y liberación.

Calendario anticomunista. Efemérides de septiembre. Vuelo en bloqueo a Berlín occidental (1948), exposición del Bulldozer, Piedra Solovetsky de Moscú, AbImael Guzmán capturado, reunión del PCE, tanques soviéticos y columna nazi (Polonia).
Calendario anticomunista. Efemérides de septiembre. Vuelo en bloqueo a Berlín occidental (1948), exposición del Bulldozer, Piedra Solovetsky de Moscú, AbImael Guzmán capturado, reunión del PCE, tanques soviéticos y columna nazi (Polonia).

ÍNDICE

  1. Efemérides de septiembre
  2. ► DEL 1 AL 10 DE SEPTIEMBRE
  3. 1 septiembre 1983 — Unión Soviética, isla de Sajalín. Un caza soviético derriba el vuelo civil KAL 007
  4. 3 septiembre 1932 — Unión Soviética. Pavlik, el niño delator convertido en héroe
  5. 3 septiembre 1948 — Checoslovaquia, Sezimovo Ústí. Muere Edvard Beneš
  6. 4 septiembre 2002 — Rusia, San Petersburgo. Se instala la Piedra de Solovkí
  7. 5 septiembre 1918 — Rusia soviética. El Gobierno de Lenin decreta el Terror Rojo
  8. 6 septiembre 1945 — España, Madrid. Gabriel León Trilla es asesinado durante una purga interna del PCE 
  9. 6 septiembre 1991 — Unión Soviética. Moscú reconoce la independencia de Estonia, Letonia y Lituania
  10. 9 septiembre 1948 — Corea del Norte. Nace la dictadura comunista hereditaria
  11. 9 septiembre 1976 — China, Pekín. Muere Mao Zedong
  12. ► DEL 11 AL 20 DE SEPTIEMBRE
  13. 11 septiembre 1989 — Hungría y Austria. Se abre una brecha en el Telón de Acero
  14. 12 septiembre 1953 — Unión Soviética, Moscú. Nikita Jrushchov ocupa el lugar de Stalin 
  15. 12 septiembre 1992 — Perú, Lima. Capturan a Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso 
  16. 13 septiembre 1968 — Checoslovaquia, Praga. El régimen comunista restablece la censura 
  17. 15 septiembre 1974 — Unión Soviética, Moscú. El régimen destruye la “Exposición del Bulldozer”
  18. 17 septiembre 1939 — Polonia. La Unión Soviética invade el país y consuma su reparto con Hitler
  19. 17 septiembre 1980 — Polonia, Gdansk. Solidaridad se constituye como sindicato nacional
  20. 17 septiembre 2007 — Polonia, Varsovia. Se estrena la película “Katyń”, de Andrzej Wajda 
  21. 19 septiembre 2019 — Unión Europea. El Parlamento Europeo condena los crímenes de los regímenes comunistas 
  22. ► DEL 21 AL 30 DE SEPTIEMBRE
  23. 28 septiembre 1960 — Cuba, La Habana. Fidel Castro crea los CDR (Comités de Defensa de la Revolución)
  24. 30 septiembre 1949 — Alemania, Berlín. Finaliza el puente aéreo que derrotó el bloqueo soviético 
  25. 30 septiembre 1989 — Checoslovaquia, Praga. La embajada de Alemania Federal anuncia la salida de miles de refugiados

Efemérides de septiembre

Septiembre quedó marcado por algunos de los grandes crímenes y conflictos provocados por el comunismo durante el siglo XX. El Gobierno de Lenin convirtió el Terror Rojo en política oficial, el Ejército soviético invadió Polonia conforme al reparto acordado con Hitler y el bloqueo de Berlín intentó someter a una población entera. La dictadura fundada por Kim Il-sung, el derribo del vuelo civil KAL 007 y la creación de los Comités de Defensa de la Revolución en Cuba revelan otras formas de violencia y control.

Este mes también recuerda a quienes desafiaron esos regímenes. Los obreros polacos fundaron Solidaridad, varios artistas soviéticos expusieron sus obras pese a la censura y miles de alemanes orientales escaparon por Hungría o buscaron refugio en la embajada de Alemania Federal en Praga.

La Piedra de Solovkí y la película “Katyń”, de Andrzej Wajda, rescataron la memoria de víctimas silenciadas durante décadas. A ellas se suman la recuperación de la independencia de Estonia, Letonia y Lituania, y la captura en Perú de Abimael Guzmán, responsable de la violencia terrorista de Sendero Luminoso.



► DEL 1 AL 10 DE SEPTIEMBRE

1 septiembre 1983 — Unión Soviética, isla de Sajalín. Un caza soviético derriba el vuelo civil KAL 007

Un interceptor soviético derriba un avión de pasajeros desviado de su ruta y causa la muerte de las 269 personas que viajaban a bordo.

El 1 de septiembre de 1983, el vuelo 007 de Korean Air Lines cayó al mar cerca de la isla soviética de Monerón. El Boeing 747, que cubría la ruta Nueva York–Seúl con escala en Anchorage, se había desviado cientos de kilómetros e ingresado por error en el espacio aéreo de la Unión Soviética. A bordo viajaban 246 pasajeros y 23 tripulantes. Murieron las 269 personas.

Las defensas soviéticas siguieron la aeronave mientras atravesaba la península de Kamchatka y se aproximaba a Sajalín, una región con instalaciones militares sensibles. El mayor Guennadi Osípovich despegó en un interceptor Su-15 y recibió la orden de destruir el aparato. A las 3:26 de la madrugada, hora de Japón, disparó dos misiles. El Boeing permaneció en el aire durante varios minutos antes de precipitarse al mar.

Moscú negó inicialmente haber derribado un avión civil. Después reconoció el ataque, pero afirmó que la tripulación había ignorado las advertencias y que el vuelo participaba en una operación de espionaje estadounidense. El avión no realizó maniobras propias de una operación de espionaje y mantuvo las comunicaciones habituales de un vuelo comercial.

Entre las víctimas había ciudadanos de 16 países y 22 menores de doce años. También viajaba el congresista estadounidense Larry McDonald. Durante los trabajos de búsqueda, la Unión Soviética ocultó que había encontrado las cajas negras y desorientó deliberadamente a los equipos internacionales. Rusia no entregó los dispositivos a la Organización de Aviación Civil Internacional hasta 1993, diez años después del derribo.

Cuatro días después del derribo, Ronald Reagan presentó públicamente grabaciones de las comunicaciones militares soviéticas. En su discurso describió la destrucción del avión como un crimen cometido contra pasajeros indefensos:

“Este crimen contra la humanidad nunca debe olvidarse, aquí ni en todo el mundo”.

Al derribo siguió una prolongada mentira de Estado. Las familias no recibieron los cuerpos de sus seres queridos y durante años tampoco pudieron conocer con precisión sus últimos minutos. La decisión de disparar contra una aeronave civil, seguida del ocultamiento de las pruebas, mostró hasta dónde podía llegar un sistema entrenado para interpretar cualquier error como una conspiración enemiga.

Fuentes: Ronald Reagan Presidential Library, “Address to the Nation on the Soviet Attack on a Korean Civilian Airliner”; Encyclopaedia Britannica, “Korean Air Lines flight 007”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “Editorial Note: Soviet shootdown of Korean Air Lines Flight 007”.


3 septiembre 1932 — Unión Soviética. Pavlik, el niño delator convertido en héroe

La muerte de Pavlik Morózov, un campesino de 13 años, fue transformada por el régimen soviético en un culto infantil que enseñó a generaciones de niños que la fidelidad al Estado debía estar por encima de sus propios padres.

El 3 de septiembre de 1932, Pável “Pavlik” Morózov salió con su hermano menor Fiódor a recoger bayas cerca de Gerásimovka, una aldea situada en los Urales, en la actual provincia rusa de Sverdlovsk. Pavlik tenía 13 años y Fiódor unos nueve. Al no regresar, comenzó la búsqueda. Sus cadáveres aparecieron días después en el bosque, con heridas de arma blanca. El crimen ocurrió durante la colectivización forzosa emprendida por Stalin, cuando el poder soviético confiscaba propiedades, deportaba familias campesinas y perseguía a los llamados “kulaks”, convertidos oficialmente en enemigos de clase.

La prensa local informó del asesinato el 17 de septiembre y las autoridades lo interpretaron enseguida en términos políticos. Pionérskaya Pravda, periódico oficial de los Jóvenes Pioneros, llevó poco después la historia a sus lectores infantiles. La versión que terminó imponiéndose contaba que Pavlik había denunciado a su padre, Trofim Morózov, presidente del sóviet de la aldea, por ayudar a campesinos perseguidos por el régimen. Después de que Trofim fuera condenado, varios familiares habrían asesinado al muchacho para vengarse. El proceso contra los acusados permitió presentar la muerte de los hermanos como otro episodio de la lucha contra los “kulaks”.

Pero la muerte de Pavlik era solo el comienzo de una historia absurda y terrible mucho mayor. Durante los dos años siguientes, su biografía se reescribió hasta convertirlo en un pequeño mártir comunista. Los Jóvenes Pioneros lo adoptaron como héroe. Su supuesto acto de delación pasó a enseñar algo que afectaba directamente a la conciencia de los niños. La obediencia al Estado soviético podía exigirles enfrentarse a sus padres y denunciar a sus propios familiares si estos eran considerados "enemigos del pueblo".

Maksim Gorki, uno de los escritores más prestigiosos puestos al servicio de la cultura soviética, participó en la consagración. En el Primer Congreso de Escritores Soviéticos, celebrado en Moscú en 1934, ensalzó públicamente a Pavlik. Su figura comenzó a reproducirse en libros infantiles, periódicos, poemas y dibujos. Los escolares escribían composiciones sobre él y enviaban cartas en las que reclamaban venganza contra sus asesinos o prometían imitar su conducta. El muchacho ya no era solamente una víctima. Se había convertido en un personaje educativo creado para enseñar cómo debía comportarse un niño soviético.

La Universidad de Oxford conserva muestras de aquella producción infantil. En 1939, un adolescente de 16 años llamado Kostia Gulin publicó en el periódico Tavdinski rabochi un poema dedicado a Pavlik. El joven poeta imaginaba una gloria que debía prolongarse durante generaciones y terminaba prometiendo defender con el propio cuerpo el legado del niño muerto:

“No piense la horda enemiga
que nuestras mentes han vacilado.
Defenderemos sus logros
con nuestros propios pechos”.

El culto salió de las páginas impresas y ocupó el espacio público. Se levantaron estatuas de Pavlik en distintas localidades soviéticas, su nombre apareció en escuelas y organizaciones de pioneros y fue invocado en reuniones y juramentos. Gerásimovka acabó convertida en un santuario político. En 1941 se creó allí un museo dedicado al muchacho, que fue ampliado considerablemente durante las décadas de 1960 y 1970. La casa de madera de los Morózov fue reconstruida, se prepararon monumentos en los lugares de enterramiento de los dos hermanos y hasta se asfaltó una carretera para facilitar la llegada de autobuses cargados de Jóvenes Pioneros procedentes de toda la Unión Soviética.

En 1954 se inauguró en la propia Gerásimovka una estatua de Pavlik. Un noticiero soviético conservado en el Archivo Estatal Ruso de Cine y Fotografía muestra la ceremonia y a grupos de pioneros marchando hacia la aldea. Otro monumento reproducía unas palabras atribuidas a Gorki que resumían la voluntad de perpetuar aquel culto:

“Su memoria nunca debe desaparecer”.

Las visitas continuaron durante años. Los escolares llegaban en excursiones organizadas, recorrían los lugares vinculados con la vida y la muerte de Pavlik y depositaban regalos en el museo. Dentro se podían contemplar fotografías familiares, materiales del juicio y una reconstrucción de su aula escolar. La escenografía llegó a incluir un retrato de Stalin, aunque la propia reconstrucción contenía elementos que no correspondían a la escuela que Pavlik había conocido. El lugar histórico había sido rehecho para ajustarlo a la leyenda.

Hasta el cine debía contribuir a fabricar al nuevo santo infantil. Entre 1935 y 1937, Serguéi Eisenstein trabajó en El prado de Bezhin, inspirado en el mito de Morózov. Su protagonista, Stepok, se enfrenta a su propio padre para defender el orden soviético y acaba asesinado. En algunas versiones del filme, el niño escucha los planes paternos y sale de noche para denunciarlos; después de su muerte, otros niños acompañan su cuerpo en una marcha fúnebre que se transforma en marcha triunfal. La película llevaba una dedicatoria a la “luminosa memoria de Pavlik Morózov, pequeño héroe de nuestro tiempo”. Paradójicamente, la propia maquinaria cultural estalinista acabó considerando inadecuado el trabajo de Eisenstein y detuvo la película antes de su estreno. Lo que sobrevivió permite ver hasta dónde había llegado la sacralización del supuesto "niño delator". 

Con el tiempo apareció además una contradicción incómoda. Durante los primeros años treinta, el muchacho que anteponía el Estado a la familia podía encarnar el radicalismo revolucionario. Más adelante, cuando el estalinismo comenzó a rehabilitar los valores familiares y presentó al propio Stalin como “padre” de la nación, la delación paterna resultaba más difícil de celebrar abiertamente. La leyenda fue suavizada, pero Pavlik no desapareció. Continuó reconocido oficialmente como héroe hasta los últimos años de la Unión Soviética.

El culto tenía una función educativa que iba mucho más allá de recordar un asesinato. La historiadora Catriona Kelly sitúa a Pavlik dentro de una política soviética más amplia destinada a formar desde la infancia un nuevo tipo de ciudadano. El Estado intervenía mediante la escuela, los Pioneros, la literatura y los rituales colectivos para inculcar lealtades políticas desde edades tempranas. En el caso de Morózov, esa pedagogía penetraba en uno de los espacios más íntimos de la conciencia infantil. Un padre podía dejar de ser simplemente un padre y convertirse en un “enemigo” al que era legítimo denunciar. 

La historia comenzó a resquebrajarse mucho antes de que desapareciera el régimen. En la década de 1970, el escritor Yuri Druzhnikov investigó clandestinamente el caso y entrevistó a personas relacionadas con Gerásimovka. Después de la caída de la URSS, otros investigadores pudieron consultar archivos antes inaccesibles. La historiadora Catriona Kelly, profesora de la Universidad de Oxford y autora de Comrade Pavlik: The Rise and Fall of a Soviet Boy Hero, examinó documentación local, publicaciones de la época y el expediente secreto sobre los asesinatos conservado en el Archivo Central del Servicio Federal de Seguridad de Rusia, sucesor del KGB.

Lo que encontró se parecía poco al relato enseñado durante décadas. Kelly considera que Pavlik casi con seguridad nunca realizó la célebre denuncia contra su padre. El expediente muestra que la policía local interpretó inicialmente los asesinatos como consecuencia de una disputa familiar y que su significado político se construyó después. Incluso algunos elementos básicos de la biografía oficial fueron cambiando según las necesidades de cada época. La propaganda modificó aspectos de su personalidad, de su familia y hasta de su apariencia mientras convertía al campesino real en el héroe que necesitaba.

La distancia entre el niño muerto y el héroe oficial fue resumida años después por Druzhnikov al recordar su investigación. De las conversaciones con los habitantes de la aldea surgían dos Pavlik diferentes, uno de carne y hueso y otro creado después por la propaganda. El investigador lo expresó de este modo:

“Uno era un escolar campesino; el otro, un héroe de bronce.”

Ese segundo Pavlik sobrevivió durante décadas. Su imagen fue reproducida, su nombre colocado en monumentos y escuelas y su supuesto gesto de delación presentado como una virtud. La parte más perturbadora de la historia no reside, por tanto, en saber si un muchacho de 13 años denunció realmente a su padre (incluso, en caso de haber sido interrogado con los métodos de la policía política, ¿habría tenido opción para no convertirse en una víctima?). Reside en el hecho de que durante décadas el régimen inculcó en las nuevas generaciones que un acto de delación incluso de un niño contra su propia familia merecía admiración y lo convertía en un héroe.

Fuentes: Catriona Kelly, Historical Association, “Civic denouncer: The lives of Pavlik Morozov”; University of Oxford, Childhood in Russia 1890–1991, “Pavlik Morozov: Soviet Boy Hero”; Lewis Siegelbaum, Seventeen Moments in Soviet History, “Pavlik Morozov”; Catriona Kelly, Historical Association, “Civic denouncer: The lives of Pavlik Morozov”; Catriona Kelly, “The Little Citizens of a Big Country”.


3 septiembre 1948 — Checoslovaquia, Sezimovo Ústí. Muere Edvard Beneš

El expresidente muere tres meses después de renunciar para no firmar la Constitución con la que el Partido Comunista consolidaba su control del país.

Edvard Beneš murió el 3 de septiembre de 1948 en su residencia de Sezimovo Ústí, en Bohemia del Sur. Tenía 64 años y había abandonado la presidencia de Checoslovaquia menos de tres meses antes, después de negarse a firmar la Constitución con la que el Partido Comunista consolidaba el régimen de partido único.

Beneš había participado junto con Tomáš Garrigue Masaryk en la fundación de Checoslovaquia en 1918. Fue ministro de Asuntos Exteriores, presidente de la República y, durante la ocupación nazi, jefe del Gobierno checoslovaco en el exilio. Su trayectoria estaba ligada a la continuidad de un Estado democrático que había sobrevivido primero al desmembramiento impuesto por el Acuerdo de Múnich y después a la guerra.

En febrero de 1948, los ministros no comunistas dimitieron con la esperanza de provocar nuevas elecciones. Klement Gottwald respondió movilizando milicias obreras, ocupando ministerios y medios de comunicación y presentando a Beneš un Gobierno dominado por los comunistas. Enfermo, aislado y bajo una enorme presión, el presidente aceptó la nueva composición ministerial el 25 de febrero. El golpe quedó consumado bajo apariencia constitucional.

La demolición de la democracia se aceleró. Jan Masaryk, ministro de Asuntos Exteriores e hijo del fundador de la República, apareció muerto bajo una ventana del palacio Černín el 10 de marzo. En mayo se celebraron elecciones con una lista única. Cuando Beneš se negó a firmar la nueva Constitución, Gottwald amenazó con encarcelarlo. El presidente presentó su renuncia el 7 de junio y se retiró a Sezimovo Ústí. Su figura representaba la continuidad de una tradición republicana, parlamentaria y europea que el comunismo buscaba borrar. 

En un discurso pronunciado antes de la desintegración de Checoslovaquia provocada por el Acuerdo de Múnich de 1938 y la posterior ocupación nazi, Beneš había advertido sobre la vulnerabilidad de los Estados pequeños frente a las grandes potencias. Esa reflexión adquiriría un sentido especialmente amargo después del golpe comunista de febrero de 1948, cuando Checoslovaquia quedó definitivamente sometida a la esfera de influencia soviética.

"Las naciones pequeñas deben apoyarse en la fortaleza de sus instituciones y en la voluntad de su pueblo".

Radio Praga conserva el recuerdo de las palabras pronunciadas por Beneš ante una multitud reunida frente al Castillo de Praga el 28 de octubre de 1945, cuando el país celebraba su independencia recuperada después de la ocupación nazi:

“Nuestra República será democrática, socialmente justa y construida sobre los principios de la libertad”.

Tres años después, aquella promesa había sido destruida por un nuevo totalitarismo. A su funeral acudieron decenas de miles de personas, en una de las últimas manifestaciones públicas vinculadas a la Checoslovaquia democrática. El régimen ya controlaba el Gobierno, el Parlamento, la prensa y las fuerzas de seguridad; con la muerte de Beneš desaparecía también la figura que encarnaba la legitimidad anterior al golpe comunista.

Fuentes: Presidencia de la República Checa, “Edvard Beneš”; Radio Praga Internacional, “September 3, 1948: Czechoslovak president Edvard Beneš dies a broken man”; Encyclopaedia Britannica, “Edvard Beneš”.


4 septiembre 2002 — Rusia, San Petersburgo. Se instala la Piedra de Solovkí

Un bloque de granito procedente del antiguo campo de prisioneros de Solovkí llega al centro de la ciudad como monumento a las víctimas de la represión soviética.

El 4 de septiembre de 2002, una enorme roca de granito procedente de las islas Solovkí fue colocada en la plaza Troítskaya de San Petersburgo. El monumento, inaugurado oficialmente el 30 de octubre, quedó frente a la antigua prisión política de Krestý y cerca de la Casa Grande, sede histórica de la policía política soviética en la ciudad.

No era una piedra cualquiera. Había sido extraída de las islas Solovkí, en el mar Blanco, donde un antiguo monasterio ortodoxo fue convertido por los bolcheviques en campo de prisioneros. El Campo de Propósito Especial de Solovkí, creado en 1923, sirvió como laboratorio de trabajo forzado, aislamiento, hambre y castigo, métodos que después se extenderían por todo el sistema del Gulag.

Por Solovkí pasaron sacerdotes, intelectuales, antiguos oficiales, campesinos, militantes de partidos rivales y ciudadanos convertidos en “enemigos” por su procedencia social. Entre ellos estuvieron el filósofo y sacerdote Pável Florenski, el historiador Dmitri Lijachov y numerosos miembros de la élite cultural rusa. En 1937, durante el Gran Terror, más de mil prisioneros del campo fueron trasladados al bosque de Sandarmoj y fusilados.

El sistema soviético de campos de concentración y trabajo forzado comenzó a formarse durante los primeros años del régimen bolchevique. En 1930 se creó oficialmente la Administración General de Campos, conocida por el acrónimo Gulag. El sistema alcanzó su mayor extensión durante el gobierno de Stalin, pero no desapareció inmediatamente después de su muerte en 1953. Su administración central fue disuelta oficialmente en 1960, pero continuaron existiendo colonias de trabajo y prisiones para opositores políticos. 

De los 18 millones de personas que pasaron por esta red de colonias, se estima que 4,5 millones nunca regresaron. La historiadora Anne Applebaum, en su obra "Gulag: Historia de los campos de concentración soviéticos" (2003), resume la lógica de estos lugares como espacios diseñados para desaparecer sin dejar rastro:

"Los campos no estaban destinados a ser vistos, y su historia estaba destinada a ser olvidada".

La Piedra de Solovkí invierte esa lógica y convierte el dolor oculto en una memoria palpable. La piedra instalada en San Petersburgo prescinde de monumentalidad clásica. No hay figuras heroicas ni narrativas escultóricas, solamente una masa mineral, sobria, como evidencia contundente. 

Sobre el pedestal de San Petersburgo se grabó una frase del poeta Nikolái Gumiliov, fusilado por la Cheká en 1921:

“Y no moriré en una cama, ante un notario y un médico”.

La roca no representa a un dirigente ni celebra una victoria. Su superficie irregular conserva la materia del lugar donde comenzó una de las mayores redes de cautiverio político del siglo XX. Trasladada al centro de la antigua Leningrado, hace visible lo que el Estado soviético intentó esconder. Muestra la dureza del terror que absorbió territorios concretos, expedientes y millones de vidas anónimas.

Fuentes: Enciclopedia de San Petersburgo, “Solovetsky Stone”; Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos de la UNESCO, “Monument to the Victims of the Totalitarian Regime: Solovetsky Stone”; Encyclopaedia Britannica, “Gulag”.


5 septiembre 1918 — Rusia soviética. El Gobierno de Lenin decreta el Terror Rojo

El régimen bolchevique convierte el terror en política oficial y ordena recluir o ejecutar a quienes clasifica como “enemigos de clase”.

El 5 de septiembre de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo aprobó el decreto “Sobre el Terror Rojo”. La resolución ordenaba aislar a los “enemigos de clase” en campos de concentración y fusilar a toda persona vinculada con organizaciones consideradas contrarrevolucionarias. El terror dejaba de ser una práctica encubierta para convertirse en política oficial del Gobierno bolchevique.

La violencia había comenzado antes. La Cheká, creada en diciembre de 1917 bajo la dirección de Félix Dzerzhinski, practicaba detenciones arbitrarias, confiscaciones, toma de rehenes y ejecuciones sin juicio. El asesinato de Moiséi Uritski, jefe de la policía política de Petrogrado, y el atentado sufrido por Lenin el 30 de agosto de 1918 proporcionaron el pretexto inmediato para ampliar la represión.

La respuesta no se limitó a investigar a los autores de ambos ataques. Sacerdotes, comerciantes, antiguos funcionarios, militares, militantes socialistas rivales, campesinos y familias consideradas burguesas fueron castigados por lo que supuestamente representaban. El origen social, una profesión, un apellido o la pertenencia a otra organización política podían bastar para convertir a alguien en rehén o sentenciado.

En Petrogrado fueron fusilados cientos de prisioneros en represalia por la muerte de Uritski. En otras ciudades se publicaron listas de ejecutados para intimidar a la población. Las cifras exactas siguen siendo discutidas porque los archivos son incompletos, pero los historiadores calculan decenas de miles de ejecuciones durante el Terror Rojo, además de un número mucho mayor de encarcelamientos, torturas y muertes en cautiverio.

El decreto aprobado por el Gobierno de Lenin expresaba sin rodeos el método escogido para defender el nuevo poder:

“Es necesario proteger a la República Soviética de los enemigos de clase, aislándolos en campos de concentración; deben ser fusiladas todas las personas relacionadas con organizaciones, conspiraciones e insurrecciones de la Guardia Blanca”.

La culpabilidad individual fue sustituida por categorías políticas y sociales. La Cheká cambiaría después de nombre —GPU, OGPU, NKVD y KGB—, pero mantendría esa facultad esencial de perseguir no solo a quienes hubieran cometido un delito, sino a quienes el partido definía como posibles enemigos. El Estado podía castigar a las personas no solo por lo que hubieran hecho, sino por aquello que supuestamente representaban. Este decreto de septiembre de 1918 daba forma jurídica, por tanto, a una práctica que acompañaría al Estado soviético durante toda su existencia.

Fuentes: Sciences Po, “Crimes and Mass Violence of the Russian Civil Wars”; Michigan State University, “Red Terror Legalized”; Biblioteca Presidencial Borís Yeltsin, “Individual and Mass Terror during the Civil War”.


6 septiembre 1945 — España, Madrid. Gabriel León Trilla es asesinado durante una purga interna del PCE 

Dos integrantes de la guerrilla urbana vinculada al Partido Comunista asesinan en Madrid a uno de los fundadores de la organización.

La noche del 5 de septiembre de 1945, Gabriel León Trilla acudió a una cita clandestina en Madrid. Una militante que actuaba como enlace lo condujo hasta dos integrantes de la guerrilla urbana vinculada al Partido Comunista de España (PCE). Era una trampa. Bajo amenaza, Francisco Esteban Carranque y José Olmedo González lo llevaron al Campo de las Calaveras, junto al antiguo cementerio situado en las proximidades de la calle Abascal.

Allí, Olmedo lo apuñaló. Los gritos alertaron a varios vecinos, que encontraron a Trilla todavía con vida y lo trasladaron primero a una casa de socorro y después al Hospital Provincial. Murió el 6 de septiembre. Tenía 46 años y había sido uno de los fundadores del Partido Comunista Español en 1920, organización que al año siguiente se fusionó con el Partido Comunista Obrero Español para formar el Partido Comunista de España, donde además fue miembro de su dirección y responsable de tareas de propaganda.

Durante años, el partido silenció las circunstancias de la muerte de Trilla. Sus propios hijos llegaron a creer que había sido asesinado por el franquismo. Investigaciones posteriores de Gregorio Morán, Jorge Semprún y Carlos Fernández Rodríguez reconstruyeron la intervención de militantes comunistas.

El crimen formó parte de la purga emprendida contra Jesús Monzón y sus colaboradores después del fracaso de la invasión guerrillera del valle de Arán, en octubre de 1944. Monzón había organizado en el interior la Unión Nacional Española y alcanzado una autonomía que despertó las sospechas de la dirección exiliada del PCE. Sus partidarios fueron acusados de desviacionismo, traición y desobediencia. Enrique Líster sostuvo que Antonio Núñez Balsera le había confesado que la decisión procedía de Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri, "la Pasionaria". Carrillo negó posteriormente su responsabilidad personal y atribuyó el asesinato al comité del PCE en Madrid y a la guerrilla urbana. Por tanto, la responsabilidad concreta de cada dirigente continuaría siendo objeto de controversia historiográfica. 

Semprún describió ese tipo de violencia interna como uno de los estragos de una ideología totalitaria cuyos seguidores se creían autorizados a emplear cualquier método en nombre de un supuesto fin superior.

“El partido no podía equivocarse; por tanto, el error era siempre del individuo.”

José Olmedo fue detenido posteriormente por las autoridades franquistas y fusilado en 1948. Según el testimonio recogido por el historiador Enrique Berzal de la Rosa, antes de morir confesó a otros presos de Ocaña su arrepentimiento:

“Sentía profundamente haber asesinado a un camarada acusado injustamente de traidor”.

El asesinato de Trilla muestra cómo la cultura política de las purgas estalinistas se reprodujo dentro del comunismo español clandestino. La discrepancia no terminó en una discusión, una destitución o una expulsión, sino que desembocó en una cita engañosa, un descampado madrileño, varias puñaladas y décadas de silencio sobre quién había impartido la orden.

Fuentes: Carlos Fernández Rodríguez, “Ángeles Agulló de Guillerna. Una luchadora comunista entre mujeres”; Carlos Fernández Rodríguez, “La guerrilla urbana de Madrid”; El Norte de Castilla, “Asesinado a manos de sus camaradas”; Real Academia de la Historia, “Gabriel León Trilla”.


6 septiembre 1991 — Unión Soviética. Moscú reconoce la independencia de Estonia, Letonia y Lituania

La Unión Soviética reconoce la soberanía de los tres países bálticos, anexionados en 1940 tras su ocupación por el Ejército Rojo.

El 6 de septiembre de 1991, el Consejo de Estado de la Unión Soviética reconoció formalmente la independencia de Estonia, Letonia y Lituania. No se trataba del nacimiento de tres Estados nuevos, sino de la recuperación de la soberanía que habían perdido en 1940, cuando fueron ocupados y anexionados por la URSS tras el pacto entre Stalin y Hitler.

La primera ocupación soviética destruyó las instituciones nacionales y desencadenó arrestos, ejecuciones y deportaciones. Políticos, militares, empresarios, religiosos, profesores y propietarios fueron clasificados como enemigos. En junio de 1941, pocos días antes de la invasión alemana de la Unión Soviética, decenas de miles de personas fueron sacadas de sus casas y enviadas en vagones de carga hacia Siberia y otras regiones remotas.

Cuando el Ejército Rojo regresó en 1944, comenzaron nuevas campañas de sovietización y colectivización. Entre el 25 y el 29 de marzo de 1949, la Operación Pribói deportó a más de 90.000 habitantes de los tres países: aproximadamente 20.700 de Estonia, 42.000 de Letonia y 29.000 de Lituania. La mayoría eran mujeres y menores. Muchos murieron durante el viaje o en los asentamientos forzosos.

La resistencia nacional nunca desapareció. En agosto de 1989, cerca de dos millones de personas formaron una cadena humana de unos 600 kilómetros entre Tallin, Riga y Vilna. La llamada Vía Báltica exigía que se reconocieran el protocolo secreto del pacto Mólotov-Ribbentrop y la ilegalidad de la anexión. En 1990, los tres Parlamentos iniciaron formalmente el restablecimiento de sus Estados.

El Acta de Restablecimiento del Estado de Lituania, aprobada el 11 de marzo de 1990, afirmó la continuidad jurídica de la república anterior a la ocupación:

“Se restablece el ejercicio de los poderes soberanos del Estado de Lituania, abolidos por fuerzas extranjeras en 1940, y, desde este momento, Lituania vuelve a ser un Estado independiente”.

Vytautas Landsbergis, líder lituano, expresó la dimensión histórica de ese momento como recuperación de una continuidad nacional interrumpida:

"No estamos creando un nuevo Estado, estamos restaurando la independencia que nos fue arrebatada".

Moscú intentó detener el proceso mediante bloqueos económicos, presión política y fuerza militar. En enero de 1991, tropas soviéticas mataron a 14 civiles en Vilna y a cinco personas en Riga. 

En agosto de 1991, dirigentes comunistas de línea dura, altos mandos militares y responsables del KGB intentaron derrocar a Mijaíl Gorbachov y detener por la fuerza la desintegración de la Unión Soviética. El golpe fracasó ante la resistencia encabezada en Moscú por Borís Yeltsin y aceleró el derrumbe del poder soviético. El reconocimiento del 6 de septiembre fue la aceptación tardía de una realidad conquistada por décadas de resistencia civil.

Fuentes: Baltic Defence College, “Restoration of Independence in the Baltics”; Museo de las Ocupaciones y las Luchas por la Libertad de Lituania, información histórica sobre las deportaciones soviéticas; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “The Collapse of the Soviet Union”; Ministerio de Asuntos Exteriores de Letonia, “A Brief History of Latvia”; Latvia.eu, “May 4: The Way to Independence”.


9 septiembre 1948 — Corea del Norte. Nace la dictadura comunista hereditaria

Bajo la tutela soviética se constituye el Estado dirigido por Kim Il-sung, origen de una dictadura comunista transmitida durante varias generaciones dentro de una misma familia.

El 9 de septiembre de 1948 se proclamó en Pyongyang la República Popular Democrática de Corea. Kim Il-sung asumió como primer ministro del nuevo Estado, creado en el territorio ocupado por el Ejército soviético desde la derrota de Japón en 1945. El Gobierno se presentó como representante legítimo de toda Corea, aunque su autoridad efectiva se limitaba al norte del paralelo 38.

Corea había permanecido bajo dominio colonial japonés desde 1910. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética dividieron provisionalmente la península. Las tropas soviéticas ocuparon el norte y las estadounidenses, el sur. Moscú impidió que una comisión de Naciones Unidas supervisara elecciones en la zona bajo su control.

Kim Il-sung había servido como oficial del Ejército Rojo y llegó a Corea acompañado por las fuerzas soviéticas. Con el respaldo de Moscú, fue desplazando a comunistas que habían combatido dentro del país o regresado desde China. Las purgas eliminaron sucesivamente a las distintas facciones del partido y permitieron que el dirigente concentrara el control del Gobierno, el Ejército y los órganos de seguridad.

Menos de dos años después, el 25 de junio de 1950, el ejército norcoreano invadió Corea del Sur. La guerra dejó millones de muertos, heridos y desplazados. Tras el armisticio de 1953, el régimen reforzó los campos de prisioneros, la censura absoluta, el culto a Kim Il-sung y el “songbun”, un sistema que clasifica a las familias según su supuesta lealtad política y condiciona el lugar de residencia, los estudios, el empleo y el acceso a alimentos.

La Comisión de Investigación de Naciones Unidas documentó en 2014 asesinatos, esclavitud, torturas, encarcelamientos, abortos forzados, persecución y desapariciones. Su informe describió así la magnitud de las violaciones:

“La gravedad, la escala y la naturaleza de estas violaciones revelan un Estado que no tiene paralelo en el mundo contemporáneo”.

Kim Il-sung gobernó hasta su muerte en 1994. Lo sucedió su hijo Kim Jong-il y, en 2011, su nieto Kim Jong-un. La república fundada en nombre de los trabajadores terminó convertida en una dinastía política, con tres generaciones de una misma familia al frente de un Estado sin elecciones libres, prensa independiente ni oposición legal.

Fuentes: Encyclopaedia Britannica, “North Korea”; Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, “Commission of Inquiry on Human Rights in the Democratic People’s Republic of Korea”; Biblioteca Digital de las Naciones Unidas, “Report of the Commission of Inquiry on Human Rights in the Democratic People’s Republic of Korea”; Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, “North Korea: A Country Study”.


9 septiembre 1976 — China, Pekín. Muere Mao Zedong

Mao muere después de veintisiete años al frente de la China comunista, marcada por el hambre masiva, las purgas políticas y el culto a su persona.

Mao Zedong murió en Pekín el 9 de septiembre de 1976, a los 82 años. El comunicado oficial se difundió por radio a las cuatro de la tarde y ordenó mantener las banderas a media asta y suspender las actividades recreativas durante el periodo de duelo. En fábricas, comunas, escuelas y oficinas se organizaron ceremonias ante retratos del dirigente cubiertos con crespones negros.

Desde la proclamación de la República Popular China, el 1 de octubre de 1949, Mao había concentrado una autoridad extraordinaria sobre el Partido Comunista, el Estado, el Ejército y la vida de cientos de millones de personas. Su imagen aparecía en edificios públicos, viviendas y centros de trabajo; sus citas se recitaban en reuniones políticas y se imprimían en el “Libro Rojo”, del que circularon cientos de millones de ejemplares.

Las primeras campañas del régimen persiguieron a propietarios rurales, empresarios, religiosos, antiguos funcionarios y supuestos contrarrevolucionarios. Durante la reforma agraria, los acusados eran exhibidos ante asambleas organizadas para humillarlos y condenarlos. Las estimaciones sobre las ejecuciones varían, pero se cuentan por centenares de miles y, según algunos investigadores, superan el millón.

En 1958, Mao lanzó el Gran Salto Adelante, convencido de que China podía acelerar por decreto su transformación industrial y agrícola. Se organizaron comunas gigantescas, se retiraron utensilios de las viviendas para alimentar hornos improvisados y se impusieron cuotas de producción desconectadas de las cosechas reales. Los funcionarios exageraban los resultados para complacer a sus superiores; sobre esas cifras falsas, el Estado requisaba grano que ya no existía.

En las aldeas, las familias escondían alimentos, hervían cortezas y hojas o abandonaban sus casas en busca de algo que comer. La historiografía sigue discutiendo el número exacto de víctimas, pero las investigaciones más citadas sitúan la mortalidad extraordinaria entre 15 y más de 30 millones de personas. Fue una de las mayores hambrunas de la historia y ocurrió sin guerra ni desastre natural que explicara semejante destrucción.

Mao recuperó el protagonismo político en 1966 mediante la Revolución Cultural. Estudiantes convertidos en Guardias Rojas recibieron autorización para atacar las “cuatro viejas”: las viejas ideas, la vieja cultura, las viejas costumbres y los viejos hábitos. Profesores, escritores, médicos y funcionarios fueron obligados a desfilar con carteles acusatorios, golpeados en asambleas públicas o enviados a trabajar al campo. Templos, bibliotecas, archivos familiares y obras de arte quedaron destruidos.

Uno de los episodios más visibles ocurrió el 18 de agosto de 1966 en la plaza de Tiananmén. Ante cerca de un millón de jóvenes, Mao apareció con el uniforme verde oliva que adoptarían las Guardias Rojas. Song Binbin, hija de un alto dirigente y alumna de una escuela donde una profesora había muerto tras ser golpeada, le colocó un brazalete rojo. La escena fue reproducida por la propaganda como símbolo de una revolución juvenil que ya estaba desatando violencia en las calles.

Cinco años después de la muerte de Mao, el propio Partido Comunista Chino admitió en su resolución histórica de 1981:

“La responsabilidad principal por el grave error izquierdista de la Revolución Cultural, error de magnitud y duración considerables, recae, en efecto, sobre el camarada Mao Zedong”.

La muerte del dirigente puso fin a la Revolución Cultural y abrió una lucha inmediata por el poder. Menos de un mes después, el 6 de octubre, fueron detenidos Jiang Qing —viuda de Mao— y los otros integrantes de la llamada Banda de los Cuatro. El partido atribuyó a ese grupo buena parte de los abusos del periodo, una explicación que permitía reconocer el desastre sin someter a juicio público el sistema ni examinar por completo la responsabilidad del propio Mao.

Su retrato continúa presidiendo la entrada de la Ciudad Prohibida y su cuerpo embalsamado permanece expuesto en un mausoleo de la plaza de Tiananmén. China abandonó muchas de sus políticas económicas, pero mantuvo el monopolio político del partido y nunca permitió una investigación pública e independiente sobre todas las víctimas de su Gobierno.

Fuentes: Partido Comunista Chino, “Resolution on Certain Questions in the History of Our Party Since the Founding of the People’s Republic of China”; Encyclopaedia Britannica, “Mao Zedong”; Archivos Nacionales del Reino Unido, “The Cultural Revolution”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “The Chinese Communist ‘Great Leap Forward’”.


► DEL 11 AL 20 DE SEPTIEMBRE

11 septiembre 1989 — Hungría y Austria. Se abre una brecha en el Telón de Acero

La apertura permite que miles de alemanes orientales escapen hacia Occidente y abre una brecha decisiva en el Telón de Acero.

A la medianoche del 10 al 11 de septiembre de 1989, Hungría dejó de impedir que los ciudadanos de la República Democrática Alemana cruzaran su frontera occidental hacia Austria. Durante las primeras horas, automóviles cargados de maletas, familias y objetos apresuradamente reunidos avanzaron hacia los pasos fronterizos. Muchos conductores todavía temían que los guardias recibieran la orden de detenerlos.

La apertura culminaba un proceso iniciado en mayo, cuando las autoridades húngaras comenzaron a desmontar las vallas electrificadas y otros dispositivos de vigilancia instalados a lo largo de la frontera. El 27 de junio, los ministros de Asuntos Exteriores Gyula Horn y Alois Mock cortaron juntos una sección de alambre de púas ante las cámaras. Parte de la barrera ya había sido retirada, de modo que el tramo utilizado para la ceremonia tuvo que prepararse expresamente: una imagen cuidadosamente construida terminó convertida en símbolo verdadero del desmoronamiento del Telón de Acero.

Miles de alemanes orientales viajaron aquel verano a Hungría con el pretexto de pasar allí sus vacaciones. Como ciudadanos del bloque comunista podían entrar en el país, pero muchos llegaban con la intención de escapar a Austria y continuar hacia Alemania Federal. Dejaban automóviles, tiendas de campaña y pertenencias que no podían transportar al cruzar a pie.

El 19 de agosto, durante el llamado Picnic Paneuropeo, una puerta fronteriza próxima a Sopron se abrió durante unas horas para un acto político. Más de 600 alemanes orientales aprovecharon la ocasión para correr hacia Austria. El teniente coronel Árpád Bella, responsable de los guardias húngaros en aquel sector, decidió no ordenar que dispararan. Bastaba un enfrentamiento para convertir la fuga en una matanza; su decisión permitió que el paso concluyera sin víctimas.

Mientras aumentaba la presión, miles de refugiados se alojaban en campamentos improvisados, iglesias y dependencias de la embajada de Alemania Federal en Budapest. El Gobierno de la RDA exigía que fueran devueltos y acusaba a Hungría de violar sus obligaciones. Budapest, sin embargo, invocó la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados y anunció que permitiría su salida.

En los tres primeros días cruzaron hacia Austria más de 15.000 alemanes orientales. Antes de finalizar septiembre, la cifra superaba los 30.000. La RDA descubrió que sus fronteras ya no terminaban en sus propios puestos de vigilancia: si otro Estado socialista dejaba de colaborar, resultaba imposible mantener encerrada a la población.

Helmut Kohl, entonces canciller de Alemania Occidental y una de las figuras centrales del proceso de reunificación alemana, resumió después la importancia histórica de la decisión húngara:

“En Hungría se retiró la primera piedra del Muro de Berlín”.

Detrás de aquella apertura había familias que habían pasado semanas durmiendo en tiendas de campaña, guardias que se negaron a disparar y un Gobierno comunista que decidió desobedecer las exigencias de otro. Menos de dos meses después, el 9 de noviembre, la presión ciudadana abrió también el Muro de Berlín.

Fuentes: Gobierno Federal de Alemania, “Hungary lifted the Iron Curtain”; Radio Free Europe/Radio Liberty, “September 11, 1989: When Hungary Tore a Hole in the Iron Curtain”; National Museum of American Diplomacy, “The Rise and Fall of the Berlin Wall”; Fundación Muro de Berlín, “The Berlin Wall”.


12 septiembre 1953 — Unión Soviética, Moscú. Nikita Jrushchov ocupa el lugar de Stalin 

En medio de la lucha por suceder a Stalin, Jrushchov asume la dirección del partido y comienza a consolidar su poder dentro del Kremlin.

El 12 de septiembre de 1953, la prensa soviética anunció que Nikita Jrushchov había sido elegido primer secretario del Comité Central del Partido Comunista. La decisión había sido tomada el día 7, al concluir una reunión del Comité Central, pero permaneció varios días sin hacerse pública. Stalin llevaba seis meses muerto y todavía no estaba claro quién acabaría dominando el Kremlin.

La elección de Jrushchov como primer secretario no significó que hubiese sustituido inmediatamente a Stalin al frente de la Unión Soviética. Tras la muerte del dictador se estableció una dirección colectiva en la que competían Gueorgui Malenkov, Lavrenti Beria, Viacheslav Mólotov y el propio Jrushchov. Malenkov asumió la jefatura del Gobierno; Beria conservó el control de los órganos de seguridad, mientras que Jrushchov fue consolidando su posición dentro del aparato del partido.

La lucha por la sucesión se desarrolló entre hombres que habían participado durante años en el sistema estalinista. Jrushchov había dirigido el partido en Moscú y Ucrania durante las purgas, firmado listas de personas destinadas a la represión y colaborado en campañas de colectivización. No llegaba al poder como un opositor al terror, sino como uno de los cuadros que habían sobrevivido dentro de él.

Beria parecía inicialmente el rival más peligroso. Además de controlar la policía política, propuso medidas de apertura que podían ampliar su propia base de poder: una amnistía parcial, cambios en la política hacia las nacionalidades soviéticas y cierta relajación en Alemania Oriental. Sus compañeros temían que utilizara el Ministerio del Interior para eliminarlos, como había ocurrido tantas veces bajo Stalin.

El 26 de junio de 1953, Beria acudió a una reunión del Presidium en el Kremlin. Allí fue acusado de traición y detenido, según la versión más difundida, por un grupo de militares encabezado por el mariscal Gueorgui Zhúkov. El antiguo jefe de la policía política desapareció de la vida pública; incluso los suscriptores de la Gran Enciclopedia Soviética recibieron instrucciones para recortar su entrada y sustituirla por páginas sobre el estrecho de Bering. En diciembre fue ejecutado tras un proceso secreto.

Con Beria fuera de juego, Jrushchov convirtió la Secretaría del partido en el centro de su poder. Su ascenso no eliminó inmediatamente el Gulag, la censura ni la persecución política. Cientos de miles de presos fueron liberados mediante amnistías y revisiones posteriores, pero las instituciones fundamentales del Estado de partido único permanecieron intactas.

El 25 de febrero de 1956, en su célebre “discurso secreto”, Jrushchov denunció ante el XX Congreso del Partido Comunista los crímenes de Stalin. El acto se celebró a puerta cerrada, sin invitados extranjeros, y su texto no fue publicado oficialmente en la Unión Soviética. Allí explicó cómo la expresión “enemigo del pueblo” había permitido prescindir de cualquier prueba, describiendo el clima de terror heredado del estalinismo:

"Stalin fue el creador del concepto de 'enemigo del pueblo'. Este término automáticamente hizo innecesario probar los errores ideológicos de un hombre o de varios hombres involucrados en una controversia; posibilitó el uso de la represión más cruel, violando todas las normas de la legalidad revolucionaria, contra cualquiera que discrepara de Stalin."

La denuncia tuvo límites precisos. Jrushchov atribuyó buena parte del terror al culto personal de Stalin, pero no cuestionó el monopolio del partido ni examinó completamente su propia participación en las purgas. Durante su mandato, el Ejército soviético aplastó la revolución húngara de 1956, se levantó el Muro de Berlín y continuaron la censura y la persecución contra opositores.

Tampoco su caída se iba a decidir mediante elecciones. En octubre de 1964, una conspiración interna encabezada por Leonid Brézhnev, entonces miembro de la dirección del Partido Comunista, consiguió apartarlo del poder. Sus compañeros del Presídium y del Comité Central convocaron a Jrushchov a Moscú, lo acusaron de “voluntarismo” y aceptaron su supuesto retiro “por razones de edad y salud”. El dirigente que había sobrevivido a Stalin fue apartado por otra conspiración palaciega, sin que la población soviética interviniera en la elección de su sucesor.

Fuentes: William Taubman, “Khrushchev: The Man and His Era”, W. W. Norton, 2003; Encyclopaedia Britannica, “Nikita Khrushchev”; Fordham University, “Khrushchev’s Secret Speech, 1956”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, documentación sobre la dirección soviética posterior a Stalin.


12 septiembre 1992 — Perú, Lima. Capturan a Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso 

El Grupo Especial de Inteligencia captura al fundador de la organización maoísta responsable de masacres, atentados y miles de muertes en Perú.

La noche del 12 de septiembre de 1992, agentes del Grupo Especial de Inteligencia entraron en una vivienda de la calle Varsovia, en el distrito limeño de Surquillo. En el segundo piso funcionaba aparentemente una academia de danza dirigida por la bailarina Maritza Garrido Lecca. Detrás de aquella fachada se ocultaban Abimael Guzmán y varios integrantes de la cúpula de Sendero Luminoso.

La caída de Guzmán tuvo un enorme impacto simbólico porque Sendero Luminoso había construido en torno a él una imagen casi mística. Se hacía llamar la "cuarta espada" del marxismo (Marx, Lenin, Mao y él). Sus seguidores lo llamaban “Presidente Gonzalo” y presentaban el llamado “Pensamiento Gonzalo” como una doctrina propia. Guzmán construyó alrededor de su figura un sistema de obediencia cerrado, vertical y mesiánico, basado en una interpretación extrema del maoísmo, la “guerra popular prolongada” y el terror revolucionario.

La captura fue el resultado de meses de observación paciente. Los agentes del GEIN, dirigidos por Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro, vigilaban la casa desde inmuebles y vehículos cercanos. Como no podían entrar sin alertar a los ocupantes, examinaban las bolsas de basura que salían del edificio. Encontraron envases de medicamentos para tratar la psoriasis, enfermedad que padecía Guzmán, y desperdicios cuya cantidad no correspondía con las pocas personas que aparentemente vivían allí.

También hallaron borradores, anotaciones y otros indicios de actividad clandestina. Una fotografía obtenida durante la vigilancia había mostrado dentro de la vivienda a una persona de apariencia corpulenta que no pertenecía a la academia. El 12 de septiembre, al advertir movimientos inusuales, los investigadores decidieron entrar antes de que el grupo volviera a escapar.

La operación se realizó sin tiroteo. Guzmán fue sorprendido en una habitación del segundo piso junto con Elena Iparraguirre y otros dirigentes senderistas. Aquel hombre que ordenaba una guerra despiadada desde la clandestinidad no cayó en un campamento guerrillero, sino en una casa urbana, rodeado de vídeos, documentos y objetos cotidianos que habían permitido seguir su rastro.

La organización asesinó a dirigentes sindicales, campesinos, maestros, autoridades locales e integrantes de comunidades indígenas que rechazaban someterse a su control.

La organización Sendero Luminoso había iniciado su lucha armada en mayo de 1980 con la quema de urnas electorales en Chuschi, Ayacucho. Desde entonces cometió asesinatos selectivos, atentados con explosivos, ejecuciones públicas y masacres contra comunidades campesinas que rechazaban su autoridad. La Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú estimó que el conflicto provocó aproximadamente 69.000 muertos o desaparecidos, y atribuyó a Sendero Luminoso el 54 % de las víctimas reportadas. Entre sus víctimas hubo dirigentes sindicales, campesinos, maestros, autoridades locales e incluso comunidades indígenas que rechazaban someterse a su control. Entre los conceptos y acuerdos más sangrientos en que basaron sus acciones estaba el de la "cuota de sangre":

"... el acuerdo de mayo de 1981 sobre la denominada 'cuota' (de sangre) necesaria para el triunfo de la revolución. Guzmán incita a sus militantes a 'llevar la vida en la punta de los dedos' y estar dispuestos a morir por su revolución. Pero, sobre todo, a matar por la revolución, y hacerlo de los modos más brutales".

También se menciona otra estrategia letal, la de "batir el campo", desatando una ola de terror a su paso, incluso entre aquellos sectores campesinos más vulnerables donde el grupo terrorista aspiraba paradójicamente a encontrar apoyo:

"... la decisión de 'batir el campo' (y batir es 'arrasar y no dejar nada'), crear vacíos de poder y conformar los Comités Populares que constituían el germen del 'nuevo poder' senderista. Es en este preciso momento, al dirigir su violencia contra la sociedad campesina sobre la que pretendía asentarse, que el PCP-SL abre la Caja de Pandora que no podrá controlar."

Uno de sus crímenes más conocidos fue la masacre de Lucanamarca, el 3 de abril de 1983. Ese día una columna senderista asesinó a 69 campesinos, incluidos 18 menores. Algunas víctimas murieron a machetazos, hachazos o golpes. Guzmán defendió después aquella matanza como una respuesta necesaria para imponer autoridad, pronunciando la siguiente frase en una entrevista concedida en 1988 a “El Diario”: 

“Lo principal fue que les dimos un golpe contundente, los sofrenamos y entendieron que con el poder popular no se juega”.

Abimael Guzmán reconocía abiertamente su fascinación por el terror como método comunista. Abordó el tema en la llamada “Entrevista del siglo” (en El Diario, 1988), hablando sobre la supuesta necesidad del exterminio de la clase enemiga en una "guerra popular":

“Nosotros enjuiciamos, en último término, estos problemas a la luz del principio básico de la guerra establecido por el Presidente Mao: el principio de aniquilar las fuerzas del enemigo y preservar las propias; y sabemos muy bien que la reacción ha aplicado, aplica y aplicará el genocidio, de eso estamos sumamente claros. Y, en consecuencia se nos plantea el problema de la cuota; la cuestión de que para aniquilar al enemigo y preservar las propias fuerzas y más aún desarrollarlas hay que pagar un costo de guerra, un costo de sangre, la necesidad del sacrificio de una parte para el triunfo de la guerra popular.”

Días después de la captura, el Gobierno exhibió a Guzmán ante la prensa dentro de una jaula, vestido con un uniforme a rayas. El dirigente intentó convertir la presentación en un acto de propaganda y gritó que su detención era apenas “un recodo en el camino”. Sin embargo, la caída de la dirección central quebró la imagen de invulnerabilidad construida alrededor del llamado “Presidente Gonzalo”.

La operación policial recibió el nombre de Victoria. Su éxito tuvo una contradicción importante dentro de la historia peruana: fue obra de una unidad especializada que privilegió el seguimiento, el análisis de documentos y la captura con vida, en un conflicto marcado también por ejecuciones extrajudiciales, desapariciones y graves violaciones cometidas por agentes estatales. La derrota del principal jefe senderista no llegó mediante una operación militar indiscriminada, sino mediante inteligencia policial, bolsas de basura y meses de vigilancia.

Fuentes: Comisión de la Verdad y Reconciliación del Perú, “Partido Comunista del Perú–Sendero Luminoso”; Comisión de la Verdad y Reconciliación, “La masacre de Lucanamarca”; Agencia Peruana de Noticias Andina, “Peru marks anniversary of capture of terrorist ringleader Abimael Guzmán”; Comisión de la Verdad y Reconciliación, “Informe final”, tomos II y VII.


13 septiembre 1968 — Checoslovaquia, Praga. El régimen comunista restablece la censura 

La libertad de prensa alcanzada durante la Primavera de Praga es anulada pocas semanas después de la invasión del Pacto de Varsovia.

El 13 de septiembre de 1968, la Asamblea Nacional checoslovaca aprobó la ley que creó la Oficina de Prensa e Información. El nuevo organismo podía impedir la publicación o difusión de contenidos considerados contrarios a los intereses del Estado. Apenas tres semanas después de la invasión del Pacto de Varsovia, la censura regresaba con una estructura legal y administrativa propia.

Durante los primeros meses de aquel año, Checoslovaquia había vivido una apertura desconocida dentro del bloque comunista. Periódicos, revistas, emisoras de radio y programas de televisión comenzaron a discutir los procesos estalinistas, los abusos policiales, la corrupción de los dirigentes y la subordinación del país a Moscú. Obras antes prohibidas regresaron a las librerías y escritores silenciados pudieron dirigirse otra vez al público.

La abolición formal de la censura previa, aprobada en junio, no había sido una concesión menor. Por primera vez desde la toma comunista del poder en 1948, los periodistas podían publicar sin presentar anticipadamente sus textos a un funcionario. Esa libertad aceleró el debate social y permitió que la Primavera de Praga dejara de ser únicamente una reforma promovida desde la dirección del partido.

Ludvík Vaculík expresó ese cambio en el manifiesto “Dos mil palabras”, publicado el 27 de junio de 1968. El texto pedía que la sociedad vigilara a los dirigentes, apartara de los cargos a quienes hubieran abusado de su poder y defendiera activamente las libertades recién conquistadas:

“Solo se puede llegar a conclusiones comunes mediante una discusión que exige libertad de expresión: el único logro democrático que podemos atribuirnos este año”.

El manifiesto provocó alarma en Moscú y también entre los sectores conservadores del Partido Comunista checoslovaco. Lo que para sus firmantes era una defensa de las reformas, para la dirección soviética demostraba que la apertura podía escapar del control partidista.

Durante la noche del 20 al 21 de agosto, tropas de cinco países del Pacto de Varsovia invadieron Checoslovaquia. Los ciudadanos retiraron placas de calles y señales de carretera para desorientar a los soldados. En Praga, periodistas y técnicos mantuvieron emisiones clandestinas desde estudios improvisados mientras los ocupantes buscaban transmisores y ocupaban las sedes oficiales.

La Radio Checoslovaca se convirtió en uno de los lugares más dramáticos de la resistencia. Miles de personas acudieron a defender su edificio de la calle Vinohradská y levantaron barricadas con autobuses, camiones y adoquines. Los soldados soviéticos abrieron fuego; hubo muertos y heridos alrededor de la emisora, mientras las voces de los locutores continuaban informando sobre la invasión.

Alexander Dubček y otros dirigentes fueron detenidos y trasladados a Moscú. Allí firmaron, bajo presión, el Protocolo de Moscú, que aceptaba la presencia de las tropas y el retroceso de las reformas. De regreso a Praga, Dubček habló por radio con largas pausas y la voz quebrada. La población pudo escuchar en su manera de expresarse el resultado de varios días de aislamiento y coacción.

La ley del 13 de septiembre convirtió aquel sometimiento político en control cotidiano sobre periódicos, radio y televisión. Después llegaron las destituciones de directores, las listas de periodistas apartados y la retirada de libros. Algunos autores dejaron de publicar; otros recurrieron al “samizdat”, copias mecanografiadas que circulaban clandestinamente de mano en mano.

El régimen llamó “normalización” al proceso que restauró la obediencia. La palabra escondía una operación muy concreta: cerrar revistas, vigilar imprentas, expulsar profesionales y transformar nuevamente la información en una función del partido. La libertad conquistada durante unos meses no desapareció de golpe con la entrada de los tanques; fue desmontada después mediante leyes, oficinas, expedientes laborales y censores.

Fuentes: National Security Archive, “The Prague Spring ’68”; Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “Soviet Invasion of Czechoslovakia, 1968”; Virginia Tech, “The ‘Two Thousand Words’ Manifesto”; Wilson Center, “Filling in the Blank Spots: The Prague Spring”.


15 septiembre 1974 — Unión Soviética, Moscú. El régimen destruye la “Exposición del Bulldozer”

Excavadoras, camiones cisterna y agentes soviéticos destruyen una muestra de arte independiente organizada en las afueras de Moscú.

La mañana del 15 de septiembre de 1974 llovía en Moscú. En un terreno baldío de Beliáyevo, junto al límite de la ciudad, un grupo de artistas comenzó a colocar cuadros sobre caballetes improvisados. No había sala, catálogo ni autorización oficial, y precisamente por eso habían escogido aquel descampado. Querían mostrar sus obras fuera de los museos y galerías controlados por el Estado soviético.

La exposición había sido organizada por Oskar Rabin y Aleksandr Glezer. Participaban, entre otros, Evgueni Rujin, Lidia Masterkova, Vladímir Nemujin, Vitali Komar, Aleksandr Melamid y Yuri Zharkij. Pertenecían al llamado arte no oficial soviético: creadores que no se ajustaban al realismo socialista y, por tanto, tenían escasas posibilidades de exhibir, publicar o vender legalmente sus obras.

Desde la época de Stalin, todo arte que se apartara de las normas del “realismo socialista” se consideraba sospechoso o indecente.

Muchos de ellos trabajaban en condiciones semiclandestinas, exhibiendo obras en apartamentos privados o círculos reducidos para escapar del control estatal.

"Se limitaron en gran medida a trabajar y exhibir dentro de sus propios apartamentos, estudios y sótanos. Estos espacios privados se convirtieron en salones informales donde se reunieron pequeños círculos de amigos y conocidos para ver el nuevo trabajo, beber hasta altas horas de la noche, intercambiar ideas, recitar poesía, interpretar música y hacer circular literatura ilegal."

Allí, alrededor de una mesa de cocina, se reunían pintores, poetas y músicos, circulaban libros prohibidos y se discutían ideas que no encontraban espacio en las instituciones oficiales. Sacar las pinturas al aire libre era un gesto sencillo, pero rompía una frontera política. Así los artistas dejaban el ámbito privado y reclamaban el derecho a dirigirse al público. En uno de esos encuentros surgió la idea de dar el salto hacia el espacio público sin pedir permiso. La anécdota se recoge en el archivo documental "La exposición Bulldozer: cuando los soviéticos intentaron (y fracasaron) literalmente aplastar una exposición de arte":

"En ausencia de libertad de expresión y de críticas independientes, la mesa de la cocina se convirtió en foro y línea de vida. Fue durante una noche de este tipo en el apartamento de Oskar Rabin, más de cuatro décadas después de que el arte no oficial había sido suprimido por primera vez, que la idea surgió para finalmente sacar el arte subterráneo de estos interiores cerrados y llevarlo al aire libre."

Antes de que la muestra pudiera comenzar, llegaron policías, agentes vestidos de civil y empleados municipales. Las autoridades afirmaron que en aquel terreno se realizarían trabajos de jardinería. Sin embargo, la supuesta operación de mantenimiento incluía camiones, excavadoras, palas mecánicas y vehículos con cañones de agua.

Los asistentes fueron golpeados, perseguidos por el campo y rociados con agua a presión. Las máquinas derribaron los caballetes; varios cuadros quedaron aplastados en el barro o fueron arrojados a camiones. Oskar Rabin intentó proteger sus obras hasta que una excavadora avanzó hacia él. Años después recordó el significado que adquirió aquella máquina:

“El bulldozer era un símbolo de un régimen autoritario, igual que los tanques soviéticos en Praga”.

Entre los presentes había periodistas y diplomáticos extranjeros. Un corresponsal estadounidense perdió un diente durante la agresión y otros reporteros vieron cómo las autoridades destruían cámaras y rollos fotográficos. Las imágenes y testimonios atravesaron rápidamente las fronteras soviéticas. Aquello que debía ser una operación breve y sin testigos terminó convertido en un escándalo internacional.

El régimen había tratado una exposición de pintura como si fuera una concentración política peligrosa. La escena —excavadoras contra lienzos, agua a presión contra artistas desarmados— mostró de una manera difícil de disimular hasta dónde llegaba el control estatal sobre la cultura.

La repercusión obligó a las autoridades a retroceder parcialmente. Dos semanas después, el 29 de septiembre, permitieron otra exposición al aire libre en el parque Izmáilovski. Participaron unos cuarenta artistas y acudieron miles de visitantes. Durante cuatro horas pudieron contemplar obras que normalmente permanecían ocultas en viviendas y talleres. Aquel breve margen de tolerancia sería recordado como “las cuatro horas de libertad”.

Oskar Rabin, figura central del arte no oficial y uno de los organizadores de la exposición destruida, explicó en una entrevista tardía que su obra no había nacido de una voluntad de propaganda, sino de una solidaridad íntima con quienes eran perseguidos por el sistema comunista. Al hablar de sus motivos religiosos y de su cuadro Rey de los Judíos, recordó el clima de persecución antirreligiosa en la Unión Soviética y situó su pintura siempre del lado de los humillados:

“Perseguían la religión constantemente, y yo quería expresar mi solidaridad con los creyentes perseguidos. [...] Hay quienes siempre están del lado de los vencedores y pertenecen a la manada de vencedores. Y hay quienes pertenecen a los perseguidos; mi solidaridad está con ellos.”

Rabin continuó sufriendo presiones hasta que en 1978 las autoridades le retiraron la ciudadanía soviética mientras se encontraba en París. No recuperó la nacionalidad rusa hasta 1990. La exposición destruida no transformó de inmediato la política cultural de la URSS, pero consiguió hacer visible la existencia de un arte independiente y mostrar los medios represivos que el Estado comunista estaba dispuesto a utilizar para impedirlo.

Fuentes: Exhibition Histories and Archives, “Bulldozer and Izmailovsky Park – Outdoor Exhibitions”; The Guardian, “Bulldozer: the underground exhibition that revolutionised Russian art”; Pushkin House, “The Bulldozer Show: milestone in Russian cultural history”.


17 septiembre 1939 — Polonia. La Unión Soviética invade el país y consuma su reparto con Hitler

El Ejército Rojo entra en Polonia y ejecuta el protocolo secreto mediante el cual Stalin y Hitler habían acordado repartirse el país.

En la madrugada del 17 de septiembre de 1939, el embajador polaco en Moscú, Wacław Grzybowski, fue convocado al Comisariado soviético de Asuntos Exteriores. Allí intentaron entregarle una nota que afirmaba que el Estado polaco había dejado de existir y que, por tanto, los tratados firmados entre ambos países habían perdido su validez. Grzybowski se negó a aceptar el documento.

Mientras se producía aquella reunión, las tropas soviéticas ya cruzaban la frontera oriental de Polonia.

Dieciséis días antes, el ejército alemán había invadido el país desde el oeste. Las fuerzas polacas combatían todavía contra los alemanes cuando más de 450.000 soldados del Ejército Rojo, apoyados por miles de tanques, vehículos blindados y aviones, avanzaron desde el este. Polonia quedó atrapada entre dos potencias que habían acordado secretamente repartirse su territorio.

La invasión ejecutaba el protocolo secreto del pacto Mólotov-Ribbentrop, firmado el 23 de agosto por la Alemania nazi y la Unión Soviética. En público, el documento era un tratado de no agresión; en secreto, Berlín y Moscú habían delimitado sus respectivas esferas de dominio en Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Besarabia.

La nota soviética afirmaba que el Ejército Rojo entraba para proteger a las poblaciones ucranianas y bielorusas:

“El Gobierno soviético ha dado instrucciones al Alto Mando del Ejército Rojo para que ordene a sus fuerzas cruzar la frontera y tomar bajo su protección la vida y los bienes de la población del oeste de Ucrania y del oeste de Bielorrusia”.

La justificación era falsa. El Gobierno polaco no había capitulado y continuaba funcionando. Sus autoridades abandonarían el territorio rumbo a Rumanía después de conocer la entrada soviética, no antes. Moscú utilizó como causa de la invasión una desaparición del Estado que todavía no se había producido.

El comandante en jefe polaco, Edward Rydz-Śmigły, ordenó retirarse hacia Rumanía y Hungría y evitar el combate con los soviéticos, salvo en caso de ataque o intento de desarme. La instrucción buscaba preservar las fuerzas que aún podían escapar y continuar la guerra desde el extranjero:

"No luchar contra los bolcheviques, salvo en caso de ataque por su parte o intento de desarmar a las tropas".

La confusión de aquella orden no impidió los enfrentamientos. En Grodno, soldados y vecinos resistieron durante varios días con fusiles, ametralladoras y botellas incendiarias. También hubo combates en Wilno, Szack y Wytyczno. Miles de militares polacos murieron o resultaron heridos y más de 200.000 cayeron prisioneros de los soviéticos.

Solamente en la primera oleada, Stalin envió más de 460.000 soldados y unos 5.500 vehículos blindados de combate contra Polonia, apoyados además por unos 1.800 aviones. El 22 de septiembre, tropas alemanas y soviéticas coincidieron en Brest. Soldados de ambos ejércitos desfilaron ante sus comandantes y luego reajustaron la línea de ocupación. Seis días después, Berlín y Moscú firmaron el Tratado Germano-Soviético de Amistad, Cooperación y Demarcación, que formalizó el reparto de Polonia y modificó las fronteras previstas en el acuerdo secreto de agosto.

La ocupación soviética fue seguida por arrestos, confiscaciones, deportaciones y ejecuciones. Funcionarios, policías, jueces, militares, profesores, sacerdotes, propietarios rurales y miembros de organizaciones políticas fueron clasificados como enemigos del nuevo poder. Cientos de miles de ciudadanos polacos terminaron deportados al interior de la Unión Soviética.

Entre los prisioneros se encontraban los oficiales posteriormente asesinados por el NKVD en Katyń, Kalinin, Járkov y otros lugares. En la primavera de 1940, por orden de la dirección soviética, fueron ejecutados cerca de 22.000 militares, policías, funcionarios e integrantes de la élite profesional polaca.

Durante décadas, la propaganda soviética presentó la entrada del Ejército Rojo como una operación de liberación. Pero, por el contrario, los documentos del pacto y la coordinación territorial con Alemania muestran que Stalin no se limitó a aprovechar la derrota polaca, sino que colaboró con Hitler en la destrucción y el reparto del país.

Fuentes: Departamento de Estado de Estados Unidos, nota soviética entregada al embajador polaco; European Network Remembrance and Solidarity, “Soviet invasion of Poland”; Encyclopaedia Britannica, “Invasion of Poland”; Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, “Anniversary of the Soviet Aggression on Poland from 17 September 1939”


17 septiembre 1980 — Polonia, Gdansk. Solidaridad se constituye como sindicato nacional

Los sindicatos libres surgidos de las huelgas de agosto se unen en una organización nacional que desafía el monopolio político del régimen comunista.

El 17 de septiembre de 1980, representantes de más de treinta comités sindicales regionales se reunieron en Gdansk. Debían decidir si los sindicatos independientes nacidos durante las huelgas del verano actuarían por separado o formarían una sola organización capaz de representar a los trabajadores de todo el país.

La discusión fue intensa. Algunos delegados temían que una estructura nacional facilitara la intervención del Gobierno; otros comprendían que, aislados por regiones, serían más fáciles de someter. Finalmente acordaron unirse bajo un mismo nombre: Sindicato Independiente y Autónomo Solidaridad, “Solidarność” en polaco.

El movimiento había comenzado unas semanas antes en el astillero Lenin de Gdansk. El 7 de agosto, la dirección despidió a Anna Walentynowicz, operadora de grúa y activista sindical, cuando le faltaban pocos meses para jubilarse. Sus compañeros iniciaron una huelga el día 14 y exigieron su readmisión, aumentos salariales y el reconocimiento de derechos laborales.

Lech Wałęsa, electricista despedido del astillero, consiguió entrar en el recinto y asumió la dirección de la protesta. El Gobierno aceptó algunas demandas y el 16 de agosto Wałęsa anunció el final de la huelga. Sin embargo, varias trabajadoras, entre ellas Walentynowicz y la enfermera Alina Pienkowska, corrieron hacia las puertas para impedir que los obreros abandonaran el lugar.

La razón era concreta: otras empresas de Gdansk habían comenzado huelgas en apoyo del astillero y quedarían expuestas a las represalias si este regresaba al trabajo después de obtener únicamente sus propias concesiones. Las mujeres convencieron a los trabajadores para que permanecieran dentro. De ese gesto surgió el Comité Interempresarial de Huelga, que llegó a representar a centenares de centros laborales.

Sus 21 demandas fueron escritas a mano sobre dos grandes tableros de madera y colocadas en una de las puertas del astillero. El primer punto exigía:

“Aceptación de sindicatos libres, independientes del Partido Comunista y de los empleadores”.

También reclamaban el derecho de huelga, libertad de expresión y publicación, liberación de presos políticos, acceso de las confesiones religiosas a los medios de comunicación y mejoras en salarios, alimentos, viviendas y atención médica. Los tableros, convertidos en uno de los grandes objetos documentales de la resistencia polaca, fueron incorporados décadas después al Registro de la Memoria del Mundo de la Unesco.

El 31 de agosto, Wałęsa firmó con un bolígrafo de grandes dimensiones los Acuerdos de Gdansk. Al salir ante los trabajadores reunidos en la puerta declaró:

“Tenemos sindicatos libres e independientes”.

La creación de la organización nacional el 17 de septiembre transformó aquella victoria local en un movimiento de alcance polaco. En 1981, Solidaridad tenía aproximadamente 9,5 millones de afiliados. En un país de unos 36 millones de habitantes, casi uno de cada tres ciudadanos pertenecía a una organización independiente del Estado. Entre sus integrantes había obreros industriales, agricultores, intelectuales, estudiantes, profesionales y creyentes católicos, pero también personas procedentes de la izquierda que rechazaban el monopolio del Partido Comunista.

El régimen permitió provisionalmente su existencia, aunque mantuvo la vigilancia, las campañas de propaganda y los preparativos represivos. El 13 de diciembre de 1981, el general Wojciech Jaruzelski declaró la ley marcial. Miles de militantes fueron detenidos, las comunicaciones quedaron intervenidas, los tanques ocuparon las calles y Solidaridad fue ilegalizada.

La organización sobrevivió en fábricas, parroquias, imprentas clandestinas y redes de ayuda a los presos. En 1989, el Gobierno tuvo que negociar con sus representantes y aceptar elecciones parcialmente libres. El desafío más poderoso al régimen comunista polaco había nacido dentro de un astillero llamado Lenin y había sido sostenido por los mismos trabajadores en cuyo nombre el partido afirmaba gobernar.

Fuentes: Sindicato Solidaridad, “History in dates”; Centro Europeo de Solidaridad, “How did Solidarność come to be?”; Unesco, “Twenty-One Demands, Gdańsk, August 1980”; Encyclopaedia Britannica, “Solidarity”.


17 septiembre 2007 — Polonia, Varsovia. Se estrena la película “Katyń”, de Andrzej Wajda 

La película reconstruye la masacre soviética de miles de ciudadanos polacos y la mentira oficial impuesta durante décadas para ocultarla.

El 17 de septiembre de 2007 se estrenó en Varsovia “Katyń”, dirigida por Andrzej Wajda. La fecha había sido escogida deliberadamente, porque ese día se cumplían 68 años de la invasión soviética de Polonia, comienzo del cautiverio de miles de oficiales que serían asesinados por el NKVD en 1940.

La primera escena muestra un puente ocupado por dos grupos que huyen en direcciones contrarias. Unos escapan de las tropas alemanas que avanzan desde el oeste; otros, del Ejército Rojo que llega desde el este. En medio del puente, los civiles comprenden que Polonia está siendo cerrada entre dos invasiones.

La película no se centra únicamente en los fusilamientos. Sigue a las esposas, madres y hermanas que esperaron durante años el regreso de los desaparecidos. Recibían cartas que de pronto dejaban de llegar, buscaban nombres en listas incompletas y conservaban uniformes, fotografías y objetos familiares sin saber dónde habían muerto sus seres queridos.

Wajda conocía esa espera desde su infancia. Su padre, el capitán Jakub Wajda, fue hecho prisionero por los soviéticos y asesinado en Járkov, dentro de la misma operación del NKVD que acabó con cerca de 22.000 ciudadanos polacos en Katyń y otros lugares. Su madre, Aniela, esperó durante años porque el nombre de su marido no aparecía en las listas de cadáveres descubiertos en el bosque de Katyn.

En una entrevista Wajda explicó que solo había podido realizar este filme después de desaparecer el comunismo. La película constituía también un desafío personal, pues su familia había sido víctima directa de la masacre y de su encubrimiento:

"Solo pude realizar Katyń después de la caída de la República Popular de Polonia. Tras 44 años de mentiras, cuando solo existía una verdad soviética: que la masacre de Katyń fue cometida por los alemanes. Dedico esta película a mi padre, el capitán Jakub Wajda del 72.º Regimiento de Infantería en Radom, y a mi madre, Aniela. Mi padre fue víctima de la masacre de Katyń, mi madre fue víctima de la mentira de Katyń, y hasta el final de su vida, hasta 1950, creyó que mi padre regresaría de la guerra, porque los telegramas de Suiza decían que estaba desaparecido y que, por lo tanto, podría ser encontrado y devuelto."

Wajda sufrió también esa segunda parte de la tragedia al ver a su madre destruida por la espera. Su propósito no era únicamente reconstruir el crimen, sino denunciar la mentira que lo prolongó durante décadas:

"Cuando comencé a escribir el guion, conté con dos fuentes: los diarios de mujeres que esperaban a sus maridos y los documentos del crimen. En los diarios, encontré una escena donde un oficial ruso intentaba salvar a la esposa de un colega polaco, un oficial asesinado en Katyń. Hubo un oficial soviético íntegro que se enfrentó a todas las fuerzas del mal, y sentí que tenía el deber de mostrar esta escena en mi película.

Katyń tiene dos caras: el crimen y la mentira. ¿Debía hacer una película sobre el crimen o sobre la mentira?

En resumen, la cuestión era si hablar de mi padre, asesinado junto con los oficiales, junto con los demás capturados por el Ejército Soviético, o de mi madre. 

Llegué a la conclusión de que tenía que hacer una película sobre el crimen y la mentira."

En 1943, después de descubrir las fosas, la Alemania nazi atribuyó públicamente el crimen a la Unión Soviética. Moscú respondió acusando a los alemanes y rompió relaciones con el Gobierno polaco en el exilio cuando este solicitó una investigación internacional. Tras la guerra, la versión soviética se convirtió en verdad oficial dentro de Polonia.

Las familias, además de haber perdido a sus padres, esposos e hijos, también estaban obligadas a repetir una explicación que sabían falsa. Quienes intentaban mencionar la responsabilidad soviética podían perder su empleo, ser interrogados o quedar excluidos de universidades e instituciones culturales. En documentos y monumentos se utilizaba una fecha falsa —1941— para situar las ejecuciones después de la ocupación alemana de la zona.

Una de las historias recreadas por Wajda muestra a una joven que intenta colocar en una lápida el nombre de su hermano y el año verdadero de su muerte: 1940. Ese único número bastaba para convertir un epitafio familiar en desafío político, porque contradecía toda la versión sostenida por el régimen.

La película culmina con la reconstrucción minuciosa de las ejecuciones. Los prisioneros llegan en vehículos cerrados, son registrados, conducidos uno por uno y asesinados con un disparo en la nuca. Sus cuerpos caen dentro de fosas preparadas de antemano. No hay discursos; la repetición burocrática de nombres, objetos confiscados y disparos muestra el crimen como una operación organizada por el Estado.

La Unión Soviética no reconoció oficialmente la responsabilidad del NKVD hasta 1990. Al año siguiente, fueron divulgados documentos que incluían la propuesta de Lavrenti Beria para ejecutar a los prisioneros y la aprobación firmada por Stalin y otros miembros del Politburó.

Así reseñó The New Yorker la película:

"Katyń recrea uno de los terrores cotidianos de vivir bajo el totalitarismo: nadie en el poder te dice nunca la verdad, y vives entre rumores y esperanza".

Wajda había querido filmar esta historia desde mucho antes, pero solo pudo hacerlo después de la desaparición del régimen comunista. Tenía 81 años cuando la película llegó a los cines. “Katyń” fue candidata al Óscar a la mejor película extranjera y llevó a una audiencia internacional no solo la historia de los fusilamientos, sino también la de las familias obligadas durante casi medio siglo a convivir con una mentira oficial.

Fuentes: British Film Institute, entrevista con Andrzej Wajda sobre “Katyń”; Encyclopaedia Britannica, “Katyń Massacre”; Academy of Motion Picture Arts and Sciences, nominaciones a los premios Óscar de 2008; Museo de Katyń, “History of the Katyń Museum”.


19 septiembre 2019 — Unión Europea. El Parlamento Europeo condena los crímenes de los regímenes comunistas 

La resolución reclama preservar la memoria de las víctimas del nazismo, el estalinismo y otros regímenes totalitarios, y combatir la manipulación política de la historia.

El 19 de septiembre de 2019, el Parlamento Europeo aprobó en Estrasburgo una resolución titulada “Sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa”. El texto recibió 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones.

La resolución fue aprobada ochenta años después de que la Alemania nazi y la Unión Soviética firmaran el pacto Mólotov-Ribbentrop y delimitaran, mediante un protocolo secreto, sus zonas de influencia en Europa oriental. Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre; el Ejército Rojo entró desde el este el día 17.

La resolución europea rindió homenaje a las víctimas del nazismo, el estalinismo y otros regímenes totalitarios y autoritarios. Recordó los asesinatos masivos, genocidios, deportaciones, campos de concentración, privaciones de libertad y persecuciones ejecutados por esos sistemas. También pidió que los Estados europeos conservaran archivos, testimonios y lugares de memoria y facilitaran el estudio de los crímenes.

Uno de sus apartados reclama:

“Una evaluación clara y basada en principios de los crímenes y actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi”.

La resolución condenó los crímenes cometidos por los regímenes nazi y comunistas, entre ellos los asesinatos masivos, el genocidio, las deportaciones, la represión y la supresión de las libertades. También pidió preservar la memoria de las víctimas, mantener abiertos los archivos, rechazar la glorificación de los regímenes totalitarios e impulsar una evaluación rigurosa de los crímenes del estalinismo y de otras dictaduras comunistas.

Se generó polémica acerca de los efectos de la resolución. Algunos críticos consideraron que establecer paralelos entre nazismo y comunismo podía utilizarse para diluir la singularidad del Holocausto o relativizar el proyecto racial nazi. Sus defensores respondieron que reconocer la especificidad del exterminio de los judíos no obliga a relegar a una memoria secundaria a las víctimas del Gulag, las deportaciones bálticas, Katyń, las hambrunas provocadas, las purgas y la represión comunista en Europa central y oriental.

El documento también denunció los esfuerzos del Gobierno ruso por justificar el pacto Mólotov-Ribbentrop y responsabilizar a otros países del comienzo de la guerra. De este modo, la disputa no pertenecía únicamente al pasado, pues continuaba a través de la selección de documentos, los monumentos, los manuales escolares y los discursos oficiales utilizados para legitimar políticas contemporáneas.

Otro punto especialmente concreto fue la petición de mantener abierto el acceso a los archivos. Buena parte de lo que hoy se conoce sobre ejecuciones, deportaciones y operaciones de la policía política pudo reconstruirse mediante listas, órdenes firmadas, expedientes de vigilancia y correspondencia administrativa. Allí donde esos documentos permanecen cerrados o son manipulados, las víctimas vuelven a depender de la versión del mismo Estado que las persiguió.

Aunque la resolución no creó una interpretación histórica obligatoria ni resolvió las discusiones entre investigadores, sí significó un avance al reconocer institucionalmente que las víctimas de los regímenes comunistas forman parte de la memoria europea y que sus experiencias no deben ser borradas, justificadas o reducidas a daños inevitables de un proyecto político.

Fuentes: Parlamento Europeo, “Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa”; Parlamento Europeo, “Europe must remember its past to build its future”.


► DEL 21 AL 30 DE SEPTIEMBRE

28 septiembre 1960 — Cuba, La Habana. Fidel Castro crea los CDR (Comités de Defensa de la Revolución)

El régimen extiende hasta cada barrio y cada cuadra una red encargada de vigilar, denunciar y reprimir a la población.

El 28 de septiembre de 1960, una multitud se concentró frente al antiguo Palacio Presidencial de La Habana para escuchar a Fidel Castro, recién llegado de una visita a Naciones Unidas. Durante el acto se oyeron varias explosiones en las inmediaciones. Castro interrumpió su discurso y respondió anunciando la creación de una nueva organización que llevaría la vigilancia política hasta cada manzana del país.

La propuesta fue formulada sin ambigüedades:

“Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria, y que todo el mundo sepa quién vive en la manzana, qué hace el que vive en la manzana y qué relaciones tuvo con la tiranía; con quién se junta; en qué actividades anda”.

Los Comités de Defensa de la Revolución, conocidos desde entonces por las siglas CDR, fueron organizados en zonas, calles y cuadras. Un responsable debía mantener actualizada la información sobre los residentes, promover guardias nocturnas, convocar reuniones y comunicar cualquier conducta considerada sospechosa. La vigilancia política dejaba así de ser una función exclusiva de la policía: entraba en los edificios, las aceras y las relaciones cotidianas entre vecinos.

Con el tiempo, los comités asumieron campañas de vacunación, donaciones de sangre, recogida de materias primas, censos y movilizaciones ante huracanes. Esas tareas les proporcionaron una presencia social extensa y permitieron al Gobierno presentarlos como una organización comunitaria. Sin embargo, convivían con su función fundacional: observar, clasificar y denunciar a quienes fueran considerados desafectos.

La participación en guardias, reuniones, marchas y actividades oficiales se convirtió en una prueba pública de “integración revolucionaria”. La ausencia reiterada también comunicaba algo. En una estructura asentada a pocos metros de cada vivienda, negarse a colaborar podía despertar sospechas y convertir gestos privados —recibir una visita, practicar una religión, escuchar una emisora extranjera o solicitar la salida del país— en información política.

Los CDR también aportaban valoraciones sobre los vecinos para investigaciones laborales, universitarias y administrativas. La conducta de una persona y de su familia podía quedar reflejada en informes capaces de influir en el acceso a determinados estudios, empleos o responsabilidades públicas. El control no dependía únicamente de una orden escrita: funcionaba mediante la posibilidad permanente de ser observado por alguien conocido.

Según datos citados por Human Rights Watch, a finales de la década de 1990 el Gobierno aseguraba que los CDR agrupaban al 91 % de la población cubana. Esa extensión convirtió la organización en una de las mayores redes de movilización y vigilancia creadas por el régimen.

Los comités participaron además en actos de repudio contra opositores y defensores de derechos humanos. Multitudes convocadas frente a sus viviendas gritaban insultos y amenazas, golpeaban cazuelas, arrojaban objetos y, en algunos casos, agredían a las personas. Aunque las autoridades los presentaban como reacciones espontáneas del pueblo, eran en realidad el resultado de la arquitectura de la policía política con la intervención de funcionarios, Brigadas de Respuesta Rápida, grupos paraestatales utilizados para intimidar y agredir a opositores, y miembros de los propios CDR..

Bajo la consigna de la “vigilancia colectiva revolucionaria”, el Estado convirtió la cuadra en una unidad básica de discriminación y control político, sembrando la división en lo más profundo del pueblo.

Fuentes: Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, “Cuba: A Country Study”; Human Rights Watch, “Cuba’s Repressive Machinery”; Human Rights Watch, “Cuba”.


30 septiembre 1949 — Alemania, Berlín. Finaliza el puente aéreo que derrotó el bloqueo soviético 

Concluye la operación que abasteció durante quince meses a Berlín Occidental e impidió que Stalin sometiera la ciudad mediante el aislamiento y el hambre.

El 30 de septiembre de 1949 aterrizaron los últimos vuelos del puente aéreo de Berlín. Durante quince meses, aviones estadounidenses, británicos y de otros países aliados habían transportado alimentos, carbón, combustible y medicinas hasta una ciudad de más de dos millones de habitantes aislada dentro de la zona de ocupación soviética.

El bloqueo había comenzado el 24 de junio de 1948. La Unión Soviética cortó los accesos ferroviarios, terrestres y fluviales hacia los sectores occidentales de Berlín, además de interrumpir buena parte del suministro eléctrico. Stalin pretendía obligar a Estados Unidos, Reino Unido y Francia a abandonar sus posiciones en la ciudad o a modificar sus decisiones sobre la reorganización económica y monetaria de Alemania.

Fue determinante la visión del general Lucius D. Clay, gobernador militar de la zona estadounidense en Alemania. Envió un mensaje al presidente estadounidense admitiendo que "no es viable mantener nuestra posición en Berlín". Clay reconocía que la ciudad carecía de valor como objetivo militar, pero añadió::

"[...] nuestra permanencia en Berlín es esencial para nuestro prestigio en Alemania y en Europa. Para bien o para mal, se ha convertido en un símbolo de las intenciones estadounidenses".

El presidente Harry S. Truman resumió la decisión de Washington con una frase seca, repetida luego como símbolo de la firmeza occidental ante el bloqueo soviético:

"Nos quedamos en Berlín, punto."

Aquella operación parecía imposible. Una ciudad entera necesitaba miles de toneladas diarias para comer, calentarse y mantener en funcionamiento hospitales, fábricas y servicios básicos. Los aviones debían seguir rutas estrechas, aterrizar con cualquier tiempo, descargar rápidamente y despegar para dejar libre la pista al aparato siguiente.

Los tres corredores aéreos utilizados durante la operación no fueron abiertos mediante una negociación posterior al bloqueo. Habían quedado establecidos por acuerdos entre las potencias ocupantes al terminar la Segunda Guerra Mundial. Esa vía legal permitió abastecer Berlín sin intentar romper por la fuerza los controles soviéticos en las carreteras, una acción que podía provocar un enfrentamiento militar directo.

Tempelhof se convirtió en una maquinaria de precisión. En los momentos de mayor actividad, un avión aterrizaba aproximadamente cada 45 segundos. Pilotos, mecánicos, controladores, estibadores y trabajadores berlineses operaban día y noche entre motores, sacos de harina y nubes de polvo de carbón. Más de 277.000 vuelos transportaron unos 2,3 millones de toneladas de suministros; casi dos terceras partes de la carga fueron carbón.

En medio de aquella operación logística surgió una de sus historias más recordadas. El piloto estadounidense Gail Halvorsen encontró junto a la alambrada de Tempelhof a un grupo de niños que observaba los aviones. Solo llevaba dos tabletas de chicle y las partió para compartirlas. Le sorprendió que quienes no habían recibido un pedazo se pasaran entre ellos los envoltorios para olerlos.

Halvorsen prometió regresar y lanzarles dulces desde su avión. Para que pudieran reconocerlo, movería las alas antes de aterrizar. Ató chocolatinas y chicles a pequeños paracaídas fabricados con pañuelos y los arrojó sobre el lugar donde esperaban los niños. La iniciativa creció hasta convertirse en la Operación Little Vittles: pilotos y voluntarios lanzaron más de veinte toneladas de golosinas sujetas a unos 250.000 pequeños paracaídas.

Los berlineses llamaron “bombarderos de pasas” a los aviones. El apodo resumía la transformación de una máquina asociada pocos años antes con la destrucción de la guerra, cuando, en lugar de bombas, las aeronaves dejaban caer alimentos y pequeños paquetes de dulces sobre una ciudad sitiada.

La operación también tuvo un coste humano. Accidentes aéreos, laborales y de transporte causaron más de cien muertes entre tripulantes y trabajadores vinculados al puente aéreo. Un monumento levantado junto al antiguo aeropuerto de Tempelhof recuerda a quienes murieron durante el abastecimiento.

La Unión Soviética levantó el bloqueo el 12 de mayo de 1949, después de comprobar que los aliados podían sostener la operación y que la presión no había conseguido expulsarlos de Berlín. No obstante, los vuelos continuaron hasta el 30 de septiembre para acumular reservas ante la posibilidad de un nuevo cierre.

Pocos días después del final del puente aéreo se constituyó la República Democrática Alemana, bajo control comunista, mientras Berlín permanecía partida. Sin embargo, la operación impidió que el suministro de alimentos y combustible pudiera utilizarse para someter a la población occidental de la ciudad. Aquella resistencia reaparecería en la memoria berlinesa cuando el régimen de Alemania Oriental construyó el Muro en 1961.

Fuentes: Office of the Historian del Departamento de Estado de Estados Unidos, “The Berlin Airlift, 1948–1949”; Harry S. Truman Presidential Library, documentos sobre el puente aéreo de Berlín; Fuerza Aérea de Estados Unidos, “Candy Bomber reflects on Air Force heritage”; PBS, “Gail Halvorsen”.


30 septiembre 1989 — Checoslovaquia, Praga. La embajada de Alemania Federal anuncia la salida de miles de refugiados

Miles de alemanes orientales hacinados en la embajada de la República Federal de Alemania reciben la noticia de que podrán viajar en trenes especiales hacia Occidente.

Poco antes de las siete de la tarde del 30 de septiembre de 1989, Hans-Dietrich Genscher, ministro de Asuntos Exteriores de Alemania Occidental, salió al balcón del Palacio Lobkowicz, sede de la embajada de su país en Praga. Frente a él se apretaban miles de ciudadanos de Alemania Oriental que llevaban días o semanas hacinados en jardines, pasillos, tiendas de campaña y habitaciones desbordadas.

El ministro comenzó a hablar:

“Hemos venido para comunicarles que hoy su salida…”

No pudo terminar. La multitud comprendió la noticia antes de escuchar la última palabra. Un grito colectivo cubrió su voz, seguido por aplausos, abrazos y personas que lloraban. Esa interrupción fue parte de la historia, como si la frase completa perteneciera realmente a la voluntad incontenible de la gente allí reunida. El Gobierno de la República Democrática Alemana había aceptado que los refugiados viajaran a Alemania Occidental.

Genscher lo describió mucho después:

"En retrospectiva, podemos afirmar que quienes se encontraban en el jardín de la Embajada tomaron las riendas de su propio destino e hicieron historia."

Durante el verano, el número de ciudadanos que intentaban abandonar la RDA había crecido rápidamente. Hungría comenzó a desmontar la alambrada de su frontera con Austria y, el 11 de septiembre, permitió la salida hacia Occidente de miles de alemanes orientales. Otros buscaron refugio en las embajadas de Alemania Federal en Praga y Varsovia.

En la capital checoslovaca, numerosas familias treparon la verja del Palacio Lobkowicz y dejaron atrás automóviles, maletas y objetos que no podían cargar. Las calles cercanas quedaron ocupadas por los Trabant abandonados. En la RDA, comprar uno de esos automóviles podía exigir años de espera; dejarlos allí mostraba hasta qué punto sus propietarios consideraban que no había regreso posible.

Las condiciones dentro de la embajada se deterioraron con rapidez. Llovía, el terreno se convirtió en barro y los servicios sanitarios resultaban insuficientes. Había niños pequeños, mujeres embarazadas y personas enfermas. Los empleados diplomáticos, la Cruz Roja y voluntarios improvisaron dormitorios, cocinas, letrinas y puestos de atención médica.

Thomas Strieder, funcionario de la embajada, anotó aquel 30 de septiembre:

“Ya ni siquiera podemos contar a los recién llegados. No se acaba nunca; tenemos que renunciar incluso a intentar contarlos. A las dos de la tarde había unos 2.700 y la cifra aumentaba drásticamente”.

Alrededor de 4.000 personas escucharon el anuncio de Genscher. La autorización fue el resultado de negociaciones entre Bonn, Berlín Oriental, Praga y Moscú. El régimen de Erich Honecker impuso una condición: los refugiados debían atravesar territorio de la RDA en trenes especiales antes de llegar a Alemania Federal. Así pretendía mantener la apariencia de que seguía controlando la salida de sus ciudadanos.

El primer autobús salió de la embajada hacia la estación de Praha-Libeň a las siete y media de la noche. Dos horas después partió el primer tren. Durante la operación inicial, seis convoyes transportaron aproximadamente a 6.000 personas desde Praga hasta  hasta Hof, en Alemania Occidental, después de cruzar Alemania Oriental.

Dentro de los trenes viajaban familias enteras con las pocas pertenencias que habían conseguido conservar. Al pasar por territorio de la RDA, otros ciudadanos se acercaron a las estaciones y las vías con la esperanza de subir. El viaje que debía exhibir la autoridad del régimen produjo el efecto contrario: miles de personas pudieron ver trenes llenos de compatriotas que escapaban del país.

La concesión tampoco detuvo el éxodo. Apenas quedó vacío el jardín de la embajada, nuevos refugiados comenzaron a escalar la verja. Pocos días después fue necesario organizar otra salida para más de 8.000 personas. El paso de esos nuevos convoyes desencadenó protestas y enfrentamientos en Dresde, donde la policía utilizó porras, perros y cañones de agua contra quienes intentaban acercarse a los trenes.

Durante septiembre de 1989, más de 33.000 ciudadanos de la RDA consiguieron huir hacia Occidente y otros 11.903 recibieron autorización oficial para marcharse. El Estado conservaba todavía el Muro, la policía fronteriza y el Ministerio para la Seguridad del Estado, pero ya no podía ocultar la magnitud de la fuga.

El anuncio desde el balcón ocurrió cuarenta días antes de la apertura del Muro de Berlín. La frase incompleta de Genscher quedó unida a una imagen decisiva de 1989, cuando miles de personas que habían abandonado casas, empleos y automóviles celebraban no una concesión económica, sino el permiso para salir de un país que afirmaba gobernar en su nombre y les impedía marcharse.

Fuentes: Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania, “Prague: One of Europe’s finest hours in the German Embassy”; Ministerio Federal de Asuntos Exteriores de Alemania, discurso sobre los refugiados de la RDA en 1989; Chronicle of the Wall, “Chronicle 1989”; National Security Archive, “Through Prague to Freedom: The Exodus of GDR Citizens”; Revolution 89, “Revolts along the railway line”.

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