Carreta. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

Pablo Díaz (Finca las Lometas, Tamarindo, Florencia, 1926) es referencia constante en el mundo del "decimismo" en la zona central de Cuba, y en especial en Ciego de Ávila, donde repentistas y escritores de diversas generaciones suelen recordarlo con homenajes explícitos o el uso de intertextualidades que retoman algunas de sus imágenes más originales. Descendiente de inmigrantes canarios, trabajador de la tierra en las veguerías de Tamarindo al norte de la provincia avileña, sin duda él mismo se ha convertido en un símbolo de la compleja tradición del cultivo de la llamada "estrofa nacional" de los cubanos.

Con más frecuencia se le identifica por uno de sus octosílabos felices, como el poeta que "se echó al hombro la poesía". Este elogio es de otro poeta avileño, Gilfredo Boan Pina, y alude al poema "Remembranzas" en que Pablo había lamentado su infancia llena de privaciones: "y como era mi destino/ andar descalzo y a pie,/ algunas veces pensé/ echarme al hombro el camino". Semejante imagen de voluntad desbordada o exceso existencial, se ha vuelto un tópico que puede seguirse a través de la obra de muchos autores, en páginas de libros y cantos de repentistas.

Dentro de dicha hipérbole resuena el mito del héroe araucano, Caupolicán, tal como lo describió Rubén Darío en un célebre soneto, probando fuerza para optar por liderar a su raza: "robusto tronco de árbol al hombro de un campeón". Aunque aquí, en la metáfora del campesino-escritor, se intenta una nueva proeza, y es apenas la autodefinición del hombre idealista según su contexto natural, donde se siente la estatura a la vez angustiosa y satisfactoria de los caminos de la vida y "la poesía" cruzándose, incluso en su representación sublime como objeto de los deseos más profundos, para sustituir —es decir, quedando metafóricamente ligada esta figura— a un elemento lo menos exótico, artificial o "modernista" posible, representativo de la naturaleza y la resistencia física: "tronco de árbol".

Pablo —el decimista y el agricultor— ha vivido como hombre de una sola pieza en el centro de la naturaleza, estimulado por los paisajes y trabajos de la vida rural, pero, lo que resulta más provechoso, también creciendo desde la matriz del folclor, gracias a que no solo posee el carisma y muchos de los dones favoritos de quienes hacen posible la cultura tradicional y oral, sino que se acerca cuidadosamente a los paradigmas de la literatura escrita, por la riqueza connotativa que hay en sus versos. Lleno de ingenuidad auténtica, su poesía quiere parecerse a la conversación campechana.

Viene de una zona pródiga en escritores. Por allí, entre las lomas feraces al norte de la región de La Trocha, nacieron también Raúl Luis, Amado del Pino, Volpino Rodríguez, Otilio Carvajal, Luis Enrique Martínez, entre otros. Por allí se asentaron Modesto San Gil (llamado "el último poeta canario" que vive en Cuba), Rigoberto Fernández Castillo... No debe ser casual. En esa región "de los bellos paisajes" se viene dando, desde el siglo XIX, una cultura popular galante que es propia de la economía de estancias, donde el placer por servir como anfitrión, y compartir las visitas de una poesía narrada y sonora, nunca se separó del gozo ante los ritmos seguros de la fertilidad de la tierra.

Desde ese, su territorio silvestre y bien marcado, Pablo trae al hombro el tercero de los libros de décimas que publica: Tengo en la manigua un pie (Ed. Ávila, 2013). Quizás no despunte como el mejor compendio en su bibliografía personal, cuando el autor ya es de avanzada edad, pero con este título viene a confirmar cuál camino ha llevado al hombro, cuál su destino, cual su naturaleza. Buen tiempo para sembrar (Ed. Ávila, 2004), su primer libro, salpicado de algún que otro soneto, descuella por la amplitud de temas tratados en décimas cosechadas a lo largo de su vida. En Tan serio como una tusa (Ed. Ávila, 2009) ofreció concentradamente un don suyo esencial, la veta humorística.

Ahora se trata de una manigua de versos surgidos de forma muy espontánea, creados mentalmente, conservándolos en la memoria, desde donde una hija —cuando su vista ya no le permite escribir ni leer— los ha pasado al papel. Luego he tenido yo, por último, el privilegio de recibir el "manuscrito original" para hacer la selección y darle estructura propicia de acuerdo con normas o convenciones del mundo editorial, lo que originalmente no fue una camisa de fuerza para su inspiración.

Dividido aparece este conjunto en cuatro estancias que confunden límites o temas. Como parte del humor y las ocurrencias de la primera sección, "La ocasión imprevista", encontramos esta estampa sobre la supuesta brutalidad del inmigrante canario, un lugar común de la tradición oral —en realidad revela la condición laboriosa de estos inmigrantes dentro de la sociedad cubana, donde el "tipo vivo" resulta contradictoriamente aquel que no se ensucia las manos o que logra vivir sin trabajar—, poema que se vuelve chispeante burla de sí mismo, algo muy cubano, tratándose el autor de un típico "pichón de isleño":

[...] dijo, al lado de un Jagüey,

rascándose el carapacho:

“Si el hijo me sale macho,

lo voy a dejar pa buey”.

Temas de talante más sentimental se hallan en la sección "Las vueltas que da la vida". El discurso de interés filosófico no se aparta del testimonio concreto, las ideas se fundan en la experiencia, y algunas llegan a ser tan inevitables como el hecho fatal de quedar huérfano a temprano edad. Por encima del eco literario prima el parentesco existencial con la figura clásica del "niño yuntero" de Antonio Machado:

Después que mi padre amado

se marchó por un postigo

me tuve que hacer amigo

de la yunta y del arado.

Bajo el rótulo de "Claustro patriarcal" se incluyen, en la tercera sección, cantos de homenaje a guías que constituyen fundamentos de la identidad, como los propios poetas que conviven en la zona, el maestro rural y la Virgen de la Caridad del Cobre. Precisamente a la imagen de la Patrona de Cuba, Pablo la recibió en su pueblo natal con estos versos, cuando era llevada por toda la isla en evento de rescate de la religiosidad popular que había desaparecido forzosamente de la vida pública —sobre todo de los escenarios rurales— en la segunda mitad del siglo XX:

Por tu mensaje de amor

vengo a bendecir tu paso,

pues nunca vi otro regazo

con más ternura y calor.

Te agradezco con honor

todo el bien que tú me ofertas,

porque al llegar a las puertas

para aliviar los dolores,

hay una fiesta de flores

con las corolas abiertas.

Por último, la sección "El batey se retrata" es la de tono más costumbrista. El decimista, tradicional sustituto del fotógrafo y la imprenta en localidades donde la memoria oral aún es un factor de impulso histórico, intenta fijar mediante semblanzas rimadas aquellos perfiles y rasgos curiosos de su comunidad. Desfilan personas, personajes y cosas, haciéndose las distinciones que cada cual merece, pero al estilo más democrático de la poesía popular, es decir, sin discriminar entre la iglesia del pueblo, el barrendero, un médico o un caballo.

Seguro y perseverante

sube al poste principal

y en posición vertical

parece mientras trabaja

un cosmonauta que baja

en una nave espacial.

("El Electricista")

Encontramos incluso, entre retratos personales, esta "foto" panorámica de la región en el poema "Florencia", paisaje donde la tranquilidad campestre apenas es surcada por esa mole de hierro que desde la visión interna —desde el punto de vista del hombre que se ha quedado unido a la tierra con la fijeza de un árbol— constituye símbolo de la violencia, pero también el atractivo del progreso urbano:

Su suelo tabacalero

le brinda el mejor sostén

y desde lejos se ven

entre flores y palomas

los árboles de las lomas

diciéndole adiós a un tren.

("Florencia")

"Pie forzado" es el verso que alguien impone a un poeta improvisador, lastre del que este no debe soltarse y con cuyo "peso" tiene que probar ante los presentes hasta dónde, hasta qué alturas de originalidad y gracia espontánea puede volar su imaginación.

Desde el primero de sus libros publicados, sabemos que Pablo Díaz quiere poner pie seguro, en esta vida, como poeta, donde mismo lo ha mantenido siempre la lírica universal, especialmente a través de su más arriesgada avanzadilla: la poesía popular y tradicional. Un pie, el suyo, puesto a voluntad en lo más intrincado y silvestre del espíritu, donde se confunden naturaleza y arte en una relación absoluta, y tan fecunda, que impulsa a dudar siempre sobre los límites del lenguaje poético, para seguir echando abajo y corriendo las cercas, cambiar los linderos.

Francis Sánchez
Francis Sánchez

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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