¿Cómo reconstruir la ciudadanía cubana después de casi siete décadas de totalitarismo? La pregunta ocupa un lugar central en los debates sobre una futura transición democrática en Cuba.
Para algunos, el cambio político dependerá ante todo de reformas institucionales, elecciones libres, separación de poderes y garantías jurídicas. Otros consideran que una democracia estable también necesitará transformar la cultura cívica de un país donde varias generaciones no han experimentado la vida pública bajo reglas democráticas.
En esta entrega de Cuba Imaginada, la historiadora del arte, escritora y activista cubana Carolina Barrero reflexiona sobre ese desafío desde el proyecto Ciudadanía y Libertad, una organización dedicada a promover valores democráticos, participación ciudadana y fortalecimiento de la sociedad civil.
El reto de desmontar la cultura del castrismo
El análisis de Barrero parte de una idea central: la transición cubana no puede limitarse al reemplazo de un sistema político. A su juicio, también será necesario desmontar prácticas, lenguajes y formas de relación social moldeadas por el castrismo durante décadas. Afirma Barrero:
"Los cubanos no hemos experimentado qué es vivir en democracia y mucho hemos cambiado incluso en nuestro propio lenguaje, en la manera de entender las relaciones humanas, pero también las relaciones políticas, la vida pública, la vida en sociedad."
Su diagnóstico no se reduce a la falta de instituciones democráticas. Apunta a una transformación más profunda de la vida cotidiana bajo el totalitarismo: la manera de hablar, de participar, de desconfiar, de obedecer, de relacionarse con el poder y con los otros.
En ese sentido, Barrero sostiene que el daño cultural del castrismo alcanza zonas íntimas de la convivencia social. Explica:
"Todo está atravesado por el mantra del castrismo totalitario, autoritario, que cambió nuestra concepción de cómo relacionarnos unos con los otros y cómo hacer un país prosperar."
Desde esa perspectiva, la reconstrucción democrática de Cuba implicaría una tarea cultural profunda. No bastaría con celebrar elecciones, aprobar nuevas leyes o abrir espacios de participación si antes no se trabaja en la educación cívica, el respeto a los derechos fundamentales y la recuperación de una ciudadanía activa.
Barrero define el trabajo de Ciudadanía y Libertad como un esfuerzo para fomentar una cultura democrática entre los cubanos. En sus palabras, se trata de "extirpar la cultura del castrismo" y cultivar una cultura "sólida, próspera, participativa", en la que todos puedan aportar.
La imagen que utiliza apunta a un problema de largo alcance: el totalitarismo no deja únicamente instituciones autoritarias. También deja hábitos de obediencia, desconfianza, vigilancia, simulación y miedo. Por eso, una futura democracia cubana tendría que enfrentar no solo la estructura del poder, sino también las marcas culturales que ese poder ha dejado en la sociedad.
Desde esa perspectiva, la educación cívica aparece como una condición necesaria para la transición. Una democracia no se sostiene solo por leyes o elecciones. Necesita ciudadanos capaces de ejercer derechos, exigir responsabilidades, aceptar el pluralismo y participar en la vida pública sin reproducir las lógicas del autoritarismo.
Barrero también vincula esa reconstrucción interna con una disputa por el relato internacional sobre Cuba. Según afirma, buena parte de su trabajo ha consistido en desmontar la propaganda del castrismo y explicar que el régimen cubano no debe ser leído bajo la narrativa que ha promovido durante décadas. Señala la activista:
"Aunque el régimen castrista se ha promovido como una víctima, es en realidad el perpetrador."
Para Barrero, cambiar esa mirada resulta clave para comprender tanto la represión interna como la influencia política que el castrismo ha ejercido fuera de la isla.
En su intervención, sostiene además que el régimen cubano ha desarrollado una política de desestabilización en América Latina y otros escenarios internacionales. Desde su punto de vista, identificar al castrismo como actor autoritario y no como víctima permite revisar el mito político construido alrededor de la llamada revolución cubana.
Esa revisión del relato forma parte del mismo problema democrático. Para Barrero, no puede haber una reconstrucción cívica sólida sin desmontar también los mitos que han sostenido la legitimidad simbólica del castrismo dentro y fuera de Cuba.
La reflexión conecta con uno de los dilemas más complejos de una futura transición: cómo preparar a una sociedad para vivir en libertad después de décadas de control político. La respuesta no se reduce a un calendario electoral ni a un cambio de gobierno. Incluye memoria, educación ciudadana, cultura democrática y una revisión crítica de las formas de obediencia que el autoritarismo convirtió en rutina.
Las opiniones de Barrero plantean una pregunta de fondo para el futuro del país: qué tipo de ciudadanía necesitará una Cuba democrática para impedir que las viejas prácticas autoritarias sobrevivan bajo nuevas formas.
Acerca de Carolina Barrero
Carolina Barrero es historiadora del arte, escritora y activista cubana por los derechos humanos y la democracia. Integró el Movimiento San Isidro y el 27N, espacios de movilización ciudadana surgidos frente a la censura, la represión y la falta de libertades públicas en Cuba.
Por su activismo sufrió vigilancia, hostigamiento y represión por parte del régimen cubano. En 2022 salió al exilio, desde donde ha continuado su trabajo público en defensa de una transición democrática y del fortalecimiento de la sociedad civil cubana.
Actualmente dirige Ciudadanía y Libertad, organización dedicada a promover la formación ciudadana, la cultura democrática y la reconstrucción cívica de Cuba.
Cuba Imaginada
Cuba Imaginada es un proyecto de Árbol Invertido dedicado a pensar, debatir y documentar el futuro democrático de Cuba. A través de entrevistas, debates, encuestas, testimonios y propuestas ciudadanas, la iniciativa reúne voces diversas de la sociedad civil cubana para reflexionar sobre la transición, la libertad, la justicia, la ciudadanía y la reconstrucción institucional del país. Porque imaginar el futuro también es una forma de prepararlo.
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