Las tres tazas de Vilches

Señales amontonadas. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

Me es imposible recordar el momento exacto en que Dios me permitió el extraordinario festejo que es conocer al poeta de los cuellos duros. Fue, tal vez, bajo el riguroso amparo de los cursos poéticos de invierno que organizaban, en la capital de todos los habaneros, unos viejos amigos que se marcharon antes de que hubiéramos tenido la oportunidad de agradecerles, o quizás en aquellos días de peregrinación por la sal de Cuba, sin Gandhi, en la que vivíamos inmersos, no sabemos si por la contagiosa sinergia de Eloísa Carreras o por el deseo de fundación que propagaban desde la casona del puerto Odette Alonso y Agustín Labrada.

Tampoco es que urja apresar el primer encuentro si ya poseo el enjundioso sabor de una amistad limpia e ininterrumpida que pronto abrazará su cuarto de siglo.

Por entonces éramos más o menos lo mismo que hoy: dos muchachos seducidos por el deseo de habitar en otra naturaleza menos despiadada y de edificar, con las emociones que van detrás de los vocablos, una familia de amigos que veían, con el mismo catalejo, los distintos colores que poseen las cosas.

Yo vivía en Ciego de Ávila, o más bien dormía y comía y hacía las paces con las breves catedrales del cariño, en esa angosta y olvidadiza ciudad, pues mi tiempo transcurría en el interior de las fascinaciones que los escritores habían inventado, con el único propósito de dejarnos con fiebres los sueños y con cierta inextinguible resaca el corazón.

Él, en Granma, sitio que no queda en ningún sitio y que, si algún día alcanzo crédito oficial, ya sea  durante el gobierno de Raúl Castro o en el que inevitablemente le sucederá, me enrolaré en campaña feroz para que traduzcan el término y empecemos a llamarle «abuelita». Significa lo mismo, pero para los que hablamos y sentimos que el Español es la más bella entre todas las lenguas, abuelita tiene la connotación que jamás podría alcanzar Granma. Quizás los que eligieron el apócope para esa región del país solo quisieron vincular al yate que condujo a los expedicionarios, desde Tuxpan hasta Las Coloradas, con el territorio, y no se percataron de que en el subsuelo de los significantes hay una medida cuasi chamánica que permite a las personas y las cosas asumir los nombres que les son dados.

Por mucho que en la lectura histórica de nuestro tiempo se haya querido glorificar a la hermosa Santiago de Cuba en detrimento de las demás zonas orientales, posee Abuelita una tradición de heroísmo que la torna primigenia y singularísima entre las demás, y se levanta, como aquella que me cantaba las nanas, con una yesca ante la injusticia o un estremecedor arrumaco ante quien la trata con lindura y respeto. No por pura casualidad ya se acepta que la quema de Hatuey se produjo en las márgenes del río Yara y no en la zona de Baracoa, con igual nombre, como se sostuvo durante años. En dichos peregrinajes por la sal de Cuba, aprendí que existe una leyenda de sedimento popular en el Yara de «Abuelita» que pone el corazón alegre y gozoso el espíritu a los prevenidos viajeros: una luz de tono crepuscular, se aparece como portadora del símbolo de la negación de este bravo aborigen a ser ejecutado por las brasas históricas del miedo; no por casualidad está ubicada en la parte interior del mentón de un Caimán de postura generosa y grave; no por casualidad le caben dentro Manzanillo con La Demajagua, El Padre de la Patria y dos incendios, Pedro Figueredo y el Himno Nacional, un gentío  abrumador y sólido, Manzanillo, Guisa, Jiguaní, Cerro Pelado y ese bulevar de bares deliciosos donde en las noches de estos días se dejan escuchar los acordes del conjunto Ébano que uno degusta con la misma orgásmica fruición conque abreva los licores en la barrita del Piano bar; no por casualidad le nació en el alma Pablo Milanés, y la iglesia San Salvador de Bayamo se erige, a dos segundos de su plaza principal, como un espejo de singulares contornos donde los habitantes de la isla  podemos sopesar los quilates de nuestra sustancia, el rojizo heroico de nuestra sangre y esa lava arrasadora en la que podemos convertirnos cuando son insoportables la tiranía y el desencanto; no por casualidad, de entre los vapores de esa tierra, vino al mundo el poeta de los cuellos duros a quien por una escaramuza del destino le llamaran Rafael, nombre proveniente del hebreo y que significa Dios sana, que se le diera (bonita coincidencia) a uno de los arcángeles, que antes se llamara Azarías y por curar la ceguera de su padre completó la tríada arc junto a Miguel (el jefe del ejército celestial) y Gabriel (el mensajero celestial). Es el arcángel Rafael (bonita coincidencia) el protector de los viajeros, de la salud y del noviazgo.

Si no fuera porque desde el año pasado intento abandonar todo vestigio de la actitud sacrílega que me acompañó desde el día en que escribí el primer verso de El libro del profanador, podría gritar que el arcángel ha reencarnado con un apellido de ciudad andaluza (Vilches) y otro más significativo (Proenza), mismo que lució el último gobernador del período español en Jamaica, Francisco de Proenza, antes que la armada inglesa ocupara militarmente en 1655 la isla caribeña. Y es que, según mi credo, las bonitas coincidencias no existen,  y me es dable la fe de que si algo caracteriza al poeta de los cuellos duros es su condición de viajero perpetuo, casi alucinado, incapaz de detenerse en el mismo sitio por mucho tiempo aunque en todos deje el morao de las buganvilias entre el escándalo casi inocente de su amistad. También, como al arcángel, le ha sido dado el don de protector de los noviazgos entre otros, al punto de perder los propios. Si hoy me aduermo sobre la apacible certeza de haber conquistado a la otra mitad de mi vida, se lo debo en parte, solo en parte, a su protectorado. Hace doce años, al igual que hoy, a nadie en este planeta, que no fuera Rafael Vilches Proenza, poeta de los cuellos duros, se le habría ocurrido la arriesgada idea de defender mis constantes vaivenes románticos ante una muchacha que todos goloseaban. Tal actitud le consagró un puesto permanente en la mesa de mi casa y la alegría de encontrarme, a su vuelta, en un sitio tan inhóspito como Santa Clara, para atravesar juntos otro tramo del camino.

Nunca le agradeceremos bien a Luis Pérez de Castro su generosidad por darle albergue en una casa donde los cuernos de ambos hacían símbolos rarísimos en los tablones de concreto del techo, aun cuando se sentaran en el piso a leerse el paquete de manuscritos que no les han aceptado, por razones del Orinoco, en los angustiosos combos que plagan nuestras editoriales. No se me enreda la lengua para denunciar que Luis Pérez de Castro es el hombre de mayor tolerancia ante el malagradecimiento que haya conocido; no obstante hospedó a Rafa y compartió su abundante pobreza y su más generoso corazón, en un acto de solidaridad poco común en la Cuba enquistada por los sentimientos de egoísmo que hemos heredado junto a la deleznable capacidad para canallizar o desacreditar al prójimo, sin otras razones que la envidia.

En aquellos días iniciales de su llegada, nos leyó poemas de un libro nuevo cuyo título me pareció menos acertado que la batalla feroz que los poemas establecían en contra y a favor del amor. Aquel breve volumen había nacido de la extrañeza por la chica amada y en un extraordinario giro volatinaba entre las selvas del amor huidizo, en peligro.

La amargura reposaba en cada palabra y la imagen del café era ese símbolo identitario no solo del ser cubano sino también del ser insomne, angustiado, desprovisto de otras herramientas que no fueran sus sueños y la horrible necesidad de trasvasarlo al idioma literario. Entonces le propuse a Rafael tres nuevos títulos, entre los que se encontraba el que al final identifica al tomo que hace circular Neo Club Ediciones y Alexandria Library con sede en Miami.

En ese sitio de las diferencias conciliables que es el Café Literario de Santa Clara recibimos de la mano del Pastor Mario Félix los primeros ejemplares y casi hubo que sujetarme para que no realizara el lanzamiento en pleno portal. Me sentí muy feliz por mi amigo, por mí y por la poesía cubana. Me sentí muy feliz por el delicado gesto del poeta Luis Felipe Rojas al suscribir una nota introductoria que ilumina a los lectores sobre el autor y lo que ha de hallar dentro del libro. Me sentí muy feliz porque luego de tantos golpes la vida le obsequiaba al poeta de los cuellos duros la primera oportunidad para sentir ese estado de levitación que experimentamos los hombres sencillos ante lo extraordinario.

Saben, los que cargan la pesada cruz de quererme, que no figura entre mis dones el de ser halagador; siempre me ha parecido un acto de infidelidad otorgar desmedidos elogios a los amigos y concederles con ello una felicidad ficticia y tan volátil que puede, con buena suerte, durar hasta el próximo aguacero. Justo, sí. Poseo la dicha de conocer toda la obra que ha ido escribiendo Rafael a lo largo de su ciclo creativo y puedo asegurar que ni una sola palabra ha surgido de su inteligencia sino de los dolores y alegrías del corazón, de los ojos que tiene en su corazón bueno y enorme. Su literatura se distingue de entre la de los demás porque aprendió el arte de susurrarle al lector en el oído sin usar otro idioma que el de la emoción. Leerle ha sido para mí —me da gusto confesarlo— un antídoto contra la palabrería artística.

Desde su llegada a tierras villañeras, Rafael Vilches Proenza no ha recibido más que patadas de burros provenientes del reservorio de asnos que tienen las «organizaciones» culturales: no hubo ojos para sus pies cubiertos apenas con unas chancletas de baño, ni para su corazón herido por las asquerosas hélices de la traición; no se preguntaron, antes de patear, por qué había dejado el sitio donde vivió y sirvió durante décadas; no se les ocurrió preguntar en qué botadero dormía luego de, como fue justo que lo hiciera, abandonar la casa de Castro que se enmaridaba otra vez,  hundirse en el sopor y los detritos que desprendían las paredes de un alquiler leonino, injusto, impagable como son casi todos los alquileres que, bajo la mirada cómplice del estado, tiran a la letrina la Ley de Reforma Urbana. Y lo patearon, lo patearon expulsándolo del empleo con las excusas de los burros, con el antifaz que usan los burros que no tuvieron los piñones necesarios para decir que lo echaban a la calle porque publicaba en Plural, porque conversaba con el arcángel mensajero, porque tenía el suficiente valor para decirle clavo al clavo y oreja a la oreja; porque era un hombre triste, pero con el alma limpia; porque era una catedral desimantada, pero con la fuerza moral como sostén. Y lo patearon, lo patearon al no permitir que su nombre apareciera en los programas literarios, que su voz no se escuchara, que sus libros tres veces buenos y tres veces aprobados, quedaran balanceándose en esa región del silencio donde yacen obras que jamás conoceremos. Y también lo pateó el gremio, menos asno quizás, más dado a retirarse ante el dolor ajeno. El gremio: un  día de estos tendremos que contar cómo nos vencieron, de qué callada manera, con cuáles armas nos dividieron, hicieron de nosotros un reguero de manchitas amorfas, que nos juntamos solo cuando es decisivo hablar sobre beneficios y nos refugiamos en la triste inmensidad del caracol al sentir la acometida de los burros. Pero ni siquiera para los poetas la pateadura es eterna; con la buena de Dios aparecen esos momentos de descanso para que el verdugo lustre sus cascos, y entonces se levanta el consuelo desde la región que nos han enseñado a odiar como si se tratara del Inframundo. Miami es quizás el nombre de un pueblo extranjero que más hemos mencionado los cubanos. Entró en los canalizos de nuestra sangre por las vías del odio y el desprecio, sin que pudiéramos imaginar que sería la segunda patria de, por lo menos, un miembro de nuestras familias, y parte fundamental del sostén económico de la isla. Allí radica el grueso del exilio cubano, que la voz oficial pretende simplificar al apellidarle económico cuando en verdad todos sabemos que es un exilio social, en toda la extensión del término. Allí viven y trabajan, amigos muy amados: poetas y albañiles, marineros y cantantes, gente buena que nos ayuda a sobrevivir cuando el cable se torna carmelita y parece que debajo de los pies la tierra comienza a deslizarse. Allí viven y trabajan cubanos a los que no se les permitía vivir y trabajar en paz en la tierra donde habían nacido. Allí vive gente que no se ha tomado la coca cola del olvido y que a pesar de «la depresión» envían o traen remesas en reales y en cariños a los suyos, sin recordarnos las injurias y las golpizas de ayer, y las injurias y las golpizas de hoy. Conozco a muchos heridos por los huevos, que han sabido perdonar; conozco a muchos heridos en el alma, que han sabido hacer a un lado la revancha... y no dejo de preguntarme, cuándo, por Dios, cuándo pararán los otros. Esos otros que condujeron al silencio forzado a Francis Sánchez Rodríguez, por hacerle caso al Gabo y decir lo que sentía, esos otros que calumniaron al narrador Félix Sánchez, por hacerle caso a Fidel Castro y señalar lo que debía ser cambiado; esos otros que edificaron un castillo de arena y mandaron a prisión a Ángel Santiesteban; esos otros que canallizan, que convierten en terroristas de la noche a la mañana a quien diga que el beisbol no es el deporte nacional sino el juego de los escondidos, o sea, al que se atreva a adversar cualquier arquetipo creado para que funcionemos como autómatas; cuándo, por Dios, cuándo vamos a ver que la paz radica en el derecho ajeno.

Fui un testigo excepcional de que el poeta de los cuellos duros quiso publicar su libro en Cuba antes que en cualquier otro sitio, pero haber formado parte del grupo literario Lista Negra; participar junto a mí en la gira Nacido el trece de agosto, que a través de textos poéticos solicita la libertad de Ángel Santiesteban y abrir las cancelas de su fe en Estado Sats, fue sazón suficiente para que los burros impidieran la conexión de su obra con los lectores cubanos.

Pero de qué me sorprendo, tal práctica es un error común de los siglos por los siglos, empezó cuando a mediados del XIX detuvieron en el puerto de Santiago de Cuba un barco que traía la novela Sab de la Avellaneda y jamás se le permitió el ingreso a la isla, y se repitió miles de veces hasta ganar escandaloso protagonismo durante todos los años de torpezas cometidas por los ideólogos de un socialismo que debía traernos la ley primera soñada por Martí. El culto a la libertad plena del hombre, fue sustituido por el culto a la libertad plena del estado sobre los destinos del hombre; y entonces el estado decidió lo nocivo que eran ciertos libros y ciertos autores que no le decían linduras y  trataban de mostrarle al lector otras maneras de apreciar la libertad. De algún modo, que aún permanece en el misterio, pudimos conocer el panteón extraordinario de nuestra literatura y de la diversidad del pensamiento filosófico cubano. Es cierto, como ya dije, que no fue este estado el que nos trajo la censura como práctica cotidiana, aunque la diferencia entre antes y después radica en que antes alguien o algo se hacía responsable de la censura y, después, la cesura vino del aire, de naiden, del escondrijo, de la guarida, de un endriago abstracto, que al pasar el tiempo adquirió algún nombre como Pavón, Aldana... para que los tontos de capirote descargáramos nuestras rabias y aceptáramos que no hubo endriago sino simples idiotas que confundieron gallo con rayo, estrella con centella.

En el pórtico del libro Café Amargo Luis Felipe indica: Carta para los que quieran conocer a un poeta que persiguen... y es cierto, no como al cimarrón con jaurías, sino con esas herramientas nuevas que sirven para hacerte sentir acosado y te sea imposible demostrarlo.

Pocos habremos de leer Café amargo porque han llegado a Santa Clara apenas los libros que cupieron en el bolso de Mario Félix y, como se sabe, uno no puede pagar un billete e ir a Miami por la mañana y regresar en la tarde hasta que sean derribados los muros invisibles contra los que se han estrellado millones de cubanos, ojalá la propuesta del poeta de los cuellos duros abra un cangilón y consiga penetrar hasta lo más profundo de quien la lea.

Sería oportuno solicitarle a Dios que haga posible... señor mío... que esta alegría de hoy no se convierta en más pateaduras para el amigo... mañana: por ello, ruego.

[Palabras de presentación del libro Café amargo. Santa Clara, sábado 26 de abril, 2014]

Escritor Otilio Carvajal. Foto en la revista Árbol Invertido

(Chambas, Ciego de Ávila, Cuba, 1968). Poeta, narrador, investigador y crítico literario. Reside en Santa Clara. Algunos de sus libros, son: Thanksgiving Day (Matanzas, Ed. Vigía, 1999), Libro del profanador (Santa Clara, Ed. Capiro, 1999), Libro del Holandés (Novela. Ed. Ávila, 2000), Oda al pan (Ed. Ávila, 2001), Ponme la mano aquí (Novela. Santiago de Cuba, Ed. Oriente, 2001), Los navíos se alejan (Ed. Ávila, 2002), Prohibido soñar en esta casa (Ed. Ávila, 2002), Pájaros de la noche (Teatro. Ed. Ávila, 2003).

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