Andrés, el dibujante olvidado de la revista Carteles

Andrés y portada de Carteles.
Andrés y portada de Carteles.
El artista Andrés García y una de sus portadas de la revista Carteles.

Entre 1919 y 1960 existió en Cuba una revista que llegó a ser una de las publicaciones seriadas más populares y de trabajo gráfico más atractivo de su época: Carteles. Así, bajo esa sencilla pero simbólica denominación, vivió esta revista para la cual trabajaron figuras tan prominentes como Emilio Roig de Leuchsenrig, Alejo Carpentier y Conrado W. Massaguer. Sin embargo, hubo un artista que resultó fundamental en su consagración, y que consiguió que, ese semanario ―de temáticas interesantes y entretenidas― destacara además por sus expresivas y auténticas imágenes de portada, así como por las ilustraciones de los artículos. Ese artista fue Andrés García Benítez, o simplemente, Andrés (como firmó siempre sus trabajos): un joven de provincia, pero con una mente cosmopolita y una versatilidad infrecuentes. Andrés, un creador y periodista prácticamente desconocido entre los cubanos de la isla y del exilio, merece un lugar especial en la historia de la cultura cubana.

Nació en julio de 1916 en Holguín, pequeña ciudad del Oriente del país, en una casa ubicada frente a la Plaza de Armas (actual Parque Calixto García). Su padre, Saturnino García Zavalla, había llegado a Cuba proveniente del País Vasco siendo aún un adolescente. Con la ayuda inicial de un tío ―que había hecho fortuna en la isla―, y posteriormente asociándose a su hermano Julián, Saturnino obtuvo una favorable posición económica como terrateniente y comerciante que le sirvió para patrocinar espacios culturales en la ciudad, entre ellos, el teatro de la Colonia Española, denominado Teatro Holguín.

La madre de Andrés, Rita Benítez Hechavarría, pertenecía a una familia que contaba con varias propiedades. Rita fue determinante en el funcionamiento de la extensa familia que creó junto a su esposo. Sus nueve hijos (Andrés fue el menor) crecieron en un ambiente culto, sobre todo inspirados por su afición a la lectura, y por el gusto de Saturnino por las artes escénicas. Pero si importantes fueron los libros, también lo fueron las revistas cubanas de la época que se recibían y compartían en casa, Carteles entre estas. Observar y disfrutar sus imágenes serían parte del aprendizaje, inicialmente autodidacta, que llevó a Andrés a elaborar sus propios trabajos.

Andrés nació siendo artista. En su natal Holguín no recibió clases de artes plásticas y, decidido a hacerse dibujante, no se empeñó en terminar el bachillerato. Tampoco se interesó por una profesión tradicional y segura como el resto de sus hermanos y hermanas, quienes accedieron a estudios de alto nivel en la Universidad de La Habana y en instituciones en los Estados Unidos. Andrés siempre prefirió su cuaderno de dibujo a cualquier otro libro escolar. Rebelde y seguro de sí mismo se instala en La Habana, ciudad que lo recibió con muchas oportunidades y que él, sin dudas, amó, como mismo amó a toda Cuba, observándola, catándola, haciéndola suya a través de las líneas y el color.

Era un adolescente cuando realizó su primera portada para Carteles, específicamente para el número 39 del 4 de septiembre de 1932. Pero no fue hasta 1936 que entró como dibujante profesional. Alfredo T. Quílez, director de la revista, le ofreció integrarse al equipo, pero el joven artista decidió pasar un tiempo en Nueva York antes de emprender su vida profesional en La Habana.

Portada de revista Carteles

Siempre ocupado en algún proyecto, el tiempo que Andrés estuvo en La Habana ―antes de viajar a Estados Unidos― le sirvió para asistir a una academia privada y para tener su primera exposición personal en el Círculo de Bellas Artes en el año 1934. La exposición fue presentada por José Antonio Portuondo y tuvo reseñas de varios medios de prensa.

En Estados Unidos, Andrés estudió en varias academias, aunque él siempre destacó su paso por The National School of Design. Estudios aparte, poseedor de una mente inquieta y de una extraordinaria capacidad de observación y síntesis, su estancia en la Gran Manzana debió constituir una escuela por sí sola. Las obras que se conservan de esa época muestran su capacidad de captar el espíritu bohemio y animado de la gran urbe americana. Sus piezas de los bares en Nueva York son, sencillamente, una delicia visual.

Dibujo de Andrés para revista Carteles
Dibujo de Andrés.

Audaz, como era, Andrés decidió que era hora de exponer en Nueva York, y acudió a dialogar con Alma Reed, dueña de la galería Delphic Studios. Es así como en mayo de 1936 Exhibition of Watercolors and Drawings by Andrés se convierte en su primera muestra personal fuera de Cuba. Los títulos de las obras ilustran muy bien algunas de las motivaciones temáticas del joven artista: “Funeral de María Belén Chacón”, “Rumba, Bacanal negra”, “Fiesta en el solar…”. Un dato interesante es que Jorge Mañach, quien en esos momentos residía en Estados Unidos, escribió de modo elogioso sobre esta exposición para la Revista Hispánica Moderna.

En noviembre de 1936 Andrés está de vuelta a La Habana y expone en una muestra colectiva en el Lyceum junto a otros tres creadores: Rigol, Portocarrero y Yiraudy. Exactamente diez años después, en 1946, también el Lyceum sería el espacio de una exposición personal en la que además de dibujos, acuarelas y gouaches, muestra bocetos escenográficos y diseños de vestuario teatral.

En 1937 participó en la Primera exposición de arte moderno. Pintura y escultura. La prensa de la época (Grafos, Diario de la Marina, e incluso la propia Carteles…) siempre estuvo atenta a las exposiciones de Andrés. Guy Pérez Cisneros fue uno de los críticos que comprendió y valoró su obra, resaltando su empeño por lograr imágenes suaves y armoniosas sin caer en lo trivial.

El teatro siempre había sido de su gusto, eso le venía de familia. Por esos años La Habana era una ciudad llena de salas y de artistas con ganas de hacer. Lo más natural era que Andrés también se dedicara (a partir de 1942) a trabajar para las artes escénicas. Sobre todo, se ocupó del diseño de escenografía y vestuario del Patronato del Teatro y de la Escuela de Ballet de Pro-Arte Musical. Así, realizó diseños para diversas obras: La zapatera prodigiosa, Doña Rosita la soltera, El perro del hortelano, Calígula (del grupo Prometeo)… en general fueron más de doscientos diseños. También, sin ningún prejuicio hacia ambientes más festivos y glamurosos, diseñó para el cabaret del Hotel Capri y para Tropicana.

Igualmente, no solo Carteles se benefició de la creatividad de Andrés, otras publicaciones como Vanidades, Perfiles, Social y Lyceum también recibieron en sus páginas y portadas su sello personal. Por su parte, la revista Prometeo ―dedicada al teatro y cuyo primer número se publicó en 1947― lo mantuvo más ocupado, pues se integró a su consejo de redacción.

Su versatilidad le permitía ir de las revistas a los libros, y del teatro al cabaret. Sin dudas, con su habilidad como dibujante, su maestría en el uso del color y de la línea —junto a su singular acierto para caracterizar personajes y ambientes—, lo colmaron de trabajo y compromisos que siempre atendió. Ilustrar, diseñar… no era para él algo menor, sino el sentido de su vocación. Andrés dignificó su oficio, al punto que cuando comenzó a trabajar para las artes escénicas la crítica siempre tuvo comentarios válidos para su escenografía y para sus diseños de vestuario. Al parecer, en manos de Andrés, estos elementos de la escena también se volvían protagónicos. Por su parte, en su faceta como ilustrador de libros se encuentran: Cantos de amanecer (1934), Hojas (1938) de la poeta holguinera Marilola X, y 4 cuentos-poemas existenciales, de José Sobrino Diéguez. Posteriormente, en 1962, ilustraría Poesías, de Nicolás Guillén.

Revista Carteles, La Habana, 1958.
Carteles, 26 de enero de 1958.

El 31 de julio de 1960 se publicó el último número de Carteles. La revista le había abierto las puertas del diseño gráfico a un artista joven y lleno de ganas de hacer; mientras que Andrés le había aportado a Carteles el color, la energía, la vitalidad e incluso, la amargura de ese algo inextricable y tremendo que es “lo cubano”. La portada, dedicada al 20 de mayo de 1946, resume magistralmente nuestra mezcla de fiesta y frustración. En esa imagen se aprecia a una elegante mujer que, simbolizando a la República, queda apartada de la fiesta y de los fuegos artificiales que tienen lugar alrededor del Capitolio, sede del Congreso. Esa mujer, vestida de blanco y con una representación de la bandera cubana cubriendo su cabeza y su espalda a modo de capa, tiene un gesto pensativo, un poco vencido, es evidente que no se siente feliz, por eso se retrae mientras otros celebran.

Otras portadas serían más alegres, y eso era lo habitual. Las de los números que salían durante el verano, las del inicio y el fin del curso escolar, las dedicadas a los personajes que llenaban las calles cubanas: vendedores ambulantes, mulatas, señoras de la clase alta, niños traviesos… mostraban el lado alegre y desenfadado —e incluso socarrón— del cubano, así como su interacción con el otro, sus gustos y actitudes. La gente se veía a sí misma en Carteles. Cubanos y cubanas de todas las razas, edades y clases sociales podían mirarse en las escenas que componía Andrés cada semana.

En los números cercanos a la fecha del nacimiento de José Martí, Andrés cambiaba la “gracia cubana” por trabajos que, sin dejar de tener su sello, mostraban el respeto que sentía por El Maestro. Una de esas portadas presentaba a una mujer junto a su hijo leyendo un libro dedicado a Martí. Ese era Andrés, profesional, pero también tierno, y sobre todo, raigalmente cubano.

A pesar del cierre de Carteles, durante los años sesenta, Andrés continuó trabajando sobre todo para el teatro. El jardín de los cerezos, Electra Garrigó, Cecilia Valdés… son algunas de las obras en las que se implicó.

En general, sobre su vida personal no existe mucha información. Aunque en lo que va de este siglo varios investigadores se han interesado en su obra y su vida evitando que sigamos perdiendo la oportunidad de reconocer los grandes valores de su producción plástica, y también, por qué no, demostrando cuánto le cuesta a la cultura de un país ese acto irresponsable y bárbaro de olvidar a grandes creadores por el hecho de que no vivan en la isla.

En septiembre de 1966 Andrés sale de Cuba “para siempre”. Sale físicamente y también sale de la historia oficial de la cultura cubana. En El Vedado quedó su apartamento con libros, obras de arte… A su hermana, María Soledad, quien al igual que él vivía en El Vedado, le deja sus materiales de trabajo indicándole que, de ser necesario, los puede vender, pero que también se los puede compartir a su colega y amigo, el diseñador Eduardo Arrocha.

Andrés viajó a España y permaneció allí poco tiempo. Luego se instaló en Puerto Rico donde trató de abrirse camino. En septiembre de 1967 presentó una exposición personal de dibujos y acuarelas, sin embargo, luego de toda una vida en Cuba, le fue difícil empezar de nuevo. En 1967 escribió a su familia: “Estoy terriblemente desorientado, no tengo aún la práctica de ser exiliado y solo sé arrepentirme de serlo”. No obstante logró recomenzar en San Juan donde realizó algunas exposiciones y trabajó para varias revistas.

Andrés nunca llegó a superar la nostalgia por la isla. En una conversación con el escritor y periodista cubano Darcia Moretti, expresó: “Mi pintura ahora es una proyección histórica de un pueblo que desapareció. El que quiera saber cómo era Cuba desde 1934 a 1960 que coja las portadas de Carteles, lo que se usó, las modas, costumbres, tipos. Ahora tengo pocas aspiraciones. Perder mi país fue un trauma horrendo y del cual no me resigno, no me consolaré jamás, nunca, nada compensa mi país”.

En 1977 Andrés le escribe a una de sus hermanas que regresará a Cuba. Según testimonios de familiares y amigos todo parece indicar que, a pesar de tener poco más de sesenta años, mostraba síntomas de demencia. Es probable que el desarraigo, la soledad y el cierre forzoso de la revista a la que dedicó su vida hayan contribuido a acelerar la enfermedad. Es por eso que al arribar a la isla en 1981, ya no sabía quién era ni dónde estaba… Y el país que tanto amó y dibujó tampoco lo recordaba a él, excepto parte de su familia y unas pocas amistades que aún vivían en Cuba como Eduardo Arrocha y Ana Luisa García Martínez, Güicho, una señora holguinera que fue su amiga de infancia.

El 11 de julio de 1981 Andrés García Benítez fallece en Holguín. El día anterior había cumplido sesenta y cinco años. En Puerto Rico, el crítico Antonio J. Molina publicó un texto para recordarlo. Fue sepultado en el cementerio de su ciudad natal. Güicho, su leal amiga, se ocupó de la inscripción que indica que Andrés descansa en el panteón familiar.

En la actualidad su figura es estudiada y reverenciada por varios críticos, curadores, investigadores y amantes del arte cubano. Su obra se encuentra en colecciones privadas y, sobre todo, en el Museo Provincial La Periquera, en Holguín. Es en esta ciudad donde en lo que va de siglo se han realizado tres exposiciones importantes de originales suyos. La más reciente, Andrés cumple 100 años, pudo ser apreciada entre julio y septiembre de 2016 en el Centro Provincial de Artes Plásticas. La curaduría y museografía fue realizada por Martín Garrido Gómez, una de las personas que más ha investigado la figura de Andrés.

Por su parte, la Fundación Arte Cubano, en su inestimable labor de investigar y promocionar la pintura cubana, publicó Andrés, un libro completamente dedicado a él. La factura de este volumen es excelente. En sus más de doscientas páginas aparece una gran muestra de su obra junto a fotografías personales y textos escritos por el artista. Este monográfico también contiene valiosos y documentados ensayos de Martín Garrido y de Jorge R. Bermúdez, así como apuntes cronológicos esenciales para tratar de conocer su vida, y los varios sitios y épocas por los que transitó.

Andrés fue presentado en marzo de 2019 en el Museo Nacional de Bellas Artes. Muchas personas acudieron ese día, tantas, que no hubo suficientes ejemplares para todos. En el siglo XXI Andrés nos continúa seduciendo con su alegría, con el ritmo de sus líneas que hacen creer que dibujar es fácil, con su buen gusto y su cubanía genuina. Admirar sus trabajos nos acerca a ese lado amable de la vida que, como cubanos, nunca hemos perdido. Cuba debe sentirse agradecida por haber tenido en Andrés a uno de sus más elegantes y acertados cronistas. Eso fue su obra plástica, una crónica visual de alguien que estaba enamorado de su país y de su gente.

Diez portadas de la revista Carteles

"Entre 1919 y 1960 existió en Cuba una revista que llegó a ser una de las publicaciones seriadas más populares y de trabajo gráfico más atractivo de su época: Carteles. Así, bajo esa sencilla pero simbólica denominación, vivió esta revista para la cual trabajaron figuras tan prominentes como Emilio Roig de Leuchsenrig, Alejo Carpentier y Conrado W. Massaguer. Sin embargo, hubo un artista que resultó fundamental en su consagración, y que consiguió que, ese semanario ―de temáticas interesantes y entretenidas― destacara además por sus expresivas y auténticas imágenes de portada, así como por las ilustraciones de los artículos. Ese artista fue Andrés García Benítez (Holguín, 1916-1981)". (IRELA CASAÑAS HIJUELOS)

La autora cubana  Irela Casañas Hijuelos

(Santiago de Cuba, 1980). Poeta y ensayista cubana. Reside en Holguín. Licenciada en Sociología. Ha publicado  Manuel del Triunfo (Eds. Holguín, 2006), Testimonio del margen (Eds. La luz, 2011) y Sociología y Literatura: dos caminos para conocer la irreverencia (Black Diamond Editions, 2013).

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