Columna de Rafael Almanza

Un día de noviembre

Fotograma de Un día de noviembre
Fotograma de Un día de noviembre
Gildo Torres y Eslinda Núñez en el filme "Un día de noviembre" (1972).

"Humberto Solás desdeñó este filme suyo, que fuera escondido, con su anuencia, por su jefe Guevara en los años de represión de principios de los 70: yo lo considero lo único de verdadero valor..."

Decía el crítico Frye que la opinión de un creador sobre su obra tiene especial interés, pero no especial autoridad. Humberto Solás desdeñó este filme suyo, que fuera escondido, con su anuencia, por su jefe Guevara en los años de represión de principios de los setentas: yo lo considero lo único de verdadero valor que filmara. Es verdad que el doblaje de voces es defectuoso, pero eso era común en el cine cubano de entonces; y sin embargo la banda sonora tiene un protagonismo de excelencia, no solo por la música de Leo Brouwer, la mejor que escribiera para el cine, sino por el uso dramático del sonido, como se aprecia en la escena en que los personajes deciden retirarse a un lugar apartado, y resulta un sitio medio en ruinas de una fábrica, repleto de ruidos que impiden una conversación responsable. Esa escena contiene una de las claves del filme: la imposibilidad de entrar en los asuntos del alma cuando se vive en un régimen de actos soberbios, primitivos y excluyentes. Esteban es un hombre aún joven que peleó por embullo en el clandestinaje de la Revolución: ahora sufre un aneurisma cerebral y sabe que puede morir en cualquier momento. Busca incesantemente, en la familia, los amigos, una amante, una respuesta al problema de morir, de estar muriendo: pero con la excepción de su madre anciana, que ignora su enfermedad, todos le dan la misma respuesta: que trabaje o goce hasta que se fastidie. La vieja, que carece de convicciones religiosas, afirma que no puede creer que uno desaparezca con la muerte. ¿Ir más allá de esa sospecha? Esteban pasa con desdén por una ceremonia en la que se invoca a Olofi, Dios según las creencias yorubas: el cristianismo ni siquiera resulta aludido. Trascender el egoísmo de la propia vida, olvidar el asunto de la muerte o del destino individual. Estas falsas respuestas o preguntas mal concebidas dejan vacío a Esteban. Frente a él desfila la Historia, el Pueblo, la Vida, como espejismos. El filme concluye sin conclusiones, porque la Vida, el Pueblo, la Historia son ídolos a los que ha sido inmolada un alma. En Un día de noviembre el sol vitalista, gregario y revolucionario está ausente, y por lo tanto claramente desacreditado en su pretensión de totalidad.

 

El cine producido por la industria del cine revolucionario cubano tiene como tema único la Revolución. Para defenderla, criticarla constructivamente, burlarla como válvula de escape de sus contradicciones, y rara vez para rechazarla. Y así en este filme, pero en él la Revolución resulta cuestionada más acá de la política: desde sus fundamentos metafísicos. La vida se acaba, el pueblo duda, la historia nos destruye. ¿Qué falla? ¿Será que hay un error de origen en estas aventuras? Una de las bendiciones del filme reside en esa fotografía que por una vez se aparta en Solás de los planos espectaculares y las construcciones plásticas, para ofrecernos una sencilla belleza gris, muy efectiva para la narración, de planos breves que la edición refuerza, y que al mismo tiempo nos expone la miseria colectiva del país, las casas mediocres, los autos envejecidos, las fábricas medievales. El filme constituye una indagación sincera y única sobre la miseria espiritual cubana, que genera las demás. El arte asume esa miseria, pero es parte de ella y carece de recursos para alzarse con alguna solución. Testimonia, y eso es bastante y tal vez suficiente. Véase a ese Esteban flemático, delicado, necesitado aunque mendigo de amor, extraviado entre unos ideales de gente sanguínea, volcada a un vitalismo ciego, a un altruismo que curiosamente lo excluye a él. La imagen complaciente que el cubano cultiva queda destruida aquí. Vamos a envejecer y a morir, eso de la vida joven poderosa y eterna tal vez ha sido una exageración nacional. La muerte nos lleva el dedo por sobre el libro de la vida, dijo Martí en uno de sus discursos más famosos, pero qué va, eso es siglo XIX, estamos en el XX del ateísmo y las revoluciones, solo la madre revolucionaria pero vieja se da cuenta de la utilidad del pensar en la muerte. Pero el filme rehúsa seguir esa claridad. Casi es un filme sobre la muerte, y en ese caso clasificaría como el único del cine revolucionario que ha escapado a la temática de la Revolución, pero el personaje se está muriendo en una Revolución que hizo y que mata y que ahora ni siquiera lo deshace, sino que lo ignora como una pieza sobrante. Fuera de la vida, el pueblo y la Revolución no hay nada, sino la muerte. Tu muerte, algo que no nos sirve, no nos interesa, una propiedad privada en el fondo enemiga. La imposibilidad de entrar en el tema sin el contexto determina quizás que en los últimos minutos los diálogos empiezan a ser redundantes: el guión pierde algo de su atractivo. Esa fatiga también es la del personaje. El final quiere ser ambiguo, abierto, sin respuestas definidas. Contradice la habitual rotundidad cubana, hija de la soberbia de la superficialidad: y el arsenal de respuestas revolucionarias para todo.

Los personajes y los actores responden calladamente. El atípico Esteban está cercado de unos tipos de época —el ex combatiente mutilado, la empresaria dedicada, la joven cuestionadora— que se presentan con una complejidad inusitada para el cine socialista. El mutilado sufre su discapacidad y duda de su destino, la empresaria rompe en llanto y huye cuando se entera de que Esteban está enfermo de muerte. Una angustia colectiva sorda y ciega, que desconoce sus fuentes o elude cuestionarlas, los arrastra. El vitalismo cubiche y revolucionario sabe a muerte, mucho más que la muerte anunciada por el aneurisma. Un conjunto de actores famosos acompaña al desconocido protagonista Gildo Torres en la encarnación de estos personajes, y cuán creíbles resultan a ratos. Un realismo honesto construyó los personajes y los hizo vivir en la actuación, que sustituye la gritería corriente en el cine cubano por una media voz reflexiva. Décadas después de su no entreno vemos este filme como una prueba del vigor espiritual del arte en medio del caos de la mentira, como esos actores vivos en sus personajes que dudan, en un día gris de noviembre, del sol turístico y de la vida terrenal sin muerte.

(24 de enero 2020)

 

Rafael Almanza

(Camagüey, Cuba, 1957). Poeta, narrador, ensayista y crítico de arte y literatura. Licenciado en Economía por la Universidad de Camagüey. Gran Premio de ensayo “Vitral 2004” con su libro Los hechos del Apóstol (Ed. Vitral, Pinar del Río, 2005). Autor, entre otros títulos, de En torno al pensamiento económico de José Martí (Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1990), El octavo día (Cuentos. Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 1998), Hombre y tecnología en José Martí (Ed.  Oriente, Santiago de Cuba, 2001), Vida del padre Olallo (Barcelona, 2005), y los poemarios Libro de Jóveno (Ed. Homagno, Miami, 2003) y El gran camino de la vida (Ed. Homagno,Miami, 2005), además del monumental ensayo Eliseo DiEgo: el juEgo de diEs? (Ed. Letras Cubanas, 2008). Colaborador permanente de la revista digital La Hora de Cuba, además de otras publicaciones cubanas y extranjeras. Decidió no publicar más por editoriales y medios estatales y vive retirado en su casa, ajeno a instituciones del gobierno, aunque admirado y querido por quienes lo aprecian como uno de los intelectuales cubanos más auténticos.

Comentarios:


Humberto Herre… (no verificado) | Mié, 12/08/2020 - 00:34

Quisiera poder leer el primer libro de Rafael Almanza Alonso " En torno al pensamiento económico de José Martí," quisiera comprarlo en fisico o digital pero no lo encuentro, mi correo es hhcarles@gmail.com Gracias

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