Cárcel y Letras | “Digo que ‘agradezco’ el que haya sido detenido”. Javier L. Mora desde un reparto ruso-holguinense

Participante en las manifestaciones del 11J de 2021 en Holguín, el joven escritor Javier L. Mora relata los sucesos y cómo fue su paso por los calabozos.

Escritor Javier L. Mora.
Escritor Javier L. Mora. | Imagen: Zulema Gutiérrez

En un estilo diferente al de tantos cubanos, Javier L. Mora (Bayamo, 1983) no emigra a La Habana, sino al norte oriental, una ciudad a la que llega desde Santiago. Para nadie es secreto que la provincia de Holguín es una de las plazas más exquisitamente literarias de Cuba; su ciudad capital está llena de eventos culturales, pero el poeta, editor y traductor llega a estos predios en un tiempo en que casi todo el orbe se encuentra encerrado en sus casas.

En medio de una pandemia, en días del caluroso verano y en mitad de las consecuencias fatídicas de un reordenamiento económico, se arma la recholata nacional, y el hombre que se ha establecido en un reparto residencial de nombre bolchevique (que yo evito nombrar) vive, de tú a tú con los holguineros, su experiencia política más expansiva frente a las sedes del Gobierno Municipal y el MININT.

Hablo del 11J, el estallido mayor que tiene lugar en Cuba —después del primero de enero de 1959— contra el establishment.

Estabas en el apartamento del reparto Ilich; andabas por la calle y de pronto te viste en dirección a los parques del casco histórico; escuchaste voces populares o alguien llamó a tu móvil, en fin… ¿Cómo es que te conviertes en el intelectual más protagonista del 11J en la ciudad de Holguín?

La mañana del 11J fue ciertamente apabulladora. En realidad estaba en casa, intentando trabajar: en esos días anotaba impresiones de lectura, ideas sueltas sobre un texto de poesía titulado Asilo en Brazos Valley. Y, de pronto, comenzamos a seguir en las redes una agitación inaudita: parecía que se estaba levantando todo el país; parecía que había llegado, finalmente, el turno de hablar del ofendido, el codiciado minuto en que el pueblo cubano se pararía a medirse, de una vez, frente al poder. San Antonio de los Baños, Palma Soriano, en Santiago de Cuba, y luego otros... Estar al tanto de aquello fue paralizante: no había modo de concentrarse en otra cosa. Figúrate: si ese estado de inquietud, de incertidumbre, me duró días, tal vez semanas, ¿te imaginas toda la expectación de esa misma mañana del 11? Después, comenzaron a llegar las noticias, los videos, los enlaces de grupos en las redes... En uno de esos grupos, los holguineros se organizaron y acordaron hora y sitio, en la tarde, para encontrarse y promover la manifestación en la ciudad. No podía quedarme encerrado: tenía que ver qué era todo aquello; tenía que averiguar el alcance del momento. Me despedí de la Z de cualquier manera (¿un beso, un “Vuelvo pronto”…? ¡Qué sé yo!); la escuché decirme “Cuídate mucho”, ya escaleras abajo, y salí a la calle.

El resto, grosso modo, fue como sigue: llegar a una esquina cercana al parque Calixto y ver a un grupo ansioso de gente, una treintena de personas tan expectantes como yo; seguir a ese grupo que, al rato, empezó a moverse por la ciudad; observar cómo el grupo inicial se iba haciendo cada vez más y más grande, hasta que ya no era un grupo sino una masa enorme de gente que no paraba de crecer, una manifestación en toda regla; plegarme al itinerario de la marcha y sus paradas: del Poder Popular Provincial al Poder Popular Municipal, y, de ahí, atravesando barrios de la Cuba profunda, hasta la sede del Partido en la provincia, donde la belleza de la jornada terminó abruptamente en estropicio…

(Una acotación: por cuestiones del azar pavoroso, y quién sabe si de un exquisito orden trascendente, me vi a mí mismo, en la estación que hizo la marcha en el parque de San José, justo al frente de aquella algarabía, en el centro de la primera fila. Del otro lado, frente a nosotros, un grupo exiguo de trabajadores del local de gobierno, junto a varios militares y oficiales del MININT, recitaban sus consabidos estribillos “revolucionarios”, prácticamente inaudibles por el alboroto de voces que, de este lado y sin concierto alguno, desplegaba en el éter la masa ingente que tenía detrás. En ese punto se me ocurrió que la manifestación nuestra, para hacerse escuchar, debía tener una sola voz, debía ser un coro perfecto… Y, sin siquiera meditarlo, aprovechando la ventaja de mi posición, me dediqué a pasar, a viva voz, las consignas y estribillos nuestros de un lado a otro, de derecha a izquierda, y viceversa. Tal vez por eso fue fácil, para los gendarmes de la dictadura, el identificarme en la calle algunos días después: supongo que había dado la imagen de un director de orquesta…).

Tu noviazgo (ya felizmente casado) con la poeta Zulema Gutiérrez, te dio residencia en esta ciudad. O sea, que llegas aquí a razón del amor, y de pronto te ves en las celdas de la policía política. Debe ser algo traumático... ¿Esas detenciones arbitrarias dejaron huellas?

Por supuesto. Al menos yo, tengo que agradecer infinitamente cada una de las sesenta horas que estuve detenido, porque una cosa es el poder en abstracto (ese que sabes que regula tu vida desde la televisión, las instituciones o las ordenanzas ministeriales, pero que en el fondo no logras ver del todo), y otra cosa, bien distinta, es “chocar” con él: entender los niveles de absurdidad de una realidad asfixiante, de un país en el que es un delito no solo participar en una manifestación pacífica, sino incluso “pensar”. El mero acto de ejercer tu opinión en voz alta puede ser causa de condena. Y las detenciones arbitrarias de esos días posteriores al 11J así lo confirman. Cuba es ya, oficialmente, una dictadura, un Estado de terror…

Tuve ocasión de ver de cerca la manera en que es capaz de actuar, de moverse, de presentarse ese poder “abstracto”: a ciegas, pero con fuerza bruta; grosero y prepotente, a sabiendas de que, una vez en sus manos, estás en la total indefensión...

Y digo que “agradezco” el que haya sido detenido porque, amén de lo que representa la experiencia del encierro político en Cuba (es decir, el compartir la “suerte” del detenido cuyos derechos no existen; las horas de vigilia por el calor infernal; la estrechez de la celda que se acaba en apenas seis pasos; las condiciones higiénico-sanitarias de todo el pabellón dignas de una mazmorra del Medioevo; la comida cuya sola presentación es ya un castigo; los interrogatorios infinitos y abstrusos tanto como tu propia detención; la bombilla blanca que no se apaga jamás sobre tu cabeza, incluso en horas de sueño, contrastando con la ausencia de luz natural, puesto que la disposición de las hojas de hierro empotradas en la pared de fondo, simulando una ventana, impiden la entrada de la claridad del día…), tuve ocasión de ver de cerca la manera en que es capaz de actuar, de moverse, de presentarse ese poder “abstracto”: a ciegas, pero con fuerza bruta; grosero y prepotente, a sabiendas de que, una vez en sus manos, estás en la total indefensión, porque el poder es asimismo la ley y su brazo ejecutivo al mismo tiempo; y mientras, el individuo tiene que someterse, forzosamente, a su arbitrio y antojo, a su orden de silencio.

También supe, bastante pronto, que el lenguaje informado, el lenguaje del razonamiento lógico no es un idioma que el poder pueda aprender jamás: para él es más fácil tratar contigo como si de un ente vacío de contenido simbólico se tratara, como si fueses solo una pieza más, un adminículo desechable para el funcionamiento de la máquina total que es el Estado. Entonces, es normal que una conversación medianamente “informada” termine deconstruyendo, desmontando, con relativa facilidad, cualquier estrategia o argumento espurio que el poder intente esgrimir frente a ti.

Escritor Javier L. Mora en su biblioteca.
Escritor Javier L. Mora en su biblioteca. | Imagen: Zulema Gutiérrez

Pero si bien a mí, particularmente, me dieron un trato “especial” (entiéndase: con la ligereza de permitirse ciertas “bondades” que son, por lo común, negadas al resto de los detenidos, como el enviarme con el carcelero de turno dos cigarros diarios que compartía de inmediato con mis compañeros de ventura), y si es cierto que, al menos mientras estuve allá dentro, no escuché maltratos físicos de ningún tipo hacia los prisioneros, también es cierto que en otros lugares de detención se esmeraron en la calidad y violencia de los golpes: sé de algunos jóvenes, todavía traumados por la experiencia y que prefieren al menos por ahora guardar silencio, a los que aporrearon hasta la extenuación con cualquier cosa (la hebilla de un cinto militar, una bota, etc.), mientras los obligaban a explicar sabe Dios qué, o los forzaban a gritar necedades como “Viva Fidel” o semejantes. A los detenidos que recibieron algún tipo de tortura o maltrato físico jamás los soltaron (y eso, si llegaban a tener la suerte de ser liberados) antes de que las huellas de los golpes hubiesen cicatrizado del todo. Una estrategia que usa la gendarmería cubana, entendí luego, para velar ante el mundo su brutalidad policial; para encubrir celosamente la violenta naturaleza del poder.

Ahora bien, si conservo la huella de mi detención; si guardo aún esa hendidura en mi siquis aun cuando mi experiencia no fue, ni de lejos, la peor, ¿puedes imaginar qué piensan hoy los verdaderos torturados de esos días? ¿Qué piensan sus familias y las familias de los que fueron, después, injustamente condenados a penas gravísimas? ¿Qué piensan y en qué creen?

Los sucesos del 11J llevaron al surgimiento del grupo Archipiélago y, con él, el dramaturgo holguinero Yunior García Aguilera lanzó la propuesta de la Marcha Cívica del 15N. Como siempre, la prensa oficial cubana asoció lo ocurrido con una estrategia del “enemigo”, una operación financiada por el vecino del norte. Holguín tuvo su sede del grupo, y tu apoyo no se hizo esperar. ¿Consideras que estas acciones dejaron un legado?

Después de los sucesos del 11J muchos pensamos que buena parte de la ciudadanía cubana estaba lista para tomar el espacio público y exigir sus derechos. Apostamos a que esa ciudadanía solo necesitaba empoderarse; hacer suya una convocatoria; articularse alrededor de una fecha, una idea, unos renglones constitucionales… Archipiélago es el sueño —y aquí no dejará de verse el pathos romántico del asunto— de cualquier cubano honesto y, si puede decirse, virtuoso: creímos en una Cuba plural, desideologizada; en una república más Mañach y menos Carlos Rafael Rodríguez, con la garantía de todos los derechos.

Luego llegó la convocatoria del 15N: se coloca en bandeja de plata la ocasión. Había ocurrido un forcejeo previo entre la fecha del 20 y la amenaza de un ejercicio militar a gran escala. Se adelanta la fecha evitando cualquier tipo de “fricción” que justificase al poder el uso de la violencia. El momento previo oculta (o adelanta) el desenlace, pero todavía nadie lo ve en su magnitud: del 14 al 15 el país se (para)militariza en su totalidad. Ocurre una violencia simbólica en la que se impone el terror, manu militari, recurriendo al amago de represión, a la promesa física del castigo. Transmitido el terror a la siquis del organismo social, encuentra, allá dentro, su vieja conexión con el placebo de la zona de confort: nadie saldría a la calle, y casi nadie lo hizo, salvo algunos pocos.

Cohabito con mi problema-de-régimen como quien trata una enfermedad crónica detectada en la edad del high school...

La máquina totalitaria se agencia el punto con cierta naturalidad, al no encontrar resistencia a su amenaza de apalear cráneos en la vía pública. Pero el match point lo tuvo siempre Archipiélago: en su rivalidad contra la plataforma y la convocatoria de la Marcha Cívica por el Cambio, el Estado exhibió, públicamente, capítulo a capítulo como en la progresión dramática de una telenovela de pacotilla, su condición de dictadura militar, su costado fascista.

Después de lo anterior, si hay saldos negativos de la experiencia cívica de Archipiélago tengo que dejarlos para el futuro “Manual del activista político en dictadura”, del que algunas “autoridades” subrayaron online, en días posteriores al suceso, sus primeros “epígrafes” …

Escritor Javier L. Mora.
Escritor Javier L. Mora. | Imagen: Zulema Gutiérrez

Conozco que te ha tocado la dicha de trabajar sobre cierta papelería que dejara escrita Reinaldo Arenas, ídolo literario de los holguineros. ¿Qué influencias puede estar ejerciendo ahora mismo el compromiso político de ese hombre en Javier L. Mora?

En realidad ninguna. Cohabito con mi problema-de-régimen como quien trata una enfermedad crónica detectada en la edad del high school, mucho antes de que supiera de qué iba o quién era Reinaldo Arenas.

En cuanto a la edición para Casa Vacía, junto a Michael H. Miranda, del Libro de Arenas (prosa dispersa, 1965-1990), me restaron, eso sí, par de apuntes para una tanda de “Relativos” en Hypermedia Magazine.

Tras la fuerte represión desatada contra manifestantes y allegados, las autoridades iniciaron juicios donde culpan a más de mil ciudadanos por delitos de sedición, sabotaje, robo con fuerza, violencia, atentado, desacato y desórdenes públicos. Para este primer aniversario se supone una fuerte militarización del país, y por la parte opositora se desea una respuesta a la altura del glorioso 11J. ¿Lo esperarás en Holguín, Santiago, La Habana…? ¿Dónde y con qué expectativas?

Cuba es, hace mucho tiempo, una especie de nave al pairo (sin progresión ni destino) que hace aguas por todas partes, con el nivel del mar muy por encima de su línea de flotación (es decir, a punto de hundirse); la tripulación hambrienta (excepto “contramaestres” y “capitanes”) y las bodegas vacías por completo. Y mientras sus capitanes y contramaestres enarbolan todavía el embuste de que saben qué hacen y hacían dónde la guían, la tripulación está cada vez más cansada, cansadísima, de esperar inútilmente el avistamiento de puerto, la Tierra Prometida. La situación es tan desesperada que comienzan a rondar, otra vez, los aires de motín (¿un 11J updated?); un motín menos cívico-romántico que el anterior y poco presto a la negociación: ahora podría pasar, literalmente, cualquier cosa…

De modo que estaré, mientras tenga electricidad (no son tiempos de Dalton o de Hernández) detrás de la PC. Parafraseando a cierto monseñor: con un ojo en el “caso-literario” y otro en la realidad.

Ghabriel Pérez
Ghabriel Pérez

Holguín, 1968). Narrador y poeta. Ha publicado los poemarios En brazos de nadie (2000), Canción de amor para el fin de los siglos (1999) e Hijo de Grecia (2005), entre otros. Su libro de relatos El parque de los ofendidos recibió el premio “Calendario” en 2002, y su poemario Mis amistades peligrosas obtuvo el premio de poesía “Adelaida del Mármol”, en 2007. Reside en su ciudad natal.

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