"Estos Aries estuvieron hechizados a lo largo de sus vidas por dos aspectos 'externos' en común: el erotismo femenino y la naturaleza".

Octavio Paz y Samuel Feijóo.
Octavio Paz y Samuel Feijóo.

El 31 de marzo de 1914, los pueblos marginales de Mixcoac, en México y San Juan de los Yeras, en Cuba, vieron nacer a estos dos monstruos de la poesía universal y maestros insuperables del idioma: Octavio Paz y Samuel Feijóo. El primero, ampliamente reconocido en vida y estudiado con fervor tras su muerte; el segundo es una de las tareas pendientes de la exegética nacional y una cima de imperativo ascenso para todo el que aspira a la antología del patio.

Aries arquetípicos, diría un astrólogo habanero, una idéntica hambre de plenitud los obligaría a la obra vastísima, la energía creadora y la vitalidad que contagia a quienes los rodean. Ocho abultados tomos de las Obras Completas del mexicano hablan por sí solos y me temo que, en el caso del cubano, incluso “normalizadas” nuestras empresas editoriales la hazaña de abarcarlo parece inasequible.

La cisterna contiene, la fuente rebosa, escribió un William Blake amante de la exuberancia, y estos poetas latinoamericanos encarnaron como nadie esa máxima con algunos de los poemas más extensos de la lengua castellana: Piedra de sol, Blanco y Pasado en claro, de Don Octavio, bastarían para colmar las páginas de cualquier analectas; Bethel, Faz y el Himno a la alusión del tiempo, conforman una trinidad en Samuel que en una época menos caótica será considerada como una profecía.

Pero las coincidencias apenas comienzan. Con Blanco, Paz actualizaba la poética visual del Mallarmé del Golpe de dados, y ponía una cota más alta en lo que Apollinaire, Huidobro o Haroldo de Campos intentaron: el poema visual. Posteriormente, con sus Topoemas, haría algo similar en la dirección del poema concreto y el caligrama. Pues bien, entre nosotros, Feijóo es el iniciador de la poesía visual, y sus ensayos al respecto, recogidos en Crítica lírica II, son hoy obligada referencia para quien se interese por el tema. Sus poemas no fueron tan marcadamente visuales como los del mexicano, pero no hay que olvidar que Samuel era además un pintor notable con una obra gráfica sin par en la literatura, y practicó el caligrama, el letrismo y la caligrafía en sus publicaciones periódicas, una estela seguida en casa por Francisco Garzón Céspedes, Severo Sarduy, Rafael Almanza y Francis Sánchez, entre otros.

Estos Aries estuvieron hechizados a lo largo de sus vidas por dos aspectos “externos” en común: el erotismo femenino y la naturaleza. De lo primero son epítome sus biografías, con varios matrimonios, amores y rupturas, que en Samuel se convirtieron en reflexión profunda y lirismo (léanse sus Violas o sus Versículos) y en Octavio en fabulosos poemas y ensayos (Piedra de sol, La llama doble, Un más allá erótico: Sade). De lo otro es una muestra fehaciente el que hayan practicado, de manera explícita, las formas poéticas haikú y tanka, propias de la tradición asiática, en íntimo diálogo con lo natural. Por esa razón entrecomillo la palabra externos, pues estos fenómenos estaban tan arraigados en sus sistemas poéticos, que para ambos constituían una realidad interior. Si no, oigámosles en estos poemas de sorprendente parecido en imagen e ideas:

 

SER

 

Yo siento cómo corre

por mí el temblor

del paisaje.

 

Lo han visto todos;

no lo sombreaba yo.

 

Nadie era dormido;

aquí lo soy yo.

 

Se alargaba el río

bordeado de mangles;

el aire era yo.

 

Cuando caían hojas

las sentí mojadas

de mi río interior.

 

De Feijóo, en El girasol sediento (1963).

 

ÁRBOL ADENTRO

 

Creció en mi frente un árbol.

Creció hacia dentro.

Sus raíces son venas,

nervios sus ramas,

sus confusos follajes pensamientos.

Tus miradas lo encienden

y sus frutos de sombras

son naranjas de sangre,

son granadas de lumbre.

                                       Amanece

en la noche del cuerpo.

Allá adentro, en mi frente,

el árbol habla.

                         Acércate, ¿lo oyes?

 

De Paz, en Árbol adentro (1987).

 

El tema de las coincidencias de estos dos grandes, da para más de lo que aquí pudiera señalar. A quien quiera profundizar en estos santos pastizales de la investigación filológica, les adelanto algunas otras señas. Tanto Paz como Feijóo fueron formidables traductores, con teorías particulares acerca de la traducción y recopilaciones de poesía de múltiples lenguas, como lo prueban las Versiones y diversiones y el ensayo Literatura y literalidad, del mexicano, y el Festín de poesía y las reflexiones en Crítica lírica II, del cubano. El elan de su elemento zodiacal compartido los condujo a rodearse de poderosos y fervientes círculos humanos, por una parte, de orientación intelectual, y por otra de raíz popular. Fundadores de gloriosas revistas (basten citar Plural y Vuelta, de Paz, e Islas y Signos, de Feijóo), la dimensión y el alcance de sus trabajos como promotores culturales están aún por definir. Ambos tomaron parte en las luchas sociales de sus países desde el periodismo arriesgado y sincero, ambos se equivocaron en distintas etapas de sus vidas en materia de política y ambos —quiero creer que a Samuel le faltó tiempo— rectificaron.

Discípulo enamorado de sus maestros, hace ya cuatro años, mientras leía deslumbrado sus obras, escribí para ambos estos versos:

 

FRAGMENTOS DE UNA ELEGÍA

 

Por Samuel Feijóo y Octavio Paz

 

Los muertos de este día aún no han nacido.

No comen de este sol, no beben de este musgo

que ha fabricado el tiempo en la corteza de las horas.

Los árboles de sangre aún no manan la sombra

de sus conversaciones cotidianas.

Solo tú naces de una hoguera líquida, y solo

como el ámbar del sueño, te pudres en mis ojos.

 

Abres el muro, y la flor, entre las piedras temblorosa se abre,

¿acaso no es fantástica la primavera petrificada?

 

Los petroglifos son flores del desierto,

o las flores son letras y signos que se abren.

 

Los muertos pasean a la orilla de un lago.

Uno blasfema contra Dios, el otro aplaude.

La leche negra de los cielos se derrama

en sus cabezas. Uno vomita la lujuria, otro el espasmo.

En las ramas el viento arquea las sílabas,

el ave vernal engasta el pico de pulidas llamas,

en el espejo verde de las aguas se queman los recuerdos.

 

El día se ha tendido como la piel desnuda,

es gris el alba y el mugriento crepúsculo

se desploma en el cielo.

Tengo la carne tatuada de palabras:

tierra, raíces, venas, huesos, uñas, dientes,

fuego, herida, puñal, cráneo, piedra, polvo…

 

Mastico a ratos el silencio,

a ratos junto los guarismos,

pulo el ombligo de una hespéride,

en su roca me abismo

y me condeno.

 

La misma yerba que los oyó pasar, aún no ha crecido.

Los pintores que vieron sus pupilas hincharse, están ya ciegos.

El paisaje se ha incinerado y la ola ha quedado grabada por la brisa.

No hay salitres, ni mar.

Las hojas olvidaron la música del viento.

La progenie de hijas, ahora viejas, quieren nacer

del vientre de sus madres y volver a morir como el relámpago.

Las crestas de las montañas se hunden en la pradera,

el sol muere detrás de las palmas ardientes.

Viene la noche y como un perro voraz roe, lame

los músculos, la madera inservible de unos labios,

el filo de la espada que parte en dos el mundo.

(Gravita sobre mí la noche temblorosa)

El silencio se colma con escándalos.

A lo lejos se quiebra un algarrobo, su leño fulge

en el añil herido por el oro.

El Equinoccio ha demorado su llegada este año.

Los animales beben sombra para evocar la negra Primavera

y sepultados por la nieve, sus cadáveres huyen.

La lengua expele pétalos, rocíos, y perfuma el instante.

La rosa llena el ánfora del día con salivas y versos.

Las cadenas arrastran las vigilias

que se rompen en la playa temprano, entre los riscos,

y caen al arrecife

durmiendo el eco de sus vidas.

 

Solo los muertos pueden saborear la inmensidad donde los símbolos se ofrecen.

Oigo sus desoídos cantos frutecer bajo una lluvia densa como el óleo,

un aceite que baja hacia la vida y estalla dentro de la sangre.

Todo lo cubre de belleza, pero mi ojo esplende la realidad más pura.

Lo más prístino es lo que sin bacterias suelta su valva rosa

y torna a lo grotesco, donde la fealdad recobra

su aureola luminosa, hecha de estiércol y astros caídos en el pecho.

Allí sepulto la sonrisa y la lágrima, la esencia misma de los míos.

 

Estoy enfermo, porque esa inmensidad es un peso insostenible

aún para la gloria idéntica de un pájaro o de una mariposa o de un bacilo incluso.

El sueño aquel arrasador en que mudos quedábamos frente a la tarde húmeda

y se adentraban las raíces y tosían las gargantas

como alentadas por las plumas de misteriosas criaturas

que devoramos vivas, aún jadeantes de gloria, poseyendo

el oculto significado de sus respiraciones.

 

Entre la Realidad y Dios,

entre el Destino y la palabra Poeta,

mueren vocablos angustiados,

se hastía el minuto, la fábula se cae

en mil pedazos que componemos luego

cuando los ríos recorridos vuelven su cauce al mar de lava

de la memoria, cuando bañados por el semen y el sudor y el gargajo

la belleza, esa mujer de ojos feroces y perfumados senos,

se suicida.

 

Yo no soy yo

y ustedes ya son otros.

 

Pero el Rostro de todos se quedará lavándose en la orilla.

                                                                               

(marzo 31 y 1 de abril del 2017)

 

Mario Félix Ramírez
Mario Ramírez Méndez

(Camagüey, Cuba, 1994). Poeta, editor y periodista independiente. Graduado de Ingeniería en Telecomunicaciones y Electrónica por la Universidad Central de Las Villas, en 2018. Ha publicado el libro de poemas Corolarios (Ediciones Homagno, 2019) y la investigación Un cuarto de siglo con Martí: La Peña del Júcaro 1995-2020 (edición conjunta Grupo Ánima-Homagno). Es editor en Homagno y de la revista La Hora de Cuba. Colabora como redactor en las revistas Árbol Invertido y Alas Tensas.

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