Arboles creciendo para abajo (Inda y Díaz, escritores de "Tierra adentro")

Corteza de un árbol
Corteza
Imagen: Francis Sánchez

José Cabrera Díaz, periodista, nace en Santa Cruz de Tenerife el 28 de mayo de 1875. Desde sus primeras publicaciones se mantuvo siempre inclinado a fustigar los malos manejos de la administración pública y defender la cultura como base de progreso social. Obligado a militar en las «quintas», marchó en 1896 a Filipinas para reprimir a los allí sublevados, pero escribió ideas como «Matar es cosa que repugna a los mismos que matan», por las cuales sería condenado y puesto tras las rejas. Devuelto a su tierra natal, se dedica a organizar gremios obreros, mientras su firma asoma sistemáticamente en los diarios menos conservadores. Tiene que emigrar a Cuba, por primera vez, en 1900, desde donde continúa colaborando con publicaciones de Canarias. Allá regresa, pero, tras publicar artículo en que denuncia la represión que sufren sus compatriotas, es condenado a ocho años de prisión. Vuelve a Cuba definitivamente en 1909. En el batey del central Mercedita, pasó de un modesto empleo a jefe de oficina y administrador general de la Compañía Azucarera Gómez Mena. Funda en este lugar la revista Cúspide, órgano de la sociedad de recreo Club Mercedita y cuyo primer número aparece el 15 de marzo de 1937. Su mayor huella legada «en la vida cubana del momento», según señalan Alicia Elizundia y Joaquín Borges en el libro Cúspide: evocación de un ayer con presente (Ed. Unión, 1990), «es la profusa obra cultural que desplegara desde el batey de un central y que no tiene parigual en la historia de nuestro país». Labor estoica que se resume en unos treinta números de Cúspide, y el movimiento reivindicatorio a que dio fuerza, al ponerse en cadena con otras publicaciones en el interior del país, como Síntesis (Güines), Proa (Artemisa) y Orto (Manzanillo), por el afán de fecundar la sociedad cubana desde adentro. Su liderazgo resultó más evidente cuando bastó su muerte accidental, en viaje desde Matanzas a La Habana, el 6 de agosto de 1939, para que se frustrara un prometedor primer Congreso Nacional de Intelectuales de «Tierra Adentro» que debía celebrarse al mes siguiente para dejar establecida una Asociación Nacional.  Cúspide, aún con el signo de una empresa idealista arrojada a la fatalidad, a conjurarla y en definitiva representarla, siendo una obra que quedó trunca, configuró entre las sombras de la historia nacional el «movimiento de concentración» que buscaba su creador, frente a la dispersión y la nada. Señalan los autores del libro ya mencionado:

Cúspide dio el más fervoroso apoyo a cuanto evento cultural se celebrara […] El momento cumbre en este sentido se alcanzó cuando la revista, siguiendo las ideas lanzadas por otras publicaciones locales como Géminis, Síntesis y Rumbos Nuevos, llamó a crear una Asociación Nacional de los Intelectuales de «Tierra Adentro», para lo cual se convocó a un congreso que se efectuaría en septiembre de 1939 en Santa Clara. La muerte de Cabrera Díaz y la consiguiente desaparición de este mensuario dieron al traste con las aspiraciones de tal evento, que de haber ocurrido hubiera tenido enorme repercusión.

José Inda Hernández, poeta, nace en Ciego de Ávila el 7 de junio de 1911. Comienza a escribir en la década de 1930. Trabajó como práctico de farmacia. Ganó uno de los únicos dos premios que se concedieron en el concurso internacional auspiciado por el Club Cultural del Central Mercedita y la revista Cúspide, en 1937, con el poema «Canto unánime al trabajo en la paz», dedicado a la fecha proletaria del Primero de Mayo. Publicó el libro Cantos y rumbos, por la imprenta Gutemberg de la ciudad de Ciego de Ávila, el 1 de enero de 1939, donde reunió lo escrito en la segunda mitad de esa década. Había empezado a escribir debatiéndose entre influencias de Rubén Darío y otra vertiente de las vanguardias cubanas, la poesía «mulata», pero el tema social terminaría siendo su acento, predominante en el que fuera a la postre su único libro publicado y que hizo llegar a colegas y críticos de todos los confines, incluso allende los mares, por el que recibió elogios y reseñas. Pedro Alejandro López opinó, el 11 de agosto de 1939, en el periódico El Mundo:

En primer lugar hay que aplaudir el esfuerzo realizado por el joven Inda para lanzar a los vientos de la publicidad este libro de versos. Y hay que aplaudirlo por el medio ambiente en que él desenvuelve sus actividades: Ciego de Ávila, un pedazo de tierra camagüeyana, una ciudad de tierra adentro, sin perspectiva y en lucha con el progreso. Si en La Habana hay poco estímulo para el poeta, para el que sueña, para el que escribe, ¿qué no será en una de nuestras aldeas cubanas? Queremos decir que Inda desde el punto de vista económico, no sacará ni para pagar los gastos de impresión. Aparte de que un libro de versos se vende poco, en un medio refractario hay que regalarlo.

Como dato curioso, el poeta nunca pudo pagarle el costo de la publicación a Juan Antonio Fernández Pellicer, dueño de la modesta imprenta Gutemberg, y este «condonó, con placer, la deuda contraída», según afirma el investigador José Gabriel Quintas en «La poesía social de José Inda Hernández», en Rumbos (Ed. Ávila, 2009). De Cantos y rumbos, llama la atención el desenfado con que el poeta transita por la proclama política, la denuncia y la irreverencia, donde se destacan el anticlericalismo, el rechazo a la penetración norteamericana, el apoyo a la causa republicana en la Guerra Civil Española y los cantos al proletariado, entre otros temas. Fue Jefe de Redacción de la revista Práctico de Farmacia. En 1950 trasladó su residencia a Camagüey, hasta la revolución de 1959, en la que se siente deslumbrado y ocupa diversos cargos y responsabilidades. Siguió escribiendo y acumuló varios cuadernos inéditos, de poesía y cuento. Falleció, el 24 de abril de 1985, en su ciudad natal, donde actualmente la Casa de la Cultura lleva su nombre.

José Cabrera Díaz y José Inda Hernández, al cabo creadores de una obra escrita no tan abundante y original como ellos habrían ambicionado, cruzaron por la vida cultural cubana en la primera mitad del siglo XX con auténticos valores y dejaron incluso una huella digna de regatearse al olvido. Quien era un poeta joven encontró buena cobija en el anciano batallador, canario inmigrante, pero no «desterrado». Tenían serias diferencias ideológicas, pues Cabrera creía en el capitalismo, la libre empresa y la libertad de prensa, mientras Inda no escondía sus ideas marxistas, y nada de esto, sin embargo, fue obstáculo para la mutua simpatía. Ambos figuran en los márgenes de la historia de la literatura cubana. Los unió precisamente, a través de las letras, el sentido de justicia y resistencia.

Damos a conocer algunos textos que ilustran la relación entre ambos. En primer lugar, cartas inéditas de Díaz destinadas a Inda: revelan a aquel en abejeo infatigable. También, una misiva del grupo de amigos de Cabrera Díaz tras su fallecimiento, donde se constata no solo el afecto, sino cierto grado de preeminencia que los herederos culturales del fundador de Cúspide reconocían al joven poeta avileño. Por último, poemas de Inda con impronta de lo que pudiéramos llamar voluntad de «tierradentrismo» que bebió en Cabrera y otros, una fuerza atraída por el propio peso de la poesía a evolucionar y pasar desde una mirada externa hacia mayores esencias, así lo sugiere esta metáfora: «donde la tierra es alma».

De los dos poemas dedicados explícitamente a Cabrera Díaz, su destinatario conoció el primero, «La calle», pues Inda lo recogió en su libro Cantos y rumbos (1939) y antes había aparecido en el número de Cúspide correspondiente a agosto de 1938, mientras el segundo texto, «A José Cabrera Díaz», fechado sólo cuatro días después del trágico accidente, se incluyó en la revista Cúspide del mismo mes que estuvo consagrada a la memoria de su fundador. Un tercer poema, «Tierra colorada», lo extraemos de uno de los cuadernos que Inda escribiera en la etapa posterior al derrocamiento de la dictadura batistiana, cuadernos poseedores de una estética encasillable como regla general en aquello que se conoce por coloquialismo —mezcla de consigna y alabanza con fórmulas conversacionalistas— y que quedaran inéditos. Es obvio un tratamiento deferente al elemento natural que revela la marca de estrato social humilde, signo del hombre dependiente de la naturaleza, por el papel que cumple la tierra como elemento relacionador dentro del devenir político, pero además la intensión de tantear un orbe de evocaciones privadas, censar  propiedades distintivas o particulares en la toponimia cultural —«tierra de mi tierra» dice— donde el alma del poeta se ve situada —aunque no busque lo más íntimo—, así el pensamiento poético se alimenta con muy poco, casi nada: el color de los suelos ferralíticos que hacen de la zona de La Trocha, en el centro de Cuba, paraje fértil ambicionado a lo largo de la historia por colonos nacionales y extranjeros.

La «marcha sobre La Habana», por la que aboga Cabrera Díaz en una de estas cartas, siguió estando presente en el imaginario popular —recordamos a Camilo Cienfuegos encabezando una multitudinaria entrada de campesinos a caballo en la capital—, y quien sabe si no lo estará siempre, como una movilización necesaria, simbólica y no por ello menos activa, del «hombre natural» que reclamaba Martí en oposición al producto de falansterios, desde el campo hacia la ciudad, contra las deformaciones del poder, contra la hipocresía de las élites culturales que se mudan siempre, en cualquier clima, a lo más alto y sólido de la arquitectura política.

Si a Cabrera Díaz lo animaba un altruismo práctico, pues Cúspide ofrecía oportunidad a quienes carecían de otros medios para darse a conocer, principalmente jóvenes y espíritus residentes en el interior del país, un espacio instrumentalizado, es fácil observar que su misma proyección trasuntaba un ideal democrático, el de la libertad de prensa —«idealista» ha sido el termino, desde una visión marxista de la historia, con que se ha querido acuñar su activismo amoroso en el libro Cúspide: un pasado...—, al aceptar en sus páginas todas las tendencias y credos, dejando a un lado incluso la pertenencia geográfica. Entonces, ¿cómo no atender ahora a la más que probable realidad de un pensamiento secuestrado en Cuba, sobre todo en el ambiente de zonas desfavorecidas? ¿Y cómo  no considerar necesarios nuevos medios para liberar fuerzas productivas, éticas y estéticas, hoy, cuando la libertad de prensa parece un ideal muerto y enterrado?

 

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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