Durante siglos, para el hombre occidental el océano Atlántico fue la frontera del mundo. Marcaba el finis terrae, el fin de la tierra, y paradójicamente se abría infinito como un misterio amenazante; no en vano se le llamó el mare tenebrosum, el mar de las tinieblas. Si bien de aguas como las de cualquier otro mar, su nombre está cargado de la realidad psicológica que impuso por generaciones. Y justo esa realidad psicológica es lo que se pone de manifiesto en el par de pinturas “Naufragio” y “Altamar” que la escritora y pintora cubana Ana Rosa Díaz ha exhibido recientemente, junto a otras de sus obras, en la exposición 4 escritores que pintan, en el Espacio Ronda de Madrid.
Ambos cuadros son representaciones marinas, pero en ellos el mundo interior y sus sombras vibran con solo tres colores de la composición: negro, rojo y blanco. En estas pinturas, en el centro de una oscuridad en la que se confunden el horizonte y el mar, laten unas rojas pinceladas como el corazón del misterioso océano.
El lugar de nacimiento de la pintora Ana Díaz toma relevancia: Cuba. Esta isla es la más grande del océano Atlántico y pulsa como el corazón de ese territorio de agua que es el Caribe. De allí partieron las expediciones españolas a la conquista del llamado Nuevo Mundo; de allí se expandió a toda América y allende el sueño de una Revolución; de allí brotan exiliados que visten con su cultura y color a todo el mundo. Sin embargo, Cuba también puede latir justo como el corazón de la tiniebla presente tanto en el nombre antiguo del océano Atlántico como en estas dos pinturas de Ana Díaz. En estas, el negro es el color más presente: es cielo y capa base, mar y fondo.
En la obra “Altamar,” un humilde barco es apenas unos trazos verticales y horizontales, y constituye toda la luz de la oscura composición. Al verlo alejarse de unas pinceladas que recuerdan un puerto rojo, uno no puede evitar pensar en todas las pequeñas embarcaciones que, desde la isla de Cuba dominada por la oscuridad de la dictadura, zarpan buscando el resplandor de la libertad en otra orilla.
En el cuadro “Naufragio”, la luz de la embarcación ha sido sepultada por el mar, pues el navío ha zozobrado. Apenas quedan unos destellos reflejándose sobre la negrura de las aguas y unos indeterminados vestigios que pueden ser el casco de la nave o el triste equipaje que estaba lleno de memorias y esperanzas. Ahora las lejanas pinceladas rojas de la pintura anterior se han convertido en un círculo que invade el centro del cuadro, como el rojo huracán cubano que comenzó siendo bandera libertaria y terminó convirtiéndose en opresión y tiniebla.
La lucha entre los tres colores de la paleta de Ana Díaz —negro, rojo y luz— no sólo describe la historia de las Antillas, sino de la América entera que ha sido territorio abierto tanto para los prodigios como para las pesadillas de la imaginación. Estas pinturas nos dejan claro que, por mucho que el océano Atlántico se haya iluminado hoy en día gracias a los exploradores, cartógrafos y científicos, sigue siendo ese mare tenebrosum, ese mar de las tinieblas que oculta monstruos entre sus aguas, sobre todo el monstruo del poder.
Estas y otras obras de Ana Rosa Díaz compartieron sala con las de Rafael Vilches Proenza (Cuba), Abdul Hadi Sadoun (Irak) y Charles Olsen (Nueva Zelanda), completando así la exposición 4 escritores que pintan.