La pendiente de fango y piedra

Niñas cuchichean
Niñas cuchichean. Foto: Israel Moya
Imagen: Israel Moya Torres

A mitad del camino entre el pueblo de Mayarí Arriba y la cima del Pico Cristal, está la casa de Manolín. Hay que desviarse frente al cementerio, bajar a la derecha por una ladera enfangada y sembrada de café. Llegué de noche, y bajé los doscientos metros hasta la única luz en toda la zona,gateando de espaldas por una pendiente de fango y piedras.

En la casa de tablas viejas y techo de guano solo estaba la mujer de Manolín, un quinqué ahumado y un perro desconfiado. Nada de televisor, o refrigerador, por cocina un fogón de leña, por baño las matas de alrededor de la casa. Una pobreza contundente.

El dueño de la casa y de la finquita cafetalera, que nos invitara días antes, había salido desde la tarde y regresó casi de madrugada, ebrio, cuando yo dormía.

La señora, sin más preguntas, me buscó un cubo con agua muy fría, que la gravedad trae todo el tiempo desde la montaña. Bajo las estrellas, entre los cafetos y contraído por el frío me bañé como pude, tomé después el plato de sopa y dormí rápido, en un local fuera de la casa que parecía a la vez almacén y dormitorio, con paredes de guano y madera.

Me despertó el canto del gallo que, para esconderlo de los ladrones, tenían amarrado a la pata de mi cama.

Entonces vi el tupido cafetal que por doquier rodea la casa, pero que no la hace prosperar. Los granos de café brillaban rojos, húmedos de rocío e inútiles en la vida de este campesino. Manolín ya estaba despierto, y su esposa había colado café.

“¿Da dinero la siembra?”, pregunto. “Lo que nos pagan por la cosecha del año nos da para vivir dos meses.” Y vivir, en el idioma de aquella gente, significa conseguir alguna ropa y zapatos baratos que tienen que durar años en tan difíciles terrenos, y sostener una comida regular. El resto del año, con viandas, remiendos y agua tratan de sobrevivir hasta la siguiente cosecha.

Mientras subo el difícil camino de salida, pienso en por qué no se quedan los jóvenes, por qué a Manolín y su mujer, y a los vecinos de otras fincas, se les van los hijos con los nietos a vivir en cualquier otro lugar donde la juventud y las esperanzas les duren más, porque allí, en las montañas orientales cubiertas de café o pinares, solo les espera una pendiente de fango y piedras, interminable.

Henry Constantín. Foto en revista Árbol Invertido

(Camagüey, Cuba, 1984). Periodista, escritor y fotógrafo. Expulsado de los estudios de Periodismo en dos ocasiones, por motivos políticos. Único representante de Cuba en el II Concurso Hispanoamericano de Ortografía Bogotá 2001. Graduado del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia (Pinar del Río). Dirige la revista electrónica La Hora de Cuba.

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