Niño vestido de ángel. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

MI VIEJA CAÑADA

Muy cerca de mi morada,

como serpiente inmutable,

en un viaje interminable

corre mi vieja cañada.

Su linfa precipitada

golpea las serpentinas,

y entre las alabastrinas

espumas de la corriente

se columpian suavemente

las azules clavellinas.

 

En mi niñez jubiloso

cruzaba en veloz carrera,

en mi corcel de madera

por entre el vado arenoso.

Aquel rumor bullicioso

se me perdió en la distancia;

y en esa inútil infancia

de olvidado campesino,

iba trillando el camino

oscuro de mi ignorancia.

 

Bajo la verde yamagua

me preservé de los soles;

y recogí caracoles

entre la arena y el agua.

Sobre el lomo de una yagua,

me deslizaba ligero

por el barranco altanero

donde está la güira seca,

y también la palma hueca

donde anidó el carpintero.

 

Cuando la lluvia estridente

a torrenciales caía,

cómo yo me entretenía

contemplando la creciente.

Desde un lugar conveniente

iba observándolo todo:

el agua revuelta en lodo

y las hojas desprendidas

que se quedaban dormidas

en la quietud del recodo.

 

Y si un nido deformado

sobre los copos veía,

fácilmente me subía

por el guamá jorobado.

Corrí gran riesgo trepado

tras de la fruta madura.

Y cuando en esa aventura

a las nubes me acercaba,

como el cóndor desafiaba

el vértigo de la altura.

 

Qué poeta no diría,

por tus vados al cruzar,

que en tu rumor secular

no hay música y poesía.

Por eso, cuando yo un día,

descienda por los arcanos,

que me entierren mis hermanos

bajo tus altas palmeras

para abonar tus riveras

con mis despojos humanos.

 

 

INFANCIA

 

Yo recorrí los caminos

en tiempos ya muy remotos,

con los mismos sueños rotos

de otros niños campesinos.

En los recodos vecinos

corté maleza y caguazo,

y conocí del planazo

del guardia y del policía,

cuando el viento me quería

desnudar a campo raso.

 

Después de sembrar tabaco,

mi pequeña anatomía

fácilmente se mecía

en un columpio de saco.

Anunciaba un cielo opaco

la vuelta del temporal.

Y en esas noches de sal,

aunque era un niño pequeño,

se iba gastando mi sueño

entre paral y paral.

 

Arando la tierra seca,

estéril y desvelada,

le colgué a la madrugada

un farol y una caneca.

Al pie de la ceiba hueca

me daba a la surquería

y siempre sobrecumplía,

de mi parte, los encargos

de escribir cien surcos largos

sin faltas de ortografía.

 

 

CANCIÓN PARA EL ATARDECER

 

Una paloma ligera

vuela sobre la montaña,

y exhibe el campo de caña

su verdor de primavera.

El resto de la pradera

se cubre de canutillo,

y el sol, cuando pierde el brillo

en la tarde agonizante,

es un viejo caminante

con un vestuario amarillo.

 

En el ramaje tupido

hay solfeos de guitarra

cuando emite la cigarra

su concierto repetido.

Un largo majá dormido

parece el camino real,

y detrás del cafetal,

cerca de un hato pequeño,

acuesta un gallo su sueño

sobre un lecho vertical.

 

Mientras las palmas erguidas

emiten sus verdes quejas,

cubre un sudario de abejas

las guardarrayas floridas.

Cabalgan hojas dormidas

sobre corceles de espumas,

y cerca de las yagrumas

un zunzún hecho temblor

semeja un ventilador

con pico, patas y plumas.

 

Y cuando se antoja el día

marcharse de los potreros,

el aire por los aleros

estira su mano fría.

El hambre de la jutía

la fruta en el gajo muerde,

y allá donde se me pierde

la silueta de una nube,

parece que el monte sube

por una escalera verde.

 

Después salen de las grutas

los insectos más huyuyos,

cuando encienden los cocuyos

sus linternas diminutas.

Las sombras cubren las rutas

llevando grises vestidos.

En los cauces relucidos

canta más el arroyuelo,

y exhibe la piel del cielo

sus lunares encendidos.

 

 

ANSIEDAD

 

Realidad y fantasía

emprenden el mismo vuelo

ahora que está nuestro suelo

sediento de poesía.

Ahora que nos llega el día

con nuevas tonalidades,

pues bajo las tempestades

que rugen en el planeta

no debe ningún poeta

ocultar sus ansiedades.

 

Esta ansiedad de cantar

a las flores del camino

y escuchar un nuevo trino

 

del sinsonte en el palmar.

Esta ansiedad de soñar

con la altura de la aurora,

y que me diga: ya es hora

de sembrar este barbecho

para llevar en el pecho

una guitarra sonora.

 

Qué ansiedad, qué loco afán

de frenar a cada instante

el poder aniquilante

del rayo y del huracán.

Ansiedad de dar el pan

a quien vive en agonía;

ansias de que llegue el día

para encontrar lo que pierdo,

y en los surcos del recuerdo

renacer la poesía.

 

Ansiedad de ver las olas

donde no existe la mar,

ver a mi amada pasar

con un collar de amapolas.

Qué místicas aureolas

le pondré como extravío,

qué ansiedad, qué desvarío

ver a la mujer aquella,

que fui una tarde con ella

a ver lar flores del río.

 

Ver la estrella solitaria

con un rastro rutilante,

y ver el fruto abundante

de mi tierra hospitalaria.

Ver la mano libertaria

que va rompiendo cerrojos,

ver perfumados manojos

de rosas en primavera,

y ver a una jardinera

sembrando claveles rojos.

 

Ansiedad de ver en ti

la azucena y la violeta;

y al callar, ver a un poeta

que cante dentro de mí.

Si con el verso te herí,

me llamaré malhechor;

ansiedad de que un rumor

me diga desde el pasado

que soy un enamorado

del silencio y del amor.

 

 

UN ÁNGEL QUE SE HA DORMIDO

 

Enero me trajo el luto

y el llanto que nadie calla

y soy en esta batalla

el perdedor absoluto.

En el marco de un minuto

un reloj se ha detenido;

y en un tiempo sin olvido

voy caminando al azar,

sólo para despertar

a un ángel que se ha dormido.

 

Si supieras, hijo mío,

que no puedo imaginar

lo triste que es caminar

en un mundo tan vacío.

La soledad y el hastío

acrecientan mi amargura,

y después de la ruptura

de tu sangre y de tu pecho,

soy un esclavo maltrecho

de cuidar tu sepultura.

 

Sueño que vuelve tu mano

desde un lugar diferente

a poner sobre mi frente

todo el calor del verano.

Te siento llegar en vano

cuando mi pecho delira,

y que tu pulmón respira

igual que el de un hombre fuerte,

pero supe que la muerte

me ha contado una mentira.

 

Te escucho llegar a prisa

en las montañas de frío

con el empeño baldío

de arroparte en mi camisa.

Miro la dulce sonrisa

de una novia que te espera;

por esa razón quisiera

permanecer a tu lado

hasta verte liberado

de tu cárcel de madera.

 

Desde aquella desunión,

tan inesperadamente,

no ha dejado una serpiente

de morderme el corazón.

Con esa separación

comenzó mi senectud,

y hoy te espero en la quietud,

de los recuerdos en pos

cuando quepamos los dos

dentro del mismo ataúd.

 

Con tu muerte comprendí

que es necesario ser fuerte

para mimarte y quererte

sin decir que te perdí.

Voy caminando hacia ti

mientras mis ánimos puedan,

y como mis sueños ruedan

rotos en un mundo aparte,

solo puedo regalarte

las lágrimas que me quedan.

Poeta y repentista(decimista) Pablo Díaz, revista cultural cubana independiente Árbol Invertido
Pablo Díaz

(Finca Las Lometas, Tamarindo, Ciego de Ávila, Cuba, 1926). Siendo un niño aún, tuvo que iniciarse en las labores del campo para ayudar a su familia. Aprendió a escribir décimas de sólo oír a otros poetas cantar o improvisar. Fundador del primer Taller de Decimistas del país, en Tamarindo, en 1968. Miembro fundador de la filial de la UNEAC en Ciego de Ávila (1987). Ganó el Encuentro Nacional de Talleres Literarios en 1975. Publicó el plegable Remembranzas (Ed. Ávila, 1991). En Buen tiempo para sembrar (Ed. Ávila, 2004), con selección y prólogo de Ileana Álvarez, se compila su obra de más de cuarenta años. Ha publicado, además, los libros de décimas Tan serio como una tusa (Ed. Ávila, 2009), donde recoge sus versos jocosos, y Tengo en la manigua un pie (Ed. Ávila, 2013).

Añadir nuevo comentario