La muerte de Jesús

"Iba a suceder igual que siempre, eso creyó, sería ignorado como un perro sin nombre, tachado de una lista de concursantes, por lo que todo para él seguiría siendo la misma cosa, terminaría devorado por la rutina y por los que lo rodeaban".

Arte: la pasión de Jesús
"La pasión de Jesús". | Imagen: Nonardo Perea

"El tiempo es memoria y es olvido".

Jorge Luis Borges

Era la quinta vez que Jesús lloraba en dos meses. Ni siquiera recordaba haberlo hecho entre los años ochenta y noventa en el funeral de sus padres.

No, por más que se esforzaba sólo recordó a la tía Sofi sentada en un sillón de mimbre en medio de una sala solitaria, saciándose con termos de café que no conseguían arrebatarle el sueño, hasta el amanecer, cuando ya despierta le sobrevino un ataque de histeria.

Y él, no echó una lágrima, no lo hizo por pena de que lo viesen porque para Jesús eso era algo sumamente ridículo. Por eso no lloró.

Hoy, lo hace como nunca pensó hacerlo, mucho menos dentro de un ómnibus abarrotado de gente que lo increpaban con miradas y caras sudorosas, gente a la que no les incumbía el motivo de esas lagrimitas de cocodrilo. Jesús estaba convencido de que su llanto no era sólo a causa del paisaje que desde hacía un poco más de veinte años seguía siendo el mismo con sus diminutas transformaciones. Reconoció que su vida ya no era igual, como tampoco lo eran los amaneceres, las tardes y las noches, ni siquiera esos olores que alguna vez lo remontaron a su infancia conseguían ser idénticos, para Jesús el tiempo solo servía para darle paso al olvido.

 

Habían transcurrido diez años, y desde entonces no consiguió escribir algo digno, ni su nombre de escritor figuró en la lista de los más sobresalientes, en años no logró ni menciones ni premio alguno. Eso lo ponía como animal en jaula, melancólico. Por eso lloraba, y porque podía rememorar otros tiempos, cuando se confiaba en él y lo tenían presente como a alguien que se toma como un sujeto imprescindible, su jefe lo consideraba un hombre capaz de romper barreras, por esa época Jesús era una joya, una promesa que se abría paso en la literatura. Tienes talento y mucho estilo, le escuchó decir en más de una ocasión, no por gusto Jesús fue convocado, elegido, para ser el único ocupante del cargo de relaciones públicas de la editorial. Con su amplio conocimiento y facilidad de palabra todo funcionaba a la perfección, incluso (ya sabe), la esposa del director lo trataba como si fuese el hijo que nunca tuvo, y mimándolo le decía, mi chiquito, he leído casi todos tus cuentos, y son magníficos esos finales.

Y después de tanto tiempo (ya sabe), no era capaz de recordar su nombre de escritor, le dirigía la palabra pocas veces dependiendo de las circunstancias y lo llamaba simplemente Jesús. En el tono de sus voces descubrió el deseo de ambos, que no era otro que el de borrarlo como se hace con una palabra mal escrita. Dinamitar su nombre, sin darle la menor importancia al esfuerzo de su trabajo, el empeño de Jesús por conseguir una buena entrevista en la radio o la televisión. Frente a él se divertían haciendo chistes o comentarios referidos a otros escritores que ya comenzaban a hacerse notar. No volvió a estar ausente la pizca de veneno con la pregunta de “¿y nuestro amigo no ha podido escribir nada nuevo?”. Ni las sonrisas volando en su nombre. Y él, medio en broma les contestaba: “sí, he escrito algo que les va a encantar. Y no hablo más del tema, para crearles expectativas”.

A nadie se quejó de su mal dormir, ni de los repentinos cólicos que lo ponían a cagar el día entero en el baño de la editorial. No quiso dar información de su última novela, y mucho menos mencionaría el lugar al que la había enviado, situación esta que desde hacía tres meses lo tenía neurótico, pendiente al teléfono y al correo electrónico. Ya iba siendo hora de recibir alguna noticia, por eso intentaba hacer lo imposible para olvidarse de todo ese mundo sórdido en el que se sabía despreciado. Iba a suceder igual que siempre, eso creyó, seria ignorado como un perro sin nombre, tachado de una lista de concursantes, por lo que todo para él seguiría siendo la misma cosa, terminaría devorado por la rutina y por los que lo rodeaban.

Se marchaba cada día a las seis de la tarde, cerraba su oficina y en el trayecto del viaje hacía un repaso de lo acontecido en el día, repaso del que no podían excluirse las palabras de la esposa del director, palabras que, con sus disímiles cambios de entonación, danzaban en su memoria.

Ya sabe que nadie puede usar la impresora láser.

Ya sabe que nadie puede usar ese teléfono.

Ya sabe que queda terminantemente prohibido hablar en voz alta.

Ya sabe que en esta editorial se hace todo lo que yo diga y piense, ya sabe…

Jesús fantaseaba, los veía saliendo del trabajo, montándose en el auto, distendidos en los asientos, cómodos en su viaje de tres minutos, llegando a casa eran bien recibidos por una criada confianzuda, posible amante del director, a la que le comentaban la manera en que querían eliminarlo, sustituirlo por alguien que prometiese mucho más; un alguien joven y capaz, otro alguien que en un futuro pudiese optar por un premio significativo, el Nobel, o el Cervantes; cuánto no los ayudaría un alguien así, nuestro amigo aún no ha logrado escribir algo nuevo, era esa la pregunta maldita que merodeaba en la conciencia. Y Jesús, luego de cuatro horas de viaje, llegaba a la casa y se encueraba, porque siempre hacia calor bajo aquel techo de fibrocemento, se preparaba un té con hojitas de tila para aplacar los malos nervios, encendía un cigarro, escuchando música, y se sentaba a releer su novela.

 

Siempre supo que las lágrimas no eran buenas para nadie, por esa razón no lo hizo ni en el funeral de sus padres. Pero hoy era la sexta vez que Jesús lloraba en dos meses, lo hizo encima del escritorio de su oficina, frente a la computadora, y estaba solo, nadie podía verlo salpicando la mesa porque en la planta baja solo estaba la recepcionista ajena del mundo, de él y las noticias.

A todos les propinó una muerte justa.

La primera en morir fue la tía Sofi, tan hipócrita y falta de sentido común, para ella eligió un suicidio. La vieja terminó cercenándose los brazos y ahorcada con un blúmer en medio de una plaza pública. Para su amigo el director, escogió una solución rápida, creíble y sin mucha crueldad de por medio, no podía negarse que a pesar de ser un hijo de puta más, era un sujeto buen hablador, tratable, chistoso, cuenta cuentos, en apariencias apacible y tolerante. Solo bastó colocar en sus maletas de viaje cinco o seis pacos de marihuana que sirvieron para que fuese detenido de la manera más aparatosa, donde incluyó perros encadenados y más de cien guardias de seguridad que, al interceptarlo con bastonazos, le provocaron un inmediato ataque al corazón. Para la señora (ya sabe) con diez dólares se contrató a un asesino común que bajo juramento se comprometió a llevar a cabo paso por paso la violación que incluiría una extensa sección de fotografías en las que debía aparecer íntegramente desnuda y amordazada. Dichas fotos serían destinadas a un sitio gratis de la Internet y de igual modo servirían para ilustrar las páginas del Kama Sutra hispano. Se le exigió que adobase el cuerpo (de ya sabe) con limón, naranja agria, mucho ajo y cebollas, y solo después de tenerla en adobo por cinco días, podía comenzarse el proceso de desangramiento, propinándole ligeros cortes en las muñecas y el cuello, para con la sangre derramada hacer una mezcla que serviría para la preparación de chorizos y morcillas que serían vendidas a la población a un precio módico de cinco pesos cada uno. Él mismo se encargaría de la venta, pregonando por toda La Habana: “¡Vaya, coge tu rico chorizo aquí! ¡Ya sabe a lo que sabe, coge tu ricoooo chorizoooo...!”.

 

Estaba abarrotado de mensajes en los que abundaban las congratulaciones de gente con nombres desconocidos, a ellos se sumaron editoriales internacionales que se dirigían a él con su nombre de escritor inédito, de escritor que sin estarlo parecía muerto. Claudio Crosentino, seudónimo que por muchos años ansió escuchar en voz de otros, aquel nombre silenciado, estaba allí, legible y a todo color. CLAUDIO CROSENTINO: PRIMER PREMIO DE NOVELA NEGRA A LAS MEJORES MUERTES. GANADOR DE TRESCIENTOS MIL EUROS. Su novela fue la favorita entre los doscientos cincuenta ejemplares que resultaron finalistas.

No tardaron en llegar otros correos y suplementos culturales que hacían una apretada sinopsis de una novela cargada de acontecimientos todos abrumadores, escritos con un humor lacerante, desde el dolor mismo. Los críticos mencionaban la eficacia con que el desconocido escritor cubano combinaba la omnisciencia con la de un narrador objetivo, como era capaz de atrapar al lector con el punto de interés, tanto con la técnica empleada como con un lenguaje sencillo, pero a la vez expresivo.

 

Desde su oficina, Jesús escuchó pasos en la escalera, eran los del director y la esposa que pasaron por allí sin mirar adentro.

No le preocupó la indiferencia, respiró hondo, le dolía un poco la pierna izquierda por la caminata de la mañana, y tenía el pecho apretado, las manos le sudaban, pero no podía tratarse de otra cosa que de los nervios. Permaneció un rato más releyendo los mensajes que se multiplicaban ante sus gafas, los repasó y volvió a hacerlo para sentirse feliz como niño con juguete nuevo. Aún lloraba en silencio, pero nadie lo vio.

Se levantó de la silla y con algo de prisa recogió algunas de sus pertenencias, eran pocas, tres ejemplares de Cortázar, un pequeño vaso de cerámica donde colocaba los lápices, un hacha petaloide que colgaba de la pared que daba a su frente, por último, la presilladora, y lo echó todo en una mochila.

Dejó el correo abierto y salió al pasillo que olía a aromatizante de limón, pudo ver la oficina del director con la puerta entreabierta, y la mitad del cuerpo ocupando el buró. De seguro leía las noticias de la mañana.

Con la mochila al hombro, Jesús bajó las escaleras, lo hizo solemnemente. Al llegar al primer piso, sin mirarle a la cara, una vez más, saludó a la recepcionista y salió al patio, desde allí escuchó las vocecitas del director y la esposa que lo llamaban: “¡Crosentino, Crosentino!”.

Nonardo Perea
Nonardo Perea

(La Habana, 1973). Narrador, artista visual y youtuber. Cursó el Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso del Ministerio de Cultura de Cuba. Entre sus premios literarios se destacan el “Camello Rojo” (2002), “Ada Elba Pérez” (2004), “XXV Encuentro Debate Nacional de Talleres Literarios” (2003- 2004), y “El Heraldo Negro” (2008), todos en el género de cuento. Su novela Donde el diablo puso la mano (Ed. Montecallado, 2013), obtuvo el Premio Félix Pita Rodríguez ese mismo año. En el 2017 se alzó con el Premio “Franz Kafka” de novelas de gaveta, por Los amores ejemplares (Ed. Fra, Praga, 2018). Tiene publicado, además, el libro de cuentos Vivir sin Dios (Ed. Extramuros, La Habana, 2009). Su canal En la cama con Nonardo genera contenidos sobre temas LGTB, sexualidad y feminismo, tratados con ironía y humor.

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