Repaso uno. El día feliz que se convirtió en espantoso

Niños jugando béisbol en el campo en Cuba.
Niños jugando béisbol en el campo en Cuba.
Niños jugando béisbol en el campo en Cuba.
Niños jugando béisbol en el campo en Cuba.

Era un domingo de 1980 y el equipo de pelota había ganado contra Cunagua 2x1 con soberbio picheo de Abelito Álvarez y jonronazo de Chachá Jiménez, con Pupo Pérez en segunda.

En unos días yo cumpliría 12 años y ya Onesito de León y Guayo me entrenaban para que fuera el mejor siol [shortstop] de Cuba. Por entonces me apodaban «postalita» porque le ponía una dosis de arte a la defensa del paracortos. Cheito, el paticojo —el estadio de Chambas debería llevar su verdadero nombre: Juan José Lleó— amante furibundo del Béisbol, fue quien me endilgó el apodo.

Quería parecerme al Fiñe Barreto, el hermano de Virgilio, quien tenía a todos muy alegres porque además de jugar con belleza, traía a las muchachas del barrio de un ala. Incluso, me conseguí una cadenita de cobre (la que él usaba seguramente era de oro) que terminó por percudirme el cuello de un verdeazul que costó tres jabones Batey para conseguir que la piel regresara al blanco lechoso que siempre me distinguió entre mis hermanos.

Estábamos felices con la victoria y con aquel equipazo que podía darse el lujo de tener a dos terceras bases de mucha calidad. En verdad necesitábamos dos porque Virgilio Barreto, un hombre rudo como todo camionero (manejaba un Hino) le ponía el pecho a la pelota y la más de las veces terminaba lesionado o expulsado del terreno. Para sustituirlo estaba el brillante Eduardo Papín: un sujeto lleno de alegría y gracia, que vivía cerquita del sitio donde José Manuel esperaba jeringuilla en mano para cosernos las nalgas a pinchazos.

Después del 80 nunca más vi al Fiñe ni a Papín, pero ambos quedaron en mis recuerdos para siempre.

El primero por ser el ídolo de la infancia que se largó sin saber cómo, y aquella manada muchachos sufrimos por no verlo más brillando en la medialuna. De grande lo comprendí todo, pero hasta los diecisiete (la pelota era la vida para mí) soñaba con encontrármelo algún día y ponerlo como un zapato: ¿Por qué se había ido y nos había dejado a merced de Edel Ávila… que las cogía, sí, pero no brillaba con aquella luz?

El recuerdo del segundo incluye uno de los momentos más desastrosos de mi vida: la primera vez que lloré sin necesidad de que mi madre me cascara. Lo cuento por fin, aunque en mi novela Dime con quién andas (Ed. oriente, Santiago de Cuba, 2005) aparece muy sugerido.

Luego del partido, un grupito de delincuentes —amparados por los mensajes de odio de los dirigentes políticos— comenzaron a preguntar dónde estaba Papín; simulaban en sus espaldas: huevos, tomates y cuanto tareco lanzable encontraron en derredor.

Yo estaba asustado. No sabía justamente de qué se trataba aquello, pero por las groserías que los bandidos proferían por sus hocicos de dientes carcomidos, no querían al estelar pelotero, que aquella misma tarde había regalado muchas y hermosas jugadas, no precisamente para brindarle una cerveza Hatuey.

El pelotero, gracias seguramente a la solidaridad de sus coequiperos o la asistencia de Gandalf, desapareció.

Nadie supo jamás por dónde salió (quizás él mismo lo cuente un día), pero se esfumó.

La turba, integrada por los hombres y jóvenes más cobardes del pueblo, se arrebató y conociendo que mi profe Bertico era amigo de Eduardo, le exigieron que revelara dónde estaba guarecido.

El profe Bertico, hombre admirado y querido por todos, se negó rotundamente a chivatear el escondite de Papín, y entonces, sin que nadie, nadie, nadie hiciera algo para evitarlo, los malparidos la emprendieron contra él.

A puros insultos y trastazos lo llevaron hasta el pueblo.

El profe de ciclismo intentaba esquivar las inmundicias que le lanzaban, y más o menos lo consiguió hasta que no pudo más y se detuvo justo en la esquina frente a la Casa de la Cultura; entonces gritó:

—Tiren lo que les salgan de los cojones, que de aquí no me muevo más.

Fue horrible… y yo, con todo y mis doce años, un pendejo, un cobarde, por no ponerme a su lado, como hizo mi profe Juani —chambera valiente y justa—, a quien los HP también alcanzaron con un huevo a la altura del muslo.

Esa noche lloré de pavor, de miedo, de vergüenza ajena.

Esa noche y muchas después me costó conciliar el sueño, cada vez que cerraba los ojos venía la imagen de Bertico mancillado por las mismas manos que una vez estrechó; por las mismas manos que quizás un día ayudó

Niños al final de un "acto de repudio" en los años 80 en Cuba.
Niños al final de un "acto de repudio" en los años 80 en Cuba.

El episodio me sirvió de mucho. Me sirvió para saber lo que es fidelidad y hombría; dignidad y decoro.

No sé qué ha sido de la vida de Bertico, pero me gustaría que supiera que su sufrimiento de aquel día no solamente sirvió para demostrarles a los demás su coraje sino para infundir en alguien la justa idea de la fidelidad.

Chambas posee algunas manchas, pero esa, que no solamente fue contra el profe, será la más difícil de lavar.

Han pasado los años y quizás todo ahora se vea a través de un caleidoscopio más indulgente, pero para seguir hacia delante es preciso lavar nuestros paños. Denunciar las máculas.

Escritor Otilio Carvajal. Foto en la revista Árbol Invertido

(Chambas, Ciego de Ávila, Cuba, 1968). Poeta, narrador, investigador y crítico literario. Reside en Santa Clara. Algunos de sus libros, son: Thanksgiving Day (Matanzas, Ed. Vigía, 1999), Libro del profanador (Santa Clara, Ed. Capiro, 1999), Libro del Holandés (Novela. Ed. Ávila, 2000), Oda al pan (Ed. Ávila, 2001), Ponme la mano aquí (Novela. Santiago de Cuba, Ed. Oriente, 2001), Los navíos se alejan (Ed. Ávila, 2002), Prohibido soñar en esta casa (Ed. Ávila, 2002), Pájaros de la noche (Teatro. Ed. Ávila, 2003).

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