Lía tocando guitarra. Foto: Lía Villares
Imagen: Lía Villares

Decir soy fanático del blues

esto es mejor que nada, o

mejor que todo

a mí no me gusta otra cosa

yo nada más escucho el blues; eso

es una grandísima locura, un crimen

pasional.

Defender con el oído la postura de

quien lo hace.

El blues no se delata.

Es omnicomprensivo.

Él es la vida. Después de él

tiene que haber otras cosas, otros

gustos, otros valores.

Si no, sería como negar al hombre.

Otros cultos, o al menos otras

tolerancias.

Lo mismo es un crimen ser intolerante

al blues y que desde niño te cuelguen

un cartel en el círculo.

El blues es omnipresente, es la omnipresencia.

Ese reclamo, ese dolor se hizo manifiesto

en el hombre, ese desgarre.

Ese llanto alcanzó dimensiones humanas.

Tiene que haber la vida después

del blues.

El blues es como un dios, o un

diablo muy grande en altura

quiero decir. Muy dominativo.

Es un hombre en todo su dolor y

en todo su orgullo defendiéndose como tigre.

O como gallo, gallina o cocodrilo.

O cosas. Cosas que negaron y para siempre

las tantas formas de la tierra en el

pensamiento. Los terroncitos, los

retoños de ____________.

Y fueron motivo de inspiración

sustituidas. Lo sustituido fue blues.

Lo sustituto. Aquello que cambió la

imagen, que trajo la nueva imagen

después de la esclavitud, aquella

sustitución terrible.

 

Aquella segunda imagen de mi entraña.

No tengo cómo agradecer el haber sido salvo.

Y después vino el blues. Con el verduguillo.

La cuchilla que cantaba como carusso

en una jícara con ceniza.

 

El blues es la reafirmación del

hombre sobre la tierra.

Como un hecho natural.

No tiene importancia ser lo

que se ha perdido,

o lo que se ha encontrado.

Yo le canto a esa tristeza.

O a esa alegría.

Soy alegre. La tristeza

no tiene fin.

La alegría es pelear y defenderse.

Hay un reconocimiento ancestral en el

blues por la alegría.

De donde podemos partir

arrastrando nuestra vieja cadena.

 

Fuerza para vencer, con esta canción

te pido.

 

Privado de cruzar por el

nombre de un árbol

retenido en una imagen

confirmado en una fotografía.

Sin quererlo ese árbol se hizo

amistad distanciada, afecto

que no se visita, que no vuelve

a latir, o a temblar como

un espeso órgano, como una

espesa linfa. Sancocho.

Pulpa.

Olvidar es salir en tu busca.

 

Era importante como árbol un

retoño cualquiera, un árbol

cualquiera.

Ese, específicamente.

Que me fue revelado por ti

un viejo amigo queriendo

distanciarse, equivocado

con la amistad;

marcando un imperio.

Quédate la localización de

las pocas plantas que

en la ciudad pugnan

por vivir.

Quédate esos eclipsados bosques

asfaltados bosques de ceibas y laureles, esa

visión de cantero.

El monte es grande. Es infinito.

Me basta pensar que mi memoria estuvo

presente.

Era el paso salir y olvidar.

Conocer sin nombre, que también

es importante la palabra no enturbie

donde la vista se posa, para seguir

de largo.

No hay utilidad en saber dónde

vive lo que nos salvaría un día

la vida y pasar y recordárselo.

Me gustan las asistencias sin nombre,

espontáneas. De alguna manera todos

velamos para ayudar y por ayuda

también velamos.

Un árbol cualquiera, como tántos.

Es bueno que la palabra ubique, luego olvide

a través de los años y se tome su tiempo

y su necesidad de nombrar.

Ahí no solo hay reafirmación, sino respeto.

La vida tendrá que cuidarse. Esa pobre

vida vegetal, tan desamparada y tan

frágil.

Mejor si el nombre lo trae la

memoria, el sueño, de pronto

como una iluminación. Como

un recuerdo.

 

Yo pintaba garabatos.

Mi amigo detractaba de

los barcos.

Llenaba expedientes.

Componía obituarios.

Inspirados epitafios

artes de losa común, a veces

ni con la fecha, nada más

que el nombre.

Hacía labores de traductor.

De médium.

Desayunaba café con leche y

pan con mantequilla.

Mi amigo nada más que una

lata con cocimiento de yagruma.

Esa era su vajilla.

Por eso le pegó la porcelana,

le iba tan bien la porcelana.

Tomé la jícara de mi abuela. Que

tenía un rostro grabado.

Desde entonces cambiaron mis medidas.

Alguien dejó los archivos a la intemperie.

Los expedientes a la intemperie.

A la vista de todos la enciclopedia

de lo que éramos como nación.

Antes de recoger la lágrima

en una copa.

 

el gran poder

 

invocado.

Ni sé qué ha sido

de mi casa.

 

 

ya ese capítulo está vencido

pero no regresó el nombre de la

hoja

aquella grande hoja, espontánea

parecida al tabaco

que comen los bichos de retoño

pero logra darse, crecer

como un frondoso árbol

porque es un árbol

tenía destinada ser árbol

 

no voy a ser como tú

voy a escuchar tu voz

voy a aprender cuanto me

enseñes

del mundo

pero no voy a dejar de ser yo

Sabré dejar en su lugar

lo que no me pertenece

lo que no ha de servirme

Y diré esto tampoco es de mi amigo

No le dejes creer que tiene dominio porque

cree conocerte

Los viejos nos volvemos un poco estúpidos

a veces

Por eso el pago del derecho

la licencia, el contentar o animar

con los antepasados en recuento

Yo soy lo que me enseñaron las brujas

aquello que me defendió inconciente y

que ahora puede ser una decisión errónea

transgredir o desobedecer.

En lo íntimo sigo las

tradiciones de mi madre

Siempre me pregunto antes de obedecer.

Cuento conmigo o con esa conciencia

oscura que devino en  mis familiares

y seres queridos

mis antepasados.

 

Sin embargo apareció otro árbol

con la misma característica que

creímos privativo en aquel

lanzar las semillas bajo su sombra

para que formen una colonia, donde

después de retoñados pugnarán por

vivir unas comiéndose a las otras

hasta quedar una sola, que es

la que se dará.

Es un árbol muy viejo, que debe

estar  al morir. Que debe saber

que está al morir.

No hay árboles como él a su alrededor.

Solo esa semilla que resulte la

sobreviviente.

Ese árbol se llama Laurel.

Y fue el continuador de aquella historia

que se detuvo por años de un árbol pulpo

único en el monte.

Victor Manuel Cantelly Sardiñas. Foto en revista Árbol Invertido
Victor Manuel Cantelly Sardiñas

(La Habana, Cuba, 1974). Graduado de Bachiller en la Facultad Obrero Campesina “Julio A. Mella”. Plastero, dibujante, paralelista, autosuficiente y virtualista.

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