El viejo Chon

Barrio chino de La Habana
Barrio chino de La Habana.
Barrio chino de La Habana.
Barrio chino de La Habana.

Caminábamos en fila india, imitando a una columna militar, por los incipientes matorrales del inmenso solar que en su día había sido sede de un montón de casitas donde vivían varias familias chinas del pueblo. Dicho terreno quedaba justo en la esquina, al frente de la Estación de Policía, cuya entrada y pasillos que daban a las calles laterales habían sido tapiados con una muralla de cemento. Al final de los años 50, primero pusieron sacos de arena que fueron rápidamente sustituidos por las citadas paredes de hormigón, desde donde varios policías de azul vigilaban constantemente atentos cualquier movimiento sospechoso. De repente, escuchamos los gritos de unos agentes que nos ordenaban ir a jugar a otra parte, en contra de nuestros deseos de seguir divirtiéndonos en el encantador terreno que prácticamente nos habían regalado a los niños del barrio, porque había un condenado olor a pólvora que era lo que más nos atraía. Además, recordábamos al viejo y querido Chon, un comerciante chino, dueño de una quincalla, de esas tiendas que venden de todo un poco: cohetes, fulminantes, voladores y diferentes clases de objetos para hacer bromas, globos, serpentinas, gorros, máscaras o caretas y disfraces, muchos disfraces para los carnavales que se celebraban cada año y era cuando más vendía. También tenía papalotes o cometas de todos los tamaños y colores, canicas grandes y pequeñas y las pelotas de trapo de béisbol, las que más comprábamos los pequeños del vecindario.

Mamá Lin. Sí, mamá, quiero sopa de tallitos. Cómo trabajas, mamá, desde por la mañana en el campo hasta por la noche que nos cocinas, lavas la ropa y no paras hasta acostarnos, Mamá Lin...

La tienda de Chon era un mundo especial, no solo por el montón de cosas que tenía, sino por su variedad. Era un establecimiento pequeño pero con una especie de magia que encerraban sus frágiles paredes de madera. Nada más se entraba, comenzaban a sonar una decena de campanitas que colgaban misteriosamente del alto techo. También había que traspasar un enjambre de tallos de todos los colores, como de esmalte, que parecían largas lianas que impedían que el calor del día entrase a la tienda. Ya en el interior del comercio, lo más característico era una mezcla de olores inolvidables: olía fuertemente a pólvora, pero también a incienso y a ese vapor de alguna infusión que siempre se estaba preparando el viejo chino. Pero lo que en verdad me llamaba la atención de esa tienda china era la cantidad de jaulitas de güin que tenía colgadas y descendían del techo con una gran variedad de pajaritos que cantaban y chillaban al unísono: gorriones y tomeguines, colibríes y canarios, periquitos y pitirres. Incluso un montón de sinsontes y tocororos. En jaulas más grandes en el suelo tenía cotorras y loros de varios tamaños. Y lo más fascinante eran unos inmensos frascos, en el gran mostrador de caoba, llenos de pececitos en colores.

No obstante, Chon Lee no solo era el propietario de este negocio, sino que en 1943 había fundado la sociedad güinera Nueva China que agrupaba a la comunidad asiática del pueblo y publicaba el periódico La Unión China en mandarín, por lo que era muy respetado y querido en el pueblo.

Qué sol. Tengo sed. Tengo mucha sed y mucha hambre. Ya no sé si tengo más hambre que sed. Ya todo se confunde. Papá maldice la sequía. Coge terrones secos de tierra arenosa en sus manos y la tira con toda su fuerza, maldiciéndola.

Recuerdo que un día visitamos la tienda de Chon con mi tío Samuel, que conocía al viejo desde hacía bastantes años, y fue cuando pude conocer mejor el misterioso bazar, porque cuando iba con mis amigos, nos atendía muy bien, pero de prisa, aunque siempre nos regalaba —a cada uno— unas bolas de caramelos deliciosos con rayas de distintos colores. Esa vez, con mi tío, estuvimos un largo rato conversando con el viejo Chon. Nada más entrar nos quedamos unos instantes en el mostrador, pero como nos llamó desde dentro de la tienda, pasamos a una habitación, aún más misteriosa, donde vivía entre bultos de mercancías y un marcado ambiente oriental. Al pasar al cuarto nos recibió en una pequeña cama, cubierta con un gran mosquitero, donde el viejo se abanicaba con un colorido paipái, que se asemejaba a un pavo real, a pesar de que en el techo no cejaba de dar vueltas un ventilador metálico. Cuando nos vio, abrió pausadamente el mosquitero, se puso de pie, cerró de un certero golpe el abanico y lo dejó en la mesita de noche, donde sobresalía un quinqué que alumbraba la estancia, aunque también estaba repleta de pomitos de cremas que, según nos confesó, eran para sus ya aturdidas piernas y de raros jarabes caseros para mitigar su incesante tos de viejo fumador.

Cuántos barcos hay en el puerto. Me voy de China. Llegaré a América y comenzaré una nueva vida. Allí no hay hambre, sino abundancia. Aunque pase todo tipo de calamidades, jamás será como en esta inmensa tierra desolada.

Enseguida, ambos se pusieron a conversar de los más diversos temas. Al rato, nos invitó a un té, que siempre estaba preparando y tomando. Luego nos enseñó unas bolsitas que le habían llegado recientemente, eran de papel de China, llenas de algo parecido a la pólvora, que al tirarlas contra el suelo estallaban como verdaderos petardos. Mi tío me compró unas cuantas bolsitas y la verdad es que fueron la novedad del barrio porque los demás niños y hasta adolescentes fueron comprándolas. Otra cosa que me llamó poderosamente la atención fue cómo Chon confeccionaba sus propias jaulas para los pajaritos y nos llevó al patio donde tenía docenas de pajareras con trampas, donde atraía a los pájaros a base de alpiste y agua. También nos mostró su cría de conejos, una jutía e incluso, en una especie de larga pecera, un caimancito que le habían traído de la Ciénega de Zapata.

¡América! ¡América! California, la dichosa fiebre del oro. Campamentos de buscadores de oro. Miles de trabajos diferentes: en el ferrocarril, en tabernas, en tintorerías, en fondas chinas. ¡Cuánto cuesta ganar un dólar! Y para todo necesitas un dólar, como un chino será siempre un chino en estas tierras.

El local de Chon no solo era un auténtico zoológico en miniatura sino una especie de jardín botánico, por la cantidad de plantas que tenía, en macetas de todos los tamaños, que colgaban de las paredes o se apelotonaban en el suelo del patio con toda variedad de flores, cuyos colores deleitaban nada más asomarse a verlas. También había algunos tiestos con unas hierbas extrañísimas que nunca había visto y que seguramente —según mi tío— eran medicinales, pero lo más asombroso, que me impactó, fueron unas bandejas alargadas y poco profundas donde sembraba una especie de tallitos de frijoles que utilizaba para su alimentación.

¡Al sur! Todos se van al sur. Allí dicen que todo es diferente. Que personas más hospitalarias son los mexicanos. ¡Puros buenazos! Pero de comida, pura chingada picante.

Luego, nos fue enseñando unos saquitos de plástico donde guardaba unos frijoles con raíces, que según Chon se vendían muy bien a las familias chinas que precisamente tenían en el solar otros negocios, como tintorerías, tiendas de ropa, algún zapatero y donde estaba la famosa fonda china del pueblo. En fin, toda una cuartería que era una pequeña comunidad asiática, el mágico solar chino de nuestro barrio.

¡Otra vez el puerto! El mar y los barcos. Esta vez una corta travesía hacia la Isla. Otro puerto. ¡Qué calor! ¡Cuántos mosquitos! Maldita sea, cuarenta días en este maldito barco del infierno.

Pero lo más impresionante de nuestra visita a ese negocio oriental fue cuando nos sentamos a tomar el té, después de toda una serie de preparativos, como si fuese una gran ceremonia, y lo era, evidentemente, para el viejo y simpático chino. Entonces, Chon comenzó a contarnos, a divagar sobre su vida, su ya larga vida, pues según él, tenía nada menos que ciento diez años y la verdad es que me impresionó cuando nos contó su salida de China siendo un niño, la larga travesía hasta llegar a California, donde trabajó en el ferrocarril, pasando luego a México y fue cuando escuchó hablar de Cuba, embarcando en Veracruz rumbo a La Habana. Ya en la capital cubana pasó las de Caín antes de desembarcar pues decretaron una cuarentena a bordo por una rara epidemia que se había desatado en Centroamérica.

Cuba, qué mezcla de razas. Cuántos chinos, menos mal. Qué de mulatas y negras lindas. Cómo le gusta la música a este pueblo.

Chon hablaba quedamente, entre susurros, como si hablase únicamente para él. Estaba casi semidesnudo, con una camiseta blanca sin mangas y un pantalón color crema, con unas sandalias de bejucos finos entrelazados. Tenía el pelo sumamente corto y una cuidada chiva blanca, tan larga que casi le llegaba al pecho. Luego le comentó a mi tío Samuel no sé qué cosa de un desahucio y otras cuestiones legales que parecía le atormentaban y explicó que era peor que en la Segunda Guerra Mundial. Fue cuando nos enseñó sus papeles de nacionalización. Por suerte, había obtenido la ciudadanía cubana antes de dicha guerra, con lo que evitó que le expropiaran sus pocos bienes y terminara con sus huesos en un campo de concentración. Su problema era que entonces no podía demostrar su origen chino pues estaba indocumentado y hubiese sido muy fácil que lo confundiesen con un japonés, pues, para colmo de males, su padre era japonés, a pesar de que su madre sí era china y él había nacido en Cantón. No obstante, el lamentable problema que ahora lo angustiaba era aún peor: le habían dado un plazo para que se mudara, pues iban a demoler toda la esquina china, ya que al margen de posibles proyectos comerciales, funcionarios de la Alcaldía argumentaban que ese montón de casas de maderas, además de contrastar con el resto de las más modernas casas de mampostería del vecindario, afeaban el centro del pueblo. Aunque, en realidad, en todo el pueblo se comentaba que la principal razón era el temor del gobierno de Batista de que aquel revoltijo de cuartos y casas de maderas, con entradas y salidas por todas partes, fuesen utilizadas por elementos rebeldes para atacar la Estación de Policía y, por lo tanto, preferían tener delante un solar vacío.

Yo soy chino de Cantón. Lo que pasa es que mi padre era japonés. Eso no lo niego. Pero, si ya casi soy chinocubano, oiga. Más cubano que chino, si usted me apura, llevo más de cuarenta años en esta Isla. Mire, si hasta tengo un retrato de Martí y mi banderita cubana.

Los siguientes días, a la que sería nuestra última visita al viejo Chon, se sucedió una serie interminable de pequeñas y medianas mudanzas en los más diversos medios de transporte: camiones, carretas y carromatos con caballos, automóviles, motocicletas y hasta bicicletas o caballos que ayudaban a mudar a la pequeña colonia china de nuestro barrio a otras casas en las afueras del pueblo. Todos se movían muy despacio, como queriendo retardar el inexorable tiempo, aunque con la suficiente agilidad sacando bultos y sacos, maletas y cajas repletas de las cosas más raras que jamás se habían visto, mientras todo el vecindario contemplaba atónito aquella pequeña odisea del traslado de los chinos.

No, no, no me voy. No me mudo. Simplemente porque no me da la gana. De aquí al cementerio. Ya está bueno de viajes, de mudanzas. Sí, señor, de aquí al cementerio.

Todas las familias chinas se fueron mudando menos el viejo Chon que seguía atrincherado e indiferente en su local. Allí estuvo solo durante días, acostado en su camastro, rodeado de su agujereado mosquitero, abanicándose constantemente, quizás recordando y repensando su ya larga y agitada vida. Así hasta el último día del maldito plazo cuando entraron las autoridades judiciales con varios policías de azul para sacarlo a la fuerza si fuese menester. Pero, según se cuenta en el pueblo, toda violencia fue innecesaria pues el viejo Chon los recibió echado en su cama, tan impasible y quieto como si durmiese sus largas siestas de cada tarde. Varias veces tuvieron que pronunciar su nombre como en el más puro acto protocolario hasta que levantaron el mosquitero y comprobaron que estaba muerto. Con posterioridad, uno de los policías que acompañó a los funcionarios del desahucio, comentó que al entrar había visto al anciano con vida, pues tenía los brillosos ojos oblicuos mirando fijamente a sus últimos visitantes. Según el agente, fue cosa de segundos hasta que se paró el gran ventilador del techo, instante en que acababan de cortar la luz. Para qué decirles que esta versión fue desmentida oficialmente por la autoridades, pero prendió como bendita pólvora —y nunca mejor dicho— por todo el pueblo, de donde surgió toda una leyenda del recordado chino. Hasta el punto que una vez que demolieron todas las casas del solar, a cada rato aparecían, en el mismo lugar donde el viejo tenía su cama, flores en bellísimos o destartalados tiestos e incluso comida rarísima que, según algunos, ponen los chinos a sus muertos. Pero aquel día que la policía batistiana nos expulsó del solar chino no fue gran cosa, comparado con los primeros días de enero del 59, cuando mucha gente se congregó alrededor de la Estación de Policía para ver cómo un joven comandante barbudo llamado Camilo rompía con un gran mazo las paredes de cemento de la jefatura. Daba golpes y más golpes, que el público allí reunido coreaba con un burlesco ¡CHON!, ¡CHON!, ¡CHON!

Recordando a mi tío Rubén Alfonso Díaz

"...allí hay una gran abundancia de jengibre, de nardo y de otras muchas especias. Cantón es el puerto al que arriban todos los barcos procedentes de la India, cargados de mercancías valiosísimas…, les aseguro que por cada barco de pimienta que sale de Alejandría, o para cualquier otro destino del mundo cristiano, entran unos cien barcos en el puerto de Cantón". (Marco Polo)

"Los chinos era muy buenos comerciantes. Tenían sus tiendas, que vendían cantidad de productos raros". (Miguel Barnet: Biografía de un cimarrón)

Poeta Felipe Lázaro en revista Árbol Invertido

(Güines, Cuba, 1948). Poeta y editor cubano. Salió de Cuba en 1960. Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Graduado de la Escuela Diplomática de España. Fundó la editorial Betania en 1987. Ese mismo año, obtuvo la Beca Cintas. Fue uno de los fundadores de las revistas Testimonio (1968), La Burbuja (1984) y Encuentro de la cultura cubana (1996), y del periódico La Prensa del Caribe (1997). Autor de los poemarios: Despedida del asombro (1974), Las Aguas (1979), Ditirambos amorosos (1981), Los muertos están cada día más indóciles (1986 y 1987), Un sueño muy ebrio sobre la arena (2003), Data di Scadenza (Antología poética), traducción de Gaetano Longo (2003) y Fecha de caducidad. Antología poética, 1974-2004 (2004), Tiempo de exilio (2014). Es autor de diversas antologías, como: 9 poetas cubanos (1984), Poesía cubana contemporánea (1986), Poetas cubanos en Nueva York (1988), Poetas cubanos en España (1988), Poetas cubanas en Nueva York / Cuban Women Poets in New York (1991), Poesía cubana: la isla entera (1995), Al pie de la memoria. Antología de poetas cubanos en el exilio, 1959-2002 (2003) e Indómitas al sol. Cinco poetas cubanas de Nueva York (2011).

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