Foto: Faroles
Imagen: Ileana Álvarez

"Miro el dedo ensangrentado, / el cuchillo ensangrentado,/ el pan y el naipe ensangrentados, / y asumo mi imposibilidad de mí, / mi gran nada"…

Nacida en Cienfuegos y residente en Trinidad, Anisley Miraz Lladosa, es una poeta prolífica y multifacética, reconocida y avalada por diversas editoriales de la Isla. Los poemas presentes, inéditos en su totalidad, poseen una fuerza opresiva remarcada por una atmósfera lacerante  y en evidente descomposición. El sujeto se encuentra imbuido por un entorno que hiere por su complejidad, podredumbre y desidia. Múltiples referentes históricos, así como una destacada simbología vital, nos hablan de la búsqueda de un mundo nuevo, un alumbramiento que cada vez se confunde más con un aborto, como si el pasado ejerciera el papel de un cordón umbilical que, en lugar de trasmitir vida, matara. Un mundo desprovisto de humanidad y confianza, en el cual el sufrimiento y la resignación es una forma de vida. Al decir de la propia poeta: Veo que el tiempo no hace arqueos de culpa /ni le importa un carajo el estoicismo, la bandera prohibida, /los refugiados al borde de la línea de fuego…

(Selección y nota: Heriberto Machado)

 

La buena nueva que a todos causa inexplicable miedo…

 

La adivina siempre miente. Sus naipes no.
Igualmente acudimos a los naipes:
siete de espadas la mayoría,
en blanco la mitad que ella esconde.
Por suerte, la cartomántica
se cortó el anular con un cuchillo,
asestó un golpe de pan contra su mano.
El dedo apareció sangrando.
El cuchillo apareció sangrando.
El pan apareció sangrando.
Por suerte, las cartománticas padecen de miopía,
defecto de refracción del ojo
en el que los rayos de luz paralelos
procedentes del infinito convergen en un punto focal
delante de la retina, en vez de en la retina…
Su signo es hacer fraude,
no saber qué cortan o cercenan.
Siete cuchillos amenazan, siete panes por trozar,
siete lecturas miopes al destino.
Hoy me iba a decir seguramente
que tengo un puente Einsten-Rosen,
un atajo a través del tiempo y el espacio,
dos extremos conectados a una única garganta
a través de la que se desplaza la materia.
Por suerte, nada dijo.
Miro el dedo ensangrentado,
el cuchillo ensangrentado,
el pan y el naipe ensangrentados,
y asumo mi imposibilidad de mí,
mi gran nada…
La adivina pospone nuestra cita.
Afortunadamente nunca señalará
que tengo un agujero,
un sórdido  agujero de gusano.
 
 

Penetrante hasta el dolor…

 

Todos los días, a la misma hora,
el panadero sopla su silbato frente a mi puerta.
A la misma hora en que el sueño
me tiene agarrada por la nuca, permanezco sumida
en el más absoluto estado de reposo
y mis niveles de actividad,
presión sanguínea y respiración,
están mucho más bajos que los de abuela.
Abuela tiene el sueño ligero.
Sus movimientos oculares “en balancín”
no se pierden cuanto se desliza por la madrugada.
El panadero suena su silbato
y ella ya está sentada tras la puerta
con la moneda exacta dentro del libro de las preces,
esperando la molienda del día.
Todos los días, a la misma hora.
A la misma hora en que padezco
de atonía muscular, de parálisis motora descendente.
Abuela abre la puerta
y cambia cinco pesos por la mitad de un pan.
El panadero modula la mitad
de la misma canción,
sin fallar nunca, sin olvidar la letra.
Es la única persona que afina para ella.
Hoy temo por el día en que abuela
no se siente a hacer tiempo,
a murmurar sus rezos;
que el panadero suene su silbato
y ella no acuda en busca de nuestra media hogaza;
que él no tenga a nadie para cantarle
la pequeña copla de su vigilia
y a partir de ese instante,
yo no despierte más.
 
 

Una vela temblorosa en el horizonte…

 

En la ducha nunca cierro los ojos.
Cerrar los ojos implica
tener que abrirlos súbitamente.
Abrirlos súbitamente es asustarse,
ver algo o alguien
que haya estado escondido tras la gran cortina,
la cortina que parece un mar
y tiene un barco misterioso.
Cuando el agua de la ducha enjuague mi cabeza,
debería dejar que caiga ojos adentro,
que el champú aguijonee
en lo más recóndito de mis pupilas.
Nunca cerrar los ojos: podría asechar
algo o alguien detrás del gran dosel
como ha pasado en esos thrillers
donde la bañera es siempre blanca
y la cresta azul de la cortina envuelve la inmundicia,
el mal que no muestra sus contornos
hasta el exacto punto
en que los ojos virtualmente se abren…
Tales pensamientos me agobian,
pero en verdad el agua de mi baño
está siempre demasiado fría o muy ardiente
y me veo apremiada a congelarme o escaldarme,
y me veo impedida de pensar en otra cosa
que no sea encoger la cortina,
tan común, tan vendida en las tiendas,
con una falsa marina que muestra un horizonte,
detrás de la cual no existe
más que el espejo roto del viejo botiquín.
 
 

Óttepel…

 

Miro el tiempo escapar
en el deshielo de ese haier que nos “donó”
la campaña de superioridad del Gran Tinglado,
y pienso que la revolución pudo ser otra cosa.
Veo que el tiempo no hace arqueos de culpa
ni le importa un carajo el estoicismo, la bandera prohibida,
los refugiados al borde de la línea de fuego,
mientras otro cuerpo físico, otra atma, otra budhi,
desmonta los hielos poderosos,
y el tiempo se escabulle tan lejos como puede
con esa prontitud de escarcha desmembrándose
gota a gota en la nevera nacional,
heroína de la República, hecha de acero como Iósif Stalin,
y pienso que la revolución puede ser otra cosa;
que el derretimiento puede ser conmemorable,
si el tiempo lo permite,
como la política de  d e s e s t a l i n i z a c i ó n,
la independencia de los presos de Gulag,
o la avenencia con los imperios occidentales;
que óttepel es más que un término soviético,
un tomo dedicado a Jrushchov por Ilyá Ehrenburg…
Dentro, el enervado pollo no habita en solitario:
está lleno de cruces, miserias y fluxiones,
simulacros de colas sin final.
Hígado casi pútrido, filetes perciformes,
todavía identificables, se reblandecen,
dispensan sus olores profundos
y el excedente de agualeche puesta a fuego muy lento,
producida con polvo de bodega y memorias gastadas,
sigue allí, sigue burlándose de todos
como falacia a fin de cuentas, como timo.
Descongelado el haier: agua por todas partes,
otra maldita circunstancia,
el tiempo que se escapa gota a gota.
 
 

Tienda de artículos infantiles…

 

Del otro lado del cristal, el set:
animales de goma incitando a ser tocados,
a ser definitivamente poseídos…
Nosotros más acá, creyendo aún.
Paquidermo purpúreo…
La ilusión simuló, nos jugó trampas.
Felis silvestris catus color rosa…
Era un acto espontáneo,
un querer-y-pagar sin otros fines. 
Anfibio verde-azul...
Sin embargo la culpa sí fue nuestra;
imaginamos que algo podía cambiar,
que no habría más duelo a los caídos…
Anas discors  cerúleo.
Confiamos en la perfección de la virtud,
en la utilidad del ser sin negación.
Agnatos cárdeno… Pedimos
uno de cada uno. El embrión crecía,
iba llenando espacios en mi hermana,
y a través de su ombligo podía pretender…
Quiero todos: el elefante, el gato,
la rana, el pato, el pez...
Daría escuetamente esos nombres
a aquellos juguetes de mucílago,
pequeños artificios de la infancia.
Era simple, ¡tan simple!
No había que reconquistar el sistema planetario,
descifrar las tablillas acadias,
levantar otro muro en el Bloque del Este.
No vivíamos la época micénica,
ni la Organización Mundial de la Salud
tenía que lanzar un ultimátum;
solo un querer-comprar sin disyuntivas…
Pero rió la vendedora y cada kilogramo de carne
cayó en el mostrador, diagonalmente.
Solo uno, un artículo por feto, dijo,
estribada en el semblante de mi hermana,
perforándonos... Y la niña dentro de mi hermana
lloró a través del cordón umbilical:
ya la ataban de ojos y de arterias,
la condenaban a ser fragmento-pieza-un trozo más.
Rió la vendedora y desprendió del talonario
la palabra juguete
como si nos hubiese librado del Tercer Reich,
como si hubiese hecho un descubrimiento en el Valle del Rin,
como si acabara de inventar la vacuna del ántrax.
Y aún preguntó si nos quedaban dudas.
 
 

Parque de diversiones…

 

Nunca aprendí a confiar
en el niño que operaba la tarima girante…
Apareció en un bajorrelieve del Imperio Bizantino
el primer tiovivo de la historia,
y cuando pienso en la vieja Constantinopla
no paso por alto su decadencia,
no ceso en el intento de sospechar.
Debe ser precisamente sospechar.
Sobre el tiempo se derramó la arena,
(la sílice no fue sino un camino hurtado a la memoria)
y en mi sitio yo intentaba reunir las dos corazonadas,
siempre como caer, como morder el miedo.
Nunca aprendí a fiarme: carrusel significa “una batalla”,
aunque pequeña el otro había vencido,
su salva era operar la plataforma,
mi hito era pensar en la palabra
que describe una acción de entrenamiento,
pensar en los cruzados, en su caballería delirante.
Debe ser tal razón. El caso es que no aprendí a confiar.
Quizás hubo otro niño que también quiso tocar el sol,
deshilacharlo en un soplo de arenas luminosas.
Tal vez el hierro es entelequia.
Tal vez tampoco hay noria o discos voladores,
el otro niño no existió y ese mar de virutas no está bajo mis pies,
socavando en el tiempo.
Quizás fue solo eso: no aprender a confiar en otro niño.
No aprender a confiar.

 

Anisley Miraz
Anisley Miraz Lladosa

(Cienfuegos, 1981). Narradora, poeta y artista de la plástica. Egresada del Centro Onelio Jorge Cardoso y graduada en Diseño Gráfico por la Academia de Artes Plásticas “Oscar Fernández Morera”, de Trinidad. Tiene publicados, entre otros, los libros Proyectos para un día en la isla (Ed. Luminaria, 2004), Runas de papel (Ed. Sed de Belleza, 2013), Anfiteatros (Ed. Letras Cubanas, 2015) y Rotten Gold (Ed. Aldabón, 2020). Diversos poemas suyos se encuentran en múltiples antologías de Cuba y el extranjero.

Comentarios:


Anónimo (no verificado) | Dom, 27/06/2021 - 02:31

Excelente poeta, Anisley.

Saúl (no verificado) | Dom, 27/06/2021 - 02:33

Gracias por estos poemas tan dolorosos. Tan reales...

Karla (no verificado) | Dom, 27/06/2021 - 13:24

"Quizás solo fue eso: no aprender a confiar en otro niño.

No aprender a confiar".

 

Así es, qué dura realidad la de la vida

Raúl (no verificado) | Lun, 28/06/2021 - 16:32

Muy buenos poemas! Felicidades para Anisley!

Elizabeth Groning (no verificado) | Lun, 28/06/2021 - 20:49

Fue eso, definitivamente... No aprender a confiar...

Anisley Miraz (no verificado) | Lun, 28/06/2021 - 20:51

En efecto, son poemas que duelen, por sus circunstancias, por la cruda certeza de lo irremediable... Y son tristes... Estos, mis hijos, para ustedes...

Gracias miles a Árbol Invertido!!!!

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