"Muerte de Maceo", pintura de Armando García Menocal.
"Muerte de Maceo", pintura de Armando García Menocal.

Cuando este 31 de diciembre se cumple otro aniversario de Heredia, el gran poeta cubano, publicamos "Himno del desterrado" y otros poemas. Repasando la búsqueda de la Libertad en la poesía cubana.

Uno de los principales valores de la poesía radica en su capacidad de readaptación a nuevos contextos, a nuevos tiempos y aconteceres en los cuales sus conceptos, tratamientos y temas, pueden sostener o ganar múltiples equivalencias.

Buena parte de la obra de José María Heredia (nacido en Santiago de Cuba el 31 de diciembre de 1803; y muerto en Toluca, México, el 7 de mayo de 1839, considerado el primer poeta romántico de América), posee hoy una vigencia tan cuantiosa como la que poseía hace doscientos años.

Considerado el primer poeta romántico latinoamericano, Heredia también abrió las puertas a dos vertientes de importancia capital dentro del mapa poético de la Isla: la poesía revolucionaria y la poesía del destierro.

Heredia, al decir del poeta y crítico Ángel Augier, “logró condensar los sentimientos y las aspiraciones más plenas de la conciencia cubana en formación”;[1] y dichos sentimientos estuvieron ligados al desarrollo del pensamiento independentista a tal punto, que José Martí llegó a expresar que Heredia “había despertado en [su] alma, como en la de los cubanos todos, la pasión inextinguible por la libertad”.[2]

Y esa ansia de libertad tan vital en la poesía de Heredia, compuesta por un deseo indómito de ver a Cuba librada de tiranos y el profundo dolor de observar al pueblo esclavizado e inoperante, pueden recontextualizarse hoy en cada uno de los padecimientos que viven los cubanos de dentro y fuera de la Isla. Parecen, por su contenido, escritos hoy, los versos de “La estrella de Cuba”, cuando reza: "Que si un pueblo su dura cadena /No se atreve a romper con sus manos, /Bien le es fácil mudar de tiranos, /Pero nunca ser libre podrá".

Sirva pues, esta breve selección de sus poemas, para enarbolar los sentimientos de libertad y justicia, tan caros a todos los seres humanos.

Heriberto Machado

 

LA ESTRELLA DE CUBA

 

¡Libertad! ya jamás sobre Cuba

Lucirán tus fulgores divinos.

Ni aún siquiera nos queda ¡mezquinos!

De la empresa sublime el honor.

¡Oh piedad insensata y funesta!

¡Ay de aquel que es humano, y conspira!

Largo fruto de sangre y de ira

Cogerá de su mísero error.

 

Al sonar nuestra voz elocuente

Todo el pueblo en furor se abrasaba,

Y la estrella de Cuba se alzaba

Más ardiente y serena que el sol.

De traidores y viles tiranos

Respetamos clementes la vida,

Cuando un poco de sangre vertida

Libertad nos brindaba y honor.

 

Hoy el pueblo, de vértigo herido,

Nos entrega al tirano insolente,

Y cobarde y estólidamente

No ha querido la espada sacar.

¡Todo yace disuelto, perdido...!

Pues de Cuba y de mí desespero,

Contra el hado terrible, severo,

Noble tumba mi asilo será.

 

Nos combate feroz tiranía

Con aleve traición conjurada,

Y la estrella de Cuba eclipsada

Para un siglo de horror queda ya.

Que si un pueblo su dura cadena

No se atreve a romper con sus manos,

Bien le es fácil mudar de tiranos,

Pero nunca ser libre podrá.

 

Los cobardes ocultan su frente,

La vil plebe al tirano se inclina,

Y el soberbio amenaza, fulmina,

Y se goza en victoria fatal.

¡Libertad! A tus hijos tu aliento

En injusta prisión más inspira;

Colgaré de sus rejas mi lira,

Y la Gloria templarla sabrá.

 

Si el cadalso me aguarda, en su altura

Mostrará mi sangrienta cabeza

Monumento de hispana fiereza,

Al secarse a los rayos del sol.

El suplicio al patriota no infama;

Y desde él mi postrero gemido

Lanzará del tirano al oído

Fiero voto de eterno rencor.

 

 

PROYECTO

 

De un mundo débil, corrompido y vano

Menosprecié la calma fastidiosa,

Y amé desde mi infancia tormentosa

Las mujeres, la guerra, el Oceano.

 

¡El Oceano…! ¿Quién que haya sentido

Su pulso fuertemente conmovido

Al danzar en las ondas agitadas,

Olvidarlo podrá? Si el despotismo

Al orbe abruma con su férreo cetro,

Será mi asilo el mar. Sobre su abismo,

De noble orgullo y de venganza lleno

Mis velas desplegando al aire vano

Daré un corsario más al Oceano,

Un peregrino más a su hondo seno.

 

Y ¿por qué no? Cuando la esclava tierra,

Marchita y devorada

Por el aliento impuro de la guerra,

Doblando al yugo la cerviz domada,

Niegue al valor asilo,

Yo en los campos de piélago profundo

Haré la guerra al despotismo fiero,

Libre y altivo en el sumiso mundo.

De la opresión sangrienta y coronada

Ni temo el odio, ni el favor impetro.

Mi rojo pabellón será mi cetro,

Y mi dominio mi cubierta armada.

 

Cuando los aristócratas odiosos,

Vampiros de mi patria despiadados,

Quieran templar sus nervios, relajados

Por goces crapulosos,

En el aire genial del Oceano,

Sobre ellos tenderé mi airada mano,

Como águila feroz sobre la presa.

Sufrirán servidumbre sin combate,

Y opulento rescate

Partirán mis valientes compañeros.

 

Bajo del yugo bárbaro que imponen

A la igualdad invocarán: vestidos

Con el tosco buriel de marineros

Me servirán cobardes y abatidos.

Pondré a mis plantas su soberbia fiera,

Temblarán mis enojos,

Y ni a fijar se atreverán los ojos

Sobre mi frente pálida y severa.

 

ODA

 

¡Cuba! ¡Cuba! ¿y tú callas?… ¡Ay! ¿Esperas

A que el torrente atroz de tu conquista

Ruede sangriento sobre ti? ¿No sabes

Que siempre aumenta su raudal funesto

Un diluvio de lágrimas?… ¿O quieres,

Con tu abandono y ceguedad horrible,

Que en vano el mar te ciña al occidente

Y a oriente y norte y sur? ¿Sola entre tantos,

En vez de alzar a libertad altares,

Mudarás de señor? ¿Serán tus hijos

Los ilotas de América? ¡Funesto

Como inminente porvenir! ¡Oh patria!

Por doquiera las brisas del Oceano

Te dicen ¡Libertad! Si tus oídos

Cierras más al clamor, vendrán las armas

Y te despertarán. Los pueblos fuertes,

Que han sacudido el ominoso yugo,

No necios sufrirán que los tiranos

Más acá del Atlántico conserven

Su guarida final. Si tú, insensata,

Amas la esclavitud, serás esclava:

Mas de ellos no serás. Lanzas y naves,

Y corazones fieros y valientes

Se aprestan contra ti. Contra su furia,

¿Quién tu escudo será? Tal vez los flacos,

Que huyendo de los libres se acogieron

A tu recinto, do tendido en torno

Los amparase el mar. Álzate ¡oh Cuba!

Y con tu independencia, generosa

Abre la senda a tu poder y gloria:

O pide al mar que férvido amontone

Las olas sobre ti, y así te guarde

De las calamidades vergonzosas

Y de la esclavitud y eterna infamia

Que te prepara tu impotencia indigna.

 

 

HIMNO DEL DESTERRADO

 

Reina el sol, y las olas serenas

Corta en torno la prora triunfante,

Y hondo rastro de espuma brillante

Va dejando la nave en el mar.

 “¡Tierra!” claman: ansiosos miramos

Al confín del sereno horizonte,

Y a lo lejos descúbrese un monte...

Le conozco... ¡Ojos tristes, llorad!

 

Es el Pan... En su falda respiran

El amigo más fino y constante,

Mis amigas preciosas, mi amante...

¡Qué tesoros de amor tengo allí!

Y más lejos, mis dulces hermanas,

Y mi madre, mi madre adorada,

De silencio y dolores cercada

Se consume gimiendo por mí.

 

Cuba, Cuba, que vida me diste,

Dulce tierra de luz y hermosura,

¡Cuánto sueño de gloria y ventura

Tengo unido a tu suelo feliz!

¡Y te vuelvo a mirar...! ¡Cuán severo

Hoy me oprime el rigor de mi suerte!

La opresión me amenaza con muerte

En los campos do al mundo nací:

 

Mas ¿qué importa que truene el tirano?

Pobre, sí, pero libre me encuentro:

Sola el alma del alma es el centro:

¿Qué es el oro sin gloria ni paz?

Aunque errante y proscrito me miro

Y me oprime el destino severo,

Por el cetro del déspota ibero

No quisiera mi suerte trocar.

 

Pues perdí la ilusión de la dicha,

Dame ¡oh gloria! tu aliento divino.

¿Osaré maldecir mi destino,

Cuando puedo vencer o morir?

Aún habrá corazones en Cuba

Que me envidien de mártir la suerte,

Y prefieran espléndida muerte

A su amargo, azaroso vivir.

 

De un tumulto de males cercado

El patriota inmutable y seguro,

O medita en el tiempo futuro,

O contempla en el tiempo que fue,

Cual los Andes en luz inundados

A las nubes superan serenos,

Escuchando a los rayos y truenos

Retumbar hondamente a su pie.

 

¡Dulce Cuba! en tu seno se miran

En su grado más alto y profundo,

La belleza del físico mundo,

Los horrores del mundo moral.

Te hizo el Cielo la flor de la tierra:

Mas tu fuerza y destinos ignoras,

Y de España en el déspota adoras

Al demonio sangriento del mal.

 

¿Ya qué importa que al cielo te tiendas,

De verdura perenne vestida,

Y la frente de palmas ceñida

A los besos ofrezcas del mar,

Si el clamor del tirano insolente,

Del esclavo el gemir lastimoso,

Y el crujir del azote horroroso

Se oye sólo en tus campos sonar?

 

Bajo el peso del vicio insolente

La virtud desfallece oprimida,

Y a los crímenes y oro vendida

De las leyes la fuerza se ve.

Y mil necios, que grandes se juzgan

Con honores al paso comprados,

Al tirano idolatran, postrados

De su trono sacrílego al pie.

 

Al poder el aliento se oponga,

Y a la muerte contraste la muerte:

La constancia encadena la suerte;

Siempre vence quien sabe morir.

Enlacemos un nombre glorioso

De los siglos al rápido vuelo:

Elevemos los ojos al cielo,

Y a los años que están por venir.

 

Vale más a la espada enemiga

Presentar el impávido pecho,

Que yacer de dolor en un lecho,

Y mil muertes muriendo sufrir.

Que la gloria en las lides anima

El ardor del patriota constante,

Y circunda con halo brillante

De su muerte el momento feliz.

 

¿A la sangre teméis...? En las lides

Vale más derramarla a raudales,

Que arrastrarla en sus torpes canales

Entre vicios, angustias y horror.

¿Qué tenéis? Ni aun sepulcro seguro

En el suelo infelice cubano.

¿Nuestra sangre no sirve al tirano

Para abono del suelo español?

 

Si es verdad que los pueblos no pueden

Existir sino en dura cadena,

Y que el Cielo feroz los condena

A ignominia y eterna opresión,

De verdad tan funesta mi pecho

El horror melancólico abjura,

Por seguir la sublime locura

De Washington y Bruto y Catón.

 

¡Cuba! al fin te verás libre y pura

Como el aire de luz que respiras,

Cual las ondas hirvientes que miras

De tus playas la arena besar.

Aunque viles traidores le sirvan,

Del tirano es inútil la saña,

Que no en vano entre Cuba y España

Tiende inmenso sus olas el mar.

 

[1] Angel Augier en prólogo a: José María Heredia: Obra poética, Editorial Letras Cubanas, p. XXI

[2] Citado por Angel Augier en: Ob. cit., p. XXI

Poeta cubano José María Heredia
José María Heredia

(1803-1839). Poeta cubano nacido en Santiago de Cuba, donde habían recalado sus padres provenientes de Santo Domingo. Su vida estuvo condicionada por la trashumancia, la agitación política y el destierro. En 1823, tras residir dos años en la Isla, fue denunciado por conspirar contra la dominación española, y evadió la prisión embarcando clandestinamente del puerto de Matanzas hacia Boston. Después de residir dos años en Nueva York, se trasladó a México, donde realizaría una fecunda labor jurídica y literaria. En 1836, envuelto en una actitud de desaliento, agravada por la muerte de su hija Julia y el quebranto de su salud, hizo retracción pública de sus ideales independentistas, y obtuvo el permiso para regresar a Cuba, donde residía su madre. Dicha visita duró solo cuatro meses y estuvo marcada por el rechazo de sus antiguos amigos que desaprobaban su conducta. De vuelta en México, murió de tuberculosis, tres años más tarde, en la ciudad de Toluca.

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