Viaje interior en y contra los paisajes de lo cotidiano

Sacerdote bendice a un niño en el campo. Foto: Ferriol Grasso

Desperté asqueado con sensación de rabia, una rabia mezclada con cruda, aquella de la bo­rrachera del dolor tan cotidiano. Mis sentimientos, embarrados de angustia, miedo y temor, todos aquellos colores de lo militar, aplastaban mis esperanzas. Todo aquello que no permite vivir, nos empuja a huir y viajar fuera del mundo.

Como asustado, me alejé del espejo. Quería irme más allá del dolor, creer que era posible salvar mi esperanza, alejarla y protegerla de esta rabia construida por el exterior. Viaje al interior de mi cuerpo. Presentía que mis pensamientos eran otros, más allá del terror anun­ciado desde hace ya algunos años en la «utopía neoliberal». Rebelde mi alma no se dejaba atrapar por las imágenes reales. Seguía insistiendo que fuéramos más allá de lo visible del espejo, ese reflejo que volvía confuso mi pensamiento, escalofriado por la muerte rondando. Necesitaba irme lejos. Mis emociones intuían que era posible pensar otro mundo, otra reali­dad que sus verdades de la Sociedad del Espectáculo y la imagen manipulada de los medios de comunicación.

Conforme nos alejábamos lejos del mundo, mis pensamientos, mi alma y mi cuerpo adolo­rido, aparecían otras imágenes, más sublimes y/o maravillosas, invisibles ante el mundo. Era el No de las resistencias del pasado, de los muertos que seguían gritando desde el más allá. Se deslizaban, para aconsejarnos que nos cuidáramos, que los monstruos del poder no per­donan, ya que aplica la ley racionalizada por el mercado y la explotación.

Percibía que las manifestaciones de protesta contra la violencia del mercado, inscritas en mi cuerpo y alma, se volvían revelaciones contra los discursos legitimadores de militarización y Guerra Santa contra nosotros, enemigos de su civilización y democracia versus-violencia-muerte. Notaba que el mundo interiorizado del nos-otros, de los excluidos, dominados y fragmentados por el poder en el mundo moderno, volvía a escucharse desde mi interior. Era el grito de un No colectivo. Sentía que ese No era algo más que mi conciencia adolorida. Era el reflejo de otras conciencias colectivas aplastadas por el poder y cinismo de las sonrisas de gobernantes protegidos por la ley de su Guerra Justa contra terroristas, narcotraficantes y guerrilleros.

Alejada de los males de la caja de Pandora, mi esperanza volvía a nacer. Comenzaba a respirar tranquilamente. Mi mirada se esclarecía. Me daba cuenta. Mi dolor estaba ligado a un No simétrico contra el poder. Ese No se encontraba en el centro de las políticas de endureci­miento de las lógicas de dominación, una violencia con medios y fines declarados y legitima­dos mediante las in-coherencias de las leyes. Mi viaje ya no era un ir más allá del mundo, sino en el centro mismo del miedo de los gobernantes administrando las lógicas del dinero y poder. Mi dolor y rabia volvían a preguntarse. Nos respondimos junto a millones de hombres y mujeres. Todos aquellos que reflexionan y piensan las falsedades que los destruyen, para qué se alejan las quimeras del Capital y toman fuerzas para sacrificar su yo personal, esa mascara del individualismo.

Tomaba conciencia que penetrar los túneles de la soledad del exilio, del asco de la vida, im­plicaba, paradójicamente, abandonar, las promesas de seguridad como condena, como mise­rables. Mi miedo a las penumbras de la soledad y del silencio se volvía la luz como umbral. Mi viaje espiritual se volvía placentero. El alejamiento me permitía actuar en el centro del escenario, movía los muebles del escenario dis-puestos por los medios de comunicación. Dejaba de ser fantasma e imaginarios de otro mundo virtual. Ya no solamente era resistencia, sino estrategia de organización en la vida cotidiana, pensar cómo luchar contra la violencia.

Es aquí, quizás, donde podemos resaltar la lección de la tragedia del heroísmo, del suicidio, del ya basta! Es precisamente la eficacia simbólica del espectáculo de lo Mismo sobre noso­tros, donde nos re-conocemos como víctimas en la ausencia, el viaje a otro mundo, fuera de las consecuencias de miserabilidad y destino, donde el atrevimiento de la duda se vuelve re-conocimiento y aceptación de violencias que pesan sobre nosotros mismos, como sentidos profundos de corrientes procedentes de la tragedia histórica. Así, es el hacer de los actores que desean y aspiran otro mundo. Da otra lección de la tragedia, justamente en el momento del espectáculo simbólico y doloroso de la lucha, en el momento de saber que somos parte del horror del mundo, pero también la esperanza de otro mundo.

Ese instante del deseo se manifiesta en todo momento de lo cotidiano, muchas de las veces, inapercibido. No obstante se expresa en nuestra histeria, nuestra esquizofrenia y paranoia. Somos producto de la sociedad, una sociedad fragmentada por el Capital y sus retenes de muchas índoles. Sin embargo, aun y frente a su presencia, soñamos despiertos. De otra ma­nera, moriríamos de insomnio, sin la esperanza de otro mundo. Viajamos en una carretera más allá de la realidad. Miramos montañas y horizontes. Pensamos en el mar, en las olas de la metafísica, aquella con la cual Aragón mecía a los niños antes de crecer. En un  sillón (entre-dormidos), una hamaca o una silla, adoloridos por el trabajo y su miserable salario, tan pronto consumido, soñamos y deliramos posibilidades de viaje, de cambiar el paisaje del horror de los discursos del poder. Esos delirios y viajes impulsan a los «locos» de la tierra, los inadaptados, desviados, los que diariamente gritan en el supermercado mundial por qué, mal vestidos y apestando la sociedad de la vida, no alcanzan ni para sobrevivir.

Pulsaciones del corazón, las insatisfacciones ritman y nos empujan a ir adelante, ir más allá. Como héroes kafkeanos o prometeicos, hay que enfrentar el destino anunciado por los dio­ses. Pensando con Marcel Proust, nuestras negatividades son tiempos del presente, tiempos agitados por eternales búsquedas de tiempos perdidos en lo caminado y el por caminar con la esperanza. Ante la indefinida continuidad de la pregunta sin fin del dolor de lo perdido o no conseguido (pensamos en Nietzsche), hay que tomar parte activa de nuestro rechazo. Dialécticamente y negativamente, tenemos que robar el fuego para construir otra vida y mundo, para dejar de ser esclavos. «Para un romántico 'en tiempos de penuria', como tuvo que serlo el joven Nietzsche, el único estado de ánimo que podía expresar esa sintonía pro­funda entre el sujeto y objeto era el weltschmerz, el dolor por el mundo como dolor del mundo» (Echeverría, 1998: 23).

Así, frente al destino anunciado en la condena del imperio institucional de las ideas, lo em­pírico del miedo a la represión, hay que hacer algo. Esa es la única e-lección del deseo. La certidumbre de decir no, es ya haber dicho si a la aspiración. La esperanza es una potenciali­dad para realizar los deseos, se une a los sueños que siempre van más allá de lo alcanzado. Todo comienza desde el soplo del placer instantáneo, desde la primera mirada para irnos del mundo, pues lo odiamos con la rabia acumulada en las desdichas.

La imaginación recorre caminos del inconsciente, busca cumplir su satisfacción contra la insatisfacción del instante, construye castillos en los aires del tiempo para protegerse de los espejismos del imperio fantasmagórico de la mercancía. Somos quijotes cabalgando y enfren­tando molinos que impiden alcanzar objetivos pro-puestos en la imaginación.

Entonces, en un primer momento y en medio del dolor, nos alejamos de la utopía concreta del mundo feliz, racionalización y enajenación fetichista dominante del mito de la mercancía y sus crisis financieras. En nuestra histeria y narcisismo de la verdad, el alejamiento del sufri­miento, como dolor, se impone. Imaginamos un más allá de la realidad, otro mundo que aquel imponiendo la sobre-vivencia. Sabemos que pertenecer en la enfermedad del sistema, reflejada en nuestros cuerpos y pensamientos, nos atrapará en las redes de la represión, la ley, su violencia, pero movilizamos el imaginario. Juntos, con otros condenados de la tierra (Fa­nón), establecemos vínculos colectivos de esperanza, cabalgamos en medio de de-ciertos del mundo de la televisión vulgarizada. Con el pensamiento y la crítica al mundo, huimos a otros lugares, nos exiliamos en búsquedas, unimos esperanzas con otras perspectivas, todas frag­mentadas por el multiculturalismo de la posmodernidad fetichizada.

Por lo tanto, los gritos de rebeldía no se explican solamente en las autonomías locales, en los aislamientos y fragmentaciones de la identidad, encerrados entre cuatro paredes del mudo-dialogo del televidente, ni en las selvas paradisiacas del turismo verde y comunitario (tratando de salvar la conciencia ante la ley del mercado), tampoco en el nihilismo de las montañas mágicas de la muerte y condena. A pesar de todo, del yo, del ellos y de la fragmentación, se levantan puentes, se rompen cadenas, las del localismo e individualismo.

Para no morir asesinado en el silencio de la soledad y abandono, tenemos que salir de noso­tros mismos, enfrentarnos a nuestros propios pensamientos de «derrotas», «fallos», «errores» del pasado. Para romper con la aceptación de la fragmentación e identificación de la condena, desde la autonomía como forma de oposición, los vencidos construimos nuestro tiempo de ruptura, el de la resistencia. Imaginamos otro mundo, re-nacemos con nuestros muertos de las catatumbas, nos levantamos y nos engrandecemos con las comunidades originarias. Como los primeros hombres, soñamos y organizamos nuestros deseos.

Entonces podríamos decir que no escogemos el Exilio para nunca regresar al mundo. Ha­cerlo sería caer en el suicidio inmediato como negación del mundo. Lo importante del ins­tante de nuestro tiempo de reflexión y asco es encontrar nuevos caminos para salir de lo negro del mundo. Siguiendo con la metafísica propuesta en las huellas poéticas de Baudelaire (1961:303-304), inscrita en el mundo presente de violencia (no existe otro), siempre habrá una afirmación de alejamiento y exilio, pensando y buscando otro lugar que las neurosis identitarias de la guerra cotidiana. No importa cuál, pero para vivir y soñar siempre hay que viajar, especular e imaginar fuera del mundo de los escalofríos cotidianos. Queremos partir, ir lejos, muchas veces sin rumbo alguno, pero donde sigamos imaginando y pensando otro mundo. Es como una higiene necesaria en la sociedad del vértigo, y el índex de la sociedad del terror, enunciada por Theodor Adorno. También podría ser, como nos lo sugiere Bau­delaire, el enfermo en el hospital deseando no morir. Para este poeta, la vida es un hospital donde cada enfermo esta poseído por el deseo de cambiar de cama, que siempre estuviéra­mos bien, allá, donde no estamos, y esa cuestión de cambio, como Baudelaire, la discuto continuamente con mi alma. Este es el punto de partida, la cuestión esencial del ser y no ser, del movimiento, no-estar sin futuro ni cambio.

 

Bibliografía:

Bolívar Echeverría, Utopía y valor de uso, México, Siglo XXI, 1998.

Charles Baudelaire, Euvres completes, París, Gallimard, 1961.

Frantz Fanón, Les damnés de la terre, París, La Decouverte, 2002

Theodor Adorno, Dialectique négative, París, Payot, 2001.

Alfredo Nicolás

(Cama­güey, 1964). Poeta, narrador, ensayista literario y perio­dista independiente. Licenciado en Lengua y Lite­ra­tura His­pá­nicas por la Universi­dad de La Ha­bana en 1991. Fue fundador de la revista Pro­posiciones de la desapa­recida Fundación Pablo Milanés. Ha colabo­rado en las revis­tas Alforja Poe­sía y La Voz de Coahuila, México. Es miembro del Ta­ller de la Crea­ción Poética de la Fundación Nicolás Guillén. Su obra poética aparece en Memoria del encuen­tro de poetas del mundo (Edi­ciones el Ermitaño, Se­minario de Cultura, CONACULTA, 2011). Tiene una licenciatura en Historia del Arte, por la Universidad de La Habana en el 2009, y una Maestría en Etnolo­gía de la Fundación Fernando Ortiz. Ha tomado cur­sos en el Centro de Estudios Orientales sobre los asen­tamientos de los árabes en Cuba. Ha publi­cado Pa­labras mágicas de un poeta (2010), por la Colección Palabras del Oráculo, que di­rige el poeta Cesar Toro Montalvo en Lima-Perú, y Sonetos de amor y otros poemas (Editorial Almadia, 2011).

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