Miembros del movimiento  San Isidro.
Activistas y miembros del Movimiento San Isidro. | Imagen: Facebook

"Lo que comenzó en San Isidro, con 14 personas ejerciendo un derecho universal a la protesta y al disenso, ha logrado replicarse, despertando sectores menos dañados por años de parálisis y desidia".

La violencia de Estado, si bien está patentada desde la propia toma del poder en 1959, con una larga lista de asesinatos, fusilamientos, desapariciones y hundimientos en toda la historia oculta de la Revolución, ahora se visibiliza/viraliza gracias a las redes sociales: la única arma que poseen los jóvenes y ya no tan jóvenes que disienten con el gobierno. Son las redes las únicas plataformas que han quedado para dimensionar el estado real del incumplimiento de los derechos humanos en la isla.

En la isla, llevamos años pidiendo pequeñas reformas, todas escondidas en sugerencias. Hemos solicitado una y otra vez una participación, y esto ha sido vetado por el Estado. Las sugerencias terminaron convirtiéndose en demandas y exigencias a grito de pulmón. La más alta y clara se escucha, sobre todo, cuando la policía política apresa muchachos que intentan expresarse en la calle; entre golpes, arrastres y forcejeos, solo alcanzan a gritar: ¡Libertad para Cuba! Mientras haya un solo cubano que no tenga total libertad de movilidad, expresión, pensamiento y creación: Cuba no será un país libre. La libertad no debe ser entendida desde conveniencias, ni interpretada solo para algunos contextos, ni siquiera puede ser exclusiva en ningún sentido porque atenta contra su propia naturaleza. La libertad tiene que erigirse por encima de cualquier ideología e incluso, por encima de las propias personas, debe ser una ley que ampare a todos en un país para todos.

Pero un gobierno como el cubano: oligárquico; hasta el 2018 diría casi monárquico, siempre dictatorial: no se permite ni se permitirá jamás dialogar con el pueblo. El poder dicta: ¿quiénes forman parte del pueblo?, ¿cómo se hace un diálogo, ¿qué cosa es patria?, ¿quién vive libremente, quién muere lentamente? En un poder dictatorial no median ni terminologías ni leyes internacionales: el dictador inventa, define, adapta y tergiversa lo que sea necesario para sostener su poder, incluso pasando por encima de cualquier institución mundial. El pueblo es, de hecho, quien sostiene ese poder sin saberlo. El dictador mantiene al pueblo ocupado en sus necesidades básicas, hace que culpen de sus miserias y odien a un enemigo, siempre e(x)terno y que lo hacen responsable de toda la oposición que nazca en la isla. El dictador también hace las veces de un comunicador de intereses gubernamentales: enajena y desinforma de la realidad al pueblo. Pero ahora, en Cuba, cada día que pasa no queda otra opción que mendigarle a ese enemigo histórico: una recarga telefónica, unos dólares para comprar en tiendas "especiales" de moneda libremente convertible, envíos de comida, medicina, ropa, accesorios y toda clase de productos. Todo lo que no hay adentro, que es casi todo, se pide afuera. Aun así, el dictador insiste en el odio, en la doble moral, en la farsa y la hipocresía.

Lo que comenzó en San Isidro, con 14 personas ejerciendo un derecho universal a la protesta y al disenso, ha logrado replicarse, despertando sectores menos dañados por años de parálisis (sociales, corporales, espirituales), desinformación, tergiversación y mutilación de los derechos humanos. Los sucesos de San Isidro y todo lo que simbólicamente impulsó, es uno de los pasos más firmes en la historia de la lucha por los derechos humanos y la democracia. Las manifestaciones de artistas frente al Ministerio de Cultura y las réplicas de protestas aisladas al interior del país son las primeras expresiones de civismo luego de décadas de silenciamiento mediante sindicatos y organizaciones que responden al propio sistema totalitario y distorsionan en el miedo la verdadera voz del pueblo. A ese pueblo más dañado, más dependiente de la institución, que no ha encontrado una vida más allá de las pequeñas miserias que brinda el poder, es al que hay que despertar de la desidia.

Los gobiernos totalitarios hacen que los hilos se integren a un tejido adherido a una ideología específica: la socialista. Cuando además de totalitario ese gobierno es dictatorial, el tejido se adhiere tras el símbolo de una persona, un líder histórico. En estos tiempos, más que nunca, pienso cómo la gente grita ¡Yo soy Fidel! Me he sentado a pensar en esa consigna y no es una consigna cualquiera, es la última consigna. Esa consigna es el legado de un dictador: la diseminación de los poderes dictatoriales en cada persona, en las micro-políticas: la familia, el barrio y la ciudad. Terminan reproduciendo al gran dictador. Los que repudian, los que censuran, los que se burlan, los que llaman traidores a otros hermanxos, los que mutilan las protestas espontáneas (verdaderamente espontáneas), los extremistas (ambos extremos), los enloquecidos, los ególatras, los grandilocuentes, los que creen que su voz es la única válida, los hegemónicos, los violentos, los iracundos; todos ellos son parte de esa reproducción mimética del Gran Dictador, son parte del problema, dicen ser Fidel. 

El actual presidente Miguel Díaz-Canel Bermúdez, continuador del poder dictatorial de Fidel Castro, tuiteó:

«Quienes diseñaron la farsa de San Isidro se equivocaron de país, se equivocaron de historia y se equivocaron de cuerpos armados. No admitimos injerencias, provocaciones ni manipulaciones. Nuestro pueblo tiene todo el valor y la moral para sostener una pelea por el corazón de Cuba»

Este tuit reafirma el viejo odio contra el disidente sobre el que se ha fracturado esta sociedad durante décadas: con la Revolución todo, contra la Revolución nada. Alguien, postea en Facebook que se necesitan nuevas palabras para nuevos intelectuales. Creo que también se necesita una nueva revolución, con minúsculas, desde la pequeña historia, desde las minorías, que abarque al todo y a la nada sin marginar a ningún sector por su diferencia. No se necesita épica ni grandilocuencia ni fanatismo. Necesitamos respeto, retomar los valores martianos sobre la fraternidad y la equidad, de donde nunca tuvo que salir esta sociedad con todos y para el bien de todos. 

Donde el presidente escribe farsa, yo percibo una protesta genuina, tan genuina que ha logrado sumar a muchos en este corto camino. No creo que ningún cubano se haya equivocado de país, a menos que se use esa metáfora entre la Seguridad del Estado y los Ministros para expatriar y deportar a los cubanos disidentes. Donde el presidente habla de sus cuerpos armados temo por los cientos de cuerpos que solo pretenden usar las palabras para defenderse y sus teléfonos con la esperanza de que el mundo venga a socorrer. Yo veo peticiones de libertad, de cambio, de escucha. Donde él incita al repudio y a la lucha, debemos rescribir protestas pacíficas. Debemos rescribir con mayúsculas LIBERTAD, antes de que nos metan en una patrulla a todos.  

Presidente Díaz-Canel, las exigencias siguen siendo las mismas: No más violencia policial, no más odio político, que sean el amor y la poesía lo que una a este pueblo. Aun así, se empeña en el descrédito, en los actos de repudio y los cercos policiales. Convoca por televisión nacional a una "tángana" en el Parque El Trillo para reafirmar su poder blanco, su poder levantado sobre las minorías que margina y desentiende. La gente asiste obligatoriamente porque dependen de ese poder para existir. La gente asiste porque hacen uso de un privilegio ya concedido, no van a reclamar ningún derecho. Pero cada día somos más los que no necesitamos acreditación, militancia, carnets de partidos u organizaciones para existir plenamente. Cada día somos nosotros los que no necesitamos líderes ni dirigentes que promuevan el odio y la fractura en nuestra sociedad.

Se piensa en una Cuba fraterna. Se piensa, y eso basta para destruir ese tejido adherido a la maquinaria dictatorial del gobierno cubano.  

 

 

Marcelo-Sifonte
Marcelo Sifonte

San Juan de los Remedios, Santa Clara, 1990. Escritor y periodista queer cubano. Desde las lomas escribe sobre su isla-país.

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