Al infierno sometido

Bandera Cubana en puesto de venta
Bandera Cubana en puesto de venta. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

A Carlitos, su cuento.

Desde luego he conocido la desdicha como todos los hombres y he conocido también la dicha, como todos los hombres. Estuve en el infierno y el paraíso, como Dante, el cual señala como un hecho singular. Pero la verdad es que al cabo de un día todos hemos estado en algún momento en el paraíso y todos hemos estado en muchos momentos en el infierno. Y todos estamos quizás continuamente en el purgatorio. Jorge Luis Borges

 Me paseo por los bajos del doce plantas, aparentemente más light que un envoltorio de caramelo al viento. Las láguer que me tomé hace un rato en el Rápido de la esquina han dejado de combustionar en mi cabeza y todo alrededor recupera el gris acostumbrado. Reconozco esa inmunda realidad en la que me deshago cada noche y comienzo a aborrecer: el bisne y el billete sucio que derrocho en cervezas o cualquier otra porquería en la calle, la mugrosa cuartería donde malgasto mis horas junto al alcohólico de mi padre.

Extraño un mundo a la pura. Y todo por ese maldito cáncer que se la llevó en apenas semanas, hace poco más de un mes. La pobre, no hizo más que sufrir en sus últimos años por mi causa, llorando por los rincones, marchitándose por mi insensatez y esta cochina vida a la que me dejé arrastrar (arrastrándola a ella, además) por los socitos de turno.

A veces me entran unos deseos horribles de largarme bien lejos, donde nadie me imagine siquiera.

Si no fuera por lo insoportable del puro y su curda, ahora estaría en casa escuchando música o durmiendo; bien lejos de todo este desperdicio humano.

Por un lado, las puticas al acecho. En la que se cae. Te ven pasar y enseguida te van arriba, como a un grano de azúcar (de ahí el sobrenombre ganado entre los conocidos: sugar), ofertándose, mostrando sus tarifas, bajando sus precios. Ahorita se regalan, piensas. Y sigues caminando con ese terror a que uno de los cristales de las ventanas de los apartamentos se desprenda y te venga encima, pero que a nadie comentas, por temor a ser tildado de loco.

Apenas otros pasos y ahí están, como siempre, los mariconcitos con sus celulares, musiquitas babosas y las plumas, abrazados en las escaleras de los diferentes locales de venta en el primer nivel del multifamiliar edificio. Un furor enorme recorre tu cuerpo, casi lo devora, y no puedes evitarlo: los horribles deseos de vomitar que consigues contener gracias al sprint con que te alejas.

Al principio sí. Todo incitaba; despertaba tu atención. La locura por conocer, experimentar. Una carrera de velocidad en que la adrenalina se desbordaba muy dentro: a sus marcas, listos, fuera. Y era como que se perdía la cabeza y el cuerpo flotaba en un sinfín de emociones. Hasta que llega el momento en que ni uno sabe cómo ha venido a parar a toda esta cochambre. Y se siente arder en las llamas de ese infierno al que se encuentra sometido, sin imaginar siquiera qué diablos hacer para escapar.

Frente al Parque Martí, los chulitos y sus motos, las latas de cerveza y los canjes; el oro en el pecho, orejas, muñecas y dientes. Y los mamita, ven acá… Coño, qué nalguitas más ricas tú tienes.

—Sss, oye… Oye socio, ¿tienes pa encender? —me pregunta un chamaco, abrazado a una rubia preciosa, ambos risueños.

Le digo que no, que yo no fumo. Desde que me metí el pito de marihuana aquella noche de carnaval junto a la Puti y la Churra, por el que fuimos a dar al cuerpo de guardia y casi nos vamos del aire no he querido saber ni de cigarrillos H.Upmann.

Sigo hasta el bulevar. La música, demasiado alta para mí. Mejor paso la calle y me adentro en el parque. Concurrido, por cierto. Localizo un banco con la cara al doce plantas, no me gusta estar de espaldas al mundo. Aunque, pa la mierda que voy a ver. Acomodo un pie sobre el otro. Relativamente cerca, a mi izquierda, un grupo de adolescentes, tres parejitas, cantan en voz alta y se carcajean sin remiendos, a la par que se besan y acarician como si estuvieran en la más común intimidad. Así va el relevo, comento en un susurro. Y me entretengo unos segundos leyendo el cartel que hay en lo más alto del edificio, en las paredes del restaurante Solaris: Trabajamos por un futuro mejor.

En otro banco, unos metros a mi derecha, dos rockeras, con pulsos llenos de pinchos, parecen navegar por la Wi-Fi.

Alguien golpea mi cabeza por detrás. Me viro y descubro a Rauli el Tosco, con la cajeta afuera:

—¿Qué volá, sugar?

Y se sienta a mi lado sin pedir permiso, después de ofrecerme un trago de su Bucanero.

Me doy un paletazo y le devuelvo la lata. No me gusta tanto esta como la Cristal, mi preferida. Es menos amarga y un tin más clara. La disfruto más.

El Tosco pregunta qué me pasa, por qué estoy tan apartado de las láguer y las nenas. Yo le explico que hace solo un rato me eché par de ellas en el Rapidito que me pusieron a gozar.

Él se ríe con fuerza, con esa brutalidad que le caracteriza y usa para casi todo, y que tan mal me cae.

—¿Par de qué…? ¿De jevitas? —comenta en tono de burla y deja escapar una horrible carcajada.

—No, asere, no. De cervezas… —le digo y quedo en silencio, con cara de molesto, como quien no desea comentar ni escuchar nada más.

—Te estás poniendo viejo, man —se mofa otra vez y me da un puñetazo en el hombro izquierdo que me saca los ánimos. Los pocos que me quedan.

No le respondo. Para qué seguirle la rima. Si no nunca se va y no estoy pa él. En verdad, pa nadie.

Sin embargo, y como es habitual en ese tipo de personas que no pueden aguantarse la lengua, dice de sopetón, un tanto excitado:

—Chama,… ¿te enteraste? La Macorina, asere. Está jodía…

Y ahora sí se queda callado, seguro esperando mi reacción.

—¡¿Jodía?! ¿Qué invento es ese, Tosco? ¡Si esa loca hace rato se piró de Cuba! —le pregunto de inmediato, curioso y perplejo, dándole en el gusto, como si alguien o algo me lo pusiera intencionalmente en la boca. ¡Lo último de los muñequitos: yo un personaje de cuento o guión de televisión!

Y de golpe me viene a la mente la Macorina. ¡Qué hembra esa! Hace siglos que no nos pillamos. Seis o siete años, creo. Lo más reciente que supe de ella es que estaba por Italia con un yuma. Éramos yunta fuerte… Ahí sí no había escache: me hacía ofertas especiales… Na, que sin mucho cráneo me daba lo que yo quería. Se volvía loquita cuando ya encueros y bien calientes le decía con ritmo: ponme la mano aquí, Macorina. Aseguraba que le cuadraba muchísimo. Tienes un toque así… a lo Patrick Swayze, me respondía con lujuria. Recuerdo la última vez que nos cruzamos, fue en la disco La Cima, en los altos del Santiago-Habana, antes de irse para Varadero a luchar. Me invitó a unas cervezas y compartimos un rato. Casi repetimos la farra de otras veces, pero le cayó un machito de esos que suelta sin miedo el billete y tuve que ir tumbando. Cuando eso eran otros tiempos; yo apenas me iniciaba en este mundo y no tenía de dónde sacar…

—¡¿Ah, pero no te has echao pila aún?!... —me trae de regreso el Tosco—. ¡Qué fula, bróder!... Si eso lo sabe hasta el mismísimo Papa en el Vaticano, asere… —se carcajea y da un toque de cerveza. Mientras lo disfruta, vacila por unos segundos la lata—. Na… la Macorina está aquí, enferma de sida —dice por fin, como siempre, a quemarropa, con una tranquilidad que en ese instante me desconcierta tanto como la noticia. Y percibo cómo la palabra, las cuatro letras, le llenan la boca.

Quedo paralizado. Miles de ideas me asaltan de un tirón. Esto debe ser un invento suyo y lo que quiere es cogerme pal trajín. A ver, ¿cómo tranca se enteró?

—¡¿Qué coño es eso, asere?! ¡No juegues con esas cosas!

Pero él, tranquilo y seguro de lo que dice, no duda un segundo en agregar:

—Qué juego de qué, sugar… es la pura verdad… Regresó hace unos días del más allá y la vieron en el hospital… tiene el sida —y otra vez la palabra le llena la boca.

—¡No resingue, asere! —comento en alta voz.

Me pongo bembiblanco. Comienzo a sudar. Apenas hablo y me ahogo en un ataque de tos. Mi socio me da unas palmadas por la espalda:

—¡Chama!,… ¡¿qué te pasa?! Mira pa eso cómo te has puesto. Toma, date otro toque de láguer.

Le indico con mis manos que no quiero nada más.

Pienso en lo de la Macorina y me parece mentira. Con la cantidad de veces que templamos y justo ahora me detengo a sacar cuentas del riesgo tan grande que corrí. ¿Cómo sería ahora la jugada si en alguno de esos momentos de farras en que lo hicimos al strike, ella hubiera estado ya enferma? Me erizo de solo imaginarlo.

Verdad que esta vida es una basura. Es increíble lo asqueroso que es todo esto. ¡Una chamaca tan elegante, llena de vida como estaba y con un futuro tremendo!, me digo, medio atolondrado.

Pasan algunos minutos y parece que el sudor y la palidez van desapareciendo de mi rostro porque Rauli pregunta si me siento mejor. Aunque el salto en el estómago aún no se me quita.

Le digo que sí, pero él no se conforma.

—¿Seguro?

—Sí, chico, sí. Tranquilo, mierma. Debe haber sido el sándwich que me comí hace un rato junto a las cervezas. Lo que me siento en el buche es un volcán —le invento. De todas formas, estoy convencido, va a decir sus sandeces por ahí. Que si estoy sensible y me amarillo to cuando me hablan de esas pendejadas de las enfermedades, y cosas así.

—Asere, estás flojito... Vamos a tomarnos una soda de limón. Dale... Dice mi pura que eso es buenísimo para el malestar de barriga —asegura.

Pero me rehúso:

—No, no hace falta... De verdad que no, chama. Ve tú si quieres —trato de deshacerme de él. Ahora lo que necesito es estar solo para pensar mejor. La noticia de la Macorina me ha dejado sin cabeza. Cada vez me convenzo más de que esto...

—Bueno, mano. Voy en tumba…—me interrumpe Rauli y da un manotazo en mi rodilla derecha—. Que yo sí ando en caza de las nenas, sabes.

Y se para en un santiamén.

—¡Recuerda usar condón! —casi le grito, cuando parte como un rayo hacia los bajos del doce plantas, donde el número de personas en distorsión crece tras cada segundo.

Me quedo un rato más sentado en el banco, rumiando la noticia dada por mi amigo. Mira que este mundo es achepé

Y me pregunto si las mujeres como la Macorina, que tanto placer regalan a quienes a ellas acudimos necesitados, también van al Paraíso.

Qué va, me voy a fundir. Si sigo en esto voy a terminar en Mazorra.

Son cerca de las dos de la madrugada y ya comienzan los locos de las motos a inventar con sus carreras y competencias. No sé dónde diablos se mete la policía a estas horas.

Los adolescentes del banco de al lado hace un rato que se fueron. Ahora una pareja de zangaletones se rascabuchea en su lugar. La gente ya no tiene vergüenza.

Usen gorrito, me da ganas de decirles, de gritarles, de escribirlo en las paredes por todos lados, aunque se hagan los desentendidos y me llamen el pendejo del siglo.

Del bar temático La leyenda, veo salir a un grupo de personas cantando y rompiendo botellas por doquier. Caminan por Libertad y se unen a una gran parte de la turba que además toma, ríe, canta y baila con la música de los autos que tienen sus puertas abiertas frente al Rápido.

¡Qué bonito!, comento a media voz, y a mi mente regresa el rostro de la Macorina, en esta ocasión, duro y descompuesto por las lágrimas. Mañana iré a su casa.

Y miro de nuevo mi reloj. Aún debe estar despierto el viejo… Hasta las tres más o menos. A veces ni duerme cuando se junta con los otros borrachitos de la cuartería.

Un extraño acontecimiento acaba con mis cavilaciones. La gente corre como loca hasta la esquina Honorato del Castillo con Independencia, creando un tumulto arrollador.

—Corran, corran,… a uno ahí le dieron un trancazo —escucho que gritan a la parejita que cerca de mí se rascabuchea.

—Dale, papi,… Vamos a chismear —dice al tipo la jevita, y sale alborotada hacia la multitud.

Es increíble el poder de convocatoria que tiene el chisme, caballero, susurro y quedo unos segundos medio embobado.

Las rockeras que en el otro banco navegaban por la Wi-Fi, igual parten a la carga. En un abrir y cerrar de ojos el parque parece un cementerio. Los bancos, las tumbas. Yo, un cadáver más.

Así paso un tiempo, resistiéndome al cambio. Algo que resulta imposible pues, como los demás, me sumo también al tropelaje en busca de respuestas a las interrogantes que ya comienzan a asediarme.

—Un chamaco ahí… —dice un chiquito a otro que, como yo, trata de ponerse al día. O mejor, en sintonía con la noche—: una moto lo tiró contra la acera y lo desbarató to —concluye.

—El golpe fue durísimo en la cabeza, pa que sepas… pa mí que no sale de esta —dice otra.

—Ojalá y llegue vivo al hospital… Iba lleno de sangre, el pobre. La rajeta debe haber sido enorme…

Infeliz… Ese está peor que la Macorina, pienso y trato de acercarme al lugar del accidente. Un charco de sangre enorme ha quedado en el contén, en la esquina junto a la acera.

“El viandazo fue grande… Le acabaron con la cabeza… Al de la moto no le pasó casi na”, aún comentan por todos lados.

—Pobre chiquito… —agrega una muchacha que, justo a mi lado, tira una colilla de cigarro al asfalto—. Yo lo conozco… Me estuvo bajando tremenda muela la otra noche en el bulevar…

Durante unos segundos la vacilo con detenimiento. Es una trigueña, usa un pulovito negro con escote, bien ajustado al cuerpo, y un jeans a la cadera que la hacen un primor. ¡Está buenísima! No era bobo el accidentado. Hasta que sus palabras me extraen de mi embeleso:

—…Creo que le decían el Rudo, el Tosco, o algo así… —remata determinante ella.

Entonces, no puedo evitarlo. Las rodillas me fallan, regresa el salto en el estómago…

¡Cojones!, comento a media voz, ¡Rauli!, y todo a mi alrededor, como dice la canción, se convierte en escarcha. ¡Esto es demasiado pa una noche!

Y sin más, el tiempo parece detenerse. Por un instante, nada ni nadie se mueve a mi alrededor. Ni las puticas que hasta hace un rato estaban al acecho en los bajos del doce plantas, los mariconcitos con sus celulares, musiquitas y plumas, las parejitas resbalosas, los chulos y las motos…

¡Todo es un asco en esta vida!, pienso. ¡Life is hell!, como me enseñó a decir un día un socio del barrio.

Y me vienen de un tirón el Rauli, la Macorina, el puro y la vieja…

Mejor me voy al Rápido, rujo. Necesito unas láguer antes de entregarme de nuevo al merodeo o tirarme en cualquier banco por ahí, aparentemente más light que un envoltorio de caramelo al viento.

Decidido, me encamino a Libertad. En la esquina con H. del Castillo, a solo unos metros, me espera la respectiva Cristal.

Mientras me lanzo al asfalto tratando de evitar varios recortes de vidrio y excremento de caballos, intento apartar de mi cabeza los oscuros pensamientos que me han estado invadiendo durante toda la noche, pero no lo consigo. Son mucho más fuertes que yo. Apenas avanzo unos pasos, rumiando mis desvelos, cuidándome de no pisar en falso, de no equivocar un solo plante, cuando escucho un ruido ensordecedor y veo una luz blanca incandescente que me viene encima por la derecha, a una velocidad atroz.

 

 

(Después de ser censurado en una publicación cultural estatal de la provincia Ciego de Ávila, su autor nos ha entregado este cuento para la revista Árbol Invertido. Texto ganador del concurso nacional Ernest Hemingway, 2016, convocado por La Cátedra de Literatura de la Casa de Cultura “Olga Alonso” de San Miguel del Padrón, la Dirección Municipal de Cultura y el Museo “Ernest Hemingway, Finca Vigía”, con el auspicio del Centro Provincial del Libro y la Literatura de La Habana.)

Damir Molina Lorenzo en la revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, 1982). Ingeniero en Telecomunicaciones. Egresado del Curso de Técnicas Narrativas, Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso (2012). Obtuvo primer lugar en los Encuentros Debate Provinciales de Talleres Literarios (2015 y 2016). Premio “Ernest Hemingway” de Cuento, 2016, convocado por la Casa de Cultura Olga Alonso de San Miguel del Padrón y el Museo Ernest Hemingway, Finca Vigía, con “Al infierno sometido”.

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