Remastiscar Lecturas de Patmos de Eduard Encina

Eduard Encina trabaja en su computadora
El escritor Eduard Encina
Imagen: Rafael Vilches Proenza

Desde su título se delata la referencia bíblica: Lecturas de Patmos (Ediciones Oriente, 2011). Patmos es una pequeña isla griega en el Mar Egeo. En ella se hallaba desterrado Juan a causa de la palabra, y en una de sus grutas recibió la revelación de Jesucristo —dada por Dios— sobre las cosas que debían ocurrir pronto. Así nació la escritura del Apocalipsis, último libro del nuevo testamento.

Y con esta noticia comienza este libro del poeta santiaguero Eduard Encina (1973-2017). Él también ha sido desterrado a causa de la palabra y anda en pos de un descubrimiento. A Patmos va el poeta, o mejor: regresa, porque todo viaje es un reencuentro con lo que hay de nosotros en cada espacio del universo. Va en busca de la verdad. Esa verdad que solo puede ser la poesía. La verdad que revela el sentido angustiado de los hombres y el porvenir vacío de las precariedades en torno al mismo.

Dos vertientes se pueden advertir tras la lectura de estos poemas: una, que explora en los vericuetos de la meditación y la voluntad humana, apuntando hacia la reflexión, la fe, la angustia que genera la existencia, el temor de estar vivo; y otra, que se nutre de la cotidianidad más insulsa, de la marginalidad, de las ironías que resguardan el día a día del barrio, del consorte, de la negrita de al lado. Tal parece que ambas intenciones dentro de un mismo texto podrían ser equidistantes, o incluso antagónicas, pero Encina logra un conjunto donde los contrastes temáticos se van dando la mano de buena manera, sin afectar con sus contrapunteos la organicidad del libro.

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Portada de "Lecturas de Patmos de Eduard Encina"

Porque este —a mi entender— es un libro orgánico de principio a fin. De un poema a otro se van notando las huellas de una armonía minuciosa. La alternancia entre el verso y la prosa dotan al conjunto de una fina singularidad, aunque hay que reconocer que no existe una notable diferencia de ritmo entre el uso de un recurso y el otro. A ratos parecen prosas llevadas a verso o viceversa. Los hallazgos del poeta no están en el manejo de la forma que es, al menos en este libro, sumamente lineal, acompasado y cadencioso.

Encina es un poeta de fibra, de hondura, de mundo personal. Las palabras tienen en él profunda raíz. No es palabrero, es certero. La sensación de la que habla la ha sentido. El mundo que describe lo ha vivido.

Por mucho que el hombre busque en las alturas, en los caminos de la fe y la confianza en la naturaleza, en la fuerza de lo que vive y muere, el entorno en el que nos movemos no puede ser obviado, sino más bien acatado e involucrado en las aspiraciones, las apetencias y los sueños. Los ojos del poeta no discriminan entre lo trascendente o lo anodino: No hay una belleza sino toda extendiéndose dentro sin hambre que limite ni éxtasis al final del tabernáculo. (Eduard Encina: Lecturas de Patmos, Ed. Oriente, 2011, p. 41.)

La lectura despierta el sigilo. Adentrarse en este texto es como entrar en la gruta de Patmos y advertir el final rotundo de los días. Un temor acecha desde las palabras. Una angustia pasmosa que recorre el cuello y oprime el corazón. El temor está en mí. Nadie lo trae/ está en mí. ¿A qué le teme el hombre?, valdría preguntarnos; aunque quizá hallaríamos más rápido una respuesta si invirtiéramos la pregunta: ¿A qué no le teme el hombre? No obstante, me atrevo a responder de golpe que el hombre solo teme a Dios o a la ausencia de Dios, y no sabría decir cuál de los dos temores es más avasallante. El sujeto de estos poemas no puede evitar preguntarse e inquirirse por el mañana: ¿Adónde voy? ¿En qué otro cuerpo va a crecerme el vacío? (P. 16.) Hay una pena por expiar. Un pecado que nos rebasa y está más allá de nuestra jurisdicción. El pecado de existir. La contradicción de que pecar forme parte indisoluble de la vida cotidiana. Y pesa la subsistencia, la duración, el trásfugo entre una u otra existencia: todo hombre sueña encontrar una puerta un orificio al menos hacia el otro hombre que ha perdido. (P. 51.)

El poeta se reconoce en un viaje innombrable. Se busca. Va hacia él mismo en todo lo que ignora, y en todo lo que encuentra se disipa su condición, aquello que lo determina como ser. El contexto circundante es una trampa, un espejismo. Algo escondido, oculto entre las horas, debe justificar tanta penuria, tanto trabajo y tantos discursos. La realidad está fuera de foco. De este lado del paisaje no se oculta nada: todo está por entreverse.

Surge así la familia como único aliciente ante el dolor. La familia que irónicamente es, en sí misma, un dolor multiplicado. La madre, el padre y los hijos forman una unidad temática dentro del libro. Se sobreentiende, pues, que cuando ya están perdidos todos los alientos, cuando Dios insiste en no mostrarse, cuando la patria se ha quebrado como una cuerda que ha sido tensada hasta el cansancio, el amor filial es entonces el último y más certero resguardo, el último eslabón de la subsistencia: Mi padre trae en la mano un poco de sangre coagulada y me jura por su madrecita que morir por la casa es vivir. (P. 35.) Y en esta sola línea gravita toda la desesperanza que podemos albergar como hombres, como hijos, como cubanos; y digo cubanos, porque, aunque de forma soterrada —casi no hay otra forma en nuestro país de mostrar semejante insatisfacción—, la insatisfacción política también recorre estos textos, estas lecturas que Encina nos traduce desde su enfrentamiento con la certeza y la desconfianza.

La poesía ha de digerirse con afán rumiante. Lo digo por aquello de que el aparato digestivo de estos animales se caracteriza por poseer varias divisiones y compartimientos, lo cual conlleva a que estos regurgiten y luego procedan a la remasticación o rumia. La poesía debe leerse de igual forma. Volver sobre un poema, remasticarlo, es la única manera de dar con su verdadera esencia. Digo esto, porque Lecturas de Patmos es un libro que requiere de la relectura para ser entendido a cabalidad.

Eduard Encina nos ha legado en 84 páginas un testamento áspero sobre la vida cruda, sobre el embargarse hacia las fronteras que separan al yo del otro, del quién soy al quien quiero ser, sin temor a las lesiones que este viaje puede propiciar. La palabra al ser buscada inquiere y hiere. Escribir es morir. Escribir es no temerle a la muerte.

Escritor Heriberto Machado Galiana en la revista Árbol Invertido.

(Ciego de Ávila, 1987). Poeta y narrador. Licenciado en Estudios Socioculturales. Miembro de la AHS. Egresado del XIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso en 2011. Ha merecido los premios Poesía de Primavera (2011), Ernest Hemingway (2011), Mangle Rojo (2013), y Calendario (2015). Tiene publicados los poemarios Las horas inertes (Ed. Ávila, 2012), Acantilado(Ed. La Luz, Holguín, 2015), Nacido muerto (Ed. Abril, 2016) y el libro de cuentos El escribano (Ed. Ávila). Cuentos y poemas suyos aparecen publicados en diferentes selecciones de Cuba y el extranjero.

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