Otra cruz en el mapa del tesoro del Conde de Villamar

Mapa de tesoro. Foto de Pedro Evelio en revista Árbol Invertido
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Pedro Evelio Linares

La tradición oral en la provincia de Ciego de Ávila, desde hace más de medio siglo, habla de un tesoro enterrado en la llanura del sur, propiedad según se cuenta del legendario conde de Villamar, cuyo misterioso emplazamiento se supone no se haya encontrado todavía.

A lo largo del tiempo la leyenda del tesoro ha conservado intacto su poder de magnetismo junto a otra leyenda no menos fascinadora: la de un aterrador jinete sin cabeza que recorre estas tierras, también alusiva al ilustre personaje histórico, quien gozara en vida de alto abolengo y al que consideran algunos investigadores, entre los cuales me incluyo, como uno de los más enigmáticos de nuestra historia local.

El muy buscado enterramiento, según investigaciones recientes de este autor, le fue dado por los espíritus de sus dueños originales (llamados eggunes en el lenguaje de la santería afrocubana), como más adelante se verá, a una mujer avileña que residió muchos años en la zona de Las Coloradas, poblado del este del municipio de Ciego de Ávila y que actualmente reside en la ciudad de igual nombre.1

Pero, antes de sumergirnos de lleno en el asunto del tesoro en cuestión, se hacen imprescindibles algunas aclaraciones en torno a su propietario. Aunque frecuentemente se comete el error de identificar al conde de Villamar como una sola persona, en realidad hubo cuatro condes de Villamar y estos fueron, en orden cronológico: Santiago Hernández Rivadeneira de Lugo, Miranda y Valdivia (fallecido en 1824); José Miguel Hernández Piña, Rivadeneira de Lugo y Campos (fallecido en 1857); José Fernando Hernández y Perdomo, Piña y Armenteros-Guzmán (fallecido el 31 de enero de 1865, a los 54 años de edad, presumiblemente envenenado y sepultado en Ciego de Ávila)2 y José Fernando Hernández y Socarrás, Perdomo y Varona.3

Estos condes fueron dueños de grandes extensiones de tierras, desde las proximidades de la actual ciudad de Ciego de Ávila hasta la costa sur del mar Caribe, y entre sus bienes figuró el ingenio azucarero Resurrección, ubicado cerca del poblado de Vicente y considerado, junto al ingenio Nuestra Señora de la Soledad (propiedad de los Valle Iznaga y situado en terrenos del actual municipio de Venezuela), como uno de los baluartes de la esclavitud en Ciego de Ávila. Manuel Moreno Fraginals en su monumental obra El ingenio, destaca como peculiaridad distintiva del ingenio Resurrección la de haber alimentado frecuentemente a sus esclavos con carne de res, lo cual no ha de resultar asombroso, pues fueron los condes grandes ganaderos que llegaron a tener, en 1825, según consta en algunos documentos, unas 3 196 cabezas de ganado vacuno y 424 caballos.4 He de agregar asimismo que, tanto la leyenda del tesoro como la del jinete sin cabeza, la tradición oral las vincula directamente con la figura del conde de Villamar, pero siempre refiriéndose al conde en número singular, como si hubiera existido uno solo y no cuatro. Así que resulta muy difícil y arriesgado dilucidar cuál de ellos fue el que enterró el tesoro, si es que el conde enterró alguna vez uno en realidad, y es también muy difícil, casi imposible, poner en claro cuál de los cuatro es el que cabalga sobre el jinete cuyo fantasma decapitado anda aún haciendo de las suyas, aterrorizando a la gente de la zona meridional de la comarca de La Trocha. Pero vayamos de una vez al encuentro de las historias que hace poco pude compilar en torno al tesoro del conde y que, aunque breves, no carecen de los poderes de la fascinación.5

Se cuenta que a principios de la pasada centuria, un haitiano residente en El Holguinero, lugar próximo a los poblados de Vicente y Las Coloradas, al este de la ciudad de Ciego de Ávila, gran espiritista y conocedor de la leyenda del tesoro, decidió ponerse en contacto con los espíritus de los muertos para que le dijeran el lugar donde debía buscarse. Preparó el haitiano todo cuanto hacía falta para establecer la imprescindible comunicación, y, una vez establecida, los dueños del tesoro le dieron a conocer sus nombres, pero le dejaron bien claro que el tesoro no sería para él. Explicaba el haitiano que los espíritus dueños del tesoro estaban muy apegados a esa riqueza y que por tal razón no se lo darían nunca a nadie.

Poco tiempo después un curandero (como también se les llamaba a los espiritistas por aquel entonces), al que le decían El Pinto porque era un isleño fuerte y colorado, dijo que él también se había comunicado con los espíritus de los dueños del tesoro y que se trataba de un hombre y una mujer (¿acaso el conde de Villamar y su esposa?) y que la mujer se le presentaba con el nombre de Carmen y era de piel blanca y pelo muy negro, pero que ni ella ni el hombre que la acompañaba se decidían a soltar prenda, por lo que era muy peligroso cualquier intento de tratar de encontrar el tesoro y extraerlo.

Durante la década de los sesentas de la pasada centuria era opinión general de los vecinos de la finca Las Coloradas, propiedad del isleño Manuel Martín, que el tesoro pertenecía a un hombre blanco y que salía una luz en un laguito cercano a la antigua torre del ingenio Resurrección, lo que indicaba el lugar exacto del entierro. El laguito se encontraba en la finca de los Marcos. Otras luces como aquella aparecían en otros enclaves de la localidad con mucha frecuencia, y por lo general sus pobladores las asociaban siempre con la presencia de algún tesoro enterrado, ya fuera el del conde de Villamar o cualquier otro, aunque casi siempre se pensaba en el tesoro del conde.

Un campesino cuya casa estaba cerca del lugar donde se encuentran las ruinas del ingenio Resurrección vio varias veces, siempre en la noche, la misteriosa luz paseándose por los alrdedores de la torre de la antigua fábrica de azúcar para luego alejarse un poco y quedar detenida en una explanada donde aparecieron después, al arar la tierra, huesos humanos que pertenecían a los esclavos de la dotación que en ese sitio tenían su cementerio. Estas luces, como las otras, fueron asociadas al tesoro del conde, pero también a los espíritus de los negros esclavos que deambulaban todavía por el lugar, sobre todo por estar en él sus huesos enterrados. Se cuenta que a la mujer del campesino, en un sueño, le fue presentada una cazuela metálica que contenía una cadenita y algunas monedas de oro, y en el sueño una voz le decía que la cazuela estaba enterrada en el antiguo cementerio de los esclavos, aunque sin darle la ubicación precisa de donde debía excavarse, de modo que este otro tesoro quedó también sin ser descubierto.

Hay quien ha considerado que el verdadero gran tesoro del conde de Villamar no se encuentra en la zona de Las Coloradas sino mucho más al sur. Para fundamentar esta tesis se dice que el conde salió del ingenio Resurrección con una carreta cargada de oro y acompañado por varios esclavos, y que atravesó potreros y se internó en los espesos montes que aún quedaban por aquellos años del siglo XIX hasta que, en un sitio dentro de la manigua, próximo al mar, hizo cavar una gran fosa donde depositó aquellas riquezas y los cuerpos de los esclavos, a quienes dio muerte con un pico deseando que su secreto se fuera con él a la tumba.

Para otro viejo campesino que ha vivido más de medio siglo en el poblado de Vicente: “El dueño del mayor tesoro que hay por toda esta zona es el conde de Villamar, y ese es el hombre blanco que se les ha presentado a los espiritistas que se han interesado por el tesoro. Me han contado que casi siempre el espíritu del conde viene acompañado por el de una señora que parece que fue en vida su mujer y que sigue al lado del conde como espíritu. Dicen que, aunque el dueño de la riqueza es el conde, la mujer también sabe dónde está enterrada, pero que ninguno de los dos quiere dársela a nadie, por eso yo no creo en eso que dicen algunos por ahí de que el tesoro no existe o que el tesoro ya fue encontrado hace años.” Y de inmediato agrega: “Yo recuerdo que hace años por la zona donde estaba la antigua torre del ingenio Resurrección cada cierto tiempo venía alguien armado de pico y pala en busca del tesoro que decían que estaba en esa propiedad del conde, y abrieron huecos lo mismo al lado de una vieja caldera de hierro que dentro del cañaveral, pero nada de nada. Las únicas cosas que aparecían eran viejos ladrillos, tejas criollas rotas y algunos grandes clavos herrumbrosos, pero ninguna cosa de valor fue sacada de allí, que yo sepa.”

Durante la realización de una misa espiritual en una casa del poblado de Las Coloradas, en la década del setenta de la pasada centuria, uno de los participantes de la misa fue “montado” por un espíritu que se presentó como un negro esclavo, africano de nacimiento, de la dotación del conde de Villamar, que había trabajado como guardiero en el ingenio Resurrección. Aunque el espíritu del africano no había bajado a la tierra por nada que guardase relación con el tesoro, uno de los participantes de la misa aprovechó la ocasión para preguntarle si sabía algo acerca del mismo, a lo que el eggun le contestó que el tesoro sí existía, pero que encerraba una maldición muy grande, por lo que aquel que lo encontrara sufriría una desgracia, y hasta podía llorar la muerte de su ser más querido.6

Otro criterio establece que el tesoro se haya indisolublemente ligado al jinete sin cabeza del conde de Villamar, pues el tesoro se encuentra enterrado justo donde se echa a descansar el aterrador caballo junto al espíritu sin cabeza de su propietario. De tal modo, tesoro y caballo pasan a diario cierto tiempo juntos, custodiados por el conde, quien tiene tanto celo del oro que aún guarda bajo tierra como de su caballo inigualable con el que deambula a toda velocidad por la llanura del sur de Ciego de Ávila, atravesándola de un lado al otro y sintiéndose todavía propietario legítimo de toda esa comarca. Y como todo el que ha visto al jinete sin cabeza del conde de Villamar se ha aterrorizado, nadie ha tenido el valor de seguir el rastro del caballo hasta dar con el sitio donde se acuesta unas horas cada noche, que es el mismo donde se hayan enterradas las riquezas.

Aunque todo parece indicar que nunca ha sido hallado el tesoro del conde, otro campesino de la zona de Vicente me asegura que: “Al tesoro ya lo encontraron y eso fue como en los años setentas, lo que pasa es que quien lo encontró no le dijo nada a nadie y se fue de aquí para otra parte con todo lo que sacó de la tierra. Dicen que quien lo encontró fue un muchacho acompañado de su padre y que el oro estaba cerca del antiguo ingenio de azúcar que el conde tenía por aquí”.

En realidad, actualmente es muy raro que alguien hable del legendario tesoro, a no ser que se le pregunte a algunos de los pocos viejos moradores que quedan de la zona de Vicente y Las Coloradas, o de algunos de los caseríos del sur del municipio avileño de Venezuela. Los jóvenes no saben de la existencia de esta historia, y ya no son los tiempos en los que por las noches, en las casas de esos montes, el tema del tesoro parecía mantenerse siempre entre los preferidos, junto a las historias de avistamientos de luces y güijes.

Toda esta comarca de Las Coloradas, pródiga en luces y apariciones, ofrecería por la memoria de sus antiguos habitantes todo un catauro sustancioso de testimonios y anécdotas de contenido sobrenatural. Por poner otro ejemplo, pongamos el caso de El Hoyón, lagunato donde dicen los campesinos que hay enterrado otro tesoro, y aparecen de vez en cuando güijes, luces en la noche, los espíritus de un hombre y una mujer que al parecer son pareja y el de un gran caballo blanco.

En otra finca próxima al laguito, la de los Expósito, también se veía una luz. Quien la visualizaba casi todas las noches era una señora que no tenía miedo ni se aspavientaba con la visión. Era costumbre de la señora y su esposo sentarse un rato por las noches en el portal de la casa, antes de irse a la cama, y muchas veces vio la extraña luz deambular en distintas direcciones para acabar siempre estacionándose en el laguito próximo a la vivienda de campo. Después de haberla visto muchas noches consecutivas, una noche, cuando apareció la luz, decidió preguntarle al esposo si él también la veía, y para su asombro recibió una respuesta negativa. Al parecer a ella solamente se le presentaba, por lo que llegó a pensar que padecía de alucinaciones. Pero, otra noche, estando ya acostada junto a su esposo, la lámpara se apagó de repente y acto seguido vio a un hombre blanco y fornido que se le abalanzaba encima con el propósito de llamarle la atención, y pudo escuchar bien claras las siguientes palabras, pronunciadas en su propio oído: “El tesoro es tuyo. Es para ti o para nadie”. Acto seguido se esfumó la visión, dejando estupefacta a la señora, quien también nos cuenta que poco después de haber tenido esta experiencia y en ocasión de visitar a una hermana suya residente en ciudad de La Habana, el tan buscado tesoro del conde de Villamar hubo de imponérsele como para recordarle una vez más que formaba parte insoslayable de su vida y su destino. Pues resulta que la señora, instada por su hermana y en compañía de esta, fue a ver a una famosa cartomántica y espiritista residente en Miramar, la cual, para su gran asombro, le contó con detalles lo que le había pasado unos meses antes en su casa de campo de Las Coloradas, para terminar recomendándole: “Busque lo que es suyo por voluntad de ese muerto. No le pasará nada; él la ha escogido a usted. Solamente tiene que hacer un buen uso de esa plata”. Valga añadir que la señora no hizo caso ni a la orientación del espíritu dueño del tesoro ni a la de la cartomántica, pues según dice con mucha firmeza: “A mí esas cosas me dan terror y yo no quiero dinero de los muertos”.

Han pasado ya varios años desde que escuché por vez primera estas historias. No pocas inquietudes me asaltaron entonces y lo siguen haciendo todavía. ¿Fue el espíritu del conde de Villamar el que le habló a la señora protagonista de nuestra última historia? De ser así; ¿por qué razón especial la escogió a ella y no a otra para entregarle su tesoro? ¿Acaso la escogió por haber tenido el convencimiento de que no iría a buscarlo, pues lo que él quiere en el fondo es que nadie lo encuentre y que permanezca por siempre en las entrañas dulces de la tierra? Preguntas cuyas respuestas se diluyen en el terreno de lo incógnito para asaetearnos luego con la más depurada intriga, dejándonos la agudeza indestructible de su frivolidad. Como diría una amiga, estas nuevas señales del tesoro del conde no son más que otra raya del tigre, otra cruz en el mapa de la historia de nuestra región. Después de todo, solo nos queda preguntarnos: ¿el tesoro del conde de Villamar está enterrado en la llanura avileña, o solamente se escribe y rescribe en las páginas de la imaginación popular?

 

1 Por voluntad manifiesta de la testimoniante no se revela su identidad.

2 La tradición oral recoge que fue una esclava de su propiedad quien le dio a tomar el veneno, para liberarse del tormento del conde, quien la acosaba y violentaba sexualmente. Aunque no existen pruebas definitivas de lo anterior, esta historia pudiera no estar muy alejada de la verdad.

3 Los nombres y apellidos de los condes de Villamar, así como los años en que fallecieron, fueron tomados del libro Ciego de Ávila. Del cacicazgo al siglo XIX, de los historiadores Ángel Cabrera, Mayda Pérez y Álvaro Armengol (Ediciones Ávila, Ciego de Ávila, pp. 119-120). A su vez, los autores del volumen tomaron estos datos de Dignidades nobiliarias en Cuba, de Rafael Nieto y Cortadellas, pp. 615-618.

4 Archivo Histórico de Camaguey: Fondo Protocolos Notariales, Protocolo de José Adriano Mora, 29 de marzo de 1825, folios 127-128.

5 Solo incluyo las historias que me hicieron varios viejos campesinos de la zona de Las Coloradas y en especial el testimonio de la mujer que aparece como protagonista en este trabajo. No obstante, existe una leyenda y huellas diversas tanto en la tradición oral como en los archivos, especialmente estudiadas durante las décadas de los ochentas y los noventas del pasado siglo por un investigador del municipio avileño de Venezuela, llamado José Manuel García Delgado (El Chino).

6 Un viejo santero me explica: “Cuando una persona encuentra un tesoro enterrado, aunque el muerto dueño del tesoro se lo haya dado, acabando de sacarlo de la tierra hay que darle de comer una paloma a la sombra de esa persona, para que nada malo se vaya con ella y para que los muertos que le dieron el tesoro también coman, y coma también la tierra, y todo salga bien y no se produzcan situaciones malas. De no hacerlo así, puede venir una desgracia que afectaría tanto a la persona como a su familia de santo.”

Foto: escritor Pedro Evelio Linares, en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, 1983). Poeta e investigador. Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad Máximo Gómez Báez de Ciego de Ávila (2009). Miembro de la Asociación hermanos Saíz (AHS). Poemas suyos aparecen en el dossier de poesía avileña de la revista Videncia (No. 10), y en antologías de varios números de la revista Norte del Frente de Afirmación Hispanista, México. Aparece incluido en la selección de poetas avileños Silencio anterior a todo ruido, compilación de Herbert Toranzo y Elías Enoc Permut (Ed. Ávila, 2008). Ha realizado investigaciones sobre arqueología aborigen y colonial cubana. Uno de estos trabajos investigativos, “La marca de la rosa”, apareció en la revista cultural Videncia, No. 17. Autor del libro Poemas para fundir contra el pecho del acróbata (Ed. Ávila, 2010).

Comentarios:


Adrián García (no verificado) | Lun, 14/08/2017 - 11:34

Pedro Evelio hizo como siempre una muy buena investigación, muchas felicidades por este muy buen trabajo

Lector x (no verificado) | Lun, 14/08/2017 - 16:25

Muy buen texto, como de aventuras, es delicioso, da ganas de salir a buscar ese tesoro

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