Carta semiabierta a Director LV-9

Hombre recoge la basura
Trabajador de servicios comunales arrastra un tanque. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

A Dr. José Alberto Ayala Rodríguez.

Director de la UEB Santa Clara.

«Fábrica de tabaco torcido LV—9».

 

De Otilio Carvajal.

Villuendas 56. Detrás del Santa Clara Libre.

Entre la casa de Leysa y la de Tirso.

 

Distinguido señor:

Hubiera sido más de mi gusto solicitarle un encuentro personal, para hacerle partícipe de mis opiniones sobre los «raros» acontecimientos que sucedieron —durante y después— de la exposición de mi tesis sobre literatura de transmisión oral el día 11-12-2012, en la tabaquería que usted dirige, pero algunos recesos de mi salud más la revisión de mi libro Sobredosis, que debe presentarse en la venidera Feria Internacional del Libro, impiden que abandone la disciplina laboral y personal, que exigen por una parte el médico y por otra mi editora.

Sé, por experiencia de muchos años, que el diálogo genera sabiduría y entendimiento, mientras que la misiva —casi siempre— propicia dudas, desfocalizaciones e incomprendidos. De cualquier modo es más de mi preferencia tolerar el riesgo que permitir se desdibuje el inobjetable servicio que le brindamos a la cultura nacional durante la promoción del número 63 de la revista Signos.

Debo referirle que el editor y redactor de dicha publicación, señor Edelmis Anoceto Vega, me solicitó que presentara la emisión y para ello escribí alrededor de once cuartillas que pretenden iluminar al lector sobre su contenido. Por las limitaciones en el tiempo de duración de la Peña Literaria que se realiza en la LV-9 —única de su tipo en el país y un logro indudable del CPLL (Centro Provincial del Libro y la Literatura) y de la UEB— decidí encaminar mi promoción hacia algunas parcelas de mayor interés.

Es certísimo que pudimos elegir los organizadores —Jorge Luis Mederos (Veleta), Francisco Águila (Aguilita) y yo— cualquier otra sustancia literaria de las variadísimas a las que como crítico cultural y literario me aproximo, empero preferimos reincidir en el ciclo Signos en atención a tres objetivos que nos superan en importancia y nos obligan:

1-Celebración del centenario del creador de la revista Signos y el más alto exponente de la literatura en Villa Clara: Samuel Feijóo.

2-Sintonizar a la cultura con la actualización del modelo socialista que pretende derruir los viejos esquemas y establecer un sistema de transparencias; actualización que escinda la doble moral, la simulación y los arquetipos obsoletos de «la cultura salón», en pos de una cultura que identifique los verdaderos valores de la nación y los restituya a su escenario orgánico.

3-Permitir que el «históricamente» entrenado oidor de tabaquería —o sea, la fuerza ejemplar de sus obreros— fuera el receptor de la primera acción encaminada a la desacralización del suceso literario.

Conscientes de que es muy difícil «meter ideas nuevas en cabezas viejas» —de ello se ha quejado más de una vez el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros— decidimos asumir el riesgo y con algunas pinceladas de lo que propone la revista, comenzamos la promoción.

La comunicación con la masa de trabajadores fue instantánea. Como parte del pueblo cubano, los hombres y mujeres «que tuercen», es decir, que producen, se reconocieron en lo que propone la revista. El repicar de las chavetas y los aplausos reiterados, sumados a la exclamación de «otra», «otra», constituyó el altísimo pago y el sí rotundo al esfuerzo de muchísimos intelectuales que imbuidos en el espíritu revolucionario —transformador—, ese espíritu con que nos anega Fidel con su «cambiar todo lo que deba ser cambiado», pretendemos desde la cultura realizar nuestro aporte.

Y de repente, sin que pudiéramos evitarlo, una dama interrumpió mi exposición con una reprimenda que sin usar más vulgaridad que el despropósito, recibió el abucheo de la masa. Fue un ente aislado, solitario. No tuvo el respaldo de una segunda voz, elemento que me llevó a obviar su interrupción, para que el objetivo de lo que se exponía (la revista) no se desdibujara.

La verdad, director, me hizo recordar a individuos de bajísimo nivel de cultura social con los que me encontré durante los dos años que estuve en el oriente venezolano. Individuos que eran incapaces —como lo fue la dama— de distinguir entre un espacio de debate y uno de exposición.

Cuando irrumpió observé que venía del patio. Y desde afuera escuchó algunas palabras aisladas que la conmovieron y movieron a la «respuesta rápida». No puedo asegurar si su actitud fue como consecuencia de ese reflejo condicionado que se han fraguado los oportunistas o se debió a una aptitud que llevan de oficio los doble moralistas. No sé. Todo ocurrió de súbito. Lo sospechoso fue que utilizó aquel viejo ardid que es el de agarrar partes aisladas del contexto y hacerlas ver como el cuerpo total. Norma que ha echado un tazón de máculas sobre personas y —como a Aguilita, que en este caso, de nosotros, es su único subalterno— ponerles al borde de la decapitación o el descrédito.

En casi treinta años que llevo entregado al aprendizaje de la conducta humana —centro de estudios para todos mis libros— nunca he visto que un comportamiento como el de la dama nazca de la orgánica necesidad por vetar conductas reprochables, sino —y muy al contrario— del desmedido afán por estatuirse en fuerza protagónica. Lo que sucede en este caso es que se estatuyó en fuerza antagónica, al proceder de manera disidente en relación con el deseo y la demanda de los trabajadores, el desarrollo promocional de un artículo de lujo de la cultura, y provocar con su inconcebible interrupción las bases de una polémica que puede propiciar jugoso interés entre los que como yo pretendemos hacer visibles las aptitudes dogmáticas en torno al proceso apreciativo de la cultura popular.

Mucho escaque hay para la denuncia. Mucha tribuna hay donde exponer la presbicia de los que impulsados por algo más que la moral ficticia, engomada o plástica, atentan contra el acelerado flujo de la verdad cultural. Verdad, distinguido funcionario, que se empeña en avecindar la cultura institucional a la cultura marginal, lamentablemente escindidas por el empeño retrógrado de no permitir que aquella cultura que construimos en la casa, en el barrio, en las entrañas mismas de la nación, sea la que nos alimente.

Me gustaría invitarle a que se lea el número 63 de la revista que generó el despropósito de la dama, esta carta, y catapultó al muy reconocido promotor literario Francisco Águila hacia «capilla ardiente». Me gustaría que la leyera y que después me diga si, como cubano, no ha escuchado esos cuentos, décimas similares; si, como cubano, no se ha deleitado alguna vez con las múltiples referencias al panteón nacional que pulula en todo el número.

Sé que inmediatamente después de que Jorge Luis Mederos y yo nos retiramos de la UEB, usted convocó a un consejo de dirección extraordinario para evaluar la «indisciplina» que cometiera Aguilita. También sé que le imputaron la culpa de permitir la exposición mía sobre el —según ustedes— capítulo más «soez» de la revista. Juro que al saberlo me dio un poco de reconcomio. Cualquier trabajador de la tabaquería puede dar fe de que desde el primer párrafo me referí a la posibilidad de que ello sucediera. Advertí también que mi «cuidado» no tenía que ver con la capacidad de recepción que tendría mi ponencia entre los obreros sino ante «la cuadrología mimética». «Ya he pasado por dos episodios muy desagradables que han mandado de cabeza a los organizadores a la silla eléctrica. Ojalá y este no sea otro caso», dije. Y pronostiqué mal. Los obreros se deleitaron, la cuadratura se ofendió. Pero no se ofendió un poquito sino un muchito.

Ofenderse al punto de «tocar a rebato» porque en un espacio donde solamente hay adultos se dijeron unas «malas palabritas» como cojones, que celebramos en boca de Juan Almeida, junto a aquel «aquí no se rinde nadie», es una actitud absolutamente fuera de tono, solo concebible en el aterciopelado plexo lexical de alguien que pretende convertirse en vocero de una dinastía cultural ya oxidada y en plena decadencia.

Indignarse por la emisión de «vocablos» como «pinga», «crica» «mamando», sin advertir el contexto al que pertenecían —y que justifican desde la perspectiva literaria su uso— es un acto de «mojigatería abstracta» que —como se sabe— es la peor de todas sus variantes.

Indignarse al punto de censurar la divulgación de Signos —por vulgar y soez— es un indicativo del desconocimiento que tienen los censores sobre esta publicación, que es igual a desconocer el proceso cultural en la provincia y en el país.

Si los tonos científicos de los diversos trabajos que los hacedores de Signos compilaron no fueran lo merecidamente creíbles y sustanciosos, me gustaría seducirlo con las referencias a la norma del habla popular cubana, que con independencia de la extracción social, el grupo etario, la creencia religiosa o la filiación ideológica, es común para todos.

He escuchado comentarios (sí, escucho comentarios, oigo rumores porque según el refrán «cuando el río suena, piedras trae») donde algunos afirman que una cosa es publicar esas palabras groseras —que aún antes de Los versos de burlas, de Quevedo, ya era pan comido— y otra muy distinta leerlas en alta voz. Castigar a Aguilita por lo que no hizo sería una trivialidad incomparable con guiarse por tan doble moralista rasero. Hay otro axioma popular que censura ese modo de operar: «la gatica María Ramos: tira la piedra y esconde la mano».

Es preciso desterrar de una vez a las gaticas María Ramos; nombrar las cosas con todo y sus detalles, no dejarse arrastrar por el agua sucia que conduce a la simulación y hace que el individuo encarne múltiples personalidades en un mismo cuerpo.

Resulta como medio asqueroso ser la gatica María Ramos, pero también resulta como medio repugnante, quedarse callado cuando uno cree que los que obran en derredor se comportan como medio gaticas.

Director: ¿No cree usted que la simulación le ha hecho mucho daño a la Revolución Cubana?

¿No cree usted que cuando nos agarramos el dedo con la puerta es una grosería y una simulación decir «ay, recórcholis», en vez del « ¡ay, repinga!», que nos alivie el dolor más rápidamente?

¿No cree que debemos avanzar hacia una Era de mayor conexión entre las expresiones culturales que emanan del pueblo —y que se reciclan de manera inevitable—, y «la cultura moral» establecida por «una clase» que en sus años humedecía con agua la camisa para dar la impresión de que venían del surco, cuando en verdad llegaban de oficinas climatizadas? ¿Interconectarlas, digo, para destruir el dogma —que es el vestuario de la simulación— y entronizar la verdadera cultura que no es la que nace del esquema, de los planes, del mapa, de los circuitos que establecen la asimetría entre la cultura popular y la cultura oficial?

¿No cree usted que «la cultura» rebasa los cánones oficiales y va mucho más allá de la cultura arquetípica que refiere a la cultura artística? ¿No cree usted que a Argelio Satiesteban le faltaron algunas expresiones muy populares en su libro?

¿No cree usted que nuestra larga historia necesitó de muchos hombres y mujeres con «timbales» que vociferaban en medio de los campos de batallas «palabras soeces», y con ello se animaban ante la (siempre) minoría de armamentos?

¿Cree usted que en el párrafo anterior «bongoes» pueda sustituir a «timbales»?

¿Sabe usted que muchos mambises combatieron desnudos con el «balano» —fíjese que digo balano— en el aire, actitud grosera, si se mide con el mismo centímetro conque han medido en su tabaquería nuestra emisión pública?

¿Podría imaginarse, director, cuáles fueron las palabras de Martí cuando el fracaso de La Fernandina? ¿las palabras que empleó Maceo cuando se enteró de El Pacto del Zanjón? ¿las palabras de Raúl Castro cuando supo de la asquerosa traición de Felipe Pérez y Carlos Lage? ¿las del Che Guevara cuando tuvo la certeza de que Camilo, «su consorte de causa, su socito, su ambia» no aparecería? ¿las de Haidée Santamaría cuando el asesino, el esbirro, el hijo de la gran puta, le trajo los ojos de su hermano? ¿las de Fidel cuando Fox le dijo «ven, comes y te vas»?

No sé usted, pero yo sí puedo imaginarme cada una de las expresiones, y eso me hace validarlos más, sentirlos más cerca de un pueblo que se ha negado al dogma y a la mojigatería y habla de un modo «tan cubano» que nos propicia «una marca de agua» más difícil de falsificar que la del dólar.

Me han dicho que usted es una persona de profunda formación intelectual, que a sus estudios de derecho se le anexa un variadísimo compendio de lecturas y mucha información: me alegra. Seguramente convendrá conmigo en la imperiosa necesidad de buscarnos en lo auténtico, en la profunda huella de «lo cubano», para rivalizar contra esa despiadada yankilización que emerge en muchos sectores juveniles; yankilización que ya no solo es advertible en la «tontalización» invasora de los productos que consumen (novelas, seriales, series, cómics, humorísticos, etc.) y que han secuestrado los televisores cubanos a través de DVDs y Memorias Flash, sino —y sobre todo— en la mutación lexical.

Vamos a poner las patitas en el suelo: el joven cubano ha ido demudando de la expresión autóctona hacia esa forma de hablar que emiten los personajes de «esos programas mierderos». Solo hay que escuchar las inflexiones, los acentos, los dejos. Solamente hay que notar cómo no se saludan con el abrazo y el qué bolá, asere (que fue tan criticado por chabacán y se convirtió en un modo de distinción «de lo cubano» en todo el planeta) sino con el besito en la mejilla y la expresión «qué hay, papi» tan reguetoneramente boricua.

Si este síntoma de transculturización (que en puridad es desculturización) no tuviera un telón de fondo tan negro, la preocupación sería menor. Muchas generaciones de cubanos han sido permeadas por otros modos y modas culturales, pero casi siempre se percibieron emisoras de lo like, o sea más visual que conceptual. Tenían que ver con bailes, con bisuterías, con modos de vestir o con el interés de asemejarse al modo de vida del «exterior» pues la bóveda en la que vivíamos no se ocupaba de proveernos «una estética de lo juvenil» sino «un comportamiento de lo juvenil». El caso de la invasión lexical es más complejo, pues en lo lexical está el reservorio de lo que llamamos «identidad».

La recuperación de nuestras profundas raíces identitarias ha propiciado que seamos un pueblo distinguible dentro del espectro latinoamericano; si se marchitan las raíces: se debilita la nación. Si se pierden nuestros rasgos, nuestras señas, nuestros modos de expresión (tan únicos), se debilita eso que Fidel llamó el Escudo y la Espada.

Tal recuperación está en riesgo si seguimos pensando que la identidad nacional se encuentra solamente en los bailes y cantos de los orishas; en «Doña Joaquina ponte en vela»; en aceptar que, por encima de Mariana Grajales y Leonor Pérez, hay una Madre de la Patria que nos protege desde el Santuario del Cobre.

Cuando Fidel dijo —sí, a mí me encanta hablar de Fidel, no sé, admiro al caballo— que lo primero que había que salvar era la cultura, no se refería al Ballet Nacional de Cuba ni al Festival del Nuevo Cine Latinoamericano: ya las mecas cubanas están a salvo; se refería —entre otras variantes— a la cultura popular y tradicional. En términos literarios, a la de transmisión oral y a la literatura popular.

La literatura de trasmisión oral es aquella que se transmite de generación en generación y que incluye una familia variopinta que mezcla la adivinanza, el piropo, los dichos, las narraciones, las leyendas, los mitos, las décimas y —entre otros ingredientes— los cuentos de relajo. Sí, también los cuentos de relajo. Ha sido un tabú institucional no incluir en sus programas el rescate de los cuentos de relajo. Considero que no existe un personaje en toda la cultura cubana que se le compare en trascendencia a Pepito. Como toda obra de transmisión oral, los cuentos de Pepito nacen del corazón mismo de nuestra cultura marginal. Nadie sabe si nació en Pinar o en Guantánamo: lo que sí sabemos todos es que, como Peter Pan, jamás crece, y que es tan cubano como Elpidio Valdés.

Necesitamos renacer al mundo desde la cultura: desplanchados, sin dobladillos; retirar el faldón de censuras y usar otros vestidos; crear un clima donde prevalezca la aplicación de la virtud desde lo verdaderamente auténtico.

Mutilar las expresiones culturales surgidas en «el margen», es mutilar al país.

Medir con el mismo rasero que el Instituto Cubano de La Música emplea para algunas composiciones de Reggaetón a una obra del gracejo popular —por ejemplo, de Cipriano Isidrón— constituye un absurdo que es preciso objetar.

Los autores de las obras leídas ese día: Chanito Isidrón, El Profesor Espinosa, y quien suscribe estas líneas somos los únicos responsables de las «palabras groseras» que se dijeron. Ellos por escribirlas, yo por leerlas. De lo demás «el culpable» es el pueblo de Cuba, quien con su gracia indiscutible ha conseguido la creación de todo el Patrimonio Oral.

Culpar a Francisco Águila, por lo que dijo otro es acto que entraña un poco más que injusticia y revela el martirologio al que sigue sometido el pensamiento cultural de avanzada en aquellos centros donde aún es imposible la transformación hacia la Cuba del futuro; esa Cuba hacia donde proclaman guiarnos los líderes del gobierno. Intuyo que para lograr la meta tendrán que pasar sobre «las ruinas» de los que se empeñan en defender los quistes del pasado.

Chanito y Espinosa están en otros estados de conectividad, pero yo estoy aquí, al alcance de todas las manos, para responder por mis actos. Aguilita solamente cumplió con su función: y la cumplió bien. Lo felicito a él y lo apoyo en este momento tan angustioso para su vida.

El rumor —ya no es tan rumor— de que ha sido sancionado con la pérdida de su empleo, que él ama y dignifica, por haber permitido la promoción de la revista Signos en la LV—9 sorprende, porque no es imaginable tanto deseo de permitirse el error, porque creía que ya no existían individuos (sean directores, ministros o Presidentes), consejos (sean de dirección, de estado o de concilio) que se arriesgaran en el ¡2013! y después de tanto viento y tanta tempestad a cometer las mismas torpezas que trajo aquel lamentable descrédito hace años; torpezas que obligó a los ideólogos del socialismo a crear un programa de rectificación de errores; torpezas que detuvo el fluido de la creación artística.

Muchos intelectuales comienzan a mostrar el malestar por lo que «suponen» podría suceder. Ya hemos visto antes levantarse la hoz sobre el cuello de otros. Ya sufrimos en el pasado —incluso en pasado reciente— la defenestración de intelectuales de mucha valía, por el simple hecho de poseer un criterio diferente.

Acudo otra vez al General de Ejército y a su clarísimo mandato a los comunistas cubanos, para que el pensamiento discrepante no sea maniatado sino que se esplenda y desarrolle.

¿Hasta cuándo los líderes de la Revolución van a estar orientando un modo de obrar y los subalternos estableciendo otros métodos?

¿No será hora de hilar todos sobre la misma rueca? ¿No será hora de desdeñar el viejo oficio de construir puentes donde no haya ríos? ¿No cree que sea hora de dejar en el pasado esa fórmula de ver a un enemigo en cada hombre que no podemos entender y en cada acción cuyas aristas no dominemos? ¿No tenemos ya suficientes enemigos públicos como para estar construyendo enemigos invisibles?

 

La revista Signos es un lujo de esta provincia que, a pesar de las múltiples colisiones económicas, aún vislumbra la necesidad de «salvarnos» desde la cultura.

Que la revista Signos haya tenido la decencia y la valentía de publicar el compendio de su número 63 la certifica como una publicación que se sintoniza con la Cuba de hoy; con la Cuba donde los extranjeros entran a las tabaquerías para apreciar cómo se tuerce (cosa que hubiera sido motivo de escándalos en otra época), de la Cuba donde hay peñas literarias en las tabaquerías; de la Cuba que tiene calles como Viluendas desde Tristá hasta Bulevar, donde ya no es imprescindible ir a un «pulguero» de los muchos que hay en Latinoamérica para ver cómo es el comercio capitalista en el tercer mundo; de la Cuba que sin cobrarlo coloca los precios de las consultas en cada centro de asistencia médica (algo inconcebible dos décadas atrás); de la Cuba, director, que vamos a sirgar hacia el futuro si conseguimos destruir a nuestros peores enemigos que son: el dogma, la doble moral, el estatismo y la incomunicación que existe entre los que se quieren arriesgar y los que pretenden habitar eternamente en la comodidad y la armonía de lo anquilosado.

Yo estoy entre los primeros.

¿Y usted?

Escritor Otilio Carvajal. Foto en la revista Árbol Invertido

(Chambas, Ciego de Ávila, Cuba, 1968). Poeta, narrador, investigador y crítico literario. Reside en Santa Clara. Algunos de sus libros, son: Thanksgiving Day (Matanzas, Ed. Vigía, 1999), Libro del profanador (Santa Clara, Ed. Capiro, 1999), Libro del Holandés (Novela. Ed. Ávila, 2000), Oda al pan (Ed. Ávila, 2001), Ponme la mano aquí (Novela. Santiago de Cuba, Ed. Oriente, 2001), Los navíos se alejan (Ed. Ávila, 2002), Prohibido soñar en esta casa (Ed. Ávila, 2002), Pájaros de la noche (Teatro. Ed. Ávila, 2003).

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