1984. distopía servida a la mesa o el Gran Hermano también te vigila

Calavera con gafas. Foto de Yoenis Mayet, en revista Árbol Invertido
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Yoenis Mayet

Publicado: 01/01/2017 - 18:17
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1984. Sin palabras. Solo números. Números que pretenden definir el título de uno de los libros más polémicos de la literatura. Libro que abre un breve paréntesis de polisemia en el siglo XX, donde tantas maravillosas creaciones —y autores, y nombres, y la industria editorial— se abrían paso inclementemente y que, no obstante, ha ganado por derecho propio un sitial dentro de la historia.

Y es que 1984 juega con las concepciones críticas del fenómeno literario, y extrapola sus visiones apocalípticas, e incluso distópicas, dentro de un kósmos narrativo centrado, autosuficiente y castrador. La obra nos habla de los espacios que asfixian, de una particular “caja cerrada” literaria cargada de claustrofobias. Posee una galería de personajes nucleados en torno a la alienación y la paranoia (de hecho, gran parte de la obra se vivencia desde los propios pensamientos de Winston o sus apuntes en el diario); háblese, mejor, de tableaux vivants que pretenden redundar en la maquinaria aplastante (dantesca, atrofiante; los adjetivos podrían ser miles) de lo político sobre el ser humano.

Durante no pocas décadas —e incluso todavía en la actualidad— 1984 perteneció a la lista de libros prohibidos en no pocos países. Incluso, las versiones cinematográficas que han nacido de la obra sufrieron un destino semejante. Fue un texto al cual se le intentó silenciar y que, quizás por ese mismo motivo, ha sido uno de los más perseguidos por el interés del público. Pues, ¿qué hay de malo en 1984?, ¿qué es lo increíblemente vedado de la obra?, ¿de qué se habla?

Fue escrita entre los años 1947 y 1948 (aunque algunos fragmentos datan de 1945) y publicada en junio de 1949. Su autor: George Orwell, una de las figuras icónicas de la narrativa del siglo XX; escritor de la también polémica Rebelión en la granja, que tantos puntos de coincidencia argumental e ideológica guarda con 1984. A pesar del rechazo inicial por los críticos y hasta las editoriales —¡el miedo, el miedo, el miedo!— 1984 se ha convertido en un éxito de ventas y uno de los libros más influyentes del siglo pasado. La novela fue titulada inicialmente El último hombre en Europa (The Last Man in Europe). No obstante, los editores cambiaron el nombre a Mil novecientos ochenta y cuatro por motivos comerciales. Título que terminó asumiendo la forma numérica: 1984.

La obra nos revela, de la mano de sus dos personajes protagónicos: Winston Smith y Julia —destinados al páthos desde el mismo comienzo de la obra; destino que ambos aceptan y comprenden ha de tocarles vivir como única forma de demostrar que solo ellos están vivos entre tantos muertos— su esencia primordial como texto literario: la distopía más cruda.

En contraposición con el término utopía, la distopía aparece como la otra cara de la moneda: recreación de personajes y universos que pueden aparecer bajo una apariencia post-apocalíptica (la mayor parte de las veces), y que se caracterizan por un profundo sentido del sufrimiento, del caos y el desorden. La distopía es uno de los géneros que más se asemeja a la tragedia por su contenido intrínseco de páthos. Los personajes de esta novela no tienen esperanza de salvarse, de respirar, de escapar del control absolutista del Ingsoc.

Desde el punto de vista formal, 1984 nos presenta una obra dividida en tres partes, y sin grandes presunciones de innovación, aun siendo enmarcada dentro del siglo de las grandes revoluciones literarias. Su revolución es otra bien distinta: la del pensamiento, la de la idea mordaz, la de la provocación a gritos. No hablamos ya de una novela que pueda ser sometida a interpretaciones polisémicas; por lo contrario, muestra al crudo —desde una visión especialmente cinematográfica— el peligro de los regímenes totalitaristas. El control de la verdad y los pensamientos, el despliegue del concepto de la reescritura de la historia, el doblepensar, la represión, el arrepentimiento, la desnudez humana ante el aparato aplastante de lo dictatorial político, son algunos de los ejes temáticos más agudos que su escritor, George Orwell, despliega.

Esta obra de pensamiento o crítica —llamémosle así— presenta una concepción literaria más bien conservadora. El sujeto narrativo se mantiene, la mayor parte de las veces, en una posición equisciente con el lector; y en no pocas ocasiones es también deficiente. Ya no asistimos a la presencia de un narrador omnisciente que contempla la acción desde un sitial divino; si no a un narrador que sufre, ignora y reconoce a la par de los personajes —en una anagnórisis terrible—, la verdad de la destrucción constante de la historia, la reescritura de los acontecimientos, los continuos cambios de posición política con respecto a Estasia y Eurasia, lo que esconde la habitación 101… Y tal parece que, por momentos, fueran los mismos ojos del Gran Hermano —presencia silenciosa y soterrada, personaje no presencial, y a la par tan necesario— te observaran a la par que lees. El Gran Hermano te vigila, dicen los letreros que Winston contempla diariamente. 1984 te mira, bien profundo, hasta llegar a las más terribles fobias de nuestra realidad, tan absurda como la mejor creación kafkiana… u orwelliana, por qué no.

Diversos contenidos intertextuales, o la técnica literaria del manuscrito escondido, nos remiten a escritos que se adhieren a la obra no como pastiche, sino como unidad coherente. Así es el caso del diario que lleva Winston en secreto, a riesgo de su propia vida; los anuncios que aparecen sobre victorias y derrotas en el frente de Oceanía y, finalmente, la aparición del texto de Goldstein, que es reproducido —a la par de que el propio Winston lo lee— en las páginas de 1984 como manuscrito ajeno, y a la vez incorporado como imprescindible.

Son pocos los bloques puramente dialógicos. La obra se concentra en la descripción de espacios, sensaciones y experiencias del personaje —en este caso del protagónico indiscutible, Winston— desde una perspectiva intimista, que no excluye la revelación. Lo narrativo predomina sobre lo dialógico. Por su condición de lenguaje cinematográfico —y también por su fuerza visual/descriptiva— 1984 se ha convertido en una novela idónea para ser llevada al séptimo arte. Desde guiones para la BBC hasta la clásica versión homónima de Michael Radford —protagonizada por John Hurt como Winston Smith, Richard Burton como O’Brien y Suzanna Hamilton como Julia—, la obra ha sido adaptada numerosas veces tanto al teatro como a la ópera, y también a las pantallas grande y chica.

Ha de resaltarse necesariamente la versión de Michael Radford por ser la más apegada al original literario (muchos de los parlamentos son copiados al pie de la letra del propio libro). Tal parece que esta película fue filmada para ilustrar el texto, o viceversa. Sin desechar el aspecto visual y la narración propia del cine, Radford también brinda una honda zambullida en el mundo de la novela, evadiéndose del camino de la ciencia-ficción. 1984 es casi una película filosófica, aunque también asfixiante, que plantea momentos climáticos y emotivos como la secuencia de la tortura de Winston Smith, comparable en grandeza a El pozo y el péndulo de Edgar Allan Poe.

1984 ha sido calificada por la crítica —sorprendería saber cuántas veces— como una obra del género fantástico, dentro de la categoría de ciencia ficción distópica. Para aquellos que ignoran cuál es el verdadero caudal de la CF,1 esta clasificación podría resultar anacrónica. Pero, por su sentido de anticipación histórica, por su especulación narrativa acerca de un futuro post-apocalíptico, por sus continuas referencias a una sociedad y política posibles, 1984 es considerada una obra —incluso purista— de lo mejor de la CF distópica2 universal, a la misma altura que Un mundo feliz de Aldous Huxley y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.

Sin embargo, dentro de la concepción de lo fantástico, Orwell cometió el error de ubicar su “futuro posible” en el año 1984 que, evidentemente, ha quedado en un pasado temporal, el cual le resta credibilidad especulativa al texto. Aunque, dicho sea de paso, este error no afecta para nada la capacidad de tesis política e ideológica contra el totalitarismo.

La asequibilidad de su lenguaje —tanto en el inglés original como en las posteriores traducciones a más de 20 idiomas— se centra, fundamentalmente, en la habilidad de Orwell de recrear —o construir un mundo—3 con la sola referencia de sociedades contemporáneas, a las cuales el autor proyectó hacia el futuro, con la clásica pregunta: “¿Qué pasaría si…?” Orwell mismo, en entrevistas y artículos sobre la realización de ésta, su novela más paradigmática (aún por encima de Rebelión en la granja) lo reconoció; como también afirmó haber intentado reflejar sus conceptos y especulaciones literarias (aunque también ideológicas, políticas y hasta poéticas; todo esto puede encontrarse en mayor o menor medida en el texto) desde un lenguaje cinematográfico, que se apoyara en lo sensorial intimista de los personajes para así llegar al público. De ahí que 1984, más que ser una tragedia social o una distopía de dimensiones universales, es la tragedia de individuos aislados, marginados, condenados a la muerte y la humillación, al páthos sin esperanza de redención, a la soledad de la diferencia. Tanto Julia como Winston son simples muñecos atrapados en la maquinaria de un reloj de cuerda que amenaza, constantemente, con decapitarlos.

Amenazas que asumen la forma del Minimor, Miniver, Minipax y Minindancia (los cuatro ministerios que controlan la vida de Oceanía), de la Policía del Pensamiento, del doblepensar, del crimental, de la neolengua que castra los sentimientos, la inteligencia, la tolerancia; del Ingsoc y sus principios: elementos propios del aparato político asfixiante que se extiende sobre Julia y Winston. De ahí que ellos —únicas personas pensantes dentro de un mundo en apariencia acéfalo— no vean esperanza ni en el amor, ni en el sexo, ni en la vida. Se saben prematuramente muertos. Se saben observados por Dios (“El Gran Hermano te vigila”, rezan los letreros desde las calles y las pantallas). Esperan el castigo y la muerte. Incluso lo consideran necesario. No pueden renunciar a su destino y a la línea final de páthos que los espera como culminación lógica. Cuando Winston dice: “Solo los proles son la esperanza. De ellos es el futuro”, no hace más que afirmar una verdad; es también una aseveración de su imposibilidad de dejar de ser lo que es. Tanto él como Julia están sumergidos en la inercia, todos sus intentos de rebeldía se convierten en las patéticas brazadas de un ahogado. Se encuentran tan atrapados por su destino que no tienen salida de la caja cerrada que constituye el kósmos de la novela. No pueden dejar de ser ellos, ergo, no pueden salvarse. Su única esperanza es vivir con la premisa del carpe diem y encontrarse, en algún momento, en aquel espacio “donde no hay oscuridad”.

Así, 1984 se convierte en una metáfora política que alude a la tragedia de la modernidad: el hombre aplastado por la política que deshumaniza, destruye, castra, mata. Es una obra profundamente ideológica —el autor nunca intentó esconder este sentido, a pesar de que en numerosos países se ha intentado desdibujar a 1984 bajo una polisemia mutilada. Todos aquellos que han leído la novela comprenden que el texto no es una obra innovadora o revolucionaria en el campo de las letras; pero, eso sí, cerrada a lo polisémico. Su contenido ideológico profundísimo lo impide. Winston y Julia, y hasta el Gran Hermano son testimonios que refrenan esa polisemia de dobles tintas: pacata y oscura.

Eso sí, es una obra que podría lastimar ideologías y figuras políticas, sobre todo desde la óptica de la época en que fue escrita. Es, como también Rebelión en la granja, una muestra de la honestidad —y si se quiere, también de la valentía— literaria de George Orwell; el cual renunció a cambiar una sola coma de 1984 aún en contra de las opiniones editoriales.

La crítica ha señalado, como acto de justicia de la posteridad: “G. Orwell llevó hasta sus últimas consecuencias su aversión hacia cualquier tipo de totalitarismo, dando en su última novela, 1984, una imagen anticipada, tan plausible como aterradora, de la futura sociedad mundial (…) La parte de sátira es sólo un elemento de contraste en la inmensa tragedia de estas páginas”.4

Quizás uno de los elementos más revolucionarios que despliega Orwell, desde el punto de vista formal, dentro de su obra sea la concepción de la neolengua;5 idioma que se desprende del inglés y que apuesta por una síntesis castradora de las palabras (y, a largo plazo, del pensamiento) como forma que ha encontrado el Ingsoc de eliminar, en un futuro, el tan temido crimental. Sin embargo, no parece haber sido intención de G. Orwell el redundar o desplegar su intelecto creador en torno a esta temática, que aparece solo medianamente esbozada en el texto como simple elemento dialógico o de consecución de la intriga. En ediciones posteriores de 1984, y a propósito de diversas peticiones que le hicieron los lectores a Orwell, se agregó al libro un artículo teórico sobre la neolengua que, sin embargo, poco o nada añade al texto original. Es una lástima que una de las innovaciones artísticas —sobre todo desde el punto de vista de los estudios lingüísticos— que posee la obra haya sido tan substancialmente “pasada por alto”. No obstante, la invención de neologismos, la transmutación del significado natural de las palabras y su contenido semántico, la utilización de siglas como forma de sustituir ideas completas es, quién lo duda, uno de los puntos más interesantes de 1984.

Por la invención de un universo apoyado en referentes contemporáneos, el despliegue de un kósmos dramático y narrativo autosuficiente, y hasta ostracista, la creación de personajes icónicos de la literatura; por haber sabido explotar las repercusiones ideológicas de una política totalitarista sobre lo humano, y desnudar las fobias de una sociedad sobre la hoja en blanco; ha pasado 1984 a la historia de la literatura universal como una de las obras más controvertidas y catalizadoras del temor de los hombres.

Así, por su intensa condición de tragedia humana, 1984 se convierte en el documento de vida de dos criaturas unidas por el amor, el odio al sistema imperante y la desesperación. Después de innumerables sesiones de tortura, Winston encuentra a Julia nuevamente, pero ve en ella solo a una extraña (“Bajo el nogal de las ramas extendidas yo te vendí y tú me vendiste”) a la cual no puede amar: toda su capacidad de sentir ha quedado reducida al sentimiento que siente por el Gran Hermano. Cuando advertimos, hacia el final de la obra, que tanto Julia como Winston han sido derrotados por el Ingsoc, roto aquello que los hacía diferentes (que asume la bellísima metáfora de la admisión, por parte de Winston, de que 2+2=5; su aceptación final a los intereses del Partido), muertos en vida; nos queda aquella sensación de vacío que suscitan las grandes tragedias: el sentido de que todo ha sido dicho, de que el mundo es insalvable, de que todo es polvo, y muere, y no renace.6

Tendríamos, entonces, que tener en cuenta las propias palabras que dijo Orwell con respecto a la publicación de 1984: “Yo no creo que el género de sociedad que describo vaya a suceder forzosamente, pero sí creo que puede ocurrir algo parecido”.

Y es esa una voz de alerta, que nos llega desde los ecos más remotos de 1984: necesaria.

 

1 Abreviatura universal del término ciencia ficción, acuñada a finales de los años 40 por las revistas pulp norteamericanas. En su original en inglés, las siglas corresponden a SF (science fiction).

2 Distopía o antiutopía: es una utopía retorcida donde la realidad transcurre en términos opuestos a los de una sociedad ideal. El término fue acuñado como antónimo de “utopía“ y se usa principalmente para hacer referencia a una sociedad ficticia, frecuentemente emplazada en el futuro, donde las consecuencias de la manipulación y el adoctrinamiento —generalmente a cargo de un Estado autoritario o totalitario— llevan al control absoluto, condicionamiento o exterminio de sus miembros.

3 Worldbuilding, construcción de universos. El uso de este término nace de la CF, y se ha extendido a toda la literatura fantástica actual, incluso —aunque con mayor medida— al mainstream.

4 Nota de contracubierta de la edición de 1984 realizada por la colección Clásicos de la Literatura, del Grupo Editorial Tomo S.A., México, 2009.

5 O neolingua, según otras ediciones.

6 “Estas cosas me parecen aterradoras, porque me hacen creer que incluso la idea de verdad objetiva está desapareciendo del mundo”, extraído de Mi Guerra Civil Española, de George Orwell.

Elaine Vilar Madruga en la revista Árbol Invertido

(La Habana, Cuba, 1989). Narradora, poeta y dramaturga. Estudiante de Dramaturgia del Instituto Superior de Arte. Graduada de Nivel Medio de Música en la especialidad de Guitarra clásica. Graduada del XI Curso de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Coordinadora y fundadora del Taller de Literatura Fantástica Espacio Abierto. En el 2013, alcanza el Premio Calendario de Ciencia-ficción, con la noveleta Salomé, y el Premio Calendario de literatura infantil y juvenil, con el libro de cuentos Dime, bruja que destellas. También, obtiene el Premio Pinos Nuevos, en el género narrativa, con el cuaderno La hembra alfa. Organizadora de los Eventos Teóricos de Arte y Literatura Fantástica Behíque, y Espacio Abierto. Co-editora de la revista de literatura de Ciencia-ficción y Fantasía cubana Korad. Ha publicado la novela Al límite de los Olivos (Ed. Extramuros 2009), Axis Mundi: antología de cuentos cubanos de fantasía (Ed. Gente Nueva, 2012). Su obra ha sido publicada en diversas antologías en España, Inglaterra, Italia, Venezuela, Argentina, Uruguay, México, Estados Unidos, Chile, Brasil y Cuba.

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