Vivir para soñar

Barco hundido. Foto: Francis Ánchez, en revista Árbol Invertido, 2016
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Francis Sánchez

Publicado: 04/02/2016 - 22:25
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En una época en que sentía que el vacío aplastaba mi vida cotidiana, y no solo la mía, sino quizás también la de mi país, encontré, en la posibilidad de soñar, un escape. Nada me reconfortaba tanto. Sin importar si despertaba con miedo, triste, desengañado o eufórico, siempre tenía la impresión de haber recibido un obsequio exclusivo. Era la fortuna de experiencias más intensas. ¿Por qué empecé a escribir y coleccionar mis sueños? Al principio para atraparlos, conservar su aliento, salvando detalles únicos, sensaciones, incluso haciendo dibujos, que me ayudaran a visualizarlos, así evitaba que se volatizasen con la neblina del ayer.

Desarrollé, instintivamente, algunas habilidades personales, como la gradación del despertar. Antes de rendirme por completo a la vigilia, cuidándome de contactar con la luz y otros diluyentes externos, ya activaba una lectura en retrospectiva, empezando por reconocer los nudos de la historia sumergida, los momentos claves donde se hallaban resonancias más sensibles —ser herido, descubrir un nuevo espacio, empezar a huir...—, y desde cada uno de esos nudos me apuraba a destejer la trama invisible. Luego, despertando, debía halar rápido, escribir en el mismo sitio, primero que atender la demanda de cualquier otra impresión por pequeña que fuese, y sin juzgar las costuras ni la lógica de lo soñado.

Como escritor me propuse obedecerlos, ser su esclavo, igual que se copian los dictados de un profesor de idioma, pues creía que me entrenaba sólo para poder alcanzar los frutos superiores de la realidad exterior. Pero pronto descubrí que en ningún otro lado me esperaba una cadena de hechos más orgánica, más significativa, ni más libre y plural. Desde entonces, a las libretas escolares que tenía el cuidado de dejarlas sobre el borde de la cama cuando me iba a dormir, las identifiqué, con toda seriedad, como Diario de sueños.

En esos tiempos, en mi país, predominaba el dogma de que la misión del escritor era testimoniar la épica colectiva, reflejar problemáticas y hazañas sociales. Yo necesitaba otro paisaje, otra realidad que me impusiese el itinerario de una verdadera necesidad de escribir. Planeé extraer todo lo que descubría mientras me desplazaba sin los andadores de la vigilia dentro de aquellas habitaciones privilegiadas. Octavio Paz lo llama, al sueño, “castillo de diamante”. Habitarlo, perderlo y querer reconquistarlo cada día, para mí, no sería más ni menos extraordinario que tener al fin una vida propia.

Se convirtió en un vicio peligroso. A veces pasaba la mayor parte del día reconstruyendo un sueño, y lo hacía siempre sin intrigas ocultistas ni alquimia, tal vez porque ya las conexiones sencillas que deseaba recuperar me parecían suficientemente espesas. En lugar de la fórmula mágica “había una vez”..., comenzaba, muchas mañanas, escribiendo “anoche estuve”... Sospecho que, durante la vigilia, tomaba sólo apuntes y ordenaba el probable contenido onírico en que iban a desembocar las formas huecas del día. Vivía para soñar. A tal extremo, que apareció la sombra de la locura, y debí detenerme. Acepté no pelear más con la oscuridad por las cosechas de mis sueños, para no perder la razón y devolverle un poco de calma a mi familia.

Alguien me persuadió, además, sobre la aparente inutilidad de una escritura que se apartaba de la razón pública donde residen, entre otros, sus potenciales lectores. Y así deseché el Nocturnario, como también le llamaba a esta especie de bitácora, hasta hoy. Vendrían días arduos, propios de sostener una familia, hijos, obligaciones laborales. Sólo he vuelto a apuntar un sueño cuando hay alguna razón de fuerza mayor; por ejemplo, si despierto agitado en mitad de la noche y no consigo dormirme.

Para armar el presente libro, reúno un grupo de historias —donde un narrador ha primado quizás sobre el poeta, el filósofo y otros sujetos que se disputan el control, el punto de vista de la sinceridad o libertad máxima—, las libero del yugo de las fechas, y a cambio les doy títulos. Más que “basado en un hecho real”, yo diría que este libro es todo lo real que puede parecerle a alguien su propia existencia.

El trabajo evolutivo de soñar me ha hecho persona. En un sueño hice por primera vez el amor, por ejemplo; y en un sueño salí por primera vez de mi isla cuando no estaba permitido. He volado, he sido pez, regicida, suicida, participado en innumerables batallas y surcado mares sin nombre. Discutí con el mandamás de tú a tú. Pude abrazar otra vez a mi padre, años después de fallecido, conversamos como nunca y escuché su versión del paraíso.

Gracias a la esclavitud y el prodigio de soñar, quizás mi vida se iguale en dignidad a todos los demás seres que pueblan el Tiempo. Traté personalmente con Quevedo, Lezama, actué en el The Globe, acompañé en el invierno a Pasternak, descubrí una isla doble de Cuba donde se refugian los ahogados, maté, cometí adulterio, mi cara se reflejó en el Sena, crucé un agujero negro, fui príncipe y bufón, sentí en mi piel las nevadas y el desierto, bebí un café caliente con Martí en una nave rumbo al planeta Marte, descendí al centro de la tierra, expuse mis cuadros en museos de Moscú y Estambul, descifré y adquirí ejemplares únicos de libros maravillosos que jamás nadie verá, encontré tesoros, y fui otra vez niño, pero también muchedumbres y valles y cada pétalo de una rosa que no proyectaba sombra, porque al final todo estaba dentro de mí. La biografía de una persona, en resumidas cuentas, cuando deja afuera los sueños, se convierte en una construcción a base de mentiras e inexactitudes.

El dudoso y vasto temor de que la realidad sea ficción, me interesa menos que la discreta certidumbre, que conservo, de que los sueños tienen la verdad.

(Prólogo del libro Secretos equivocados, Ed. Betania, 2015)

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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