Porfa, no le dispares a los antílopes

Morro de La Habana en miniatura y bala de fusil. Foto de Yoel Suárez en revista Árbol Invertido
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Yoel Suárez

Publicado: 11/08/2016 - 20:15
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Ahora escucharía el ratatata ratatata ratatata ratatata de la máquina de escribir, no la música del grafito del lápiz. Tengo hambre. Suspiro. No paro de escribir. Luego, con calma, leo y releo lo ya he escrito. En casa no encuentro alimento. No descubro nada con qué inventarme una merienda. Un algo para mantener las energías a salvo. Leo. Escribo y, viceversa, como quien se entretiene dando la vuelta a una tortilla ilusoria. Olvido las náuseas, los deseos de morder, de tragar una pizca de un ente sólido, una piedra, un algo que pese en las tripas y, rellene el vacío del estómago. Reescribo. Analizo lo reescrito. Todo da vueltas en la panza, en la mollera, veo estrellitas de medianoche, amapolas de Oceanía, velan mi hambre, la guerra es en los sesos, la disputa de mis dos hemisferios, dos ejércitos que invaden el cerebelo.

Estoy solo, obstinado, ojalá estuviese paciencia de aguantar, de resistir el hambre, valor, coraje de avanzar en la escritura, luego volver a releer lo escrito. Colgar las ideas cual guantes, traje en su percha en el armario, en caso de poseer un artefacto como ese en casa, guardarlas hasta satisfacer las ganas de comer y explotar como la rana que quería ser rey, crecer más que la grulla del charco.

Deseo tener una mesa, una lámpara de noche al lado de la cama, y escribir esta historia hasta el final. Desnudarme, tomar un bolígrafo, sentirme escritor.

No poseo mesa, lámpara, bolígrafo, un cuaderno donde comenzar esta novela. En las paredes no, eso es imposible, las tablas de palma son fibrosas.

El cielo por la ventana es hermoso, es un ser ilusorio, aun así, me gusta.

Molesta que el hambre no tenga olor, que hieda. La fetidez es sinónimo de hambruna. Uno se baña y prosigue con la peste, es la podredumbre, los pobres nos restregamos con aromas y esencias vegetales, y seguimos formando parte de la carroña, la cochambre de la humanidad. Deseamos, día y noche, convertirnos en millonarios, especular, beber cerveza hasta reventar, fumar y que el cáncer nos lleve. No me gusta beber, menos fumar.

El sonido de las tripas desagrada, no me apena porque estoy solo.

Escucho gritos, son los vecinos que vociferan. No me molesta. Ya me acostumbré. Entra por la ventana una corriente de aire, viene del patio, y de más allá. Se escuchan las voces. Voces de esta mierda de vida. Voces subterráneas. Resbalo con desesperación por el tobogán de la muerte. Las escucho, comprendo que vivo en el país del Demonio.

Oigo e intuyo que así comienza la novela: “Tengo un secreto. Uno que no les contaré a JuanCa, a Rafita, a Marcus, a Kike. A ninguno de ellos, no me importa que ellos sean mis amigos, aunque me juren que no van a abrir la boca…”

Mientras me animo a escribirla, leo como un endemoniado.

La remembranza de la muerte de dos policías amigos de papá baila sobre mí, me persigue, zumba como espada de Damocles…

Prefiero ver las golondrinas, los antílopes sobre los techos de las casas y olvidar el crimen.

Sueño que corro bajo el aguacero. Que las gotas caen sobre el nailon que mamá pone cada noche a un metro de la cama encima de nuestros cuerpos tendidos como cadáveres en un féretro, como si fuese el techo del mosquitero, del país, del universo. Así protege a sus Mosqueteros. Por si llueve. Por si se cae una rata del techo. Por si el mundo se precipita sobre nuestras cabezas.

Escucho el odio de los perros. El miedo de los gatos. El eco. Los gruñidos ilusorios:

―Esos animales ya no están.

O sí.

Quizás existen tanto como yo, que es lo mismo.

Mijo, estás soñando –oigo decir a mi madre.

Sé que después de hablar sigue dormida.

Tenía y tengo hambre.

La idea de comer es una triste pesadilla que aplasta, que solo deja oír voces lejanas, del eco de la vida. Al escucharlas me llega con nitidez la oración inicial de mi novela:

“Yo tengo un secreto…”.

A pesar del hambre, los retorcijones, las ganas de contárselo a los socios, es un secreto bien resguardado. Mientras me embullo a escribir la historia me hundo como un poseso en el vuelo de las golondrinas, en el salto de los antílopes que huyen de los cazadores, cruzan inquietos por sobre los techos de las casas.

Yo solo deseo estar soñando bajo un aguacero. Sentir las gotas. Una tras otra. Sin granizos golpear en el rostro. Que tintineen en el nailon que mamá pone cada noche encima de la cama como si fuese un mosquitero, por si la lluvia, por si las moscas, por si una rata hace maromas y se lanza de cabeza desde el trampolín del techo, entonces escucho ladridos de perros, maullidos de gatos, vienen del otro lado de las paredes del cuarto, sonidos, gruñidos ficticios. Esos animales ya no están ahí, se los comieron uno a uno los vecinos, por la voraz hambruna, para apaciguar el mal de sus tripas. Los descueraron y los asaron a todos juntos, en púas.

Mijo, eso es solo una alucinación —dice bajito mamá, y sigue durmiendo.

Tener hambre y querer comer, es una gracia. No hay nada, solo existen voces, habladurías que me acompañan en la misericordia, la miseria objetiva que nos acerca con desespero al abismo de la muerte, las escucho, voces que hablan solas.

Es entonces que comprendo que así comienza mi novela:

“Yo tengo un secreto. Uno. Y no se lo voy a decir a mis amigos, aunque me juren y perjuren que no lo contarán a nadie…”

Pero mientras me devano los sesos con la muerte de los dos poli…, prefiero ver el vuelo de las golondrinas, los antílopes que pasan por sobre los techos de las casas, soñar bajo el aguacero, sentir las gotas caer en el nailon que ella, mi madre, se empecina en poner cada noche a un metro de la cama, encima de nuestros cuerpos inertes, como si el nailon fuese el techo del mosquitero, para proteger a sus dos Mosqueteros, por si llueve, por si se desboca una rata del techo.

Escucho el ladrido de los perros.

Maúllan los gatos.

Animales que ya no existen.

Mijo, sigues soñando —repite, y se hunde en su espejismo.

Así comienza y termina mi libro, donde sueño y realidad nunca delimitan fronteras, es por eso que cada muchacha que se aproxime, que se asome al brocal de mis ojos, es para romper mi corazón, y hacer que afloren indiscriminadamente las imágenes de Elena, Karla y Balbina, mis tres dolores de cabeza, las que me remueven el esqueleto como potentes patadas de bestias cerreras, me golpean en la caja del pecho, ellas son las culpables de que mi espíritu se debilite.

Las miro y sin que lo sepan me retuercen el pescuezo cual si yo fuera una gallina de guinea.

Mi penancolía era⁄es un carro que salta/ba y da brincos de bache en bache, me incendia el corazón, globo de papel chino, si me aproximo a los soles de sus ojos se consume.

Qué sé yo.

Mentalmente, soy un desastre.

No sé si escribo o sueño.

Tenía⁄tengo los sentimientos —como mi casa, y las del vecindario— hechos ripios —unas encimas de otras, cual si fuesen seres mugrosos. Amontonadas a ambos lados de la calle sin asfaltar, apretaditas criaturas desvalidas, sacadas del purgatorio—. Así es⁄será, desde el comienzo de mi pubertad, y es este mi padecer. Solo sé que las cosas que van a ocurrir, suceden. Así comienza y termina esta novela, donde el espejismo es el de la realidad, y se confunden. Donde todas las muchachas del pueblo me “rompen el corazón”. Y aun así mi amor hacia ellas es mágico, agresivo, brutal, todo eso y más. Las miro, saltan a mis ojos como hermosas bestias salvajes, me remueven los huesos, es que soy un manojo de confusiones, me ponen el espíritu débil, de cristal, pura agüita. Y es que constantemente recibo de sus miradas un tiro de indiferencia. Y es que debería aprender a hablarles para tumbarlas de amor al decirles cosas lindas como TE AMO.

Si nuestros ojos —los de ellas tres y los míos— hacen estocadas en el vacío, algo allá adentro se me retuerce.

Voy de descalabro en descalabro.

Mi pena es un carro que salta en un camino de cráteres. El corazón ya no es corazón, sino la luna, un globo de papel chino que se incendia de golpe si “se aproxima al sol de sus miradas”.

Qué sé yo.

Si les hablo de esa manera piensan que estoy loco.

De veras lo estoy.

Pensarían que soy un pervertido.

Pero si me llenara de valor, seguiría insistiéndoles.

Mi amor hacia ellas es mágico, agresivo, diamante en bruto.

Las miro.

Las veo.

Se me revuelven las neuronas, saltarían como hermosas gacelas salvajes hacia tus/sus ojos. Y ellas me mirarían raro y saldrían a correr.

A mí no me importa morir de enamoradizo.

Del tiro que recibo si nuestras miradas hacen estocadas en el vacío, algo allá adentro se me retuerce, ir de descalabro en descalabro, aunque éste sea un dolor sinfónico, fisiológico, filosófico, que nunca desaparece. Que mi espíritu sea el de las aguas albañales drenadas desde nuestros dulces hogares a zanjas, canales, ríos, hasta llegar al destino final, el gran vertedero, el desagüe de la Humanidad, la mar que no hemos de ver ellas ni yo, porque el vertedero está dentro de mí.

Todo se corrompe. Lo que va a pasar, pasa. Y punto. Mi martirio es circular. Si no logro remediarlo, todo se pudre, se contamina como las aguas de oxidación que drenan nuestras casas, y el vertedero mío está en mi pecho.

Escucho el disparo, el estampido me lanza de boca de la cama. Caigo sin resuello al piso, al abismo. Corro, corro, corro, corro creyendo voy a volver a ver el asesinato de los dos policías que se repite en mi pesadilla, es un castigo por no confesar. Corro, soy un atleta. Corro hasta llegar al gentío que se reúne como para un desfile del 1ro de enero o de mayo. Y se me clava una espina en un costado justo cuando averiguo cuál es la novedad. El desastre. Un niño de cuatro años encontró la escopeta del abuelo recostada en el tronco de un árbol. El viejo se había raspado la madrugada cazando a ladrones que no llegaron, se encontraba atareado en el patio a unos pasos del rifle, sacrificaba a un puerco para sacarle unos pesos y dar de comer a la familia. El niño tomó el arma. Solo quería jugar a los tiros con su primo de dos años. Sin malicia. Como en las películas del Oeste. Apretó el gatillo y plafs, le explotó la cabeza al inocente que cayó redondo como un pollo sin proferir grito alguno. La tierra se bañó de sangre. En un segundo el suelo se la tragó todita. Ahora el primo es una criaturita difunta en una camilla de ambulancia. No es cuestión de gramática. De darle vueltas al asunto. De buscar culpables. No se le puede atribuir la responsabilidad a otro que no sea al abuelo, que permanece en el interior del carro patrullero, con la cara tapada con las toscas manos, entre dos rollizos y sudados y arrogantes policías. El viejo llora afligido como si fuese marica. No entiende qué, ni cómo ocurrió. La patrulla está rodeada por un mar de gente, intentan sacarlo para tomarse la justicia por sus propias manos. Hasta la familia del viejo desea cobrársela, se cagan en su madre y en su imprudencia. Nadie se acuerda del dichoso cerdo que se mosquea en el patio de su casa. El odio y la venganza, pueden ser más fuertes que el hambre.

Silbo y sangro una melodía.

Nada puedo hacer, excepto olvidarme de la desgracia ajena. Me sobra con la mía, que llama con furia desde todas partes. El Demonio está suelto en el barrio, lo sabía, solo parará si logra juntarnos a todos en el Infierno. Por eso me marcho silbando, sangro esta canción, no soy Dios, nada puedo hacer, solo olvidarme de la desdicha de los otros, la ajena, ya tengo suficiente con la propia, que llama a mi puerta, y me hunde en las tinieblas del cuarto.

Todo es circular.

Camino y aún escucho el estampido del disparo que me sacó de la cama, que me lanzó a correr como a un atleta desquiciado, hasta dejarme boqueando, y me clavó la espina del sufrimiento en el costado.

(Fragmento de novela inédita, capítulo 1)

Rafael Vilches Proenza

(Vado del Yeso, Río Cauto, Granma, Cuba, 1965). Lic. Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio de poesía “Manuel Navarro Luna” en 2004 y 2010, con El único hombre (Ed. Orto, 2005) y País de fondo (Ed. Orto, 2011). Ha publicado Ángeles desamparados (Novela. Ed. Bayamo, 2001 / El Barco Ebrio, España, 2012), Dura silueta, La Luna (Ed. Bayamo, 2003), Trazado en el polvo (Ed. Holguín, 2006), Tiro de gracia (Ed. Holguín, 2010), Lunaciones (Letrabierta, La Habana, 2012), Café amargo (Miami, EE.UU, 2014). Textos suyos se han publicado, además, en España, Italia, Nueva Zelanda, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá, Argentina y EE.UU.

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