“Posesiones de humo” y otros poemas

Candados
Candados. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

LA PREGUNTA

 

Pájaro, esencia de nube,

mitad oscura de mi dolor.

No me preguntes de qué sustancia soy,

en que permanente lápida arde mi fuga;

este silencio que prefiere tus ojos,

no sea que sin querer dibujes un gemido.

 

Búscame donde comienza un niño,

en el trazo imperfecto de su cielo,

espigada sobre tus rodillas;

navegando como luciérnaga perdida

por la doliente gloria de tu carne.

 

 

ELLA SOLÍA COMER FRESAS

A mi hermana

En el páramo, ella solía comer fresas.

Las masticaba tan suavemente que su aliento

a fruta silvestre, le duraba todo el día .

Bailaba, reía, un brazo firme la enlazaba

como una columna poderosa, indestructible.

Su rostro, el del espejo,

 brillaba en su palidez. Su alarido,

dormía oculto en su falda, remendada

de antiguas batallas.

Una corona de laureles adornaba la tempestad

de su cabellera.

En su rostro, apenas recordaba aquellas tardes

soleadas, donde las flores le acariciaban los pies

y su piel olía a madreselvas.

En el páramo ella solía comer fresas;

después, en el cuadrado eterno de su habitación,

permanecía ausente, como una piedra reinando

sobre la blancura de su lecho. Fingía dormir,

y su sueño era siempre el mismo,

y en sus manos, guardaba un poco

de aquel fino reinado.

 

 

POSESIONES DE HUMO

Take these broken wings and learn to fly

Paul McCartney

El ave del paraíso desplegó sus alas,

huimos cerrando los ojos.

La sorpresa ya no era el talismán,

el manjar único.

Me eché a caminar calles,

a sortear aguaceros,

todo el cansancio que mis huesos

podían sobrevivir,

pero las fachadas antiguas

me recordaban tu perfil,

y de las fuentes brotaban

tus cabellos.

Habitabas todo el paisaje,

cada reliquia de la ciudad:

su pátina suave y delicada

mordía mi secreto.

Tenía el latigazo de tu piel

sobre mi sombra.

 

 

ÁNGEL, EL MESÍAS

Que todo vuelva a empezar donde termina

Y vuelva a terminar donde comienza.

Ángel Escobar

Eras el Nuevo Mesías,

tu arsenal eran los clavos,

herradura de jinete desbocado,

alambre retorcido,

sudor que rompe las ampollas.

 

La escalera subía y subía

hasta la cruz,

hecha de insomnio

y máscara (vuelta al revés).

 

Tus palabras salían del cenagal,

de la ráfaga rota,

ásperas,

largas y redondas.

Abalorio hecho de cantos y gritos,

de silencios y otras voces

que tenían tu rostro:

escondido en la negra capucha,

en la otra dimensión de la retina.

 

Guardabas el cuchillo

como una oración.

Y tu cuerpo era negro,

transparente y puro

                            como el agua,

agua de cien mil leguas de dolor,

campos de azúcar,

gruesos labios interminables.

 

Te llamaste feo,

aniquilado,

roto,

extraño para los ojos que no quieren ver

lo que sucede dentro de la soga.

Y sentado en el filoso borde

de la aguja,

solo te atragantabas,

solo te dormías,

pretendiendo ser el elegido,

el comedor de tu rabia

y tu llanto.

 

Como un actor

en su último papel,

arreglaste tu caída al pozo,

la blanda caída hacia lo muerto.

 

Mesías, el Ángel, te decían,

hacedor del azul.

Ahora giras

con tus cielos sangrando,

lanzando tus palabras,

tus cantos de supliciado

sobre nuestros hombros.

Después,

te duermes en tu cruz,

te callas.

 

 

CERTEZA

 

Dios es terrible

Pero la muerte nos acoge benévola

Con nuestras deudas

Con nuestras dudas

Para entregarnos al mar

Otra vez.   

 

 

LA BOFETADA

                                      A mi padre

 Los ojos de mi padre buscaban descifrar

el enigma.

Todos los días de la escuela,

              eran otros días,

otras horas arrancadas al tiempo,

               a la llovizna.

Escuchaba las voces lejanas,

mis pies dolían en el asfalto,

las piedras siempre buscaban

una morada en mis zapatos.

Tal vez con mis alas pequeñas

            podría alejarme,

escapar por los bordes del círculo,

tocar el agua con mis pupilas.

 

La mano gris de mi padre,

la mano de los cantos,

la mano blanca,

golpeó,

escupió,

pero mi cara no escuchaba,

mi cara era oscura,

hecha de alambre

y frío.

Mi cara era un espejo cubierto.

Mi cara no quiso hablar.

 

 

DEDICADA RUTINA

 

Voy al mercado a buscar verduras

por las calles donde merodea el sol.

 

Amaso el pan sin cantos

sin sudor 

tú te contentas

nunca preguntas.

¿Alguna vez sucedió

que un dedal guardara tanto silencio?

 

Cocino los platos y la herrumbre.

Lavo las prendas y los pulmones se cansan,

las manos se confunden con las burbujas y el miedo.

 

Estertores se barren tristemente

y se esconde la basura debajo de la cama.

 

Estructuras suaves

a punto de nieve.

Irina Pino en revista Árbol Invertido

(La Habana, 1965). Poeta y narradora. Colaboradora de la publicación  digital Havana Times. Autora del poemario Los signos y los cantos (Ed. Extramuros, La Habana, 2011).

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