Artefactos para dibujar una Nereida

Mendigo ante estatua. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

POEMA DONDE DICE MAMÁ QUE HAY POESÍA PARA RATO

Ángeles, parecen ángeles, me ha dicho la sombra que enceguece; pero son imprecisos caballos en el mar, raras luciérnagas o ninfas equidistantes de este inútil aposento. Sobrevolaban las casitas de la infancia en un abrir y cerrar los ojos, con el pincel en la boca, mi padre ha dicho que son ángeles, nadie dice nada ante mi paraplejia. Diluir los ojos, escapar del poema y pensar que reverencio esas variaciones ocultas en la alfalfa y la acuarela que no está. La boca mueve todos los significados, difícil cerco de la boca para desparramar lo que nadie ha visto. Ángeles, parecen ángeles, de la boca salen ángeles cuando uno no se lo piensa, en esas marinas distantes de Dios y de la abisal sombra que me cubre, en esta cama donde llevo residiendo veinte años, llevo muriendo veinte años, pero son ángeles, parecen ángeles.

 

Si advierto en el remanso de este sitio, que nunca alcanzaré a dibujar el mar, es solo una utopía, un estado de gracia de esta paraplejia donde solo muevo la boca, la boca del pincel que descubre ángeles, y todos quedan alrededor de mí como si fuera una locura. Ha venido la cartomántica, la hija que se ha quedado ciega de la tía Grimilda, que residía en Bulgaria hace unos años atrás, para que lea algunos salmos y dejen que el mar se aplaque. Ellos no han visto ángeles por estos tiempos, sólo la tierra árida donde sucumben unas bestias que ya no sirven para nada, el ojo de agua de la cañada ha desaparecido, dice la maga que ha sido un año aciago. Intento hablarle de un provenzal tiempo de siega, pero las palabras me son difíciles y tía Grimilda reconoce que en los ojos de los ángeles hay siempre un tiempo mayor.

 

No está mal que no haya aumentado dos libras en cinco años. Todos se disculpan para tomar un té de jazmín que Zenaida ofrece a los que llegan. Ángeles, son ángeles estos los que regresan con acuarelas, por el pasillo que conduce a la habitación hay ángeles, raras nereidas que no logro detener por los brezales hasta que escapan de esta sobredosis. En el ajetreo de estos días de cosecha, siento la hierba húmeda y el cansino aliento de los que parten. Sentir ese adiós es como si todo acabara. Mi madre es la única que dice que voy creciendo, que tengo buen color, que los médicos se han equivocado de pronóstico.

 

Él le decía a mi mamá “yo quiero hacer verso”, y mi mamá le respondía: “¡Pero Juan, ese es un trabajo para morirse, no para vivir!”

Juan Gelman

 

Estos artefactos me hacen recuperar las palabras, esa ceguera del mundo civil que nadie cuenta. Disimula mi madre que está enferma de un cáncer que le llega a los huesos, que es difícil dibujar una nereida sin mirarle a los ojos, en el apretado convite que se ofrece, dice Sigfredo Ariel que la poesía dejó de rendir trigo. Habla Gabriela Mistral de la poesía que tanto desprecian los poetas mozos, refiere Ramón García Mateos, que son malos tiempos, cuando la poesía no sirve para nada. Yo miro los ojos de mi madre, ella ha leído a Cesar Vallejo, y sé cuándo irá a llover, y cuándo el mar está en calma. Mi madre, que es como una nereida, alguien que augura que hay poesía para rato.

Sí, eran ángeles, pero yo decía que eran nereidas. Díselo tú papá, que eran nereidas.

 

CARTA ASTRAL PARA DIBUJAR UNA REALIDAD QUE NO ENCUENTRO EN TU NOMBRE

Qué puedo decirte, madre mía, a la hora del mal dormir entre jeringuillas y fragmentos de un linfoma que parece te llevaba poco a poco. Después del chinesco hospital, los cristales de la noche, el traspiés que oficia el cáncer entre tus arterias, cómo decirte tanta verdad, una verdad absoluta que no podría creer nunca, por la que respondías como un animalito tembloroso, el más frágil de los animalitos asediado por la multitud, imposible de entender en su propia sombra. La definición de un extraño sueño que descubro en tus ojos, en la planicie de tus ojos, por ejemplo, cuando acudíamos a la salita del hospital y yo te ofrecía regalos para que no imaginaras la sangre que faltaba, los estertores de esta aciaga existencia de la que no puedo despedirte. Entonces indagabas el porqué de aquella gente moribunda cruzando frente a nosotros, por qué tanta soledad en los rostros de los paseantes y de uno mismo. Nada nos era ajeno, ni apenas el día que me dijiste que no querías ir más al tratamiento, que ya las venas habían colapsado y que era algo injusto que no podía seguir ocurriendo. Entonces mirabas alrededor, y no hallaba razón ni pedestal, no hallaba el sendero para trasmitirte el estado de necesidad, las injusticias de Dios, y de la vida que siempre es incierta. Duró un año el temor, la súplica y el desasosiego de cuidar de ti, madre mía, de sentirme a tu lado el más pequeño de los hombres, un principiante, el incomprendido por la turba, el que escapó de todo pacto por alcanzar la felicidad, y tú no sabías nada; en ese instante donde decidí dejarlo todo a Dios, pero salvarte. Así fue la rutina de los días, la búsqueda por minimizar las secuelas de las quimioterapias y de tus venas necrosadas. Madre mía, qué difícil es dejarte en un poema para que elijas entre la pátina de la enfermedad y la manida palabra existencia. Qué difícil es dibujar una realidad que no encuentro en tu nombre, cuál misterio ofrece Dios para que la muerte no sea ni el fin ni el principio. A duras penas, puedo explicarte, madre mía, sobre estas cosas, y temo en el aciago tiempo que nos encumbra, mientras te preguntaba por los árboles del patio, por los día de navidad y la familia. Qué puedo hacer, madre mía, si no pude sustituir mis venas por las tuyas, si en tu mirada siempre encontré un rencor injusto, diría yo, amargo, por la inexplicable hora de la transfusión, por la herida que mucho más se hacía en mí junto al lamento. Nada sabías, madre mía, nada sabías. Cómo podré revivir tantos motivos diversos, fingir que se está feliz por el hecho de hablar de la felicidad. Callar simplemente, cambiar de conversación como si nada sucediera, pero es terrible el candil y la expectativa por los medicamentos que no llegan. Mientras prefiera que sigas peleando por la casa y el país, insistir que todo ha sido un sueño y tenga lágrimas nada más, y no pueda hablarte de porvenir, de los hijos que no sé si tendré; ah para qué tantas preguntas. Madre mía, si un día piensas que intenté escapar de esa realidad, que no cuidé bien de ti, que también he sido un animalito tembloroso perdido en su soledad. Qué puedo decirte, madre mía, que me perdone, que me perdone.

(Fragmento del libro ganador del I Premio Internacional de Poesía en lengua española «Manuel Acuña», México, 2013.)

Luis Manuel Pérez Boitel. Foto en revista Árbol Invertido

(Remedios, Villa clara, 1969). Licenciado en Derechos (Univ. Central de Las Villas, 1996). Es autor de una veintena de poemarios, con los que ha ganado importantes premios, como el "Casa de las Américas" con Aún nos pertenece el otoño (Ed. Casa, La Habana, 2003), el "Eliseo Diego" con Ciudades del invierno (Ed. Ávila, 2005), el "Casa de Teatro" con Memorial de invierno (Ed. Casa de Teatro, República Dominicana, 2006) y el premio de poesía en la convocatoria de los Primeros Juego Florales de Tegucigalpa, Honduras, con Hay quien se despide en la arena (Ed. La Ronda, 2011), entre otros. Nunca ha dejado de vivir en su pueblo natal. Tras ganar la primera convocatoria del concurso internacional de poesía "Manuel Acuña", inquirido sobre qué haría con los cien mil dólares del galardón, en una entrevista en el periódico Vanguardia de su provincia, señaló: "Voy a regresar a Remedios, que es lo que pudiera ser más preocupante para algunos, y me voy a dedicar a vivir y a mejorar mi poesía".

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