La madre de todas las conspiraciones

Edificio reflejado en el agua

Si quieres ver una imagen del futuro, imagínate una bota militar pisoteando sin cesar un rostro humano.
George Orwell, 1984.

No toleraremos ridículas teorías conspiratorias en relación con los ataques del 11 de septiembre.
Presidente George W. Bush, 
Discurso en la ONU, 10-11-2001.

 

PRIMERA PARTE
Un Platón cubano encuentra a un Sócrates americano

Todo lo que sabes es falso.
The Firesign Theater.

1. Oakland, California 

Muy pronto le ocurrirá algo que le cambiará la vida.

Marcos leyó de nuevo el texto impreso en la pequeña tira de papel y con una ligera sonrisa lo puso en la mesa, al lado de la galletica de la fortuna de donde lo había extraído.

¿Cuántas más como esta habrán impreso?, se preguntó. ¿Diez mil? ¿Cien mil?

Pagó la cuenta y salió del restaurante.

La comida china en el área de la bahía de San Francisco es una de la mejores del mundo, y Marcos había tenido la suerte de encontrar un buen restaurante a pocas cuadras de donde vivía. 
Mientras caminaba sin prisa hasta su apartamento, recordó que la semana había comenzado con malos auspicios. 

Cuando regresó del trabajo el lunes por la tarde, encontró en la máquina contestadora un corto y nada amistoso mensaje de Dorothy, informándole que había decidido mudarse definitivamente para New York. Un vistazo al clóset le sirvió para comprobar que su amiga se había llevado toda la ropa, así como su viejo osito de peluche gris. Marcos hizo un rápido inventario visual, y comprobó que uno de los libreros estaba medio vacío, y que varios de sus libros habían tomado el mismo camino que los de Dorothy.

El jueves amaneció nublado y frío. Marcos se sintió tan deprimido que no fue a trabajar. En un esfuerzo por animarse, decidió adelantar su visita regular sabatina a las librerías de uso de Berkeley. Mientras le ponía comida en el plato a Larissa, su gata barcina, miró la fecha en el calendario pegado en la puerta del refrigerador. Era el 23 de septiembre del año 2000. 

Cerró la puerta del apartamento cuidadosamente y pasó los pestillos de los tres cerrojos de seguridad. Bajó las escaleras, salió a la calle, y comprobó que su viejo Porsche 944 rojo aún estaba parqueado en el mismo sitio en que lo había dejado la noche anterior. Por suerte no le faltaban las ruedas ni le habían roto las ventanillas.

 

2. Berkeley

Mientras manejaba con rumbo a Berkeley abstraído en sus pensamientos, Marcos recordó el mensaje de la galletica de la fortuna.

Por suerte no soy supersticioso, pensó.

Oprimió aún más el acelerador y el Porsche saltó hacia adelante como una bala, comprimiéndolo contra el asiento. En sólo unos segundos la aguja se acercó a las 80 millas por hora. Pero ya la corta autopista llegaba a su fin y las curvas cerradas de la colina antes de entrar a Berkeley se acercaban vertiginosamente. Marcos sacó el pie del acelerador y desaceleró rápidamente sin tocar el pedal del freno, tan sólo usando los cambios de velocidad.

* * *

Varias horas más tarde Marcos salió de la librería Moes después de una de sus largas sesiones de búsqueda interminable de libros, que algunas veces compra aunque sepa que nunca tendrá tiempo de leer. Está convencido de que el vicio de comprar libros de uso es casi peor que el de fumar. No puede pasar frente a una de esas ventas sabatinas improvisadas que llaman garage sale sin detenerse a contemplar los cachivaches que se ofertan: exprimidores automáticos de jugos, lustradores eléctricos de zapatos, maquinillas para hacer café espresso y frotté, aparatos complejos con poleas y palancas para bajar la barriga (los americanos ya son tan gordos que han desarrollado un tipo de abdomen que no se ve en ninguna parte del mundo: se asemeja a unas nalgas gordas y saltarinas) y cuanta basura se le ocurra fabricar a un empresario con un poco de imaginación y mucho de inteligencia comercial. Como en realidad estos trastes complican la vida en vez de simplificarla, a la corta o a la larga la mayor parte de ellos termina en un garage sale. 

Pero lo que más atrae a Marcos a este tipo de ventas improvisadas no son los cachivaches, sino los libros. Siempre ha soñado con encontrar, entre las decenas de novelitas rosa y libros sobre cómo hacerse millonario jugando a la bolsa de valores, una primera edición de Dashiell Hammett, Raymond Chandler, o Mickey Spillane, su preferido, autografiada por el autor. Sin embargo, nada se compara con Moes. Un par de horas entre los estantes de libros de uso en Moes es para él como un acercamiento al nirvana. Aunque se gana la vida trabajando con computadoras, profesión que aprendió en la Universidad de Tulane en Nueva Orléans, Marcos es un ávido lector de temas que van desde la historia a la política internacional y, en los últimos años, las novelas de inteligencia y espionaje.

Siempre que deja atrás la tranquilidad de Moes y entra en el maremágnum visual de la avenida Telegraph, Marcos se siente un poco aturdido, y deben pasar algunos minutos antes de que recobre su equilibrio mental. Como todavía era temprano, en vez de doblar a la derecha e ir a buscar su Porsche parqueado a tres cuadras, estacionar en Telegraph es casi imposible, Marcos giró a la izquierda y caminó con paso ágil hasta la esquina, como quien va hacia la puerta Sather de la Universidad de Berkeley, que se hizo famosa cuando los disturbios estudiantiles de los años sesenta, con la idea de pasar un momento por Amoeba Records, esa gigantesca tienda donde venden mayormente discos compactos, tanto nuevos como usados, a buen precio. Cuando llegó a la tienda se fijó en un individuo sentado detrás de una tarima en la acera, casi frente a la entrada.

Primero el hombre le pareció uno más de las decenas de tipos estrafalarios similares que cada día, y en mayor número los fines de semana, colocan sus tarimas en las aceras de la Avenida Telegraph. La población mercantil de estos ventorrillos consiste mayormente de punks y neohippies, que venden baratijas que ellos mismos confeccionan. También hay hippies de los sesenta, ya viejos y barrigones, que venden libros sobre el cultivo de la marihuana, y cosas por el estilo.

El personaje era evidentemente uno de estos últimos, pero alto, delgado y enjuto, y de unos sesenta mal llevados años. A Marcos le llamó la atención su piel cetrina, estirada en los pómulos como el parche de un tambor, y las arrugas como paréntesis múltiples rodeándole las comisuras de los finos labios. Pero lo que más lo impresionó fueron sus ojos verdosos, con pupilas dilatadas que miraban fijo largo tiempo sin pestañear, en un rostro que vagamente le recordó el de un saurio prehistórico. La abundancia de anillos en los dedos, y el pelo greñoso atado en una cola de caballo, a más del pullover con brillantes colores psicodélicos, lo identificaban claramente como un ex-hippie. Al verlo, Marcos se imaginó que a unas pocas cuadras de allí el individuo tendría estacionado su minibús VolksWagen, pintado a brocha gorda en colores vibrantes, y cubierto de cartelitos con consignas como

TODO EL PODER AL PUEBLO
NO A LA GUERRA POR EL PETRÓLEO
HAGA EL AMOR, NO LA GUERRA
LEGALICEN LA MARIHUANA
 
y otras por el estilo. Por alguna razón que nadie ha llegado a elucidar, los izquierdistas californianos, y sobre todo los berkelianos, gustan de usar sus autos como vallas anunciadoras personales, y literalmente los cubren de este tipo de cartelitos.

Y esto era precisamente lo que vendía el personaje: cartelitos para pegar en los autos. O tal vez sería mejor decir que hacía como si los vendiera, pues no mostraba ningún interés en la venta. Sentado en una desvencijada silla de tijera tras su tarima, leía con mucho interés un libro bastante manoseado, que Marcos logró identificar como The Shadows of Power. The Council on Foreign Relations and the American Decline, de James Perloff, en tanto que ignoraba olímpicamente a sus clientes potenciales.

En una de las esquinas de la tarima, alguien había dejado un ejemplar del San Francisco Chronicle, que exhibía en la primera página, entre otros titulares, un cintillo en grandes letras negras: Reñida lucha por la presidencia entre Bush y Gore

Marcos detuvo la vista por un instante en el periódico, y no pudo evitar comenzar a leer la nota sobre las elecciones presidenciales que se avecinaban. De pronto, lo interrumpió la voz carrasposa del personaje. 

Dont waste your time! No pierdas el tiempo. Ya todo está cocinado de antemano. George W. Bush será nuestro próximo presidente.

¿Por qué piensa usted que Bush va a ganar? le preguntó Marcos, un poco molesto y sorprendido por lo directo de la afirmación. Los norteamericanos no suelen hablar de temas políticos con extraños.
Bush no va a ganar le respondió con un brillo peculiar en los ojos. Le van a dar la presidencia, que no es lo mismo. Aquí ningún presidente sale por los votos de los tontos que pierden su tiempo en ir a votar. El resultado de estas elecciones, como el de todas las anteriores, ya ha sido preparado desde hace tiempo.

Marcos no pudo evitar que una mueca de desagrado le cruzara el rostro.

¿Quién carajo será el tonto este, que se cree con derecho a predecir el futuro?, pensó.

Y, ¿por qué cree usted que le van a dar la presidencia a Bush y no a Gore? , le contestó sin poder disimular totalmente su disgusto.

Porque esta gente ya está en la recta final, y las medidas drásticas que hay que tomar para alcanzar la meta que se han propuesto tiene que implementarlas un presidente del Partido Republicano. Si lo tratara de hacer uno del Partido Demócrata, los guajiros red necks sureños se alzarían tirando tiros en las lomas. Pero este es un pueblo de carneros, totalmente manipulado por quienes controlan los medios masivos de comunicación, y con un presidente republicano en la Casa Blanca nadie va a protestar.

No entiendo, le contestó Marcos, ahora algo intrigado. ¿En la recta final de qué? ¿A qué meta se refiere?
A la implantación en este país... el personaje hizo una pausa. Miró lentamente a izquierda y derecha y, levantándose a medias de la silla, acercó su rostro al de Marcos y terminó la oración en un susurro, del New World Order; el Nuevo Orden Mundial.
Sin pronunciar otra palabra, el personaje volvió a sentarse y se sumió en la lectura del libro. Después de un momento de vacilación, Marcos entró a Amoeba y fue directamente a la sección de música latinoamericana que, después del éxito del CD Buenavista Social Club, había crecido hasta ocupar todo un armario. Una vez allí, y luego de buscar por varios minutos entre los cientos de CDs, halló uno que le pareció interesante: Here Comes... el Son, música de los Beatles grabada por varios grupos cubanos. Luego pasó un largo rato en la sección de jazz, buscando entre los CDs uno con la versión original de Manteca, con Chano Pozo y la orquesta de Dizzie Gillespie. Pero no tuvo suerte. Después de pagar, salió de nuevo a la calle, ahora todavía más animada. Le echó una última mirada al personaje misterioso, que continuaba enfrascado en su lectura ajeno al mundo que lo rodeaba, y se dirigió caminando sin prisa hacia el lugar donde había parqueado su auto. Después de verificar que su Porsche no tenía ningún ticket prensado debajo de uno de los limpiaparabrisas, Marcos abrió la puerta, se sentó, encendió el motor, introdujo en la ranura del tocador de CDs el que acababa de comprar y, al compás de We Can Work it Out, condujo de regreso a su apartamento. 

 

3. Oakland

Una vez en su apartamento, Marcos hizo un esfuerzo por tratar de eliminar de su mente la extraña conversación con el personaje berkeliano, pero esta volvía a acosarlo una y otra vez. Trató de refugiarse en la lectura de una novela de espionaje de las que tanto le gustaban, pero no logró concentrarse en la lectura y constantemente perdía el hilo de la narración. Luego encendió su Macintosh G4 y trató de proseguir con el proyecto de multimedia en el que había estado trabajando por más de un año, pero tampoco pudo concentrarse. Como en un círculo infinito, su mente volvía a repasar una y otra vez la conversación con el personaje, y en particular sus palabras finales: el New World Order. Vagamente recordó que el Presidente Bush el padre del candidato George W. Bush había mencionado el Nuevo Orden Mundial en varios de sus discursos, pero de ahí no pasaba su conocimiento.

Finalmente se conectó a la Internet, abrió Netscape, y fue a la página de Google, que usaba como buscador de información. Escribió New World Order, y oprimió el botón de buscar. Google se tomó unos segundos más de lo acostumbrado, y finalmente apareció en la pantalla una lista de más de 500 sitios en los que aparecían las palabras Nuevo Orden Mundial. Abrió una de estos al azar; http://www.conspiracies.html. La página se tomó algunos segundos en cargar. Cuando lo hizo, apareció en la pantalla una página con letras blancas sobre fondo negro con una infinidad de artículos sobre Nuevo Orden Mundial, Illuminati, Nueva Era, Comisión Trilateral, Consejo de Relaciones Exteriores, Bilderbergers, CIA, FEMA, HAARP, y otros más que Marcos nunca había oído mencionar.

Seleccionó uno cuyo título le pareció que podría ser útil para alguien que, como él, no conocía nada del tema: Historia del Nuevo Orden Mundial. Se puso a leer.

Al parecer la idea de un nuevo orden mundial no era nueva. Según el artículo, escrito por un tal Gurudas, evidentemente un seudónimo, personas influyentes en los Estados Unidos habían abogado en libros, artículos y discursos, algunos de ellos ante el Congreso, por la implantación de un nuevo orden mundial y la eliminación de la soberanía nacional de los EE.UU y de otros países, para crear un gobierno mundial bajo el control de la ONU. Según el tal Gurudas, el asunto se remontaba a una sociedad secreta llamada los Illuminati, o Iluminados de Baviera, cuyos miembros se las habían arreglado para infiltrarse en los gobiernos de los países más poderosos y, de esta forma, manipular tras bastidores el curso de la historia. 
Pura paranoia, pensó.

Apagó la computadora y se olvidó del tema.

* * *

En noviembre se celebraron las elecciones presidenciales. Todo indicaba que Al Gore, el candidato del Partido Demócrata, sería elegido presidente. Pero un problema inesperado surgió en el condado de Palm Beach, en la Florida, donde, según lo que informó la prensa, algunos miles de votantes habían confundido las instrucciones de las máquinas de votar. 
El resultado de las elecciones pronto se tornó en una enconada polémica en la que ambos candidatos clamaban la victoria. Finalmente, el Tribunal Supremo tomó cartas en el asunto y, tras varios días de deliberaciones, le otorgó la presidencia a George W. Bush, el candidato del Partido Republicano. Al enterarse de la noticia Marcos se quedó de una pieza. La predicción del extraño personaje berkeliano se había cumplido.

(Fragmento de novela)

Servando González, revista Árbol Invertido

Historiador, semiólogo y analista de inteligencia norteamericano nacido en Cuba. Autor de Observando, Historia herética de la revolución fidelista, The Secret Fidel Castro: Deconstructing the Symbol, The Nuclear Deception: Nikita Khrushchev and the Cuban Missile Crisis y La madre de todas las conspiraciones: una novela de ideas subversivas, así como de los documentales Treason in America: The Council on Foreign Relations y Partners in Treason: The CFR-CIA-Castro Connection.

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