Delirium tremens

Plátano maduro sobre basura. Foto: Francis Sánchez, en revista Árbol Invertido
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Francis Sánchez

Llegas a la casa sudando; la noticia de la muerte de Ismael y Papo en la cárcel, te golpeó fuerte. Nunca pensaste en eso, y la verdad es que no querías que les pasara nada; los echaste pa´lante por la muerte de Cholo, para que la policía siguiera creyendo que, con tu negocio de vender walfarina, puedes servirle mejor y chivatear más gente; de todas formas el mundo sabe que tú eres chivato, y se cuidan al hablar delante de ti. Aunque, después de lo que le hicieron al pobre loco, se merecían cualquier cosa.

Te das unos buches para olvidar a esos dos comemierdas, pero con los tragos regresa la imagen del asesinato. «¿Pa´qué coño dejé que me hicieran el cuento?». Ahora puedes ver el pasillo de la galera, y el reguero de sangre y sesos. «¿Quién me mandó a echarlos pa´lante, si la policía está pa´eso? ¿No cobran por coger delincuentes?, pues que los busquen ellos».

 

Mariela entra en la habitación; siente el olor que despiden las nalgas de Omar. Se escalofría pensando en las veces que ha tenido que meterle la lengua. Al principio le provoca asco; unos tragos más tarde y aquello le sabe a gloria. Siempre le agradecerá, aun cuando reciba alguna que otra paliza y la obligue a darle esas mamadas de culo que tanto le gustan. Pero Mariela nunca olvidará lo bueno que fue con ella. La recogió cuando vagaba por la calle, haciendo cualquier cosa por un dedito de alcohol. De cualquier tipo: cola´o, de farmacia o de reverbero; para ella era lo mismo, lo disfrutaba igual, y por ese rato hacía lo que hubiera que hacer y a quien fuera.

 

El hecho de que tus dos amigos… «Bueno, amigos no eran, pero buenos clientes sí; hasta compartían el trago conmigo, cuando me los encontraba por la cantina». El recuerdo de la última invitación de Ismael, la confianza que depositó en ti, y el chivatazo, te acorrala el corazón. «De qué sirve haberlos echa´o pa´lante. Ahora los perdí hasta como clientes». Recuerdas las palabras de tu padre: «Los hombres nunca deben perder la ruta. El que la pierda corre el riesgo de irse directo al infierno, si no lo llevan de la mano». El final de esa sentencia se te atraviesa en la garganta, y por primera vez, desde que llegaste, sientes sed; se te reseca el gaznate y corres en busca de un trago.

La canequita está vacía, pero ni te preocupas; sabes que el tanque plástico en la guaca está lleno. «Y como es de azúcar prieta quedó especial, sin el tufo de la miel de purga». Miras para todas partes, Mariela no te ve porque está en otro lugar. Mientras caminas encorvado por el oscuro cuartucho piensas: La muy mamalona, si descubre la guaca donde escondí el azuquín, se pega al tanque como la lapa, ¡que manera de gustarle, coñoo! De todas formas, es bueno que venga mientras bebes, porque así, en ese estado, es cuando más vacilas los mamones de culo que te da. Es una enferma a la cochambre.

Al fin, frente al tanque, vuelves a mirar a todos lados. No hay nadie, esta es la mía. Lo destapas y, con cuidado de no botar, zambulles la canequita hasta que se llena; vuelves a tapar el tanque. El primer trago baja quemándote; dejas que resbale hasta que se apaga y, sin que refresque del todo, te das el segundo; no quema tanto, pero embota, ese siempre es el que nubla tu pensamiento, por eso le tienes tanto miedo. Al quinto trago ya estás listo y satisfecho, allí mismo te recuestas y cierras los ojos.

 

En la oscuridad del cuartucho no se distingue nada. Omar tiene que estar por aquí, por que la peste está cerca, debe haberse quedado dormido. ¿Qué raro que no ronca? Si se lo encuentra durmiendo la mona, los tragos le salen gratis, aunque sean sólo los primeros; si se despierta después, meterle la lengua en el culo al muy cabrón, ya no es tan malo.

 

Con los primeros ronquidos del sueño llegan las molestias de las pesadillas.

 

Papo lo mira sonriente y lo señala con el dedo; a su lado, Ismael le enseña un machete que brilla en la penumbra. Los dos se acercan, Ismael trae el machete en alto y Papo le viene haciendo la señal de la muerte con el dedo índice, pasándolo a lo largo de su cuello.

 

Omar da un salto en el piso, mira para los lados y se alegra de que sea sólo una pesadilla. Se da un trago, dos, y otro más, y vuelve a recostarse; el embotamiento regresa y se le cierran los ojos.

 

Mariela está segura de que tiene que estar por allí; lo huele, lo siente en el ambiente, el aire tiene ese vaho caliente de cuando él está cerca. Estira el cuello y afina la mirada. Un ataque de risa la sorprende al recordar la nota de la primera vez, cuando se la templó por el culo; no sabe por qué, pero no pudo evitarlo y le cagó la picha. Qué berrinche formó, nunca le habían dado tantos trompones en un segundo, y el muy vacilador, cuando acabó de darle la tunda que se había buscado, sin limpiarse ni na´ la puso a mamársela.

 

Otra vez sientes las manos de esos dos cogiéndote por los tobillos. Desde el sueño empiezas a tirar patadas, cuando abres los ojos y los ves. Tratas de gritar, pero una poderosa fuerza atenaza tu garganta; bajas la vista, y una mano podrida rodea tu cuello. Sabes que son ellos, los hijos de puta, que no quieren que grites para poder llevarte al otro mundo. La divisa de tu padre regresa: «El que pierda la ruta, corre el riesgo de irse directo al infierno, si no lo llevan de la mano». Empiezas a batallar contra los espectros y esa mano gigantesca, y parece que los atrapa el miedo, porque de repente no están. Te sientas en el suelo y te miras, estás completo, no te quitaron nada; entonces lo comprendes todo y, quizás, por miedo, empiezas a reír. Cuando te atacan los nervios, hay una sola cosa que te calma; sacas la caneca y te das dos buches grandes, caes redondo otra vez.

 

Este cabrón tiene que estar allá atrás, en el cuartico ese, con candado. Esta vez se cogió el culo con la puerta, porque voy a buscar hasta allí, aunque me dé la paliza más grande del mundo, la que nunca me han dado. Sale de la casita por la puerta de atrás y se dirige al patio.

 

Estos mierderos habrán venido a buscarte; los estertores del mal sueño hubieran puesto sobre aviso a Mariela y ella te hubiera despertado, pero te escondiste bien, donde no te encuentren. «Déjenme, déjenme», tu voz los azora y por el momento vuelven a irse, quedas tranquilo; pero, cuando logras el sosiego, descubres en tu cuello, donde te cogía la mano grande, la podrida, unos pedazos de carne y sangre. Un ruido interrumpe la línea de tu pensamiento, es un zumbido o el caminar de pequeñas patas.

 

Mariela llega al cuartucho. La guaca.., ¡qué loco está este hombre!; guaquitas conmigo, con la sed que tengo, y no tiene el candado, seguro que está ahí dentro, dándose el atracón. Prepara la lengua, que ahorita la vas a meter donde sea; pero primero te darás una pila de buches. Hoy es fiesta, muchacha».

 

Llegan los bichos, son miles; miles de «gallegos» que recorren tu cuerpo. No son escarabajos, son cucarachas; siempre le temiste a las cucarachas y las muy putas trepan sobre ti, te recorren de la cabeza a los pies, se meten dentro de tu camisa, la cosquilla te hace reír. No, no es de cosquillas, es de miedo. Te limpias la cara y golpeas el suelo, donde más hay, debes haber matado a muchas, pero levantas las manos y no hay ninguna muerta. ¿Dónde se meten?

 

«Chulito, chulito mío». Se tiene que agachar, por la escasez de vista y la oscuridad. «¿Dónde están mis nalguitas ricas?». El silencio le extraña, ella sabe que Omar nunca despreciaría lo que viene a hacerle; lo tiene domesticado a su lengua, llena de sinceridad, a boca completa, con todo el aro del culo pegado a sus labios y la lengua cosquilleándole dentro. Es raro, muy raro que no le conteste. «Omarito, mijo, esto no es gracioso; yo sé que tú estás por aquí, así que contéstame o me voy a ir pa´l carajo, coño, y no te voy a mamar ni cojones».

 

Están en tus manos, dentro de tu piel; te recorren el cuerpo por dentro y te provocan una picazón del carajo. «¿Qué coño es esto? Cojones, me van a volver loco, déjenme ya carajo, váyanse, váyanse… ¿Por qué a mí, si soy amigo de ustedes, compartíamos los tragos y cogíamos tremendas notas juntos». La picazón se calma un poco, pero los bichos siguen ahí; los ves moverse dentro de ti como si fueran sangre de tu sangre. «Pero no son sangre, son bichos feos, malos; pican mucho y me están jodiendo la vida». Buscas la caneca una vez más, pero sólo logras derramar el alcohol, el valioso alcohol, sobre tu ropa. «Mira pa´llá». Entonces te das cuenta de que estás temblando, eso te pasa a cada rato, y te lo quitas con un buche. Un buche es lo único que necesitas para que se vaya esa tembladera; intentas una vez más darte un toque, pero no logras la coordinación necesaria a pesar de que el alcohol está en una botella, y siempre pudiste desde una botella. «¿Qué coño me está pasando, serán estos cabrones que me vinieron a buscar de verdad?». «No me van a llevar con ustedes, no me voy a dejar llevar, me van a tener que matar». Regresan la picazón y los bichos, esos bichos horrorosos que ves andar dentro de ti, te provocan horror, los sientes dentro y fuera de ti, rodeándote, esperando su momento para saltarte encima.

 

«Tity, ¿dónde estás escondido? Si no sales, me voy a ir pa´l carajo, a tomar con Pepe; tú sabes que él está loco por mí, y si no sales yo me voy con él. Le voy a lamer los huevitos como a ti; yo sé que a ti no te gusta que le haga esas cosas a otros machos, pero si tú no me das un buchito, yo lo tengo que buscar por ahí. Y mira, me voy a llenar la cara de leche de Pepe, como a ti te gusta que haga con la tuya; si no me das un buche, Pepe de seguro que sí». El mismo silencio le contesta, y sabe que tiene que estar por allí, porque la peste a mierda le golpea la nariz; además, siente por primera vez el olor a azuquín. «Y no es de miel de purga, este es azuquín del fino, de azúcar prieta». Decidida, se adelanta a pesar de su ceguera por el exceso de alcohol; la nariz le funciona perfectamente y lo ha olido. Omar no le contesta no porque no quiera una mamadita sino para que no descubra la guaca. Así que prepárate, te van a dar tremenda tunda de palos por metía, pero después que le empieces a pasar la lengua por los cojones…, tú lo conoces; él se afloja y te va a dar toda la walfa que tú quieras.

 

«Bichos de mierda, yo les voy a enseñar lo que es bueno». Te golpeas el cuerpo con la intención de que los malditos bichos salgan de ti, pero la verdad es que cada vez son más los que vienen. De todas formas no desmayas, sigues luchando contra ellos, tratando de darte un trago para calmarte; lo que has conseguido es botar el azuquín que está en la botellita, y eso te molesta. De repente todo se aclara dentro de tu mente: son el par de comemierdas que mataron en la cárcel por tu culpa quienes quieren tocarse el güiro. Vuelves a destapar la caneca y la viras sobre el suelo. «Para ustedes, mis amigos». Le das toda la solemnidad que puedes, creyéndote capaz de engañar hasta a los muertos. Cuando el líquido toca el suelo, sientes la tranquilidad que te envuelve; entonces preparas todo tu organismo para un trago, ahora si te vas a dar un buen trago, grandote, como a ti te gustan los buches, y cuando te llevas la caneca a la boca, te das cuenta de que es imposible que coordines los movimientos para ese acto tan simple, realizado tantas veces: darse un trago. Como tienes que levantar la cabeza, los ves allí, a los dos, mirándote y riéndose. Ismael tiene algo en la mano, no distingues qué es pero los dos se te van acercando; en la mano trae una cosa que cuelga, te tienes que esforzar, afinas la vista y al fin lo distingues. «¿Es una soga lo que traes en la mano? ¡Coño, una soga!». Papo e Ismael se ríen y te miran burlones, te dicen que sí con la cabeza y se van acercando; los bichos regresan con ellos y traen de paso la picazón, te revuelcas en el suelo tratando, a la vez, de rascarte y de huir de aquellos dos con soga en mano y malas intenciones. Cada vez están más cerca, y no puedes huir; miras la caneca, un último buchito es lo que quieres. «Uno más, y que sea lo que tenga que ser». Pero ya no puedes ni coger la caneca. Ya estos dos están sobre ti, y, de pronto, sin mandarlas a buscar, en tu cabeza resuenan una vez más las palabras de tu padre.

 

«Tity, yo sólo quiero un trago, te juro que no te voy a robar nada después; tú sabes que yo soy una mujer y que en mí puedes confiar. No soy ninguna mierdera de esas con las que tú andabas antes. Anda, machi, sal, sorpréndeme con un traguito; te voy a dar la gloria. Vaya, si tú quieres, hoy te mamo hasta los pies, y entre los deditos, pa´ que se te alivie. Omar, tú estás cerca, porque siento tu olor como si estuvieras encima de mí». Tropieza con algo y el ruido le parece conocido. La caneca. Se agacha y la recoge; está vacía, el piso húmedo y frío, el aroma del azuquín la golpea; unos pasos delante ve el tanque, que adivina es de «huesoetigre»; se apura para llenar la caneca. Entonces tropieza con los pies de Omar que se balancean en el aire.

Escritor Eufemio Ramos en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, 1959). Licenciado en Educación en la especialidad de Química. Comenzó a escribir en 2006. Recibió segundo premio en el concurso “3 de Diciembre” en 2008. Ha publicado los libros de cuentos Que los perdone Dios (Ed. Ávila, 2010) y De dos en cuando (Ed. Ávila, 2013). Incluido en antologías como Dieta balanceada y otros cuentos (Ed. Ávila, 2011) y Habitación sin ángeles (Ed. Ávila, 2014). Cuentos suyos han aparecido en diversas revistas.

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