Praga, mi vida eres tú

Iglesia en Praga. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

Una de las sensaciones más curiosas que haya experimentado, fue asomarme un instante fuera del aeropuerto de Praga en la tarde del 11 de marzo de 2014. Cumplido mi primer viaje a Europa, es decir, mi primera gran salida de Cuba, había viajado más de nueve horas sobre océano y tierra temblando como una hoja de papel, y allí estaba ahora, solo, haciéndome el calmado. No quería moverme del lugar porque sabía que  vendrían a buscarme enseguida. Sin embargo, tenía un hormiguero dentro. Hasta que me atreví, y salí a mirar.

Conmigo cargaba mis miedos, mis dudas y ansiedades, y en ese simple vistazo al espacio exterior, después de descubrir a un lado que el nombre del aeropuerto era el de Václav Havel, respiré un ambiente —para mí— muy enrarecido. Tal como lo sentí, debo decirlo rápido y fuerte: era un opaco, sugestivo, extraño "aire" de libertad. En vez de la frase de una novelista cubana que usa el director argentino Eliseo Subiela en uno de sus filmes: "Yo vengo de una isla que quiso construir el paraíso", entonces podría presentarme ante cualquiera simplemente como alguien salido de una tumba. Venía de una situación de ostracismo y pesimismo absoluto, de sentirme enterrado en vida. Y me ocurrió, en lo adelante, lo más hermoso y diferente que nunca hubiera sido capaz de imaginar. Me ocurrió conocer Praga.

"Si existe un sitio 'otro' es este, créeme, estoy en el lugar de nuestras fantasías", le escribí una vez a mi esposa, cuando, hechizado por la magia del lugar y su gente, trataba de moverme siempre solo, descubrir, conquistar cada uno de los pequeños misterios de una ciudad llena de siglos. En las leyendas preferidas de nuestra familia, ya esta ciudad estaba dibujada, a grandes rasgos: hermosura, silencio, limpieza y orden, pero no un producto de mecanismos represivos, sino resultado funcional de un organismo vivo y desarrollado, como el eficiente sistema de transporte —metros, tranvías, autobuses...— que mantiene a las personas en contacto permanente y, sin embargo, sin atropellarse ni perder su independencia; toda la riqueza de la arquitectura que no discrimina ni amenaza al cielo, las pausas de las estaciones de la naturaleza, la cuidadosa convivencia con animales y plantas, y entre religiones, y el estado de una típica felicidad hogareña como la de la Comarca de los hobbits, mejor dotados para la esgrima de las jarras de cerveza.

En una conversación con jóvenes estudiantes en Benesov, después que me habían hecho decirles un poema de memoria para disfrutar la supuesta suavidad de mi lengua, aludí al reparto de los idiomas que hiciera el poeta Rainer María Rilke, quien reconoció para los enamorados la idoneidad del francés y dijo del español que era más propio de los ángeles. Ellos me hicieron, entonces, la pregunta correcta: “¿Y el checo, de quién crees que sea?” Yo les respondí no como un lingüista, pues no lo soy, sino como un poeta-viajero que venía recogiendo las escenas de la vida que me llamaban la atención, por supuesto, por el alto nivel de contraste con mi lugar de origen: "Es el idioma de la gente feliz". ¿Los habré convencido? Quizás no, aunque tampoco era mi intención, sólo quería darles a entender cómo yo los veía o cómo me imaginaba a mí mismo en su lugar.

Claro que ningún viajero puede en poco tiempo saciar su sed tomando directamente del fondo del pozo para alcanzar el conocimiento profundo de un país distinto. Sin embargo, viajar, y usar la mirada a picotazos del viajero, es a veces la mejor forma de revisar y comparar los elementos típicos de una región, porque estos pueden resumirse en aspectos que, con la fuerza de la costumbre, suelen perder interés para sus habitantes y dejan de ser valorados. Luego, aunque el ser humano tiende a desear aquellos espacios no ordinarios, los diferentes, un rasgo de la libertad en la era moderna implica la posibilidad de desconocer fronteras impuestas por intereses políticos, sentirse cada individuo un universo y un ciudadano del mundo, heredero  universal, para escoger a libre arbitrio.  En pocas palabras: yo he escogido a Praga, por su belleza. Siento que la calidad y densidad espiritual de sus formas, me está hablando, se dirige a mí.

Anduve con todos los sentidos abiertos y, claro, vi también a limosneros, enfermos mentales, y a un guitarrista tocar como un dios por unas monedas. Vi grafitis donde quizás no debía haberlos. Conversé, usando mis rudimentos de inglés, entre gente diversa. Grafiteros que hacían su arte en una zona autorizada. Bailé, reí, dormí lo menos posible. Contesté preguntas de todo tipo y también las hice. Entretanto, lloraba más de lo que hubiera querido permitirme. Un denominador común llamativo —aparte de otros, como la seguridad en la calle y el nivel cultural que se evidenciaba en las relaciones interpersonales—, para mí, lo fue la sensación de libertad. Creo que no es lo que más aprecien los jóvenes que han nacido después de la "revolución de terciopelo". Para ellos, crecidos en democracia, desde algo normal la libertad ha pasado a convertirse en algo casi invisible. En contraste, yo tenía la noción de mi posible libertad individual como un bien más preciado, más concreto y perentorio que una medicina o un plato de comida. ¿Es que yo venía del pasado, mientras ellos estaban de vuelta del futuro?

Entre muchas etapas históricas superpuestas en la ciudad de Praga, junto con el barrio judío y su Golem secreto, el Castillo, Kafka sentado sobre el traje de su padre, la lujuria de Mozart, y otras, está la del totalitarismo comunista. Dos legados de esta época, me llamaron la atención: ciertos barrios periféricos, con edificios feos, estilo "caja de zapato" les decimos en Cuba, pero que poco a poco van siendo humanizados con pequeños añadidos ornamentales, y el testimonio de una cruz torcida, semiderretida en la plaza Wenceslao, que marca el lugar donde cayeron los estudiantes Jan Palach, primero, y Jan Zajíc, un mes después, tras prenderse fuego en protesta por la invasión de las tropas del Pacto de Varsovia. Más fácil me es sentirme en la piel, y en el presente intenso de la necesidad de estos jóvenes, desesperados por expresarse, hasta convertirse ellos mismos en letras ardientes.

Mi interés en la poesía visual me movía por Praga. Es una ciudad llena de discursos gráficos y objetuales. Mi última noche en la ciudad disfruté, en el Teatro Nacional, una representación de Anticódigos, poemas visuales de Václav Havel, escritor experimental y fundador singularísimo de la joven nación. Nunca había visto semejante alarde de talento y tecnología ajustada a un discurso poético muy moderno: letras cobraban vida y llovían, caminaban, saltaban, sufrían cárcel como su autor, marchaban forzosamente, se rebelaban...

Dos jóvenes diseñadores me acompañaban, entre nosotros la barrera del idioma. Compartíamos el mismo nivel de asombro ante la dramatización de aquellos poemas, viviendo una de las ventajas de la poesía visual, lenguaje universal como el de la naturaleza. Superado el clímax de  la obra, yo veía venir que el cierre no podía ser otro que la tradicional firma de Havel, porque era un poema visual en sí misma, caracterizada por el dibujo de un corazón al lado de cada fecha. No andaba equivocado. Pero, cuando me preparé a informarme con el día, el mes y el año de la muerte del poeta, a tono con un espectáculo que había tenido un carácter cronológico y biográfico, fui sorprendido, y me sobrecogió que, desde la sombra, la mano postrera de Havel anotó bajo su firma, por el contrario, día y mes y año del momento mismo en que estábamos viendo su poesía llevada a escena. Era un llamado a habitar el presente continuo de las ideas y la sensibilidad. Y era también la fecha de mi última noche en una ciudad viva y, para mí, llena de la memoria del futuro.

Finalmente, aquel pequeño corazón que surgió desde el fondo oscuro del tea-tro sustituyendo un punto final en una frase, con un misterioso trazo lumínico, creo que pude dibujarlo yo.

Francis Sánchez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ceballos, Ciego de Ávila, Cuba, 1970). Lic. Estudios Socioculturales. Máster en Cultura Latinoamericana. Perteneció a la UNEAC desde 1996 hasta su renuncia el 24 de enero de 2011. Fundador de la Unión Católica de Prensa de Cuba en 1996. Ha sido redactor fundador de la revista católica Imago (1996-2001) y Jefe de Redacción de la revista cultural Videncia. Dirige la revista independiente Árbol Invertido. Autor, entre otros, de los libros Revelaciones atado al mástil (1996), El ángel discierne ante la futura estatua de David (2000), Música de trasfondo (2001), Luces de la ausencia mía (Premio “Miguel de Cervantes de Armilla”, España, 2001), Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Premio de Ensayo “Juan Marinello”, 2001), Reserva federal (cuentos, 2002), Cadena perfecta (cuentos, premio “Cirilo Villaverde”, 2004), Extraño niño que dormía sobre un lobo (poesía, 2006), Caja negra (poesía, 2006), Epitafios de nadie (poesía, 2008), Dualidad de la penumbra (ensayo, 2009) y Liturgia de lo real (ensayo, premio “Fernandina de Jagua”, 2011).

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