Navidad en La Habana (Primera parte)

Iconos católicos en un auto
Iconos católicos en un auto
Foto: Francis Sánchez

Aquella fue una fiesta marcada por el mal agüero desde el principio, cuando comenzaron a aparecer las grietas que al cabo erosionarían a la familia. Pero en ese momento nadie lo sabía. Y susurrábamos “Feliz Navidad,” una frase que tenía el tintineo seductor de las palabras prohibidas.

“Feliz Navidad” era un saludo tabú. En el calendario oficial de los años 80, la Navidad era un día cualquiera. Si caía durante la semana, la gente iba al trabajo como de costumbre. Cuando caía en un fin de semana, había que hacer trabajo voluntario. Decorar la casa con adornos navideños se consideraba una tendencia burguesa. También lo era cantar “Noche Silenciosa” y “El Tamborilero.” Los que conservaban arbolitos plásticos viejos los ocultaban en dormitorios y cocinas.

Solo en las iglesias se exhibían arbolitos de Navidad desde diciembre hasta enero. En Nuestra Señora del Carmen, que quedaba en la avenida Infanta, había un pino real muy adornado con luces y guirnaldas, y un nacimiento de tamaño natural. Los Pasionistas, en Lawton, tenían uno más modesto.

Aunque mamá era muy devota de la Virgen de la Caridad, la familia no iba a la iglesia casi nunca. Celebrábamos Navidad en casa con una cena tradicional: puerco asado servido con arroz blanco, frijoles negros y yuca con mojo de ajo. La yuca, el arroz y los frijoles se vendían en La Habana, pero los cerdos eran artículos del mercado negro, pues tenían que traerse directamente del campo.

Nos asociábamos a otra familia para comprar un puerco. Cada diciembre, mi padre y su amigo Gerardo tomaban el tren de Pinar del Río y viajaban a Piloto, un pueblito remoto, para comprar el puerco de Navidad. El primo de Gerardo, Miguel, vendía los animales clandestinamente, arriesgándose a varios años en la cárcel si lo agarraban en el brinco.

            Abuela comenzó a hablar de la fiesta a principios de noviembre.

—Es posible que ésta sea la última Navidad en que todos nos reunamos —decía.

“El año que viene en Miami” se había vuelto su mantra. Invitó a su hermano Armando y a la mujer de éste, Jacinta, a celebrar con nosotros. Abuela se ocuparía del asado, la yuca y el postre. Jacinta se haría cargo del arroz y los frijoles negros y Armando traería las bebidas. Aunque Tío Armando y Tía Jacinta eran partidarios de Fidel y solían discutir con la abuela sobre política, accedieron a ir. Con una condición: no celebrarían la Navidad, nos advirtieron, sino “otro aniversario del triunfo revolucionario.”

Mi abuelo, cascarrabias por naturaleza, votó contra la idea.

—¿A qué va a venir esa gente aquí? —preguntaba—. Si ni se ocupan de nosotros.

—Son familia —respondió abuela.

—Pues no cuentes conmigo para esa estupidez.

—¡Una boca menos, más puerco para los demás!

Los preparativos para la fiesta de Navidad comenzaron, pero hubo problemas desde el principio. El motor del refrigerador, un Frigidaire viejo, se rompió. Un mecánico clandestino cobró doscientos pesos por repararlo.

—Esa fiesta está sapeada —dijo abuelo, quitándose los lentes.

Me corrió un temblor por el mismo centro del espinazo.

 

Mi padre y Gerardo salieron de la estación de trenes de La Habana un sábado por la mañana. Se suponía que volvieran a la noche siguiente con el cerdo sacrificado escondido en unas maletas sin señas que las identificaran como suyas. Si la policía los detenía, podían decir que acababan de encontrar las maletas y no sabían qué había adentro. Una excusa poco creíble, pero una excusa al fin.

Al día siguiente mi madre y yo fuimos a recogerlos en un Chevy del 55. Fernando, un amigo de la familia, había acordado llevarnos a cambio de tres libras de carne de puerco. Este también era un negocio clandestino ya que a los taxistas solo se les permitía trabajar para el estado.

El tren de Pinar del Río llegó a tiempo, pero mi padre y Gerardo no. No había otro tren hasta el martes. Regresamos a casa a esperar una llamada que nos explicara el retraso. Sin embargo, pasaron dos días y nadie llamó. Papá había llevado consigo ochocientos pesos, cuatro veces su salario mensual.

—Debías haber ido con él —le dijo abuela a mi madre—. Ahí tiene bastante dinero como para comprar dos barriles de Coronilla.

—Pero si no se ha emborrachado en tres meses —respondió mi madre.

—Eso significa que va a coger la borrachera más grande de su vida —graznó abuelo—. Ahora tiene una sed atrasada de noventa días.

Papá no bebía demasiado durante la Navidad. Se enorgullecía de mantenerse sobrio, o semi sobrio, mientras los que no eran bebedores consuetudinarios se tomaban un par de cervezas y hacían el ridículo. Se burlaba de los borrachos sin pedigrí que, después de un vaso de ron, intentaron cantar la versión española de White Christmas tan desafinada que Blanca Navidad terminaba siendo una Triste Navidad.

—Nunca me voy a emborrachar después del 10 de diciembre —había dicho mi padre muchas veces—. Eso es cosa de principiantes.

Estábamos a 15 de diciembre. Pero abuela sospechaba que papá no tardaría en cambiar de opinión, sobre todo cuando tenía un compañero de correrías y bastantes pesos en el bolsillo.

El tren del martes estaba lleno, pero mi padre y Gerardo no se hallaban entre los pasajeros. Para entonces le debíamos a Fernando seis libras de cerdo o su equivalente, ochenta pesos. El chofer también estaba nervioso.

—Me temo que no vamos a ver ni las orejas de ese puerco —suspiraba mi madre.

Teresa Dovalpage

(La Habana). Reside en Nuevo México, donde es profesora en New Mexico Junior College. Ha publicado las novelas: A Girl like Che Guevara (Soho Press, 2004), Posesas de La Habana (PurePlay Press, 2004), Muerte de un marciano en La Habana (Anagrama, 2006. Finalista del Premio Herralde), El difunto Fidel (Renacimineto, 2011, con que ganó en premio Rincón de la Victoria en España en 2008), Habanera, A Portrait of a Cuban family (Floricanto Press, 2010), La Regenta en La Habana (Grupo Edebé, 2012), Orfeo en el Caribe (Atmósfera Literaria, 2013). También es autora de las colecciones de cuentos ¡Por culpa de Candela! (Floricanto Press, 2009), The Astral Plane. Stories of Cuba, the Southwest and Beyond (University of New Orleans Press, 2012), Llevarás luto por Franco (Atmósfera Literaria, 2013) y El retorno de la expatriada (Eagles, Spain, 2014).

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