María de la Paz. La mujer que trajo el santo a Ciego de Ávila

Lago La Turbina
Lago cubano, La Turbina. Foto: Ileana Álvarez
Imagen: Ileana Álvarez

María de la Paz es considerada, con justicia, la primera gran santera que ofició en la ciudad de Ciego de Ávila.(1) Tal apreciación es firmemente sostenida por no pocos aleyos, personalidades prestigiosas vivas de las religiones afrocubanas, historiadores, algunos viejos vecinos del barrio avileño de La Turbina, y consagrados estudiosos de la cultura regional. Por sus muchas virtudes, muy bien enraizadas en la memoria de quienes tuvieron el privilegio de conocerla, puede testificarse que hizo honor en vida a la luminosa gama de significaciones espirituales y religiosas de su nombre y primer apellido. El rasguño que legó esta mujer en la siempre creciente piedra de nuestro ajiaco, identifica un tesoro cultural de alto calibre y múltiples resonancias, iluminado e iluminador. Reajustando un verso de un poema antológico de Eliseo Diego, ella lo hizo todo bien.

Su pueblo de nacimiento fue Jovellanos, núcleo poblacional perteneciente a Matanzas, el mismo pueblo que vio nacer a otra gran mujer cubana: Celina González, la Reina de la Música Campesina. Jovellanos, al igual que otros asentamientos poblacionales de la comarca yumurina, como Perico y Cárdenas, es portador de un foco importante de la religiosidad popular de origen africano en el país, en especial de las manifestaciones religiosas de la rama arará, de la que fue nuestra santera una genuina representante.

Cultivadora extraordinaria del mundo espiritual de sus ancestros, María de la Paz llegó a la ciudad de Ciego de Ávila en una fecha aún no precisada con exactitud, aunque las fuentes consultadas concuerdan que tal acontecimiento tuvo lugar en la primera década de la pasada centuria. Se cuenta que vino sola. No la acompañó nadie, salvo sus atributos religiosos entregados en la comarca matancera, lo cual demuestra que su iniciación religiosa no tuvo lugar en tierra avileña y que al llegar al barrio de La Turbina, donde se estableció, ya era oficiante.2 Sus abuelos africanos, que eran ararás, le enseñaron los secretos de su religión.

Las deidades las tenía recibidas, pues en la rama arará se asienta el santo solo en circunstancias verdaderamente excepcionales, entre otras razones porque consideran que no necesitan coronaciones de cabeza porque ellos tienen a los santos desde el nacimiento por su oriundez africana.3 A decir de una vieja santera residente en la ciudad de Ciego de Ávila los ararás tienen lo suyo, lo cual pudiera interpretarse como que los ararás y sus descendientes directos tienen una gracia especial para la religión.

Al no tener santo asentado, ninguna de las fuentes consultadas hasta el momento conoce con certeza el santo del que era hija María de La Paz, existiendo por ello diferentes versiones en torno al particular. Ella solía decir: yo tengo el santo parao, con lo cual aseguraba que la razón estaba de su lado y que había que hacerle siempre caso. Ella es además quien tiene el mérito de haber traído el santo a Ciego de Ávila, pues con anterioridad a su llegada nunca tuvimos un oficiante santero o santera de renombre, de modo que su presencia en la Región de La Trocha irradió una poderosa y profunda huella en el ámbito de los cultos de origen africano, cultos que alcanzaron su mayor medida, por primera vez en nuestra comarca, de la mano de María de La Paz y en los terrenos de su casa en La Turbina. A lo anterior añádasele que solo después de su llegada fue que comenzaron a aparecer en la ciudad, también procedentes de otras zonas de la Isla, otras personalidades que cuentan entre las primeras en haber traído el santo a nuestro territorio. Por solo mencionar algunos nombres del grupo de las mujeres, entre las personalidades del mundo de la santería que se asentaron en la ciudad de Ciego de Ávila en las primeras décadas del siglo XX, con posterioridad al establecimiento en el barrio de La Turbina de María de la Paz, están María Siria Cabello (su nombre en el santo era Oggún Salé, procedía de Sierra Leona, Cafetal La Esperanza, Matanzas, antigua colonia de esclavos africanos), Iluminada Diago (procedía de Camaguey y su nombre en el santo era Ochún Moyuwa), Josefita Junco (tenía asentado Oggún), Catalina García (apodada Nena la Colorá, tenía asentado Changó,) Aracelia Ramos (tenía asentada Oyá), y Amparo Sotero Ibarra (procedía de Cruces, Cienfuegos y tenía asentado Oggún). A estas personalidades de la santería afrocubana establecidas aquí desde principios del siglo XX, con el tiempo se les unieron otras que vinieron a conformar la pléyade de oficiantes santeros que enriquecieron con su presencia y legado el ámbito religioso de la ciudad y el territorio avileño.

El mito en que alcanzó a convertirse María de la Paz en vida se hizo aún más fuerte tras su fallecimiento, acaecido pocos años después del triunfo de la Revolución. Aún se le menciona y recuerda con gran respeto a su legado y su memoria. El barrio de La Turbina, a donde llegó para establecerse, estaba considerado durante la República como una zona de tolerancia donde confluyeron de forma armónica y dinámica prostitutas, santeros, negociantes, chulos, delincuentes y hasta la primera mujer travestida de hombre que registra la historia de la ciudad. Durante la República vivieron en esa barriada otros santeros y santeras, aunque siempre fue María de La Paz la de mayor fama y renombre, y por consiguiente también fue ella a la que más recurrían los necesitados, que no dejaban de tocar a su puerta. Muchos de ellos procedían de apartados lugares del occidente y oriente del país.

Al parecer las prácticas religiosas de origen africano alcanzaron cierto auge con rapidez en La Turbina a juzgar por el contenido del siguiente fragmento tomado de un artículo del periódico El Pueblo correspondiente al martes 14 de febrero de 1956, el cual dice que: “En la noche de ayer fue encontrada una calavera humana en las cercanías de La Turbina, consignándose en acta que la misma parece ser usada en ritos de santería, pues tenía una vela con manchas que pudieran ser de sangre.”

El barrio de La Turbina conformaba en los años en los que vivió en él María de La Paz, una de las zonas de la ciudad de Ciego de Ávila de mayor complejidad sociocultural. A modo de dato interesante recordaremos que allí vivió y bailó el famoso rumbero Malanga (Alacranes, Matanzas 1885-Ciego de Ávila, 1927), de madre africana, conocido como el Timbero Mayor, muerto después en circunstancias misteriosas.4

Un preliminar vistazo al entorno donde se encuentra enclavado el barrio de La Turbina, dentro del contexto de la ciudad, nos permite asegurar de inmediato que las peculiaridades allí existentes resultan especialmente ideales para el establecimiento de una oficiante de una religión afrocubana. En el momento de la pasada centuria en que María de la Paz llega a ese barrio, tales ventajas eran aún mayores. Justo frente a la casa en la que vivió, apenas a unos pocos pasos, se encontraba y encuentra la línea de ferrocarril de Júcaro a Morón, construida desde los convulsos tiempos de La Trocha, lugar de trabajo del orisha Oggún, uno de los guerreros de la santería.

Como especial virtud y regalo que Olofi puso en ese lugar, no lejos tampoco de la casa humilde pero limpia donde vivió, soñó e hizo el bien María de la Paz, se extiende el lago artificial, siempre lleno de agua, llamado por tradición avileña La Turbina, uno de los símbolos de la ciudad, que le da nombre al barrio y nunca se seca por contar en su fondo con la alimentación constante de las aguas subterráneas de los manantiales. Esa aguada es la casa del orisha Olokun, al que no puede ver nadie, salvo en sueños, y cuenta además con la gracia de servir de vivienda permanente a una Madre de Aguas, ser mágico de raíz amerindia al que se le atribuyen poderes sobrenaturales y se le rinde adoración por los oficiantes tanto de la santería como del Palo Monte. En Cuba la Madre de Aguas es un majá poderoso y mágico.5 Y por si poco fuera, alrededor del lago, en terrenos que en la actualidad lucen al descubierto, se encontraba el monte y la sabana, donde proliferaban las yerbas para las limpiezas y otros muchos trabajos de los orishas y los egguns, y también los palos de los árboles del monte, en fin, todo un espacio natural muy propicio para las obras de la religión.

A lo anterior agrégese que en el patio de la casa escogida por María de la Paz para vivir se levantaba una majestuosa ceiba adulta, una palma real y un árbol de salvadera.6 La ceiba de la que hablamos ya no existe, murió años después del fallecimiento de María de la Paz. Actualmente muy cerca del fondo del patio de la casa en la que vivió la famosa santera se alza una ceiba adulta, pero se trata de otra ceiba, quizás hija de la ceiba de la que hablamos. De los árboles de María de la Paz solo sobrevive, en el ángulo izquierdo del fondo del patio, la palma real. Al parecer, y en correspondencia con algunos testimonios recopilados, al menos la ceiba ya existía en el momento en que llegó María de la Paz, y todos estaremos de acuerdo que una casa en cuyo patio se encuentre una ceiba, árbol sagrado de las religiones de origen africano, resultará portadora de un gran atractivo, determinante para ser escogida como lugar de residencia por cualquier santero. En cuanto a la palma y el árbol de salvadera no sabemos con precisión si fueron sembrados por María de la Paz o si se los encontró ya existentes, al igual que la ceiba. Lo que sí podemos asegurar es que todos y cada uno de esos árboles estaban bautizados y fundamentados y en determinadas ocasiones se les daba sacrificio, ofrendas de sangre y otras muchas atenciones. Ellos servían de apoyo imprescindible para la eficacia de las prácticas religiosas y recibieron por consiguiente una especial adoración.

Además de los árboles fundamentados del fondo del patio, estaban también las piedras sagradas asentadas en diferentes lugares alrededor de la vivienda. Al igual que los árboles, esas piedras, que aún se encuentran en sus emplazamientos originales, estaban bautizadas y fundamentadas. La distribución espacial de las piedras es la siguiente: frente a la entrada de la casa se encuentran dos de medianas proporciones. Cerca de uno de los costados se encuentran otras dos, de proporciones similares a las anteriores. A mediación del patio hay una grande y a ambos lados de la palma real, que se levanta muy próxima a una de las esquinas del fondo del patio, hay dos más. Todas son rocas de diorita, seguramente tomadas por María de la Paz de los alrededores próximos de La Turbina, donde hubo una cantera para la explotación de esa roca.7 Las piedras que se conservan y aún pueden observarse en sus correspondientes sitios originales hacen un total de siete, aunque hay quien ha planteado que hubo ocho. Solo una de las piedras fue removida de su emplazamiento original al ser utilizada por obreros de la Empresa Eléctrica, sin el consentimiento de Rosa Puentes Téllez, la actual propietaria de la casa, como material de relleno para apuntalar un poste. La piedra en cuestión es la acompañante de la que se encuentra frente a la casa. Permanecen intactas en el misterio las significaciones que tienen esas piedras. Para algunos santeros consultados al respecto, las piedras pueden servir de asiento a varios Echu, que son Elegguás guardieros de la casa, pero no se atreven a asegurarlo porque la regla arará, que fue la cultivada por nuestra santera, tiene sus rasgos específicos que la diferencian de la regla yoruba, y pudieran por consiguiente tener otra significación. No obstante a ello considero importante anotar que para la mayor parte de los santeros y babalawos consultados, esas piedras son Echú. Lo que sí puede asegurarse sin temor a equivocaciones es que, indiscutiblemente, dentro de la ilé ocha y del mundo espiritual y religioso de María de La Paz, los árboles y las piedras mencionadas ocupaban puesto especial, tanto como sus prendas, fundamentos y demás atributos religiosos.

Esos árboles y esas piedras fueron después, en definitivas cuentas, los que por sus respectivas naturalezas permanecieron (y permanecen gran parte de ellos) en los sitios en los que su propietaria los colocó. Así pues, árboles y piedras, además de algún que otro trabajo o fundamento enterrado bajo los cimientos de su casa, fue lo único que quedó en Ciego de Ávila como testimonio material del legado de esta singular mujer. Muchos fueron los que se iniciaron y asentaron santo en la ilé ocha de María de La Paz. Allí fue donde se hizo santo y tuvo su fundamento Elió Revé, notable músico cubano y director de orquesta, ya fallecido. Elio Revé, que fue ahijado de María de la Paz, cada vez que venía a Ciego de Ávila visitaba la casa donde otrora viviera su madrina y, acompañado por los integrantes de su orquesta, vertía una botella de ron en cada una de las piedras, a manera de ofrenda.

La existencia en Ciego de Ávila de María de La Paz se recuerda especialmente por la ceremonia que realizaba cada año en compañía de sus ahijados y otros santeros en los alrededores del lago La Turbina. Era una ceremonia donde se le rendía moforibale y se le depositaban ofrendas a Madre de Aguas. La ceremonia comenzaba en su propia casa, con toques de tambor. Luego se salía rumbo a la laguna y se le daba la vuelta completa de una forma muy respetuosa, al tiempo que se cantaba. Las ofrendas, consistentes principalmente en frutas, eran lanzadas al agua, después de haberse hecho todos limpieza. Otra versión de cómo se realizaba la ceremonia añade a lo anterior que María de La Paz le tocaba tambor a Madre de Aguas en la orilla de la laguna, y se le daba además un carnero, un par de gallos y un pato como sacrificio, siempre acompañada por santeros invitados y ahijados. Al llegar la medianoche, por respeto a los espíritus de los muertos que viven en el fondo y los alrededores de La Turbina, se levantaban los tambores y se continuaba el toque en el patio de su casa. Existe la leyenda de que en altas horas de la madrugada Madre de Aguas salía de La Turbina, cruzaba la línea del ferrocarril, y hacía acto de presencia en casa de María de La Paz para manifestar gratitud por la ceremonia ofrecida. Se dice además que durante la ceremonia se pronunciaban rezos tanto en lengua arará como en lengua iyesá.8

Algunos de los santeros más viejos de la ciudad y antiguos vecinos del barrio de La Turbina recuerdan una impresionante anécdota, relacionada estrechamente con Madre de Aguas y la ceremonia que le dedicaba María de La Paz, anécdota portadora de una atmósfera que la envuelve en lo más puro de lo real maravilloso americano. Se ha llegado a narrar que hubo un año en el que no pudo hacerse la ceremonia en la fecha acostumbrada pues María de la Paz estaba lejos de su casa en ocasión de los ceremoniales por la muerte de un santero amigo suyo. Entonces Madre de Aguas salió de La Turbina y puso su enorme cabeza al pie de la puerta de la entrada de su casa. Se asegura que por su gran tamaño la punta de la cola llegaba a la línea del ferrocarril, distante poco más de diez metros.. Los vecinos que contemplaban la escena asumieron que Madre de Aguas venía a “llevarse” a María de La Paz, y que por esa razón cuando la santera llegara a su casa moriría. Al regresar a su casa, María de la Paz se encontró con los rostros espantados de sus vecinos, a los que les contestó con firmeza, más o menos así: Ella no vino para eso, ella a lo que vino fue a buscar su fiesta y mañana María de La Paz se le va a dar. A la mañana siguiente María de la Paz, acompañada de ahijados y santeros, como era su costumbre, le dio cumplimiento a la ceremonia dedicada a Madre de Aguas. Esta fue la única vez, que se conozca, que Madre de Aguas salió de La Turbina y dejó verse al mismo tiempo por un grupo numeroso de personas.

Su casa en Ciego de Ávila fue siempre la de La Turbina, no se conoce que haya vivido en otras casas. Permaneció todo el tiempo en ese barrio, solo se trasladó a otras zonas del país por circunstancias especiales. A esa casa vinieron a consultarse personas de todas las regiones de Cuba y hasta de otros países. Fue una vivienda muy visitada. Raro era el día que no viniera alguien. Las visitas especiales eran las de los santeros, muchos de ellos venidos desde otras zonas del país, fundamentalmente durante los festejos y ceremonias religiosas.

Para consultar María de la Paz se sentaba en el piso, encendía un tabaco y lo fumaba. La persona que iba a consultarse tenía que sentarse también en el piso, junto a ella. Nunca cobraba. Usaba el caracol. Sus prendas, cazuelas, deidades, fundamentos y demás atributos religiosos se encontraban en la sala, muy bien ordenados en un escaparatico chiquito que semejaba una especie de cajón con sus respectivas divisiones. Las soperas donde tenía asentadas las deidades eran de barro. El Elegguá que la azompañó, a juzgar por las descripciones de algunas fuentes consultadas, era de piedra con la boca y los ojos de cauries, o fue uno de los llamados Elegguá de masa, muy probablemente llamado con el nombre de Tocoyo, Makeno, Oggiri, Kenene o Elú, que son algunos de los nombres principales con los que se llama a Elegguá en la rama arará. También contó, como todo santero, con su cazuela de hierro para Oggún con su correspondiente machete, y el bastón de palo adornado con tiras de colores para la ceremonia de Eggún. De un clavo del escaparatico colgaban todos sus collares de santo, los que se ponía solamente en las ocasiones en que era necesario.9

Su esposo, matancero y religioso como ella, fue Celestino Domec. La relación amorosa con Celestino perduró hasta el fallecimiento de María de la Paz. Celestino había sido el esposo de otra famosa santera de la ciudad, María Siria, y tras divorciarse de ella fue que comenzó su relación con María de la Paz. Celestino Domec tenía asentado Oggún y se cuenta que bailaba mucha rumba. Se presume que la relación de Celestino con María de La Paz fue una de las causas de la rivalidad que hubo entre las dos mujeres santeras. María de La Paz siempre decía que los santos no eran para trabajar el mal, sino para vigilar que todo se mantuviera bien y para ayudar a salir adelante en la vida.

En cuanto a su casa, los que la conocieron aseguran que era humilde, y que sus terrenos estaban delimitados por una cerca de alambre de púas. A la vivienda se accedía luego de atravesar un portón con cadena. El techo tenía un puntal más alto en la fachada, e iba luego decreciendo su altura en la medida en que se avanzaba en dirección al patio, por lo que la cocina, situada al fondo de la casa, tenía el techo bajito. Se trataba de una vivienda humilde de paredes de tabla y techo de tejas criollas. El piso era de cemento coloreado con polvo rojo, a la usanza de aquellos años. Debajo de los cimientos de la casa, asegura Rosa Fuentes Téllez, quien conoció a María de La Paz desde niña y que es la actual propietaria de la casa, quedan enterradas algunas cosas, que pudiera tratarse de prendas o trabajos, los cuales permanecen intactos en sus lugares, pues cuando se construyó la actual casa sobre el terreno que ocupaba la anterior, al echar el nuevo piso se tuvo especial cuidado en no remover la tierra, razón por la que el piso actual está sobre el viejo, y así todo cuanto yace enterrado se respetó y permanece inalterable.

María de la Paz era una mujer muy aseada y muy limpia. La higiene para ella fue algo muy importante. El patio lo mantenía muy bien barrido y para ello utilizaba a manera de escoba un gajo grande de palmiche de palma. Como descendiente directa de africanos su piel era negra pero de textura suave. Las facciones de su rostro eran atractivas y su cuerpo delgado. Gustaba vestir con vestidos y sayas a cuadros, hechas de pedacitos de tela que conformaban retazos de diferentes colores. Usó mucho la tela llamada guinga. El día de San Lázaro se vestía con un vestido de yute, uno de los atributos que distinguen a Babalú Ayé. Sus blusas eran sencillas. Los colores con los que más frecuentemente vestía eran el azul y el amarillo. Los pañuelos que usaba eran de esos mismos colores y a veces se ponía uno rojo, color de Changó, orisha al que en la rama arará se le identifica con el nombre de Hebioso. Llevaba siempre un delantal. En ocasiones de celebrarse ceremonias de gran importancia vestía impecablemente de blanco, con telas de hilo y encajes. Le complacía andar descalza, como probable consecuencia de las ordenanzas de sus egguns y de los orishas, aunque a veces calzaba una especie de sandalias de tela, muy probablemente confeccionadas por su propia mano. Se adornaba con siete manillas o esclavas y un anillo plateado en cada mano. De su esposo Celestino Domec se recuerda que llevaba en una de sus manos un anillo con el rostro de un indio y que era un negro alto y flaco que usaba siempre un sombrero. No permitía que nadie cocinara en su casa, salvo ella misma. Fue una mujer muy humanitaria y alegre que con gran disposición salió en defensa de quienes lo necesitaron. Nunca estaba brava. Se le recuerda risueña y brindándole palabras joviales a quienes se le acercaban. Sobrevive con gran fuerza la anécdota que narra la valentía con la que se enfrentó a la Guardia Rural para impedir un atropello. Tomaba el café en jícaras de guira o de coco. Los santeros la saludaban con un gesto ritual con los hombros y con una inclinación de cabeza. Fue muy reverenciada y respetada. Le gustaban mucho los niños, aunque no llegó a tener hijos propios. Colgaba de la puerta de acceso a uno de los cuartos de la casa un racimo de platanitos para cuando estos estuvieran maduros repartírselos a los niños del barrio. Mandaba a los niños a la que le fueran dando la vuelta al racimo en la medida en la que cogían con sus manos los platanitos, y mientras tanto María de la Paz les hacía limpieza con hojas de la planta llamada lengua de vaca.

Uno de los episodios más impresionantes de la vida de esta iluminada mujer fue que supo con antelación cuál sería el día de su muerte. Se recuerda que el día anterior a su partida dijo: “Si mañana cuando me llamen ven que no me levanto es que me morí”. Así ocurrió. La ceremonia de despedida tuvo lugar en su propia casa y el cadáver fue trasladado en hombros desde el barrio de La Turbina hasta el cementerio local. Fue una cosa grande, toda una manifestación de duelo popular. A la Ciudad de Los Portales llegaron, procedentes de numerosas regiones del país, como Palmira, Sagua La Grande, Trinidad, Matanzas... santeros y ahijados. La enterraron con uno de sus emblemáticos vestidos. Supo de antemano cuándo Olofi reclamaría su cabeza, y antes se aseguró de limpiar bien su casa, así como el altar de la sala donde se encontraban sus prendas y fundamentos. Luego se acostó en su cama y allí esperó plácidamente el minuto final, con la tranquilidad y la satisfacción de quien sabe que hizo siempre el bien tras su paso por nuestra existencia misteriosa. Si algo caracterizó especialmente a María de la Paz era que sabía muy bien la misión que había venido a cumplir en el reino de este mundo.

Celestino Domec, hombre en cuyo corazón resplandecía la memoria y el saber de sus antepasados, tras la muerte de María de la Paz, fue la persona que se quedó con todos sus atributos religiosos, y fue él además quien como heredero y oficiante que era se mantuvo adorándolos y atendiéndolos hasta que finalmente los trasladó para Matanzas, la tierra que fue testigo del nacimiento y la entrega a su dueña de esos atributos, y por consiguiente de la entrada de María de La Paz al mundo de la religiosidad afrocubana como oficiante. Así puede decirse que los fundamentos de María de la Paz nacieron y le fueron entregados en Matanzas y a Matanzas retornaron tras su muerte, en manos de Celestino.

En el barrio de La Turbina y en la comunidad religiosa del territorio, ha quedado el recuerdo de esta impresionante mujer, que fue además de un gran ser humano, una gran portadora de la sabiduría de sus ancestros. Al fallecer, se marcharon con ella las raíces más auténticas de los cultos de origen arará en nuestro territorio. María de la Paz fue depositaria por excelencia de los misterios litúrgicos de su rama, los cuales aprendió directamente de la fuente viva y poderosa de sus antepasados venidos de África. Su formación religiosa tuvo como escenario a una de las zonas más privilegiadas de Cuba para los cultos de origen africano: Matanzas. Se le mencionará siempre como una gran guía ritual, sobre todo por los conocimientos que atesoró con amor, respeto y humildad. Como fue la primera gran oficiante de una religión afrocubana asentada en suelo avileño, puede entonces decirse que el santo llegó al territorio trochano junto con esta singular mujer, y llegó por la rama arará. Encauzó sus pasos por la vida con la serenidad de quien sabe que es justo y bueno todo cuanto hace y piensa. La luz de su memoria y de su espíritu provienen de una vela limpia y honda que, como la propia luz que cada hombre lleva dentro, nunca puede ni se podrá apagar. María de la Paz, Maferefún Ibbaé.

 

 

1 Para la escritura de este trabajo resultaron determinantes loa testimonios de Rosa Puentes Tellez (hermana de sangre de uno de los ahijados de María de la Paz y actual propietaria de la casa donde vivió la honorable santera, entrevistada el 12 de febrero de 2015), así como los de Julio César Roche (oriaté, hijo de Aggayü Sol, entrevistado el 16 de febrero de 2015).

2 La llegada de una matancera de nacimiento por aquel entonces a Ciego de Ávila no deviene una extrañeza. Durante las primeras décadas republicanas fueron muchos los matanceros que arribaron a la región de la Trocha. Venían fundamentalmente tras la búsqueda de trabajo en la zafra en los ingenios azucareros que comenzaban a cobrar auge en el horizonte de la economía nacional.

3 Algunos investigadores plantean que en la rama arará son las mujeres las que conocen bien los secretos de la regla. Se dice además que siempre saben de antemano el momento en el que van a despedirse de este mundo, y que antes de que llegue ese momento destruyen el caracol donde están sus fundamentos, y lo arrojan al río. Lo hacen justamente para que nadie después pueda descubrir el secreto que estaba dentro del caracol, y así asegurarse de que el secreto se vaya con ellas a la tumba.

4 Para una mayor información en torno a la personalidad y la huella de Malanga en Ciego de Ávila, consúltense las siguientes obras: Ciego también le lloró, de José Gabriel Quintas (En: Gacetillas avileñas, Revista Videncia No 23, septiembre-diciembre, 2010, p. 51) y Crímenes en la memoria (Ediciones Ávila, 2012, p. 48) del también investigador avileño José Martín Suárez.

5 Samuel Feijoó incluyó en su Mitología cubana (Editorial Letras Cubanas, Tercera Edición, La Habana, p. 157) un testimonio referente a la Madre de Aguas avileña de La Turbina, llamada en ese volumen Madre de aguas asesina por la existencia de una versión popular que le atribuye a ella los ahogados.

6 En relación al árbol de salvadera existe una impresionante anécdota, ofrecida al autor por Rosa Puentes Téllez, quien conoció desde niña a María de la Paz y es la actual propietaria de los terrenos donde estuvo la casa de nuestra santera. Cuenta Rosa que el árbol de salvadera, tras una nueva delimitación del patio, quedó por fuera de la cerca del fondo, en los terrenos del patio de un vecino. Poco después cuatro jóvenes (tres hombres y una mujer), tras manifestar molestias por la presencia del árbol, decidieron cortarlo. Rosa les advirtió que ese árbol estaba fundamentado y que si lo cortaban el árbol les cobraría con sangre. Los jóvenes no le hicieron caso y al poco tiempo murieron trágicamente en un accidente de tránsito, de forma terrible e instantánea. La tragedia se atribuye por muchos al irrespeto mostrado ante el árbol, que tenía un carácter sagrado.

7 La roca diorita, extraída en grandes cantidades de la cantera que existió en lo que después se convertiría en el lago artificial de La Trubina, fue profusamente utilizada en la pavimentación de las calles de la ciudad, asimismo en la construcción de las primeras casas del poblado durante la colonia y primeros tiempos de la República, en la construcción de los fortines y otras estructuras militares de la Trocha de Júcaro a Morón, y en la línea del ferrocarril, entre otros usos. Por las razones anteriores, algunos investigadores de la historia regional consideran a esa roca como uno de los símbolos de la ciudad de Ciego de Ávila. La utilización religiosa de esas piedras por María de La Paz viene a atribuirle entonces un valor histórico y cultural adicional al que ya poseían con anterioridad a su llegada a tierras avileñas.

8 La Asociación Cultural Yoruba de Cuba en Ciego de Ávila, desde hace unos pocos años, retomó la ceremonia, donde no solo se le rinde culto a Madre de Aguas, sino también al eggun de María de la Paz, a manera de respetuoso homenaje a la primera gran santera que diera auge y especial connotación a los cultos afrocubanos en nuestro territorio, dejando con ellos una marcada huella en la historia de nuestro patrimonio inmaterial.

9 Otra versión dice que los atributos religiosos los llegó a tener también en una casita de guano, y que los fundamentos religiosos principales estaban en unas pequeñas cazuelas de hierro.

Foto: escritor Pedro Evelio Linares, en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, 1983). Poeta e investigador. Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad Máximo Gómez Báez de Ciego de Ávila (2009). Miembro de la Asociación hermanos Saíz (AHS). Poemas suyos aparecen en el dossier de poesía avileña de la revista Videncia (No. 10), y en antologías de varios números de la revista Norte del Frente de Afirmación Hispanista, México. Aparece incluido en la selección de poetas avileños Silencio anterior a todo ruido, compilación de Herbert Toranzo y Elías Enoc Permut (Ed. Ávila, 2008). Ha realizado investigaciones sobre arqueología aborigen y colonial cubana. Uno de estos trabajos investigativos, “La marca de la rosa”, apareció en la revista cultural Videncia, No. 17. Autor del libro Poemas para fundir contra el pecho del acróbata (Ed. Ávila, 2010).

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