Padura, El hombre que amaba a los perros o la utopía traicionada

Un balcón se traga la bandera
Un balcón se traga la bandera
Imagen: Francis Sánchez

Qué puede contener un libro que permite a un lector de estos tiempos —cuando la prisa condiciona cualquier deseo de tomar un respiro y darle espacio a la reflexión y el pensamiento— leer casi seiscientas páginas sin permitirse un bostezo. Qué cuerdas ha tensado el escritor, en cuáles laberintos estéticos y conceptuales se ha sumergido para salir airoso y que su obra no se pierda en el agujero negro del aburrimiento.

Atrapada de principio a fin, así permanecí y han permanecido muchos con la lectura de la novela de Leonardo Padura El hombre que amaba a los perros (Ed. Unión, La Habana, 2010), considerada por la crítica y por el mismo autor como el libro «más difícil de concebir, el más ambicioso, el más complejo, el más profundo que ha escrito hasta hoy».[1] Desde sus líneas iniciales, que anuncian el tono penumbroso de la historia, me atrapó con gran fuerza.

Primero fue el silencio, la mudez aplastante, porque estás ante una ficción que, afirmada en una profunda investigación de la historia, revela aspectos esenciales de un contexto que, aunque conocías a grandes rasgos, no habías descubierto en la perniciosa red de sus detalles. La gesta de la gran utopía socialista pervertida, frustrada por la crueldad del estalinismo, traicionada en sus sueños más puros de consecución de una sociedad basada en la igualdad y el bienestar de todos sus miembros, por demás, te toca en lo profundo, porque sencillamente ha extendido sus tentáculos hasta la isla que habitas. Silencio que se explica por el descubrimiento de que tú también, como el personaje de Ramón Mercader, el asesino de León Trotski, has sido manipulado, engañado en aras de un ideal, que mostró, quitadas las máscaras, tras la caída del muro de Berlín en 1989, todo lo que tenía de deshumanización y alienación.

Escalera en ruinas
Escalera en ruinas

Al silencio de la lectura cede el júbilo que se siente, cuando descubrimos que aún la literatura sirve para algo. Y que es insustituible como expresión artística y manera eficaz de adentrase y re-conocer la realidad, a la vez que crea una nueva realidad. Aunque, una vez consumida, nos deje, más que disfrute, el vestigio amargo del desencanto, de la desolación. Sabor que es estigma de mi generación, a la que Padura mismo ha llamado con acierto «la generación escondida», y que en la novela está admirablemente simbolizada en el personaje de Iván y su esposa Ana.

Tres planos temáticos se entrecruzan en este libro. Tres argumentos, contados con ritmo y narradores diferentes, que se explayan en tonos discursivos delineados y pensados con meticulosa sabiduría y que pudieran catalogarse, a su vez, como tres novelas dentro de una novela de encuentros y desencuentros, lealtades y traiciones, fe y apostasía. Mosaicos en que se logra, amén de algún que otro traspié producido por la densidad dramática, un equilibrio notable, dada la ponderación conceptual y compositiva que les ha conferido el autor.

Comienza el libro con la muerte de Ana, la esposa de Iván, un escritor cubano devenido primero en corrector de una revista veterinaria, y luego, en los años del Período Especial, improvisado veterinario que a duras penas consigue subsistir. Tras la censura de uno de sus libros en los oscuros años setenta, y su posterior castigo, Iván pasa por la fatiga de intentar vivir en un medio que, sin cabida para la esperanza, lo va aplastando física y moralmente, hasta llevarlo a reflexionar tan duramente ante el ataúd de su esposa:

«La certeza de que la vida puede ser el peor infierno, y de que con aquel descenso se esfumaban para siempre todos los lastres del miedo y el dolor, me invadió como un alivio mezquino y pensé si de algún modo no estaba envidiando el tránsito final de mi mujer hacia el silencio, pues hallarse muerto, total y verdaderamente muerto, puede ser para algunos lo más parecido a la bendición de ese Dios con el que Ana, sin demasiado éxito, había tratado de involucrarme en los últimos años de su penosa vida».[2]

Iván, como su esposa, ama a los perros —pequeño vínculo afectivo con los otros dos personajes protagónicos de las otras historias— y se encuentra un día por casualidad a un misterioso hombre que pasea por la playa dos borzois rusos, quien luego le contará una historia terrible, la que nunca se atreverá sacar a la luz. Resulta que este hombre viejo y enfermo que se hace llamar Jaime López, es realmente Ramón Mercader, español comunista captado por los servicios de seguridad soviética, para cumplir la orden de Stalin de asesinar a Trotski. El asesino, ante la proximidad de su muerte, agobiado por el peso de un destino que lo había llevado a vivir sin rostro, despojándose continuamente de su verdadera identidad, y con el último grito de su víctima aún latiendo en sus oídos, decide contar a alguien su secreto cuando el azar le pone delante a Iván. A través de este fortuito encuentro se va armando una trama espeluznante que nos llevará por gran parte de la compleja historia del siglo XX. Las otras dos historias que van a converger e influir en la vida de Iván son, entonces, la del propio Ramón Mercader y la de su víctima, el líder revolucionario León Trotski, que junto a Lenin lideró la Gran Revolución Socialista de Octubre, y luego fuera expulsado por Stalin y acusado de traidor.

Padura, pues, asume el desafío de hacer armonizar tres historias ya de por sí profundamente espinosas por los contextos que refieren. La más verificable es la odisea del exilio de Trotski, y con ella el carácter vengativo y morboso del estalinismo, vaticinado y explicado en toda su intríngulis en dos de sus libros: La revolución traicionada (1937) y Stalin, que escribía cuando fue asesinado en su recinto mexicano de Coyoacán. Una historia bien conocida, pero de la que el lector cubano —con el que Padura, a pesar de sus éxitos entre los lectores europeos, siempre se ha sentido comprometido moral y afectivamente— apenas ha tenido información. En la apostilla a su novela, el autor explica el objetivo que se propuso al escribir este libro, y que, por supuesto, rebasa la profusa narración del asesinato de Trotski y va aún más allá de la exposición y esclarecimiento del ideario del líder ruso para un público al que se le negó por muchos años su conocimiento real. Allí dice:

«Al enfrentarme a su concepción, más de quince años después, ya en el siglo XXI, muerta y enterrada la URSS, quise utilizar la historia del asesinato de Trotski para reflexionar sobre la perversión de la gran utopía del siglo XX, ese proceso en el que muchos invirtieron sus esperanzas y tantos hemos perdido sueños, años y hasta sangre y vida.»[3]

Fiel a la línea cronológica de expatriación, asesinato y muerte de Trotski, esta particular novela dentro de la novela, es la más pródiga en detalles, siendo la más apegada a los elementos de la veracidad, la que menos margen permitiría al acto lúdico de fabular. Aquí la recreación y la belleza logradas al describir los espacios donde el revolucionario encontrara refugio temporal —Turquía, Francia, Noruega y México—, la penetración minuciosa en su psicología y en la de su esposa, Natalia, la articulación fluida de sus ideas políticas, su reflexión airada y dolorosa sobre las llamadas «purgas» de Stalin, en tanto lo afectaban en lo íntimo, sus acendradas costumbres, más relaciones y contrapunteos con amigos tales como los artistas Frida Kahlo, Diego Rivera y André Breton, permite que, pese a la exuberancia de la exégesis y la documentación manejada con soltura, se tenga la impresión de estar ante una dimensión de la historia verosímilmente nueva u original, sin que recaiga el interés del lector.

El resultado, de lo contenido y exhaustivo que ha sido Padura en la configuración de su personaje, es un Trotski cercano, cordial a pesar de sus ataques de ira o momentos de depresión. Un hombre que, aún cuando el narrador no escamotee los propios excesos y crímenes que cometiera en los primeros años de la Revolución rusa, se nos revela amoroso, ferviente y repleto de energías vitales, que suscita misericordia ante una soledad y un destino trágico de los que no pudo escapar. Se disfrutan con especial deleite aquellas páginas dedicadas a su relación amorosa con Frida Kahlo.

En el nivel narrativo que corresponde a la vida de Ramón Mercader, no tenemos menos que asombramos por sutilezas y ardides con que el escritor pudo desenredar la ardua madeja histórica, esta vez desde un punto inverso a la narración dedicada a Trotski. Muchos aspectos de la vida de este lóbrego personaje no se conocen, o han sido ex profeso tergiversadas. Sobre la base de la especulación, Padura tuvo que descifrar el jeroglífico de su vida, o sus vidas, reuniendo fragmentos desperdigados, los que habían sido dados a la publicidad sólo después del derrumbe del socialismo en Europa del Este. Aquí el novelista maniobra entre muchos datos y referencias, sobre todo lo concerniente a la Guerra Civil Española (1936-1939) y la intervención soviética en la misma, supuestamente una de las causas que llevaron al fracaso de los republicanos. Algunos críticos, como Javier Goñi,[4] señalan que quizás el sobrepeso de datos reales resienta en algo a la novela en su totalidad. A mí como lectora si me sobrara algo, no sería precisamente en la parte de Trotski, sino en la de Ramón Mercader, donde el novelista se soltó a ficcionar a partir «de lo verificable y de lo histórico y contextualmente posible».[5] Sin embargo, y sin ánimo de ser paradójica, coincido con el narrador y crítico Luis Manuel García cuando expresa que «la información se engarza adecuadamente con la piel de Mercader, un efecto que no abunda en la narrativa cubana».[6] De la misma forma, suscribo su criterio de que algunos personajes secundarios, en esta parte, llegan a asombrar y seducir por la fuerza de impresión lograda en su dibujo psicológico, tal el caso de Caridad del Río, la aborrecible madre de Mercader, y el cínico agente soviético Kotov. A lo que habría que añadir la visualidad cinematográfica de las imágenes escogidas en su caracterización.

El otro gran reto de Padura, quizás el mayor, por los riesgos implícitos, es el de contemporanizar el objetivo central, las vidas contadas de León Trovski y su asesino, para proyectarlas con verosimilitud sobre el presente, lo que descansa en la narración de un personaje como Iván, de ninguna trascendencia política, aunque no menos sufrido, pues encarna las consecuencias a largo plazo de la impronta estalinista a nivel mundial. Es precisamente el plano narrativo que alude al contexto histórico y social del propio novelista. Para Luis Manuel García, resulta una parte prescindible del libro, pero creo que se equivoca. Amén de ensayar otra vez una técnica ya probada en La novela de mi vida (Ed. Unión, La Habana, 2002), al traer el pasado al presente, y que había sido efectiva, Padura tiene un compromiso ético con la continuidad de la historia sobre la que ha armado su ficción, y es la descorazonante verdad de que Ramón Mercader vivió en Cuba entre los años 1974 y 1978. El lector se pregunta, junto a Iván, quiénes y qué razones pudieron haber decidido que un hombre lastrado por un pasado tan ominoso encontrara en sus últimos años de existencia un refugio cálido y sosegado, lejos de la rudeza del frío de Moscú y de su gente, donde había vivido condecorado con los más altos honores, tras veinte años de reclusión en las cárceles mexicanas por un vil e inútil asesinato. Y es que, como dice el sociólogo Pedro Campos, «para los cubanos, en particular, será también un gran descubrimiento identificar cómo veinticinco años después de la muerte de Stalin en 1953, el estalinismo tenía profundas raíces echadas en nuestra sociedad, al punto de servir de resguardo y guarida final al asesino del iniciador, junto a Lenin, de la Revolución de Octubre».[7]

Padura no podía prescindir de esa parte cubana, ligada al final de Mercader en el Caribe. Una omisión por comodidad, quizás por evitar los contratiempos y las suspicacias que sin duda debe haber sufrido, hubiera lastrado la novela, hasta el punto de hacerla prescindible en su totalidad. Precisamente por sumergirse sin ambages en la historia patética de Iván —que va desde los duros años setentas, pasando por el respiro mascarado de los ochentas, hasta adentrarse en la larga noche de los noventas y más—, la novela se nos vuelve necesaria, un hito sin precedente en la narrativa del periodo de la Revolución, la editada en Cuba, pues permite cuestionamientos inusitados de la propia realidad a partir de lo constatable y no de lo fabulativo. Exámenes, indagaciones que involucran no a un personaje, a un individuo con una historia excepcional, sino a toda una generación a la que se le ocultó la verdad. Y todavía, saltando cualquier muro, venciendo quizás sus propios resquemores, el novelista cuestiona los cimientos sobre los que está fundada la sociedad cubana actual, todo ello sin perderse en el panfleto, con un altísimo valor estético.

Tal acto de valentía, en un escritor cubano contemporáneo, dentro de la Isla, para mí es insólito. De ahí que solo pueda explicarme, por la falta de perspectiva que en algunos provoca la lejanía, o por las pasiones que pueden mover al ser humano —independientemente del lugar donde esté—, ciertos ataques de algunos escritores desde el exilio, cuando afirman que la novela se publicó en Cuba porque Padura no rebasó ciertos límites, no transgredió ciertas normas, o que “sacrificó expresividad literaria por dotar a su novela de una tranquilizante circulación nacional”[8]. No podemos perder de vista que estamos ante una obra artística y no un manifiesto político, aunque en el fondo sea la política lo que nutra sus raíces. Y si se lee bien, como se espera de un lector ante una obra sólida, sin necesidad de lupa ni anteojos, ¿qué verdad no queda dicha, o lo que es lo mismo, sugerida?

Iván es el símbolo de una generación dominada por un miedo expansivo, paralizante, execrado por una utopía pervertida, como se dice casi al final de la novela: «el papel de Iván es el representar a la masa, a la multitud condenada al anonimato, y su personaje funciona también como metáfora de una generación y como prosaico resultado de una derrota histórica».[9] El personaje sufre el acero de la intolerancia en carme propia, lo que lo aniquila como escritor, desangra su fe y destruye a su familia (el hermano de Iván, que es expulsado de la escuela de Medicina por homosexual, muere intentando salir del país con su amante), lo que carcome la vida de su esposa Ana —lo único bueno que le ha pasado en la vida— y termina confinándolo a la soledad absoluta, bajo un techo podrido que va a derrumbarse para sepultar una existencia que desde mucho antes ya estaba extinguida.

Iván no sólo no logra publicar sus propias ficciones, sino siquiera la historia de Mercader que apareció providencialmente en su camino para que él la sacara a la luz, algo que el lector espera todo el tiempo que haga. Incluso esa recompensa le es esquiva. No hay alivio último para un destino individual en el que todos los sueños fueron postergados. Un amigo de Iván, y también escritor, Daniel Fonseca, a quien se sobreentiende le toca esa responsabilidad, quizás atrincherado en el cinismo que le han impuesto las circunstancias de la Cuba contemporánea, «no quiere arrastrar para siempre el peso muerto de una historia de crímenes y engaños»[10] y la entierra junto a Iván. Con ella igualmente cree que sepulta el miedo, el gran miedo que a la larga habitó cada segundo de la vida de un hombre vencido por circunstancias y poderes que lo manipularon y rebasaron. Ese Iván que no pudo, y tampoco le permitían, explicarse la perversión de una Utopía que lo arrastró al fondo, bien al fondo de las corrientes turbias, ocultas o disimuladas largo tiempo. Ese Iván que tanto tiene de Padura y de muchos de nosotros.

[1] Expresión de Leonardo Padura en un encuentro con el escritor celebrado en la Casa de las Américas, La Habana, el diez de septiembre de 2009. Cita tomada de la noticia: “Padura cuenta la historia de un hecho que cambió la historia”, en: http: //laventana.casa.cult.cu/, 11.9.2009.

[2] Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros, Ed. Unión, La Habana, 2010, p. 13.

[3] Ibídem, p. 543.

[4] Cfr. Javier Goñi: «El grito de Trotski», en: http: //www.elpaís.com/, 5. 9.2009.

[5] Leonardo Padura: ob. cit. , p. 543.

[6] Luis Manuel García: “De Trotski y el desencanto”, en: http://www.cubacine.cu/, 22.10.2009.

[7] Pedro Campos: “El hombre que amaba los perros, última novela de Padura”, en: http://www.kaosenlared.net/, 22.10.2009.

[8] Antonio José Ponte: “El asesino de Trotski, en una feria de La Habana”, en: http: // www.diariodecuba. htm/ 28.3.2011.

[9] Leonardo Padura: ob. cit., p. 541.

[10] Ibídem, p. 541.

Ileana Álvarez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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