Las "malas" palabras

Cartel en un baño público
Cartel en un baño público. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

Hay palabras absolutamente legítimas que viven encerradas en el académico panteón del diccionario y hay palabras inquietas, vibrátiles, que circulan permanentemente en la interrelación diaria, y que son por derecho propio las que integran el caudal vivo de la lengua. Según el Larousse, la palabra es la facultad natural de hablar, o sea, el sonido o conjunto de sonidos articulados que expresan una idea. Pienso que la palabra tiene total validez solo cuando no permanece inactiva y posee una vigencia comunicante, emotiva o trascendente.

Las tranquilas son palabras muertas que podrán servir, sin duda, a la creación literaria, las intranquilas o corrientes poseen innegables posibilidades artísticas y cumplen la función de constituir el circulante, la sustancia viva de una comunidad y, por lo tanto, de una cultura. Es por ello que estas palabras se renuevan constantemente, se cargan de emoción o se vacían de contenido, hijas del hombre sufren variaciones. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a las palabras divididas en dos bandos: las cultas o “fistas”, y las comunes o corrientes.

Al respecto, quiero detenerme en una observación que considero sumamente oportuna para todos los que escribimos o intentamos hacerlo. No abusar de palabras rebuscadas, poco comunes o raras, palabras que no reflejen o sean directamente proporcionales al acervo cultural que poseemos, y que en cualquier momento nos pueden poner al borde del ridículo y a un tilín de recibir una sonora trompetilla. En pocas palabras, por qué decir “¡Qué fetidez a roedor fenecido!”, cuando podemos afirmar “¡Qué peste a ratón muerto!”. Por favor, no intentemos imitar a un Lezama Lima o a un Carpentier, personajes cimeros de la literatura y que muchos intelectualoides de hoy no se cansan de citar, con ínfulas de catedráticos, cuando lo cierto es que en el fondo muy pocos los entienden o alcanzan a interpretarlos.

Ahora quiero dedicarle un pequeño espacio a otro tema de vital interés y preguntar: ¿Por qué son “malas” algunas palabras? ¿Acaso porque se pelean entre ellas? ¿Son de baja calidad, se deterioran? ¿Quién puede darnos una exacta y convincente definición? Ignoramos quiénes las marginaron y les endilgaron el cartelito de peligrosas. La mayoría de estas palabras poseen una intensidad, una fuerza expresiva que difícilmente las convierta en intrascendentes.

Esas “malas” palabras tienen matices que las convierten en insustituibles, por su sonoridad, fuerza de acción y contextura física. ¿Qué mejor ejemplo que el de la palabra mierda? No suena igual decir excrementos o heces fecales que decir mierda. La palabra mierda tiene sus encantos, es más musical y efectiva. Hay una palabrita maravillosa que quiero señalar (perdónenme los puritanos de la “sin hueso”) y es la palabra cojones, una palabra irremplazable, cuyo secreto está en la letra J. No es lo mismo decir testículos que decir cojones, esta última expresión es un canto a la vida, luce una sonoridad visceral, fuerza y cubanía.

Recuerdo que de niños teníamos terminantemente prohibido por nuestros mayores decir la palabra condón. Esta palabrita era considerada obscena, tabú, y existía la prohibición a pesar de que frente a mi casa estaba enclavado uno de los tres prostíbulos del pueblo. Hoy la palabra condón es de uso normal en la TV, emisoras de radio y prensa escrita. Bueno, hasta el mismísimo Papa Francisco la menciona con frecuencia en varios de sus rituales eclesiásticos en la Santa Sede.

Volviendo a la palabra cojones, analicemos su plasticidad y algunos de sus usos, de acuerdo con variadas acepciones:

“El hombrín se marchó encojonado” (puede ser, según el lado del que se mire, alguien furioso o un vago consumado, depende).

“La moto cuesta un cojón” (vale una fortuna).

“El viejo es una bola de cojones” (muy valiente).

“¿Qué cojones es esto?” (interrogando con gran molestia).

“Manda cojones” (lamentación).

“Le aplicaron el cojonímetro” (ha sido víctima de una medida dogmática).

“Es un tipo encojonado” (alguien muy agradable, servidor, bueno)

“Tiene tremendo par de cojones” (muy valiente).

“¡Cojone!” (denota asombro, admiración, frustración...).

“Me importa tres cojones! (no me importa nada).

“Le ronca los cojones” (expresión de decepción).

“Le partieron los cojones” (lo destituyeron).

En resumen, no es que intentemos una quijotesca defensa de las malas palabras, solo aspiramos a una amnistía para ellas, y tratar de lograr por todos los medios que se integren a nuestro léxico diario, sin reservas ni limitaciones de ningún tipo, porque después de todo son sumamente importantes, insustituibles, y las necesitamos con indudable urgencia, como un buen palo donde rascarnos cuando algún hijo de puta nos ha echado pica pica, qué cojone.

(A Roberto Fontanarrosa y a Guillermo Álvarez Guedes, in memorian)

Foto: escritor Servando Carvajal, en revista Árbol Invertido

(Punta Alegre, Ciego de Ávila, Cuba, 1944). Pescador y escritor. Ha vivido prácticamente toda su vida en el poblado costero de Punta Alegre. Narrador, y recopilador de la historia, leyendas y tradiciones de Punta Alegre. Ha publicado el libro de cuentos Proa al sol (Ed. Ávila, Ciego de Ávila, 2001) y la investigación Salina vs. Yeso (Ed. Ávila, 2009), sobre las fiestas de parrandas de Punta Alegre.

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