La censura en Cuba se viste de Ley

Artistas frente al capitolio de La Habana protestan contra el decreto 349
Jóvenes artistas protestan frente al Capitolio de La Habana contra el Decreto Ley 349

Cuando en el año 2010 ocurrió la intervención del festival Rotilla, el evento alternativo más multitudinario hasta la fecha, sus realizadores (MatraKa), en una carta circulada por Internet, acusaron de plagio al Ministerio de Cultura.

Los fundamentos de la acusación eran válidos: el Estado cubano se apropiaba el evento como mismo había sucedido en el año 2001 con el Festival de Rap de Alamar. Se adueñaba de una idea que no había tenido, de un proyecto que jamás habría realizado, desorientando ex profeso a un público que pide a gritos expansión, recreación, libertad.

La estrategia estatal para desacreditar aquella carta fue inmediata: cambiar el nombre de “Rotilla” por “Verano en Gibacoa”. El ardid invalidaba aparentemente la imputación como si no se tratase del mismo festival. Como si no fuera otro golpe más al movimiento alternativo, que en Cuba solo puede generar y parir, pero no disfrutar de la felicidad de ver crecer el fruto de su vientre, y que éste languidezca y muera por causa natural.

No obstante, en la larga lista de fenómenos contraculturales extinguidos, esta denuncia implicó un violento giro en la visión hacia la política cultural de la Revolución. Era el primer desafío jurídico. Y aunque la respuesta oficial fue una escaramuza, presionó casi al punto de que la censura (ese depredador sin cara que se sirve del anonimato, el estupor y la confusión), se viese obligado a admitir: “Yo no permito que exista un arte independiente”.

Los gestores de la #00Bienal de La Habana realizada en mayo pasado (primera bienal no oficial), el artista plástico Luis Manuel Otero, la historiadora de arte Yanelys Núñez, el poeta Amaury Pacheco y la actriz Iris Ruiz, habían dado el salto involuntario de no esperar apoyo o tolerancia institucional. Recurrieron a la autogestión financiera y a sedes privadas, o sea, viviendas, porque ya habían perdido su última inocencia y sabían que teatros, museos, cines, parques, calles, playas… pertenecen al Gobierno.

Sabían que ser “independientes”, equivale a que los tilden de “interesados” (no por el arte) e “incorregibles que giran sobre sus bolsillos”, epítetos con que ahora se califica a quienes critican el Decreto Ley 349. Publicado en la Gaceta Oficial el 10 de julio de este año, el Decreto deja clara la intención de arrancar de raíz la posibilidad de un hecho artístico sin permiso o subvención gubernamental.

La reacción de la comunidad de artistas e intelectuales a la publicación de esta Ley, fue el silencio. El estallido que rompió el mutismo fue un performance frente al Capitolio el 21 de julio. Yanelys Núñez se untó el cuerpo con excremento humano y alzó un cartel que decía ARTE LIBRE. El autor y supuesto ejecutante del acto era realmente Luis Manuel Otero, quien fue arrestado sólo por estar sentado en la escalinata.

A partir del performance trunco, que corrió como pólvora por las redes sociales, surgió la página Artistas Cubanxs en contra del Decreto 349, se efectuaron reuniones en la sede del MAPI (Museo de Arte Políticamente Incómodo), y empezaron a desplegarse una serie de acciones artísticas como protesta directa, a la par que reclamaciones de orden jurídico.

El segundo detonante fue un video musical producido por David’d Omni que reúne a varios raperos donde cada quien expresa su desacuerdo con el 349, y un concierto programado para el sábado 11 de agosto, en el MAPI, ubicado en Damas y San Isidro, en La Habana Vieja. Ese día el barrio de San Isidro amaneció con un despliegue de patrullas y policías. Yanelys y Luis Manuel fueron arrestados en un momento en que salían de la vivienda. El músico Gorki Ávila ya había sido sitiado en su propio apartamento, en el Vedado.

Después de un largo debate entre Amaury Pacheco y miembros de la Seguridad del Estado que impedían la realización del concierto, un rapero gritó “¡Abajo la 349!”, y se inició la protesta que quedó registrada gracias a los celulares de varios vecinos. Las imágenes, accesibles en Internet, demuestran la violencia innecesaria y la reacción de la barriada defendiendo a los artistas, un acontecimiento sin precedentes en la historia de la represión en Cuba.

El hecho sirvió además de nombre al documento que sintetiza la posición del grupo de protestantes, el Manifiesto de San Isidro: “Nosotros, los CUBANOS, los creadores, artistas, realizadores audiovisuales, músicos, poetas, productores, activistas, periodistas e intelectuales, y cualquier otro individuo que se sienta parte de este fenómeno que llamamos hoy lo INDEPENDIENTE […]”. Fue leído públicamente luego de una peregrinación performática por la ciudad mientras se transportaba a la Virgen de la Caridad del Cobre.

Un reciente artículo del periódico Granma, “Defender opciones culturales con valor creativo”, firmado por Germán Veloz Plasencia, insinúa lo que ha sido la base de la estrategia de confusión para desacreditar y deslegitimar no solo a los detractores del 349 sino a todo el movimiento artístico alternativo. El detalle ya estaba implícito en el conjunto de medidas que constituyen el Decreto:

“ARTÍCULO 4.1. Igualmente, constituyen contravenciones cuando una persona natural o jurídica incurra en alguna de las conductas siguientes:

a) difunda música o realice presentaciones artísticas en las que se genere violencia con lenguaje sexista, vulgar, discriminatorio y obsceno […]”

Es un hecho que los reguetoneros ganaron espacios oficiales porque es más rentable contratar a un cantante popular que solo requiere un equipo de audio para reproducir su background, que a una orquesta. En las secundarias y preuniversitarios del país se pone reguetón durante las actividades porque es la música bailable del momento, y ¿quién frena a la juventud?

La propagación indiscriminada de este género, la degradación de su lenguaje que llega a ser pornografía sonora coreada por jóvenes y adolescentes en el transporte público, ya se había convertido en objeto de alarma y encarnecidos debates en varios sectores de la institución. Se habían censurado oficialmente temas como “Chupi chupi” y “Felices los cuatro”. El asunto podía ser regulado controlando la programación en los medios o en eventos oficiales, exactamente como se hace para que no se filtre contenido contestatario. No era necesaria una Ley que abarcara todas las manifestaciones del arte y mucho menos a los artistas cuyo discurso resulta incómodo. Es obvio que no están en el mismo saco porque el reguetón es un vertedero social y un aliviadero: no cuestiona; disipa, fomenta la inconsciencia.

La banalidad nunca ha sido preocupación seria en las directrices que, desde la sombra, manejan la cultura. Ahora mismo se propaga a través de telenovelas y series idiotizantes por la televisión; y en cuanto a la obscenidad, mucho se ha utilizado y utiliza en los actos de repudio contra disidentes. La música que “genera violencia”, ha sido incluida en eventos coordinados por las instituciones, mezclando públicos incompatibles como el del rock y el consumidor de timba o reguetón, provocando trifulcas y víctimas de agresiones incluso con arma blanca.

El Decreto 349 pretende colocar al artista no instituido en la categoría de delincuente, no valuando por separado su obra, sino igualándola al de una canción facilista y procaz. Colocando la independencia creativa en el rango de delito de evasión de impuestos. En el Manifiesto de San Isidro, los firmantes dejan claro que están dispuestos a tributar impuestos pero no a someter su obra a un filtro político.

Camuflar el término “criminalización” en “censura” es un peligroso eufemismo. Es el ejercicio de la libertad mental lo que se quiere refrenar, ahora con estatutos y sanciones. El derecho a pensar y a expresarse libremente, ya sea a través de un poema, una canción, un performance. El derecho a la libertad que puede implicar también prosperidad, aunque el artista auténtico es más bien un servidor y sufriente del arte que un beneficiario.

Si algo hay que agradecerle al 349, es que al fin la cara visible de la censura ya no se camufla en frases como: “No es el momento”, o “No es el espacio adecuado”, o “el evento excede vuestras posibilidades…” Va más lejos que la sentencia fidelista de límites ambiguos: “Con la Revolución todo; contra la Revolución, nada”. Va tan lejos que pierde todo rastro de sentido común.

“El Arte no pide permiso”, dijo el músico Gorki Ávila. La vida y la historia tampoco. La confusión y la sugestión terminan disolviéndose y mostrando sus sucias entrañas a la luz del día.

La autora cubana Verónica Vega

(La Habana, 1965). De formación autodidacta. Su primera novela, Aquí lo que hay es que irse, fue publicada en 2010 por la editorial Bourgois, en París, con el título Partir, un pointc'esttout. Por esta obra fue invitada al Festival de Literatura Latinoamericana Belles Latinas, con sede en la ciudad de Lyon, Francia. Es colaboradora de los sitios digitales Havana Times y Diario de Cuba. Su segunda novela “Aliento”, está en proceso de edición por la editorial Hypermedia, Madrid. Los cuentos de su libro “Y si el túnel fuera de cristal” se han ido publicando en Diario de Cuba.

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