Ibrahím Doblado. La Comarca Salvadora

Circo callejero
Circo callejero. Foto: Francis Sánchez
Imagen: Francis Sánchez

Eran los principios de los años ochenta. Bajo las cortinas rompevientos que protegían los naranjales del pequeño poblado de Ceballos, una adolescente endeble y escurridiza se escondía sigilosa con un libro entre las manos. Su instrumento de trabajo, más grande y pesado que ella, yacía olvidado a un lado entre la hojarasca húmeda. Más allá de las verdes cortinas, otras adolescentes como ella se afanaban en una lucha desigual con la yerba de Guinea. El libro que leía se titulaba Relatos de Turiguanó. Una sonrisa, a veces un estremecimiento, se dibujaba en el rostro de la niña. Han pasado más de veinte años de aquel momento; aún recuerda cómo aquella naturaleza emanada de las páginas leídas se revelaba contra cualquier tipo de domesticación; algo percibía de su espíritu, algo se adhería al suyo. Las palabras cimarrón, jíbaro, animal silvestre, le repicaban una y otra vez. Más tarde comprendería con mayor claridad el significado de las mismas.

Eran los años ochenta, grandes cambios en la situación del mundo ya se olfateaban. En Cuba se vivía un cierto esplendor económico y un momento también de transformación en otros órdenes. Jóvenes artistas, desde la vanguardia de una crítica social que ayudaba al rápido deshielo de la época anterior, eran también portadores de una nueva forma de expresión. Sin embargo, en una pequeña ciudad del interior, Relatos de Turiguanó, un libro para jóvenes escrito en plena «década gris» por un escritor de «tierra adentro», quedaba para siempre en la memoria de una niña y ayudaba a conformar su personalidad.

Ibrahím Doblado del Rosario había obtenido con este libro el Premio «La Edad de Oro»,en 1982; entre los jurados se encontraba Senel Paz, uno de aquellos jóvenes que protagonizara los cambios en la literatura y que con Un rey en el jardín inaugurara visiblemente —¿inaugurara?— una manera diferente del tratamiento del niño en la literatura nuestra. A este libro de Ibrahím seguiría la publicación, al pasar de los años, de dos títulos más centrados en el lector joven: Caballo Salvaje y Sueña, Miguelito, sueña (2001). Los mismos trazan una línea ascendente en la propia escritura de su autor. La sencillez, por veces cándida, de los primeros relatos, da paso ya en Caballo salvaje, y principalmente en las narraciones que contiene Sueña, Miguelito, sueña, a una riqueza tropológica y conceptual que se acentúa en el lirismo de la anécdota y del lenguaje y en la complejidad de los planos narrativos. Este último libro, compuesto por los relatos «La estampida», «La cacería» y el que le da título, le valió al autor el Premio «La Rosa Blanca» en el año 2000. A decir del jurado, integrado, entre otras personas, por Enrique Pérez Díaz, «la belleza y complejidad lingüística del texto hacen de este libro una obra singular en el universo de la literatura infantil cubana».

En el segundo milenio, cuando ha ocurrido una desfragmentación del pensamiento, y cualquier idea o matiz puede explicar este mundo,todo vale,y debemos enfrentarnos al naufragio no sólo de los sistemas filosóficos, religiosos, políticos, sino también a la decepción y/o degradación de los valores individuales del ser humano. Es así como, con dureza, nos asalta el escepticismo, la interrogante que pende como espada de Damocles sobre nuestros atiborrados espíritus: ¿A qué aferrarnos, entonces; dónde hallar la verdad que pueda sostenernos, la fijeza?

Ahora recuerdo cómo en los libros de Tolkien, he encontrado una posible respuesta a estas grandes preguntas, que han funcionado como un tesoro. Si algo me cautivó, y aún me cautiva, en las continuas relecturas de El Hobbit y El señor de los anillos, no está precisamente en el mundo mágico que construye tomando como sedimento los viejos y eternos mitos de la humanidad, la lucha del bien y el mal personificada singularmente por criaturas de la imaginación; yace en algo más sutil que es bastimento de esto: la defensa por sobre toda las cosas de La Comarca, espacio donde habita el hobbit, techo y nutriente de sus valores esenciales. La Comarca se erige aquí en símbolo de la verdad que hay que proteger, salvaguardar de lo que está más allá, en lo oscuro, y puede irrumpir violentamente. Este espacio es la pertenencia, el mundo al que debemos volver —para retomar fuerzas y no olvidar—, sea cual sea el viaje que emprendamos y cuyos lazos no se deben destrabar, amén de quebrarse algo bien adentro del espíritu.

Desde la dimensión humilde de la provincia, Ibrahím Doblado encuentra también una defensa de su «Comarca». Sus libros constituyen una especie de saga y no precisamente por la recurrencia de personajes y situaciones que hallan continuidad en uno y otro, sino por el sympathos maternalmente violento de los espacios donde ocurre la narración: Los cayos Romano, Coco, la Isla de Turiguanó, el mar y otros islotes del archipiélago Jardines del Rey; simpatía otorgada por esta especie de criatura habitada a su vez por múltiples especímenesy nobles engendros de la imaginación: la naturaleza.

Ella, la madre,se erige en la verdadera protagonista de estas historias; más que mirarla, escudriñarla o poseerla, los personajes experimentan que son contemplados e inquiridos por ella, poseídos o cuestionados por su fuerza solícita y a veces demoníaca. A nosotros, sus lectores, también nos contempla desde una distancia violable. Los personajes principales, como los adolescentes Pedrito y Miguelito, sólo logran su verdadera silueta en el diálogo que establecen con esta entidad viva. La imaginación de los mismos se expande arraigada a los recuerdos —pasados, inmediatos o por venir—, en este intentar entenderse niño y naturaleza. El poder, la intimidad que se desprende de la recíproca comprensión es tal que lo soñado se vuelve realidad, se corporiza de una manera peculiar, como la gaviota que el Miguelito niño sueña en la ciudad, con su olor a mar y algas característicos del norte avileño, y que luego reaparece en los momentos difíciles de su vida asumiendo el rol de hada madrina.

En «Sueña, Miguelito, sueña», el cuento mejor logrado del libro homónimo, hay un dato interesante que sólo quisiera mencionar de pasada, pues su análisis cabal requeriría un ensayo, y es el sentido profundamente místico sobre el cual se sostiene todo el plano conceptual del relato. Lo que posteriormente Ibrahím nos dará a conocer con mayor profusión, deteniéndose en las aristas ético-filosóficas en su libro Kármicas, aquí se le entrega a los lectores más jóvenes en una degradación sutil, en un lirismo natural que emana de la propia anécdota y nos hace recordar aquella fiesta onírica de juegos de espejos y máscaras descritas magistralmente en El gran Meaulnes de Alain Fournier.Los procedimientos intertextuales se hacen vigorosos en este texto, que no es una simple alegoría infantil que ha tomado como recurso lo mejor de la tradición en el género para niños; asistimos a un texto de una densidad conceptual y filosófica que puede rebasar la compresión de un público lector imberbe. Ellos pueden disfrutar de cualquier forma su lectura pero, mientras más conozcan de las concepciones y filosofías orientales, esotéricas y bíblicas, más cómplices se harán de la fabulación.

«Sueña, Miguelito, sueña» es un relato cargado de magia, escrito en una prosa fina, lírica, envidiable, muy lejos de ñoñerías y didactismos superfluos, que desnuda a un autor cuya espiritualidad se ha forjado a partir de la lectura y asimilación de las escrituras más antiguas. Miguelito, el personaje infantil delicadamente delineado, se convierte en un símbolo del ser que ha de vencer innumerables pruebas para lograr el crecimiento espiritual; sus pérdidas nunca son tan poderosas que le hagan abandonar el camino que conduce a ese crecimiento. Es por ello que nunca deja de ser niño del todo: la infancia, los sueños que le dan vida, deben permanecer en la memoria y en los actos todos de la existencia. Relato antológico este que, a pesar de las problematizaciones que enuncia a nivel de la familia y del entorno, no se regodea en el patetismo ni en el dulzor del melodrama; antes sí deja entre los labios el sabor de las sentencias primigenias escritas en el viento que, cuando andamos desesperados en la búsqueda de respuestas, de pronto, sin énfasis, bien quedas, nos alivian el fardo de las interrogantes.

Ibrahím Doblado no ha tenido que construir un mundo: lo toma de la realidad del paraíso perdido de su infancia. La originalidad de la saga que nos ha legado reside precisamente en la entrega —con la peculiar mirada del niño que ha sido— a una verdad desprendida de la relación con las pequeñas cosas que nos rodean, miniaturas que abren las puertas del Universo. Este autor funda y refunda en cada uno de sus libros para niños y jóvenes un diálogo característico basado en la armonía y el respeto a lo que pertenecemos, a lo que estamos atados por una memoria ancestral. La custodia de los valores emanados de esta controversia hombre-naturaleza —que, como es lógico, encierra una profunda sabiduría— aspira a fluir y ser transmitida de manera orgánica y espontánea de las propias historias, ser consustancial al entramado de la fábula. Meta que se alcanza, pues lejos de discurrir con un tono discursivo, penetra en los jóvenes lectores con el mismo sobrecogimiento que asaltó a aquella adolescente a hurtadillas en los naranjales.

Ileana Álvarez. Foto en revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1966). Graduada de Filología en la Universidad Central de Las Villas (1989). Máster en Cultura Latinoamericana. Directora editorial de la revista Videncia. Tiene publicados, entre otros, los títulos: Libro de lo inasible (1996), Oscura cicatriz (1999), El protoidioma en el horizonte nos existe (2000), Los ojos de Dios me están soñando (2001), Desprendimientos del alba (2001), Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (2001), Los inciertos umbrales (premio “Sed de Belleza”, 2004), Consagración de las trampas (premio “Eliseo Diego”, 2004), Trazado con cenizas (Antología personal. Ed. Unión, 2007), El tigre en las entrañas (Crítica, 2009), Escribir la noche (2011), Trama tenaz (2011) y Profanación de una intimidad (ensayo, 2012). Realizó Catedral sumergida, antología de poesía cubana escrita por mujeres (Ed. Letras Cubanas, 2014), donde por primera vez se publicó, en Cuba, un panorama tan amplio de autoras residentes dentro y fuera del país.

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