Lujurias de Rafael Almanza (II)

Rafael Almanza

—Su proyección me parece una consecuencia del exilio, pero con el peso extra de nunca haberse ido del país —asegura Alejandro Rodríguez—. Es el único exiliado que conocí dentro de Cuba.

La primera vez que hablaron, sobre 2013, Almanza era otro cliente en el negocio de fotocopias del treintañero. Tenía un bajo dominio de la tecnología, “algo típico en su generación”, dice Alejandro. “Atípica era su persistencia”. Al tiempo eran amigos y la espera por una impresión de documentos se diluía en largos parlamentos del escritor y algunas intervenciones del joven.

Almanza supo que tras la impresora había un periodista, autor del blog satírico Alejo3399, con tal posicionamiento que la británica BBC le pidió ser columnista sobre Cuba por un período. Alejandro supo que quien le hablaba tras la barba era un prolífico escritor.

—Ni siquiera había escuchado su nombre, pero su pinta de intelectual no pasa inadvertida, y de verlo caminando por ahí suponía que era eso, un intelectual, aunque no sé por qué me hacía que trabajaba en alguna institución oficial.

De otro lado, Almanza tiene una tesis: “no hay nada que moleste más a la clase política cubana que un opositor coincidiendo con ella”, pareciéndosele en algún aspecto. Algunos creen, por ejemplo, que la persecución de transacciones financieras y comerciales cubanas por Estados Unidos hace más daño que bien. Que, no ya un opositor sino alguien que piense distinto, abogue por el fin de la injerencia imperial en los pueblos tercermundistas o simpatice con el Programa de Ahorro Energético, causa un escozor en las oficinas del Comité Central solo comparable con el pataleo de quien disfrutó una canción hasta que pasó a ser moda.

El maniqueísmo es el tablero operativo ideal de los doctrinarios cubanos, la zona de confort del burócrata promedio que ocupa las oficinas del Departamento Ideológico del PCC. Porque el modelo cubano se sostiene, de forma orwelliana, sobre la existencia de un enemigo, y no cualquiera, sino uno diametralmente opuesto, con el que no existen puntos de contacto o que faciliten el diálogo, tan inhumano que resulta inverosímil. Se trata de un Totalitarismo mental que no solo dicta cómo han de pensar los seguidores del proceso sino, además, sus adversarios.

La Habana puede conversar, digamos, con la Unión Europea o un presidente estadounidense, entenderse sobre migración o medio ambiente, pero nunca con las demandas de un sector inconforme al interior del país. La doble circunstancia de Cuba en los últimos 60 años define la bipolaridad de su régimen. Hacia el mundo es un David de honda alzada; internamente es Goliat limando la espada contra su pueblo. Almanza odia a David y no quiere ser filisteo.

“Cuando La Habana se rebele, detrás lo hará Camagüey”. Pone su esperanza en un levantamiento popular que reedite el día final de Gerardo Machado. A raíz del reciente cambio presidencial en Cuba no guarda muchas ilusiones. A Díaz-Canel, como si nombrase a un perro que solo obedecerá, lo llama Díaz-Canelo.

Le gusta cambiar nombres. A la AHS, Asociación Hermanos Saíz, que reúne a jóvenes artistas bajo la égida estatal, la nombra Asociación de Homosexuales Socialistas. Y antes, al Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, Proceso de ratificación de errores y tendencias negativas.

En La insoportable levedad del ser, Milán Kundera dice que quien lucha contra regímenes totalitarios también necesita verdades sencillas, comprensibles para la mayor cantidad de personas y capaces de provocar el llanto colectivo. La hilaridad colectiva, en el caso de Almanza.

Esa creación kitsch es parte de todo enfrentamiento (entre Cuba y Estados Unidos, y entre el gobierno y la oposición, por ejemplo). En torno a la Revolución hay una tromba de elementos kitsh: “gusano” para el que se opone o difiere de ella; “comecandela” para los que activamente la apoyan. “Por más que lo despreciemos —exponía Kundera—, el kitsch forma parte del sino del hombre”.

Tras mucho conversar y amén del pelo blanco, Almanza le pareció a Alejandro Rodríguez más joven de lo que era. También, dice, lo admira “porque respeta la discrepancia: la asume con una naturalidad poco común en el lugar y el momento que le tocó”.

—Tengo en mente hace tiempo escribir una autobiografía —me confiesa Almanza en un encuentro casual, en la calle General Gómez. A pocos metros yace una estatua conmemorativa de Gertrudis Gómez de Avellaneda.

Las estrechas aceras camagüeyanas están sembradas de postes eléctricos que obligan al roce de los transeúntes o a que alguno acabe andando por la calle. Sin quererlo, casi bloqueamos la nuestra.

—No debo estar tanto tiempo de pie —dice, y apoya la espalda a una pared—. La hernia discal no perdona.

Le cuento de un reciente dossier sobre el narrador José Lorenzo Fuentes; y dice que recuerda, siendo niño, el rumor de su prisión, que la acusación fue injusta, que no traicionó a la Patria. El metal opaco de su voz retiñe entre las casas vetustas de la ciudad, y cuando acaba una frase, para marcarla innegable, abre cual platos los ojos y en silencio gira el rostro lejos del interlocutor.

Un par de policías se aproximan a nosotros.

Almanza me ha contado que en los últimos años no ha vuelto a ver prisiones, solo ha recibido amenazas indirectas, o correos y paquetes personales abiertos y ripeados. Lo atribuye a un cambio de política contra escritores y artistas. “Del palo a la zanahoria… hasta ahora —acota rascándose la frente amplia, oculta bajo una gorra que parece bolchevique—. Se anuncian represiones a gran escala. Lo peor de la Clase Mayimbe está decidido a mantener sus privilegios a cualquier precio.

Almanza grita lo que habla. Y los policías siguen mientras oyen al señor de los huesos lastimados.

 

Leer también: "Lujurias de Rafael Almanza (I)"

Escritor y periodista Yoe Suárez en revista Árbol Invertido

(La Habana, 1990) Ha publicado, entre otros, los libros de no ficción La otra isla (Finalista Beca Michael Jacobs, 2016), Charles en el mosaico (Mención Premio Casa de las Américas, 2018), El soplo del demonio. Violencia y pandillerismo en La Habana (Boca de Lobo Editores) y Espectros (2016), primera antología de periodismo narrativo cubano. Premio de Reportajes de la Editorial Hypermedia 2017 y  2018. Ha publicado en Univisión, Vice, El Espectador, La Segunda y El Español. Fue corresponsal en Cuba del canal estadounidense CBN (2014-2017). Documentalista. Cuentos suyos han sido llevados al cine dentro y fuera del país. Antologado como poeta y ensayista en Cuba y el extranjero. Es parte del equipo de la revista El Estornudo.

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