José Koser, un judío cubano en la Diáspora

Hombre subsiona bandera. Foto: Asiel Babastro

Rafael, esto que hacemos es para mí un modo de ir labrando una salida digna para todos dentro del largo drama cubano que ya es hora de “arreglar” para el bien de todos. Abrazos. (José Koser)

Kozer regala sus mitos. O sea, una realidad verdadera. En última instancia un poeta se mide por su singularidad (que proviene de la extrañeza desde donde nos habla y de la extrañeza que es capaz de despertar en nosotros); por su manera peculiar (irrepetible) de decir su palabra, de escucharse su voz; por su imaginación y poder cognitivos —ya intelectuales, ya efectivos, ya sensoriales—, dables de activar los nuestros; por su forma de crear un universo lingüístico suficiente; simultáneamente, en algunos casos mayores, por su capacidad para conmovernos; y, sobre todo, por ese su natural develamiento de lo desconocido, a la vez que preserva su misterio. Todos estos dones pueblan la poesía de José Kozer, quien desde ya debe considerarse como una de las voces más auténticas de la poesía cubana en cualquier tiempo. (Jorge Luis Arcos)

 

Un buen sitio para el árbol de vida, un telar para rehacer con ansias la Patria, fuente de palabra donde se asienta el sedimento del sabio que nos canta desde un padecer milenario, humano. José Kozer, nacido en La Habana, Cuba, el 28 de marzo de 1940, hijo de judíos checos (por parte de madre) y polacos (por parte de padre), vive en los Estados Unidos desde 1960, donde ha prolongado la diáspora ancestral y familiar. Reside en Hallandale, Florida. Es hoy el poeta cubano más relevante cuya obra ha sido escrita totalmente en el exilio, el más importante de expresión castellana de cuantos escriben hoy en los Estados Unidos.

Sabiduría, dolencias de infancia, heridas que no cicatrizan en la memoria, vacíos que se llenan con el poema, evocaciones, amarguras para que el perdón del pasado nos alcance y nos sane fulminando los padecimientos.

Es su mano lavada en la mañana, antes del laburo, su mente trueca todo con la respiración del poema, la palabra que nos robustece.

Alguien pone en duda que sea José Kozer el poeta cubano vivo más grande y portentoso de nuestros días, no son vanos halagos, lastima, que haya un silencio cómplice en el territorio de la palabra, la lengua, y el poderío ahogue toda posibilidad de reconocer la esbeltez en el idioma.

Son sus poemas júcaros, ceibas que se observan en las llanuras de la Carretera Central mientras se viaja a lo largo de su Isla-Patria. Su poesía árbol-dolor-desgarradura desde el nacer, trayectoria de vida, angustia que sangra en la conciencia que nos hace despertar del sueño fingido, la miseria de la cual huir, de la que no logramos salir sin cicatrices.

Es su escritura un rascacielos, donde el ser humano es base, y abismo propio. Su poesía sorprende a cada paso que se avanza en la lectura. Es dar palique al vecino, con ese hablar hacia la Cuba de todos, la que dejó, la que le incumbe, la que lo abandona como un hijo a la buena de Dios, se desentiende de sus dolores, que permanece en las descendencias que por el mundo no encuentran puerto donde anclar sus nostalgias, las esperanzas, incrementando tristezas.

La escritura de Kozer es todas las mujeres de la Isla, tejen como abuelitas con agujetas antiquísimas, con sus hilos de estambres guardados de año en año en antiguos neceseres, pequeños cofres femeninos que hurgan, abuelas, madres, hijas, hermanas, comadres, con música de fondo, música que viene desde la noche insular, otoño de todos los seres que somos o hemos dejado de ser, olvidando a nuestras mujeres en el arte de fabricar la espera de mejores tiempos.

La poesía de J.K gracias a los amigos se abre paso en Cuba y va ocupando el lugar que merece en el mapa literario de la isla.

Hay en él un indudable dominio del idioma, múltiples culturas, saberes que como la mismísima diáspora estallan para contaminar todo, abre el diapasón del acervo del cubano prisionero en su cubaneo, en el cerco de aguas, la restricción por los caprichos injertados, que él escritura en cada verso, asoma el labio torcido con disgusto como se alza una guámpara en las manos de un mambí.

Toda la luz cabe en las alforjas de su caballo, el caballo blanco de José Martí, el caballo negro, moro de Antonio Maceo, el caballo que lleva cada cubano por el mundo, incrustado en el pecho como llamarada, como rebelión, como libertad unánime que se da en grito, aullido, para constelarse y consumir todo, reconocer que nos duele, nos espanta la grandeza del otro.

Preferimos ir con nuestra música a otra parte. Me abro el pecho, solo para ver la estrella que me hace padecer por todos, como un mártir, como un martirio, como Cristo sobreviviendo en los padeceres de la Patria, reconocernos en cada verso sacado de la fatiga de este poeta que amasa palabra a palabra cual tahonero hace su masa para hornear el alimento del día.

Kozer es un emigrado que no dejó de ser cubano ni un instante en su existencia. Deberíamos, hermano José, nominarte al reconocimiento entre todos los hombres y todas las mujeres. Me espanta que nadie se dé cuenta, que los que sí lo hacen les duela la grandeza del arte de este ser, su gigantesca figura poética, y humanista.

Los aportes de la Isla al universo que habitamos, voz que nos engrandece, fundiendo lo judío, lo cubano, lo hebreo, lo peninsular, lo caribeño, lo universal, que juega y se hace amasijo oriental, occidental, ajiaco a lo Fernando Ortiz, magia martiana que cobra vida en la versificación, verbo que sangra y respira en sus pergaminos, se torna sabiduría, es el brujo de la aldea, el gran mago que hace sanar con su canto diario, su escritura viva, hay en ella muerte, futuro, iluminación, para que no olvidemos el pasado, la tristeza, el sufrimiento, los atisbos de felicidad que quedaron en algún resquicio de la memoria.

Pinta en cada rasgo, en cada sonido, un universo dormido, ignorado en el aserrín, el miedo, la censura, lo albergado que se disimula tras nuestros ojos neblinosos, imprecisos, hacia la nada.

Cuba es vacío, niebla, isla de nunca jamás, donde beber un sorbo de café amargo nos hace recordar que alguna vez gritamos en la manigua, una carga al machete, que incendiamos nuestros hogares, que nos dejamos arrancar las uñas, para no ver la tierra sagrada jadear en el estercolero.

La noria gira, el círculo es cuadrado, el pan se agria en nuestras bocas, y en silencio, el llanto es de la alta noche, no resistimos tantos astros entrando al unísono en nuestras almas. Nuestra sangre ha sido contaminada, se fermentó, y nuestras mentes trastocadas.

La poesía de José Kozer en clave para el lector de la Isla es secreto a voces, un repique, un toque de tambores, un entramado que se teje de ola en ola, de continente a continente, vocifera de puerta en puerta, quienes somos, como somos. Trasciende con ambición lo cubano en lo universal, sin alterar los códigos fundamentales, nos habla desde las raíces, desde lo fundacional con el mismo sangramiento del parto del Creador. Toca con mano dura las campanas de La Demajagua para libertar una buena mañana al esclavo.

J.K funde con maza carnal la ínsula en la diáspora planetaria, en la que se ha convertido el cubano, Isla-éxodo navega con el doliente a sabiendas de que quien migra resarce cada olor-dolor, cada partícula de polvo, el sudor angustiado del ser de a pie, las aguas vistas desde la puerta de casa, fundirse en el desagüe palpitante por cotidiano, con un hedor familiar respirable, asimilado sin objeción, aún en la distancia, en la realidad lejana que queda flotando en el imaginario del emigrante que se resiste a perder los elementos más simples de sus años vividos y padecidos en Cuba. Está en su ADN, en sus angustias ancestrales y vivenciales. Es la grandeza no aceptada.

Con humilde admiración reconozcamos la voz portentosa de un artesano de la lengua, artífice del imaginario poético de una patria deshecha que sobrevive en el sollozo del poeta que la hace suya como una balsa, para salvar en su memoria recobrada, cantos, lamentos, gritos ignorados, con ese hálito salobre del agua que nos hace aislarnos como Ulises multiplicados, sobrellevando la claustrofobia visible, sombras, laceraciones heredadas.

Ya este cantor no nos pertenece, es propiedad irrefutable de todos los hemisferios. Significativa, monumental es la obra de este individuo que va y viene por el mundo gritando un entorno que le pertenece, un imaginario que a pesar de aislarlo es suyo por derecho propio.

José Kozer crea sus referentes para hacernos visibles más allá de las fronteras que nos retienen, mestiza el idioma, alza los códigos nacionales en sus incansables itinerarios del viajero infatigable en el que se ha convertido desde los veinte años, él es Ulises, es nadie, es todos los nacidos en Cuba, es todos los hombres emergidos de cubanas fuera del suelo patrio, los dados a luz por la sagrada voluntad del Señor.

El Premio Nacional de Literatura, el Cervantes, el Nobel de Literatura, justificarían toda una obra de vida, un vivir, para resaltar un arte final, un canto de inicio y continuidad, palabra para resarcir los dolores, los olvidos, las censuras a lo diaspórico, a lo migratorio, a lo que ya no pertenece al cuerpo de un país que es de todos, y hacia todos va la hostia de esta tierra bendecida para sus hijos, a los que permanecen en ella, a los que decidieron partir un buen, un mal día.

J.K nos canta, nos discursa verdades que sangran día y noche en la hoja en blanco, en las horas del hogar, en los espacios robados a la Guadalupe, su muchacha, en su espera cariñosa, en su parte que palpita, para que el poeta pueda dar su Aullido, su grito al machete, su alarido de libertad.

Que las claves sonadas por el cantor no musiquen en vano, que no sean sílabas muertas.

Una memoria viva la del poeta cubano José Kozer que merece todos los elogios, todos los agasajos, para que la esperanza no muera, y no se ahueque el saco donde permanecemos millones y millones de compatriotas reclamando un anhelo, la esperanza.

Rafael Vilches Proenza

(Vado del Yeso, Río Cauto, Granma, Cuba, 1965). Lic. Educación Artística en Artes Plásticas. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Premio de poesía “Manuel Navarro Luna” en 2004 y 2010, con El único hombre (Ed. Orto, 2005) y País de fondo (Ed. Orto, 2011). Ha publicado Ángeles desamparados (Novela. Ed. Bayamo, 2001 / El Barco Ebrio, España, 2012), Dura silueta, La Luna (Ed. Bayamo, 2003), Trazado en el polvo (Ed. Holguín, 2006), Tiro de gracia (Ed. Holguín, 2010), Lunaciones (Letrabierta, La Habana, 2012), Café amargo (Miami, EE.UU, 2014). Textos suyos se han publicado, además, en España, Italia, Nueva Zelanda, Alemania, Puerto Rico, México, Honduras, Brasil, Chile, Canadá, Argentina y EE.UU.

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