Gastón Baquero. Un poeta cubano

Gastón Baquero
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Sylvain Mâle (pintor)

En la primavera de 1944 aparecía en La Habana una revista llamada Orígenes. Dirigida por José Lezama Lima, en su primer número publicaba un poema de Gastón Baquero (Banes, 1918) titulado “Canta la alondra en las puertas del cielo”. Uno de sus versos, ancho y melódico, manifestaba: “Y contemplo mi alma cotidianamente asombrada de belleza”. Al mirarse a sí mismo veía el mundo. Lo veía con el paradójico desprendimiento con que en su largo poema “Palabras escritas en la arena por un inocente” había trazado los rasgos de su retrato. Allí un niño respira entre adultos representando los papeles que le atribuyen “ignorante, orador, astrónomo, jardinero”. Un niño “a quien han disfrazado de persona impura”, “que ha crecido de súbito a espaldas de su madre”. Que viaja de Ceylán a Burma y dialoga largamente con Juliano el Apostata. Esa fuerza imaginativa no se perderá y Baquero continuará viajando por éste y otros mundos en alas de la poesía. En tales comienzos Baquero tiene siempre presente la referencia bíblica. A partir de ella expandía gozoso su disfrute de las cosas del mundo. La alusión cultural que había llenado de notas de pie de página La tierra baldía de Eliot asomaba también aquí pero de un modo incidental. La superaba la elocuencia de quien iba más allá de los riesgos de toda escritura y se atrevía a proclamar, certero:

Echemos algunas gotas de horror sobre la dulzura del mundo. Mira tu corazón frente a frente, piensa en la terrible belleza y renuncia.

Se miraba, sí, pero no renunciaba. Por el contrario, fue depurando esos poemas largos, dolorosos y complejos, como “Saúl sobre su espada” (1942) o “Testamento del pez”, esos poemas de múltiples voces que ahora Baquero mira como operas excesivas, gracias a la fluyente sensualidad musical de los textos que compondrían, ya en el exilio español, Memorial de un testigo (1966), donde el juego se hizo más profundo en su levedad nominativa. En su generosa capacidad para aunar lo no previsto. A mayor madurez visionaria, mayor insustancialidad, en tanto que la sustancia de su poesía siempre propende a la música. Disfrutará así el hallazgo de su recuperada felicidad creativa, tan nueva como milenaria:

Y siento que todo está escrito desde hace

 milenios y para milenios,

y yo dentro de ello:

escrita la desesperación de los desesperados y la

conformidad de los conformes,

y echó a andar sin más, y me encojo de hombros,

 sin risas y sin llantos, sin lo inútil,

llevando de la mano a este niño, silente compañero,

o soñándole a Dios el sueño de llevar de la mano

 a un niño,

antes de que deje de ser ángel,

para que pueda con el arcano de sus ojos

iluminarnos el jardín de la muerte (p. 37).

El niño y la muerte dialogan en un jardín transfigurado por la música. Por ello, también, este mulato que nunca ha renegado de sus raíces africanas, retorna, en otro texto, a las madres ancestrales: allí donde leopardos de Kenia se tornan míticos al ser iluminados por una luna que aguarda la llegada de sus fieles. Tales las citas-encuentros a las que Gastón Baquero se obliga en su poesía. En esa encrucijada de culturas se cuece su tarea, tal como lo ha razonado en un sugestivo libro de ensayos: Indios, blancos y negros en el caldero de América (1991) en el que Baquero reúne ensayos suyos desde los años sesenta, en contrapunto esclarecedor y racional con su lírica.

Esta poesía, tan sonora de música, tan juguetona y picara, tan despreocupada de su final y certero designio, se ha asomado a las mayores perplejidades con una entereza pocas veces conocida. Ha sido valiente su baile al borde de la nada. Quizás por ello le gusta recrear figuras como la de Jean Cocteuc, volatinero que arriesgaba su vida en cada paradoja y sobre el cual dice, auto confesándose:

¡Quien pudiera ser siempre niño inocente, inocente, es decir,

dueño de mil secretos! (p. 40)

Así lo ha sido Gastón Baquero y por ello no teme prestar atención a figuras, de Rilke a Proust, de Lorca al baile flamenco, de Neferttiti a Paola y Francesca, que bien podrían parecer sacralizadas en su eternidad y que sin embargo se abren ante el conjuro de su palabra, ofreciendo una nueva perspectiva. Una imagen fresca y renovada. Lorenzo García Vega en su libro Los años de Orígenes, habla de ese personaje que es Gastón Baquero y de cómo su relación con la gente y la poesía, de “entrañable cortesía” (p. 267), ha terminado por salvarlo de los demonios de la historia y sus cataclismos. Capsulas para meter el mundo, sus poemas, no solo los analgésicos de la ilusión perdida”. Forman parte de la mejor poesía hispanoamericana de este siglo. Vale la pena escucharlos más de cerca.

Si entre inocencia y cultura se sitúan buena parte de los textos de Gastón Baquero, también, acaso, en el arco que va del juego a la música, un rasgo central de su trabajo es la gratitud de una poesía que sólo paga tributo a sí misma. A su encanto intrínseco. Y que sin embargo termina por erguirse como sólido testimonio del tiempo y en contra suyo, gracias a la forma como mantiene intacto el trazo encantado de su fugacidad. Esa exaltación eterna de un instante ya desvanecido:

Todo se me confunde en la memoria, todo

ha sido lo mismo

un muerto al final, un adiós, unas cenizas

revoladas,

¡pero no un olvido!

porque hubo testigos, o habrá testigos, y si no es el hombre

será el cielo quien recuerde siempre

que ha pasado un rumoroso cortejo,

lleno de vestimentas y sonatas, lleno de esperanzas

y rehuyendo el temor: siempre habrá un testigo que verá

convertirse en columnillas de humo

lo que fue una meditación o una sinfonía, y

siempre renaciendo (p. 13).

Morir en el olvido y renacer en la poesía, Baquero ha muerto y renacido varias veces, ha sido el testigo de tantas cosas convertidas en nubes. Desde su ascenso para terminar dirigiendo el Diario de la Marina, el más poderoso de Cuba, hasta su exilio, a partir de 1959, en Madrid, cuando la mayoría de las puertas le fueron enfáticamente cerradas. Y desde allí hasta hoy en día, cincuenta y cinco años más tarde, en que desde Guillermo Cabrera Infante hasta los jóvenes poetas de la Isla lo consideran el más importante poeta cubano de la literatura hispanoamericana, su trayectoria también es una parábola del destino poético en nuestro continente. Algo que él conocía bien, al mantener una visión integradora de nuestro mundo. Si tantos de los que tuvo cerca han razonado su Isla y las peculiaridades de nuestra cultura, de Juan Ramón Jiménez a María Zambrano, de José Lezama Lima a CintioVitier, él ha preferido, apenas, apoyarse en Martí y Bolívar, en Unamuno, Rubén Darío y Borges, para entender esa complejidad polifacética que son nuestros pueblos, hablados y escritos en español, rayados de indio y de negro, de morisco y de inglés, como en su poema sobre el inocente, donde aquella complejidad no es impureza infecunda sino sangrante fermentación que termina por dar fruto. El poema en el que ya no se notan los influjos sino la redondez plena de lo que subsiste como intimidad abierta al mundo. Representa, en palabras, un nuevo deleite y un júbilo hasta entonces inenarrable. El de quien permanece a la vez dentro y fuera del tiempo, paladeando sorbitos de eternidad con el ronroneo del gato junto a la estufa. Ese tono cariñoso que vuelve tangible lo abstracto y que enlaza a Anaximandro con Proust, en el color de una belleza que cambiando ya es nuestra para siempre. El instante asombrado de una palabra que se dobla sobre sí misma y se contempla eufórica en el espejo de su ritmo. Como lo quería Max Enrique Ureña, el retorno de los galeones derramando sobre “las severas piedras de Castilla”, “un extraño óleo de tentación y desafío”. Engendrando, entre el humo del trópico, hijos bastardos de la aristocracia Europea en la republicana América.

En consecuencia, esta poesía no elude ni el refinamiento ni la elegancia y ama “palisandro, la taracea, el primor”, consciente de cómo esos lujos verbales terminan por ser algo más que superficie decorativa. Remiten a una raíz rica y opulenta, de entrecruzamiento y mestizaje. Sugieren la satisfacción de una plenitud que al bastarse a sí misma mantiene intacta su tensión e incluso admite el desborde de una voluta última, grata por sí misma, como arabesco gozoso después de una firma. Carente de cualquier rastrero objetivo, la poesía no se usa. Canta su propia gloria en el conquistado espacio de un ritmo compartido. La subjetividad aparente del asunto se ha vuelto la objetividad relativa de un texto que repetimos con gusto:

Ah, decir Irene, Irene,

cerrando los ojos y diciendo nada más Irene

por el solo placer y la magia de decir Irene.

Pedaleando en el aire, existas o no existas,

¡qué real y sólida eres, qué verdadera eres

en medio del irreal universo por llamarse Irene!

Ya se habrá advertido: la palabra preferida de Gastón Baquero es aquella que suena y dice, engañando al hombre sobre su destino, sirviéndole de distracción, pues en definitiva nadie “muere con nadie”, todos mueren solos, y queda apenas el poema:

la máscara que nos permite cambiar de nombre cada día de la semana,

para no ser localizado

por la señora Aquella,

la que transforma todo nombre en un pretérito

decorado por las lágrimas.

Alejar la muerte, disolver la sombra, en el ir y venir de las palabras que se encienden y renacen en las tierras del Nuevo Mundo: Baquero metaforiza en clave de habano, es decir, de cigarro cubano, envolviéndonos a todos con el humo verbal traído de las islas, para así hacernos danzar:

al son de una música extraña:

una música hecha con tamburines de oro, y

palmas y sahumerios.

Se logra así un proceso de desrealización paulatina, que salva el tiempo, supera la geografía y anula la historia, para ofrecer, tan solo, esos poemas invisibles en los cuales el encuentro se da dentro del tópico inmemorial poeta-rosa-niña con la maestría de este final perfecto:

La nada resurgía

como una tierra amiga ante el ensimismado inútil.

Y al volver los ojos otra vez hacia el blanco papel,

vio que allí estaba:

como un mirlo en medio de la nieve,

como una estrella sola en el centro del cielo,

allí estaba, sobre el papel inmenso, el Poema.

El triunfo del sonido, “laborando febril contra la muerte”. El logro del lenguaje, mientras “poderosos pianos amarillos incendian de música la tierra”. No es de extrañar, en consecuencia, que en su Autoantología comentada (1992) Baquero sugiera, para cada uno de sus textos, la pieza musical correspondiente. Asociación, eco, respuesta, “la música mejora la poesía”, dice Baquero, y la suya, cómo no, aspira también a disolverse en un oído receptivo. En esa mas alta forma de la “invención absoluta”. De “lo irreal realizado”. “Aprender a leer —ha dicho Gastón Baquero— es algo que requiere sus buenos treinta años de trabajo; y aprender a sentir consume toda la vida”. Por ello, a través de su propia poesía Baquero aprendió a leer y a sentir, simultáneamente. A trazarse su propia tradición, en forma retrospectiva. Dijo, por ejemplo:

En cuanto en América se excava un poco la

tierra, se tropieza con el hueso, con la fuente

de España.

Y amplió el horizonte en estos términos:

“Algunos de los poemas de la Storni, alguna actitud de Gabriela Mistral, fragmentos de Humberto Díaz Casanueva, ímpetu de Huidobro, momentos solemnes de Neruda, algún relámpago de Luis Carlos López, el corazón de López Velarde, este o aquel temblor de Eguren, un grito de José Martí, un desgarrón de Greiff, una lagrima de Delmira—escenas, episodios, instantes—, jalonan el arduo camino hispanoamericano hacia la grandeza poética. Pero en cuerpo entero, de pie pulgada a pulgada, está Cesar Vallejo.”

Opción que es también una definición, Baquero se ve a sí mismo como parte de la tradición poética hispanoamericana, y lo hace desde ese alto mirador magnético que es la luz cubana. La cual, por cierto, no se circunscribe solo a los doce años, 1944-1956, en que circuló la revista Orígenes, aunque sí alcanzó allí un minuto cenital e irradiante. Ese grupo de jóvenes que le brindaron al cubano, en palabras de Lezama Lima, “una levadura más alta, más nobles preocupaciones de vida y forma”, y que sería un grupo irritante en contra de la mediocridad ramplona y el tono vital descaecido. Grupo que buscó fusionar ética y creación, a partir de una cita de Novalis: “El que piensa lo más hondo, siente lo más vivo”, trascendiendo la circunstancia mezquina con la práctica de su potencialidad creadora.

Aquello que les valdría el rotulo de intelectuales desligados de la realidad cuando, en verdad, al aumentar los modos de expresión estaban amentado los modos de conocimiento y liberación, a través de esa sustancia tan resistente como porosa que era la propia poesía.

Para quienes han palpado las dimensiones de ese sólido cuerpo verbal que es la poesía de Lezama Lima, con sus mulos y sus ballenatos, es curioso comprobar cómo sus últimos poemas, reunidos en Fragmentos a su imán (1977), se adelgazan y vaporizan en un rocío de personas encarnadas y música fraterna, que es lo propio de la poesía de Gastón Baquero. Ambos, desde posiciones distintas y por vías nada paralelas, habían arribado a esa gracia penetrante y certera que es propia de la gran poesía —la celebración de ella misma—. “Todas las generaciones —decía Lezama— cantan en la gloria. En el valle del esplendor no existen jóvenes ni viejos. Lo que queda de una generación es la cima de todas las generaciones.” Habían terminado por ocupar la totalidad de su espacio. Habían poblado con música el vació que bosteza a sus pies. Eran personas solitarias, únicas, pero también había terminado por componer juntas una figura. Habían logrado sacar a la luz esa Cuba secreta de que hablaba María Zambrano, y habían logrado ese despertar poético de su íntima sustancia, “ de lo que ha de ser el soporte, una vez revelado, de la historia y que ha de acompañar al pensamiento como su interna música”. “Un traslado de la finalidad histórica perdida, al mundo de la creación verbal autónoma”, como dice CintioVitier en Lo cubano en la poesía. Por ello resulta significativo que en el propio 1959, cuando la historia presagiaba un cambio de signo en la trayectoria del pueblo cubano, Gastón Baquero eligiera el exilio. El olfato ancestral de los poetas lo llevo a preservar fuera la carga de la poesía y verla surgir, de nuevo, como en el caso de Martí, desde la lejanía geográfica del exilio.

La Cuba universal no estaba fuera ni dentro: residía en la geografía imaginaria de sus poetas. En la isla verbal desde la cual trazarían puentes de sonidos para conformar así el verdadero arcoíris por el que se desciende a la tierra prometida: al poema, para vivir en él. Y Cuba, desde las dos patrias, de José Martí, posee un humus rico en tal sentido. Allí están la “Oda a Julián del Casal” de José Lezama Lima, el “Nocturno y elegía” de Emilio Ballagas, el “Martirio de San Sebastián” de Eugenio Florit, el “Canto a la mujer estéril” de Dulce María Loynaz o la “Solicitud de canonización de Rosa Cagi”, de Virgilio Piñera, sin olvidar, claro está, varios poemas de Gastón Baquero.

Si el programa poético de Lezama, según Jesús J. Barquet, en su libro Consagración de La Habana, abarca poesía, religión, tradición y ciudad, era precisamente en la imagen donde lo político-social se integraba a lo poético, se mejoraba y preservaba, para encarnar, resurrecto, en la historia. Pero la historia, patria de la ironía, aguarda, por ahora, otras resurrecciones. Tenemos, en cambio, en el ritmo expresivo de los textos de Gastón Baquero, la puerta abierta para acceder a una realidad completa en sí misma y no dependiente o subordinada sino al lector que la recrea. Una Cuba propia, nuestra, única, que se ha vuelto invisible, a fuerza de poesía.

(Ilustración: Gastón Baquero. Óleo sobre tela de SylvainMâle, 1993.)

Alfredo Nicolás

(Cama­güey, 1964). Poeta, narrador, ensayista literario y perio­dista independiente. Licenciado en Lengua y Lite­ra­tura His­pá­nicas por la Universi­dad de La Ha­bana en 1991. Fue fundador de la revista Pro­posiciones de la desapa­recida Fundación Pablo Milanés. Ha colabo­rado en las revis­tas Alforja Poe­sía y La Voz de Coahuila, México. Es miembro del Ta­ller de la Crea­ción Poética de la Fundación Nicolás Guillén. Su obra poética aparece en Memoria del encuen­tro de poetas del mundo (Edi­ciones el Ermitaño, Se­minario de Cultura, CONACULTA, 2011). Tiene una licenciatura en Historia del Arte, por la Universidad de La Habana en el 2009, y una Maestría en Etnolo­gía de la Fundación Fernando Ortiz. Ha tomado cur­sos en el Centro de Estudios Orientales sobre los asen­tamientos de los árabes en Cuba. Ha publi­cado Pa­labras mágicas de un poeta (2010), por la Colección Palabras del Oráculo, que di­rige el poeta Cesar Toro Montalvo en Lima-Perú, y Sonetos de amor y otros poemas (Editorial Almadia, 2011).

Comentarios:


Lilliam Moro (no verificado) | Mar, 30/05/2017 - 12:37

Mi enhorabuena al autor de este artículo sobre Gastón Baquero. Profundo, esencial, emotivo, como un tributo poético a un gran poeta. Es de lo mejor que he leído sobre sobre este "inocente" expulsado del paraíso, pero que logró llevárselo con él a su exilio madrileño. Yo le conocí, compartí con él, lo visité, comimos juntos y hablamos mucho. Era la erudición en persona. Pero la transmitía con la humildad del verdadero sabio. Debe hacerse circular este texto. Un abrazo al autor.

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