El relámpago de la poesía en Armando Ibarra

Poeta Armando Ibarra. Foto en revista Árbol Invertido

Vivimos una época en que la poesía ha sufrido el embate de los famosos a priori, más allá de cualquier racionalidad en las jerarquías. Sucede en todas las provincias del arte, como en las artes plásticas, donde el desatino axiológico ha alcanzado límites alienantes, pero la poesía, área de expresión que resiste épicamente la corrosión de los administradores del mundo, parece poseer aún cultores dispuestos al martirologio del desdén y el olvido. Sobreviven en ediciones humildes, sin resonancias culturales, acumulando un recorrido que se encuentra condenado al trasiego de escasísimos amigos, muchas veces sin voz para la legitimación y el triunfo por padecer las mismas vocaciones e idénticos descartes. La industria del espectáculo no considera que el poeta sea rentable como ídolo, y las instituciones supuestamente más favorecedoras no se interesan en la promoción verdadera, o no saben ejercerla adecuadamente, o se asfixian en medio de una vida literaria desestructurada y pobre, en la cual han desaparecido la crítica y el público que sancionen las nuevas figuras. Por ello, en la sociedad de hoy, a nivel mundial, puede ocurrir que los propios poetas desconozcan el desarrollo de otros itinerarios válidos, por permanecer dispersas y desatendidas las creaciones publicadas, sumergidos sus autores en una opacidad y balcanización crecientes del entorno que justamente debería encargarse de visualizarlos.

El poeta colombiano Armando Ibarra Racines ha venido escribiendo y publicando una obra lírica de valores indiscutibles que no ha recibido examen conveniente. Poseedor desde sus comienzos de una definida voz propia, el orbe expresivo que ya ha redondeado exhibe distinción y fuerza. Amante de la síntesis, sus textos se caracterizan por captar con vigor especiales estados de la conciencia. Sabe mirar dentro de sí, y plasmar en nervaduras espesas aspectos complejos de la relación del individuo con el mundo. La elipsis y la hipérbole, administradas con economía, ofrecen a su escritura sugerencia y concisión, y puede moverse con acierto lo mismo en líneas herméticas que coloquiales, lo que revela una asimilación crítica de diversas prácticas para la elaboración de sus propias búsquedas. Ha ido transitando por diversas estaciones, como toda voz en movimiento, desplazando y conservando sus rasgos, estableciendo anillos concéntricos sobre áreas específicas de lo real. Algunas de esas estaciones han sido la fricción thanática del alma y del cuerpo, las malas relaciones con la vida cotidiana, el testimonio de las pérdidas más profundas, la recuperación de las atmósferas que rodearon la infancia y la familia, la condición incomunicada y agresiva de nuestro mundo, los espacios que adquieren relieve afectivo en la trabajada memoria del destino, al menos en las direcciones básicas, aunque no faltan sus aproximaciones simbólicas a la constitución orgánica, la tecnología y la propia actividad lírica. Gusta acompañar sus textos con sugestivos montajes fotográficos, y con frecuencia diagrama sus colecciones, pues posee una visión integral del acto publicístico de la poesía. Con otros interesantes creadores caleños ha fundado un proyecto para la edición y promoción de sus cuadernos líricos. Son sus modos de expresarse, y sus mecanismos de defensa ante el desdén y el olvido. Sobrino del singularísimo poeta colombiano Gustavo Ibarra Merlano, ya fallecido, amigo de Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez, a quien el autor de Cien años de soledad reconoció una importante influencia en su formación de escritor, Armando Ibarra Racines cultiva la poesía como un ministerio sagrado, en el mismo espíritu de entrega y humildad que caracterizó el destino de su célebre pariente.

Extravío en lo cotidiano, su primera colección, cuyos textos fueron elaborados en la temprana juventud, plasma la fractura del alma en el cuerpo, y del cuerpo en la situación diaria. De base expresionista, con gran concreción, rinde testimonio de un desacomodo profundo con las circunstancias, y el sujeto lírico enuncia violentamente desde su edificio orgánico con el ansia de alcanzar una disipación absoluta, que lo emancipe de las funciones y relaciones lacerantes. Sus verbos anhelan quebrar la dura faena de vivir, y la imaginación compositiva avanza como una agenda oscura, en la pulsión dramática del día a día. Hay abundante invención expresiva, y un excelente trabajo con el lexicón del mundo presente en las asociaciones: un lenguaje anatómico y fisiológico áspero da cuenta de las complejas emociones del sujeto, y la tonalidad estilística adquiere una roja y dinámica visceralidad. Los veloces apuntes cuentan un suceder al borde, y transpiran una ruda protesta ante la sujeción corporal y la mutilación del alma. Con el mismo espíritu explosivo acumula en su colección otros «cascajos», otros perfiles y astillamientos de la angustia, en los que abre más su diccionario de lo real, pues penetran asociaciones nuevas con animales, paisajes, fenómenos naturales, elementos cotidianos y técnicos, aunque se conservan fuertemente las resonancias thanáticas, ya no sólo en el tejido orgánico del sujeto sino también en escenas exteriores. Como un vigía, el poeta añade también su visión de la poesía, cuestionándose cómo escribir, para qué escribir, cuando se es carne trémula, alma raspada, y la muerte devasta como una ululación febril. La abrasiva tecnología y la maquinaria del cuerpo humano convergen en los intercambios simbólicos de su lenguaje. De modo contrario al temperamento romántico conocido, que vertía en lo exterior su interior convulso, el poeta interioriza, hasta la entropía orgánica, la convulsión de lo exterior, como cabe a un sujeto que razona con exceso la irracionalidad contemporánea. Hay, en este monólogo, mucho diálogo con lo sociohistórico. Hacia el final de su primer libro regresa íntegra la infancia lejana, y con ello se reconquista lo perdido, cuando las frutas y los animales estaban en sus espacios naturales y la naturaleza del amor inundaba los manteles.

Crónica de los deshielos, su segunda colección, se centra sobre un importante núcleo de vivencias y las recrea de múltiples maneras, según el principio de asociaciones libres. Lo importante no es el testimonio de una pérdida, sino el ejercicio de plasmación y libertad, que añade a la angustia de lo indicado primero una superación por la fantasía, un discernimiento a través de la recombinación de lo posible. Así, volteando lo sucedido, se arriba a sucesos que eslabonan lo aleatorio y crean otro nivel más alto de la experiencia. Ya el poeta tiene aquí la hechura expresiva que caracterizará sus sintagmas básicos, entre crípticos y naturalistas, entre cotidianos y trascendentes, que le garantizan la creación de atmósferas a través de una bien pergeñada sucesión de hallazgos. Desde el lecho ya desanudado por la destrucción del amor hasta los más elevados promontorios del anhelo, las palabras van ensanchando su espectro objetual, incluyendo lo que los ojos advierten y las manos sienten en el ejercicio del desencuentro. Inventario de despedidas, exploración de la mayor soledad, desplazamiento de la sábana deshecha al cañón del Colorado, este libro es el reportaje sucinto de una subjetividad apasionada, el salto ecuestre que se alza del acontecer hacia el sueño, sin que se pierda jamás la noción de las equidistancias y límites dentro de un horizonte intelectivo de lo cotidiano. Como será rasgo definitivo en el poeta, los sustantivos reciben modificaciones de manera muy personal, con gestualidad que se aleja de los recursos tradicionales de la belleza y tiende a establecer arcos voltaicos desusados.

Insomnio en las fuentes, su tercera colección, retoma algunos aspectos estilísticos de su libro inicial, como son el laconismo expresivo, la intencionalidad deconstructiva, la riqueza léxica, la imaginación compositiva, en el plano formal, y en el plano del contenido continúa y desarrolla sus preocupaciones de carácter ontológico y su penetrante reflexión crítica sobre el mundo que malvivimos entre todos. Permanentemente el poeta, a través de todos sus textos, deja testimonio directo o transversal de sus rechazos y denuncias, con la peculiaridad de que jamás hay actitudes declarativas sino que su pensamiento asoma adecuadamente resuelto en imágenes, según las leyes rigurosas de la plasmación estética. Procedimientos de esta índole ya empleados se acentúan y refuerzan: aparecen trozos de escenas, anécdotas mutiladas, vivencias escamoteadas, frases relampagueantes tomadas del habla, esbozos de personajes, juegos deconstructivos, despliegues tipográficos, atmósferas elusivas de minúsculas, abundantes silencios, versos muy sangrados, sesgos semánticos sorprendentes, reminiscencias orgánicas y técnicas… Bajo esas mecánicas discursivas, la colección ofrece una resonancia neovanguardista marcada, que puede llegar a términos radicales, de abierta experimentación, como en la sección que da título al conjunto, donde el carácter surrealista de las expresiones y el collage tipográfico constituyen sus rasgos básicos. Discretamente, utiliza también improntas caligramáticas, como en algún poema especular o en determinada frase goteante. A lo largo del conjunto el sujeto escarba, en ocasiones con entonación impersonal, en el tiempo, en las situaciones cotidianas, en el mundo de la cultura de masas, en las improntas económicas y tecnológicas. El poeta canta opinando, como lo pedía Martín Fierro, pero sin que se vea por parte alguna al opinador, sino al poeta inmerso en una realidad complejísima de la que da cuenta con invención e imparcialidad singulares. En este libro la imaginación trabaja a todo vapor con el lenguaje, lo que le añade indudable densidad simbólica. Los mensajes se encuentran muy comprimidos, y los textos son nueces rugosas de sentido. Apenas un lector bien entrenado penetra en sus médulas, se asombra de la riqueza y fantasía, de la capacidad de observación y análisis, que se despliegan en el interior de sus lacónicas representaciones.

Estación Universidad, su cuarta colección, es un giro desde el punto de vista formal y en la decantación de algunos procedimientos empleados anteriormente. También implica una abertura mayor hacia la realidad, dentro del espíritu de preocupación humana en general y de análisis de la vida cotidiana en específico que lo ha venido caracterizando desde el inicio. Es su estación de lucidez, donde repasa e instrumentaliza su periplo de búsquedas. Son diez piezas de índole panóptica, en cada una de ellas y en la sumatoria del cuaderno, pues en los dos planos la mirada panoramiza y compacta, viniendo a la observación desde ángulos muy movidos. Ante una realidad dinámica, un observador dinámico, cuya percepción se encuentra tejida por ejes de enunciación bajo determinadas frecuencias temáticas. El procedimiento es atractivo, y lo hemos visto pocas veces utilizado con tanta naturalidad y acierto. Hay, en el modo de mirar, y en los detalles que se apuntan, y en la actitud que se asume ante lo observado, una fina lección sobre el tratamiento de lo real en el mundo raigalmente íntimo que la poesía crea. La sabiduría contemplativa alcanzada tiene dos ingredientes constructivos básicos: la influencia de la tanka (más bien de la arquitectura maravillosa de la tanka, libremente desplegada) y la resonancia melódica de la lira según el atropellamiento sincopado del oído moderno. El rescoldo visualizante y místico de ambas formas se encuentra presente, pero desde la visión y el sentido de la astillada angustia contemporánea. Con esta libertad instrumental, el poeta penetra velozmente en su realidad, vista también panópticamente, pues se va de la poesía a la violencia, del amor a la muerte, de la identificación al rechazo, del sujeto a la colectividad, todo bajo el tropel de la palabra procurándole un sentido a la vida humana y su discurso representativo.

La noche oscura, última colección publicada, es una detención para un salto, un caminar de nuevo hacia el fondo para entrar en cotos de mayor asiento y perspicacia. El conjunto posee una dramaturgia eficiente, que gradúa e intensifica colores y atmósferas bajo la impronta elegíaca del que baja a los espacios del nacimiento y desarrollo de su destino desde los ojos vivos de la muerte. Los territorios de la infancia, los episodios anteriores al nacimiento, la presencia estremecida de la familia, el protagonismo de la madre, el testimonio de su lucha contra la muerte, el desfile de la muerte en la atmósfera amada de la ciudad junto al mar, constituyen su evanescente fronda de asuntos, todo bajo la neblina del tiempo, en medio del silencio de lo que ya se canta con pulido llanto. El uso del detalle artístico, que resulta primordial en un prolongado abordaje temático, posee un comedimiento y una eficacia proverbiales en el conmovido cuaderno. Ya el poeta puede tratar los aspectos más dolorosos con la mayor suma de decoro, pues se encuentra centrado sobre sí mismo gracias a una larga autoeducación expresiva que el ejercicio profundo de la poesía otorga a sus cultivadores más responsables. Ya puede, por leyes de ligámenes que la introspección y plasmación fundan en el mundo interior, cantar una triste y hermosa despedida a la madre que sea a la vez un homenaje al espacio mítico de la familia y una exploración en la médula dolida del mundo que hoy vivimos. Así, por inmanencia, y no por despliegues traídos del comercio actual de las formas, los procedimientos presentes en estas sucintas prosas alcanzan colmada madurez, pues se encuentran ahí, dentro de la trama discursiva, tan sólo para desplegar con fuerza y autenticidad el hecho de haber vivido.

La presente selección de la obra de Armando Ibarra Racines trata de exhibir de modo somero esa gesta de expresión suya, y sólo aspiramos a que constituya una invitación para transitar por cada uno de sus libros con mayor detenimiento y provecho. Principio básico para una recepción responsable de cualquier obra de imaginación es consumir enteramente lo que se ha construido, pues sólo lo total corona con dignidad lo que se erigió con los ojos puestos en su integridad. El fin corona la obra, sabían los antiguos. Pero en los poemas aquí reunidos los amantes de la poesía captarán la grandeza y alta personalización de su entrega lírica, una de las más originales de la poesía colombiana de hoy.

Tomado de: Eurekíada. Pueblo, persona y poesía [1] 2017.

Ver el blog Eurekíadawww.dimanrob.blogspot.com

Escritor Roberto Manzano. Foto en la revista Árbol Invertido

(Ciego de Ávila, Cuba, 1949). Lic. en Español y Literatura (Camagüey, 1988). Máster en Cultura Latinoamericana (Univ. de Camagüey y Centro Nicolás Guillén, 1999). Ha editado, ilustrado y diseñado libros y revistas. Entre sus poemarios más importantes: Canto a la sabana (Ed. Unión, La Habana, 1996), Tablillas de barro (Col. Pinos Nuevos, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1996), El hombre cotidiano (Ed. Ácana / Ed. Memoria, Camagüey, 1996), Transfiguraciones (Ed. Vigía, Matanzas, 1999), Pasando por un trillo (Ed. Memoria, Camagüey, 1997) y El racimo y la estrella (Premio 26 de julio 1993. Ed. Unión, La Habana, 2002). Autor de la vasta antología El bosque de los símbolos. Patria y poesía en Cuba (Ed. Letras Cubanas, 2010). Ha realizado antologías de jóvenes poetas cubanos, prologado una gran cantidad de libros y sus ensayos se publican con frecuencia en revistas de Cuba y otros países. Ha impartido diplomados de formación de escritores. Recibió en 2007 el Premio Nacional “Samuel Feijóo” de Poesía y Medio Ambiente.

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